#YoTambién he sido violada Participa

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*AVISO. Este testimonio contiene material sensible por hacer alusión a violencias sexuales. Te recordamos que tenemos un Foro en Pikara que puede ser un punto de encuentro para apoyarnos entre nosotras, darnos herramientas, etc. Un abrazo. #YoSíTeCreo.

V.

La verdad es que no recuerdo quién envió el primer mensaje… Supongo que ahora ya no importa y nunca ha importado… La cuestión es que en el año 2016, cuando todavía estaba estudiando en la Universidad, empecé a hablar por Instagram con un hombre bastante mayor que yo. Me fascinaba la magia de sus fotos en blanco y negro mostrando las líneas curvas del cuerpo humano. Por aquel entonces yo intentaba desarrollar una nueva vertiente artística. Había pasado de fotografiar las calles de las ciudades que visitaba a fotografiarme a mí misma. El reto de enfrentarme a la cámara y de tener que observarme más que nunca. Un ejercicio también de amor propio… De él podría aprender, encontrar nuevas fuentes de inspiración… O eso creía.

Nuestras conversaciones versaban sobre fotografía y nuestros puntos de vista sobre el concepto de erotismo en el arte. Quizás me sentía importante por tener debates de ese tipo con alguien mayor que yo y por eso continué hablando con él, a pesar de haber ciertos signos de alarma. Tal vez el tenebrismo de sus imágenes, ese misterio a veces estremecedor… Pero soy incapaz de juzgar a las personas sin una base racional y sólida…

El tiempo fue pasando y varias veces habíamos comentado la posibilidad de conocernos en persona. No sé si por falta de tiempo, por falta de ganas (o por el miedo de encontrarme a alguien que me duplicaba en edad), lo fuimos posponiendo, hasta que finalmente llegó el día de encontrarnos.

Yo tenía muy claro que mi único interés era artístico, que quería quedar con él para poder hablar en persona e incluso llegar a crear un proyecto común. Ilusa… De nuevo no quería adelantarme a los acontecimientos, no quería juzgar a nadie… Sin embargo, una voz interior me alertaba del peligro al que me podía estar enfrentando. “¿Y si no es tan buena persona como parece? Ni siquiera sé por qué creo que es buena persona…”.

Él era dueño de una tienda de música en mi ciudad y habíamos acordado ir a tomar algo en alguna terraza próxima a su trabajo. Llegué a la hora del cierre, cuando ya estaba bajando la reja. A pesar de que estaba nerviosa, tan pronto lo vi toda mala energía se desvaneció y me tranquilicé.

“Me he dejado una cosa dentro, ahora vengo, si quieres entra para no esperar fuera”. Error: haber entrado. Tan pronto como entré la puerta se cerró. Nunca llegué a saber si estaba cerrada con llave por dentro o si simplemente la había cerrado sin más. Se me echó encima, desabrochándose el cinturón y mirando hacia su entrepierna mientras me pedía que se la comiese. No era capaz de quitármelo de encima, solo tenía fuerza para mantenerme lo suficientemente lejos para poder seguir respirando.

Fue la hora más larga de mi vida y la que recuerdo con más confusión. Hubo tantas veces en las que me propuse escribir sobre ello, vomitarlo todo sobre papel para poder olvidarlo o, al menos, recordarlo de otro modo menos pesado…

Tenía un comportamiento completamente bipolar. Pasaba de gritarme y agarrarme a echarse a llorar y suplicarme que mostrase gestos de amor con él.  Yo, en lugar de haber intentado huir, fui mutando con él, adaptándome a sus cambios de humor y tanteando cada movimiento suyo para calmarlo. En cierto modo tuve que hacer de psicóloga de aquel ser monstruoso, con el único objetivo de que su furia no fuese a mayor y, que quizás, en un segundo de debilidad me dejase marchar.

“Te voy a enseñar lo que es ser amada, puta”. Estaba tirada en el suelo, con todo su peso encima de mí y sus manazas en mi cuello, asfixiándome. Me mordió con muchísima fuerza, casi desagarrándome la piel. Creo que eso fue lo más humillante y asqueroso, haber llevado su huella en mi cuerpo, un recordatorio de lo que sucedió aquella tarde en su tienda. Lo aparté repetidas veces, pero tirados en el suelo o de pie contra las estanterías, siempre conseguía volver a agarrarme y dominarme.

Su deseo era que le hiciese una mamada, que me arrodillase ante él y le diese ese placer que solo consigo dar (y quiero dar) a aquellas personas que yo elijo. Cada segundo con él de pantalones bajados resultaba más y más denigrante para mí. Intentaba que no se me paralizase el cuerpo, no dejarme invadir por el miedo, seguir teniendo los reflejos funcionando al 200% para no morir allí dentro. Porque no sabía de lo que él era capaz. Ya me había agarrado, ya me había ahogado, ya me había mordido y pegado, ya me había neutralizado contra la pared y el suelo… Me había gritado todo tipo de barbaridades y cada vez me costaba más no creerme las mentiras que me gritaba y susurraba.

Se me pasaban todo tipo de pensamientos… Me preguntaba cuántas horas más se alargaría aquel calvario… Quería saber si me mataría allí o me mataría en algún otro lugar de la ciudad… Si alguien llegaría a encontrar mi cuerpo… No podía evitar pensar en mi familia, en mis amigos… El sentimiento de culpa todavía no había aflorado, solo podía pensar en los míos y en lo mucho que sufrirían si me pasase algo malo.

Horror en la eternidad, el tiempo pasaba sin avanzar, sin escapar… Se puso encima de mí, con su miembro fuera. Y sucedió algo horrible… “Tengo que darle lo que quiere, quizás solo así me deje marchar”, pensé. Me puse yo encima de él, temblando, sintiéndolo dentro de mí. Quería pararme, quería pararlo, deseaba que todo se tratase de una pesadilla y que al abrir los ojos estaría sola en mi habitación. Quería que me dejase marchar de una vez por todas… Asco y repulsión, por estar tan cerca de una persona tan desagradable, tan putrefacta por dentro… Por estar siendo violada por él y por mí misma…

De nada sirvió haberme rebajado de aquel modo, haber sido una verdadera sumisa a su merced y a merced del miedo… Porque la pesadilla no se iba a acabar… Y todavía sentí más asco. Saber que había entregado una parte de mí de una forma tan extrema, para nada, para no lograr salvarme… Y sentía que ya no me quedaban fuerzas para seguir luchando, para seguir con aquel juego psicológico de tranquilizar a mi agresor para no avivar su furia interior.

Había una cartera tirada en el suelo… Pensé en darle un golpe, en coger la cartera e irme corriendo, pero estaba el problema de la puerta… Si realmente la había cerrado con llave no tendría forma de escaparme…

La puerta se abrió y apareció otro hombre. En ese lapso de apenas unos segundos pensé: “Tengo que correr, tengo que huir como sea”. Cogí mi sudadera del suelo y me fui de allí tambaleándome. Me eché a correr calle arriba hasta mi portal y me senté en las escaleras del rellano, con la puerta bien cerrada. Mi mayor miedo cuando entró aquel señor en la tienda era que se hubiese aparecido un nuevo monstruo ante mí en lugar de un salvador. Después, según me fui despertando del shock, me sentí desolada por no haber sido ayudada directamente por él, por no haberme preguntado si necesitaba algo… Espero que hubiese condenado las acciones de su compañero de trabajo…

Estaba tan desorientada… Como si hubiese aterrizado de un mundo paralelo… Llamé por teléfono a un amigo para contarle lo que había pasado, necesitaba quitarme de encima el sudor, el dolor de los dientes en mi cuello… Pero, en el fondo, no había asimilado lo que había sucedido. Lo recordaba como si se hubiese tratado de una película que había estado viendo.

Nunca pensé que algo así me fuese a suceder, a mí… Los días siguientes fueron duros… Estaba sola en mi piso, lejos de mi familia… Y yo misma me encargué de alejarme de ella un poco más, para que nunca llegase a descubrir lo que me había sucedido. Si bien en aquella tienda de música había pensado en ellos y en mi amor hacia familia y amigos, después de los hechos solo podía pensar en el sentimiento de culpa y me pasaba las horas recriminándome haber sido tan sumamente inconsciente. No podía borrar de la cabeza que yo me lo había follado a él, que yo había estado encima…

No denuncié porque no quería revivir aquella tarde y tampoco me quería enfrentar a la humillación de contar que no había sido una violación como las de las series de televisión, de acabar tirada en una cuneta ensangrentada y casi muerta… El único rastro de violencia evidente eran las marcas en mi cuello de su dentadura, pero no había signos de violencia sexual en mi vagina, por lo que no fui al médico a pedir un informe que me respaldase ante una posible denuncia en comisaría…

Sí fui al Centro de Mujeres de mi ciudad para informarme sobre mis posibilidades. Hablé con una abogada especializada en el tema y, sinceramente, no sé todavía cómo logré articular palabra pese a la vergüenza que sentía por estar allí contando un testimonio macabro que de nada serviría en un juicio por haberme puesto yo encima…

Y no denuncié… Hubo gente que me culpó por ello, que me lo reprochó, que consiguió hacerme sentir un poco peor de lo que ya estaba… No denuncié por miedo. No denuncié porque iba a estar completamente desprotegida. No denuncié porque era su palabra contra la mía. Porque no había informe médico y quizás tampoco policías comprensivos. Tenía miedo a denunciar y a que me culpasen de lo que había sucedido, por habérmelo buscado yo solita al haber quedado con un desconocido.

Durante tanto tiempo me costó admitir que lo que había sucedido no había sido culpa mía… Supongo que será difícil borrar del todo esa culpa…

Pero, por desgracia, #yotambién he sido violada.

#YoTambién he sido violada
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