Caída libre Participa

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G. C.

Esta fue mi vivencia de mi primera relación de pareja: un vínculo teñido de maltrato y desamor. Desde el momento en que corté esa relación, siempre pensé que algún día superaría las secuelas que me había generado, pero a día de hoy he entendido que nunca las voy a superar porque forman parte de mis entrañas. Me he querido deshacer de ellas distrayéndome, hablando abiertamente de ello creyendo exorcizar así el dolor, otras veces silenciándolo tratando así de olvidarme de ello… Pero a día de hoy he entendido que los hechos que viví forman parte de mí, me han constituido, me han convertido en quién soy. Esa fue una relación iniciática, fundacional. Desde entonces, nunca he vuelto a ser la misma. Durante los años de mi relación con él algo profundo dentro de mí se quebró; la grieta sigue estando aquí.

En las puertas del laberinto

Yo tenía 21 años, era realista, tenía ganas de viajar y de descubrir cosas nuevas. Hacía planes con mi gente, salía de fiesta, me reía, disfrutaba. Era responsable, pero al mismo tiempo estaba relajada y abierta. Era mi último curso en la universidad y aún vivía con mis padres. Estaba justo por irme de Erasmus y su propuesta de una relación abierta me pareció viable. Viéndolo ahora desde la distancia temporal, me doy cuenta de las creencias que tenía en mi cabeza y que no me permitieron cortar con esta relación antes de que las cosas se pusieran demasiado feas:

1er mito: Una química a la que no me puedo negar. Hay una media naranja para mí ahí afuera esperando también y cuando nos conozcamos estaremos de puta madre y molará mucho. Y fue la fuerza del destino, como decía Ana Torroja en Mecano…

La noche que le conocí pasamos la velada juntos, pero no solos. Aquella noche de verano me despedí de él con un abrazo tan intenso que me pareció sentir una fuerte conexión. Me dio su número de teléfono. Me dije que nunca había sentido nada igual. Había sido un flechazo en toda regla: dos desconocidos que al entrar en contacto han sentido una fuerza superior que no pueden obviar. 

2º: Una persona inteligente, interesante y mayor que yo se fija en mí.

Él era alguien desacomplejado, bohemio, cool, con las cosas claras… A de diferencia mí, que tenía tantas cosas por resolver. 

3er: El auténtico amor es el pasional, irracional y con sentimientos desbocados.

En aquella época yo pensaba: Nuestra conexión es tan fuerte que me hace sentir un abanico tan amplio de sentimientos… Todo es muy pasional: a él le puedo contar todos mis problemas, llorar a cántaros, reírme… Aunque a veces me trate mal, me quiere; el maltrato es por la pasión que nos une. Es normal vivir todos los sentimientos tan a flor de piel. Es fogosidad y esto es lo que el amor debe ser: fuego y quemazón. 

4º: Si nos queremos debemos pasar todo el tiempo juntos.

Es normal que pase eso cuando estás con pareja; cuando una persona está enamorada de alguien quiere estar todo el tiempo con la persona amada. Él me reclamaba pasar más tiempos juntos y criticaba a mis amigos y amigas. Poquito a poco, sutilmente y gradualmente, me fui alejando de mi gente; dejé de ir a fiestas, encuentros, dejé de hacer planes, veía menos a mi familia… Me fui a vivir con él y entré en el laberinto. Me aislé.

Dentro del laberinto

5º mito: El sufrimiento siempre forma parte de las relaciones amorosas porque hay pasión.

Para querer, para arriesgarse a querer, se tiene que estar dispuesta a sufrir. Aunque discutíamos mucho y sentía que yo perdía todo punto de ancoraje, el poder sobre mí, pensaba que todo eso tenía sentido porque era amor lo que sentía, un sentimiento que también conllevaba sufrimiento. Era el lado oscuro del amor.

Como si fuera abriendo matrioshkas, me doy cuenta ahora que una idea contenía la semilla de otra, y así se iban entrelazando formando el sustrato perfecto para aceptar el maltrato. La idea del sufrimiento en el amor contiene también la idea que si realmente amas a alguien es normal sentir celos. Llegué a sentir tantos celos que a veces ni podía dormir. Cuando le comunicaba mi malestar, me respondía: “Eres una celosa” o “con esta cabecita no vas a poder ser feliz”. Le pedía no ver flirteos y los veía en casa, pedía no encontrar ninguna mujer en casa al volver de una cena, por ejemplo, y al volver ahí estaba.

Me sentía frágil: muy insegura, con poca autoestima y concentración, con pensamientos repetitivos y muy celosa. Adelgacé mucho, tenía pérdidas de sangre entre una menstruación y otra, estrés emocional y anemia. 

6º mito: La relación afectiva principal (de exclusividad emocional, que no sexual) es la de la pareja.

La relación con él marcaba completamente mi estado emocional. Estar bien con él me hacía estar estable emocionalmente y estar mal me desestabilizaba por completo. Cuando discutíamos sentía que yo no tenía autocontrol. 

7º mito: Para amar una debe ceder y… ¿perderse?

Me perdí en un laberinto sin salida. Todos los malditos caminos se cruzaban en círculos e iban siempre a parar al mismo punto: el vacío. No sabía quién era yo sin él. Me había perdido por completo, estaba totalmente confundida. No podía pensar ni con claridad, ni con precisión.

Él me definía, me decía cómo era. Me criticaba, me insultaba. Yo le decía: “Déjame ser”, pero no me aceptaba, no me dejaba expresar mi punto de vista. Si le contradecía, se enojaba. Si le criticaba, respondía agresivamente. 

8º mito: Cuando se dé cuenta del daño que me está haciendo, cambiará.

Yo vivía silenciada y me sentía muy sola. Un día me harté de callarme la boca y me prometí no callar más. ¡Y que a la mierda! Que si su violencia contra mí aumentaba, veríamos hasta dónde podíamos llegar. Más que una relación amorosa estaba en una batalla. Y pienso ahora, ¿por qué y para qué luchaba?

Nunca pensé que me estrangularía. Nunca pensé que el maltrato llegaría a ser físico. Ocho segundos. De noche, en verano, desnuda, mi vida estaba literalmente en sus manos. Sabía que tenía que dejarlo, me lo prometí a mí misma justo después que él se marchara de la habitación. Al cabo de un rato volvió y me abrazó. Creo recordar algo parecido a unas disculpas. En sus brazos sentía estar en caída libre, pero con el paracaídas estropeado, en un pozo sin final. Sentí un desarraigo enorme. 

9º/10º mito: No puedo vivir sin él + Sin él no soy nadie (el cóctel de la jodida dependencia emocional).

Sin ti no soy nada, dice Amaral. Y en otra de sus canciones: te necesito. No veía la salida del laberinto. Dependencia emocional total. Pérdida de sentido y rumbo vital. Yo era consciente de estar recibiendo maltrato psicológico y físico, pero sentía que no podía estar sin él; que no podía dejarle.

 11º mito: Me trata mal porque está pasando una mala época.

Aquella noche de verano la tenía grabada en mi recuerdo y tatuada en mi cuello, pero pasó el tiempo. Vivíamos bajo el mismo techo, aunque dormíamos en habitaciones separadas y seguíamos “juntos”. Yo sentía una soledad punzante. Creo que es de las peores sensaciones que he tenido en la vida: estar con alguien y sentirme tan vacía y sola.

Al cabo de un tiempo lo pasé a justificar: se puso muy nervioso y se le fue de las manos, no lo ha vuelto a hacer nunca más, fue un episodio aislado… Trata de perdonarlo. Le quiero, lo trataré de perdonar. Fue en vano, me di cuenta que lo aborrecía. Ya no me hacía gracia, ni me sentía feliz al verle, ni quería follar con él, ni compartir nada con él, ni confiarle nada. Se convirtió en mi enemigo.

 12º mito: El maltrato psicológico no es tan fuerte como el maltrato físico.

Aquella agresión física no se repitió nunca más. Yo misma me convencía de que había sido un hecho aislado, aunque en otras ocasiones, discutiendo, me había llegado a tirar un zapato, unos auriculares, un libro… Nunca me llegó a tocar… Me apartaba, le miraba y le decía: “Estás completamente pirado”. Pero no me largaba de casa, seguía ahí.

 13º mito: Dentro de una relación de pareja el concepto de violación no existe.

Creía que las violaciones las cometían desconocidos en callejones oscuros con alevosía y nocturnidad. No sabía que gran parte de las violaciones las llevaban a cabo hombres conocidos y próximos a las víctimas, tíos que forman parte de su entorno cotidiano.

Más de una vez tuve sexo con él sin desearlo, por insistencia, para contentarlo, para no discutir, etc. Aunque nunca me había sentido violada hasta en un viaje. Él estaba viviendo en otro país y yo le fui a visitar. Una tarde insistió en practicar sexo, le dije que no y aun así me penetró. No me gustó su modo de hacerlo, su trato, que no respetara mi NO. Le tiré una patada y me separé de él. Después me largué, pero no había nadie a quien recurrir en busca de apoyo. Me fui a caminar, sola, y al cabo de un rato volví. Me sentía culpable y profundamente infeliz.

Saliendo de la trampa

A la vuelta de ese viaje, una charla con una amiga me dio la claridad y el coraje para dejar la relación con él. Le llamé y le dije que lo nuestro se había terminado. Los meses en que él vivió lejos fueron para mí un alivio y me di cuenta que era más feliz sin él. Fueron mano de santa. Hasta el último minuto que lo vi estuvo haciéndome chantaje emocional y haciéndome sentir culpable.

Con la decisión de dejarlo empecé a recuperarme a mí misma: a recuperar el contacto con mi gente, la sonrisa y las carcajadas, recomencé a disfrutar de las pequeñas cosas del día a día, a hacer lo que me apetecía, a recuperar peso, a dormir y, sobretodo, a tener voz propia. A menudo tenía dos pesadillas: en la primera, soñaba que llegaba en otra casa y él estaba ahí comportándose como mi pareja, y yo no podía salir de aquella casa. En la segunda, él y yo estábamos en el pasillo de casa a oscuras, no le veía, pero sentía su respiración y me bloqueaba de miedo.

Lo que me costó un montón es perdonarme de haber permitido todo esto y transformar el sentimiento de víctima que tenía. Las pérdidas de sangre me han acompañado muchos años más. Ahora siento que me siento mejor con todo esto, que puedo hablar de ello. Hay una canción que me da fuerza: Ojalá estuvieras muerto, de La Bien Querida. Aunque no le deseo la muerte, por suerte nunca más le he vuelto a ver y para mi es persona non grata. Nunca le denuncié. En aquellos tiempos ni me lo planteé. Es alguien a quien no quiero en mi vida.

Pasados algunos años, a todas las mujeres que se relacionen con él les deseo la claridad y la fuerza para marcharse si se sienten maltratadas. Les deseo que escuchen su intuición y que no se dejen, por nada del mundo, silenciar. Yo tengo claro que nunca más voy a permitirle ese maltrato a nadie. Tengo unas luces de neón que me alarman: No, esto no es, vete de aquí. El amor no tiene que ver con sufrir ni con aguantar a nadie ni nada; tiene que ver con la elección desde la libertad, con el sentirse feliz, con el deseo de compartir y el deseo de goce. Tiene que ver con las ganas de vivir y de pasarlo bien.

 

Caída libre
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