Carta abierta a mi maltratador Participa

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Seguramente sigues sin reconocerte como tal y, aunque lo hicieras, jamás comprenderías la mitad siquiera del daño que me hiciste. Porque era personal, yo me lo merecía, ¿verdad? Había escuchado aquella narrativa sobre cómo un maltratador deposita la culpa en su víctima y por eso a ella le cuesta reconocer el maltrato mil veces y todavía no comprendía que estuviese pasándome a mí.

Me gustaría poder afirmar que, como tú, nadie entenderá jamás lo que sufrí: significaría que no somos la mitad cabreada e insurrecta de la población mundial. Significaría que, por suerte para muchas, fui un caso aislado. Pero no es así. Son tantas las que saben exactamente de lo que hablo que desgarra. Porque nunca fue personal, porque no me lo merecía. Ojalá no tuviese que arrastrar, en el duro proceso de recuperación, el dolor de todas mis hermanas a las espaldas, tanto de las que están como de las que ya no. En las manis, en los talleres, en las asambleas, en las redes sociales, en las calles, en los colegios, en los institutos, en la facultad, en el trabajo, de fiesta, de día, de noche, borracha, drogada o sobria: no soy la única. Me hiciste creer que sí, que aquello que contaban los telediarios sobre violencia de género a nosotros nos quedaba muy lejos, que tú no eras como los demás: malditas denuncias falsas, malditas radicales. Pero nunca estuve sola, aunque me aislaras. Nunca estuvimos solas, aunque nos aislaran.

No volverás a verme bailar, sonreír, saltar. No volverás a escuchar mi voz o a saber qué me inquieta, con qué sueño. No volverás a controlarme, a decirme cuándo, cuánto y cómo comer o cuánto debo fumar o beber, no volverás a cargarme con el peso de tus inseguridades, de tu pasado o de tus días malos. No volveré a soportar gritos en la calle o en mi propia casa, no volveré a escuchar críticas destructivas, no volveré a tolerar que me digan cómo debería verme, no volveré a soportar quejas y manías absurdas; no volveré a sentirme ninguneada, atada, violentada; ni volveré a dar explicaciones o a inventarme excusas porque no quiero follar; no volverás a tocarme ni con un dedo, ni por el roce: porque nunca fue personal, siempre fue político.

Seguiré yendo a las manis, formándome en asambleas y talleres, leyendo y escuchando a mis hermanas (me la sudan tus ídolos), gritaré hasta dejarme la garganta que yo sí las creo, mientras ellas me responderán igual. Y seguiré señalándote: a ti y a todos los que se interpongan en nuestro camino. Me encargaré de que la historia no te perdone, de dejar mi ira escrita aunque sea lo último que haga. Porque para nosotras, lo personal es político.

Y hasta aquí. Un sororo saludo.

Carta abierta a mi maltratador
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