Del cuarto propio a la habitación compartida Participa

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Alicia Rius Buitrago y Maria Angeles Díez

 

La búsqueda del “Cuarto propio” como modelo de desarrollo individual

Cuando en 1928 Virginia Woolf escribió una serie de conferencias dictadas por ella misma a mujeres jóvenes, estudiantes, bajo el título de “Un cuarto propio”, se retrataba en sus líneas un vivo descubrimiento: para dedicarse a la literatura, una mujer necesitaba dinero y una habitación. En concreto, quinientas libras al año y un cuarto propio.

En ese momento, solo hacía nueve años que las mujeres habían accedido al derecho al voto en Reino Unido, después de la batalla librada por el Movimiento sufragista. Al cuarto propio y a la mencionada cantidad de libras anuales se le unió, en un artículo posterior, una aguda reflexión, que podríamos considerar como el tercero de los requisitos para que las mujeres se proyecten en su autonomía: no era posible desarrollarse individualmente sin acallar la voz interior que Virginia Wolf denominaba el “ángel de la casa”. Este tercer requisito para que las mujeres pudieran desarrollarse en su vida profesional señalaba la importancia de silenciar la estructura patriarcal encarnada en la conciencia de cada mujer occidental, libre y burguesa, que siente que traiciona sus mandatos de género si se desarrolla y proyecta en sí misma.

La pregunta que habría cabido hacerse aquí y que el feminismo radical planteará años más tarde, a partir de los 70 es: ¿quién se iba a encargar de las tareas domésticas y de cuidados para que algunas mujeres pudieran desoír estos mandatos y se desarrollaran con autonomía y libertad en su “cuarto propio”? Y ¿en qué condiciones iban a hacerlo?

La necesidad de la habitación compartida en la lucha por la emancipación de las mujeres

Sin demérito de las demandas de autonomía personal e independencia económica de las mujeres planteadas mas arriba, hay una tradición anterior de pensamiento que apunta a otro tipo de conquista, la que denominamos “la habitación compartida”. Son las demandas de las mujeres obreras, en el seno del movimiento internacional del trabajo, cuya fuerza residía en la colectividad y cuyo análisis centraba su mirada en las condiciones de vida de las mujeres mas pobres.

Una de las pioneras de esta corriente feminista fue Flora Tristán, quien en 1840 publicó “La Unión Obrera”, todo un manifiesto sobre la importancia de la unión de la clase obrera para salir de su situación de marginalidad, al tiempo que enfatizaba la indivisibilidad de la emancipación de la clase obrera y la emancipación de las mujeres.

Algunos decenios antes Charles Fourier, a quien Flora Tristán conoció personalmente, había publicado “La Teoría de los cuatro movimientos”. Era el año 1808, y esta obra contribuyó a conectar el pensamiento socialista con las demandas feministas.  El proyecto pionero de comunidades cooperativas o falansterios, desarrollado por él, otorgaba a las mujeres la independencia económica necesaria y la educación desde niñas, como una tarea más de la sociedad dirigida a fomentar su participación política y social. Pero lo hacía a través de sociedades que cooperaban para conseguir satisfacer las necesidades básicas de todas y todos.

Como se pudo comprobar años más tarde, la puesta en marcha de cooperativas durante la crisis, que llevó aparejado el desarrollo industrial en la Inglaterra del siglo XIX, demostró con creces la fortaleza de esta fórmula cooperativa para acceder a necesidades básicas como alimentación, atención médica o vivienda. Según Jane Humphries (1977), las cooperativas no sólo tuvieron una dimensión instrumental y práctica, sino que estratégicamente permitieron a las familias mantener un modo de vida alternativo al liberalismo económico y su estructura familiar. Es decir, las familias organizadas en cooperativas fueron auténticas unidades de resistencia a este modo de desarrollo.

La continuidad de alianzas entre economía feminista y economía social y solidaria

El modelo cooperativo fue, ha sido y sigue siendo una fórmula de desarrollo alternativo y coexistente al sistema capitalista. Durante el siglo XX y XXI ha vuelto a demostrar, como lo hizo entonces en sus orígenes, que las sociedades que cooperan son más fuertes y resilientes que las que compiten. Los valores cooperativos ponen en jaque el desarrollo del pensamiento y la acción propia del modelo capitalista, ya que superan la necesidad de poseer “un cuarto propio”, “un trabajo propio” o “una familia propia”, y apuestan por un modo de vida basado en los bienes comunales, el empleo colectivo y las comunidades cuidadoras.

Aunque a finales del siglo XX pareció imponerse como fórmula única, a nivel global, el neoliberalismo, sus crisis sistémicas han continuado dándose y abocando a más población a los márgenes de la pobreza. Es en éstos ciclos de crisis cuando los modelos cooperativos, propios de la economía social y solidaria, vuelven a demostrar su valor y a desarrollarse con fuerza.

Las empresas que se encuentran bajo el paraguas de la Economía Social y Solidaria en España, durante los años posteriores a la crisis, han generado empleo mientras que las empresas con modelo y desarrollo capitalista lo estaban destruyendo, incluso dando beneficios en sus cuentas. La propia ex Ministra de Empleo, Fátima Báñez, reconoció el pasado 22 de mayo que la economía social había sido el “motor de empleo durante la crisis” y que se había convertido en “protagonista de la recuperación social”.

Si esto es así ¿por qué no se apuesta de una manera decidida por el modelo cooperativo como fórmula de empresa en los estados democráticos? Recordemos que, en sus principios rectores y en sus formas de actuar, la Economía Social y Solidaria promueve la participación en la toma de decisiones, la democracia y la equidad entre las personas socias y la sostenibilidad medioambiental en sus prácticas. Su desarrollo implica una mayor redistribución de la riqueza y atiende de manera mas eficaz las necesidades reales de las personas.

Sin embargo, es evidente que por estas mismas razones supone una disputa ideológica al modelo neoliberal dominante, donde la exclusión es una constante y un principio de funcionamiento del propio sistema económico. La habitación compartida no es, ni puede ser, un objetivo del desarrollo individualista y supremacista actual. Más bien es su enemigo.

Es en este contexto en el que, como feministas y ecologistas, nos vemos impelidas a dar a conocer que es en el ámbito de la economía social y solidaria donde nuestros proyectos personales y sociales pueden verse respondidos, a la vez que la generación de nuestros puestos de trabajo y los de nuestras compañeras.

Y nos vemos en la necesidad de hacerlo frente a los ataques que la Economía Social y Solidaria está recibiendo por parte de medios de comunicación y partidos a quiénes claramente otra forma de desarrollo posible y alternativo basado en los valores de la solidaridad, el feminismo, el ecologismo, lo colectivo, los cuidados y la cooperación no les agrada, ni les resulta rentable.

Frente a estos ataques, solo nos queda hacer política, de esa que vincula lo personal y lo político, y tratar de disputar a los poderes económicos su hegemonía.

Por suerte somos muchas y cooperamos.


Alicia Rius Buitrago, es doctora en perspectiva feminista en la disciplina de Economía Aplicada. Es socia y trabaja desde 1998 en Instituto, Mujeres y Cooperación. Es coordinadora de la Red de Economía Feminista de Madrid y miembro de la Junta directiva de REAS Madrid.

Maria Angeles Díez es doctora en economía y profesora del Departamento de Economía Aplicada I de la UPV/EHU. Es investigadora en Hegoa, Instituto de Estudios sobre Desarrollo. En la actualidad, es Presidenta de REAS Euskadi y socia de varias cooperativas de la red.

Del cuarto propio a la habitación compartida
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