Madres de feministas: ¿Qué opinaría mi hija de esto? En red, Reportaje

Algunas jóvenes y adolescentes están introduciendo a sus madres en el feminismo. Incluso algunas expertas en género reconocen que sus hijas les están aportando aprendizajes y cambios de perspectiva. Los roles se intercambian y juntas empiezan a transformar también las dinámicas familiares.

 

Isabel Muntané y Berta Pejó, madre e hija feministas./ Clara Calbet

Isabel Muntané y Berta Pejó, madre e hija feministas./ Clara Calbet

En lugar de pensar qué haría su madre, Pilar Serra piensa: “¿qué haría mi hija, con ésto?” Confía plenamente en sus opiniones y sigue atenta sus razonamientos. Mireia Boix se ha convertido en un referente para su madre. Aunque Pilar considera que siempre ha sido feminista, “al menos de pensamiento”, su hija, que ahora tiene 29 años, le ha hecho replantearse cuestiones y darse cuenta “de que hay diferencias que no son justas”. Mireia entró en un colectivo feminista que le ayudó a entender injusticias de género que ya la incomodaban. Empezó a hablar del tema en casa, primero comentando aspectos de la educación que había recibido en la escuela, para luego señalar lo que consideraba injusto en la organización familiar, haciendo reflexionar a toda la familia. Esto hizo que Pilar [nombre ficticio a petición de ella] haya sido capaz de tomar conciencia, poner palabras y tener argumentos frente a las discriminaciones cotidianas por género. También en cuanto a la publicidad sexista: ha llegado a protestar por una campaña del gimnasio de su pueblo, “cosa que, hace unos años, no hubiera hecho de ninguna manera”. Y cuando tiene que hacer regalos o comprar ropa para bebés, vigila que no reproduzcan estereotipos sexistas.

Cuando Pilar se casó, ella y su marido se repartieron las tareas domésticas. Pero, como en tantos otros casos, al llegar los hijos ella dejó su trabajo para cuidarles, y se quedó a cargo también del hogar. “Ahora encuentro injusto que yo tuviera que dejar de trabajar; quizás hubiera preferido trabajar menos horas y estar por los hijos, pero en aquella época no te dejaban”. Considera que “es una injusticia que se ha hecho de cara a la mujer”. Ahora trabaja a media jornada, pero no para cuidar a la familia, sino por elección propia: “Quería tener tiempo para mí, ahora que los hijos ya no me necesitan. Pensé: ¡ya está bien! Todo el día para los otros, pues ahora voy a estar para mí”.

Cuando volvió al mundo laboral, marido e hijo se comprometieron a colaborar para que hubiera un reparto igualitario de las tareas domésticas, pero aunque ha habido cambios sustanciales y su marido la “ayuda”, reconoce que ella sigue haciendo lo que hacía antes. De vez en cuando se sienta en el sofá, “a ver si alguien reacciona”. Sí, reaccionan. “No tienen mala fe, y les sabe mal”, dice Pilar, pero a menudo esa movilización se queda en una anécdota. Siente que, aún hoy en día, “la situación es injusta”.

Su hija, que ya no vive con ellos, tiene la sensación de que, aunque no hayan cambiado los roles, “sí que se ha roto el hecho de que eso sea normal”. “Se plantean las cosas, y hay más empoderamiento por parte de mi madre. Aunque no ha llegado a dar el paso, al menos se lo ha planteado”, afirma.

Precisamente este pensamiento crítico es lo que destaca Elisabet Puigdollers, politóloga especializada en género y feminista. “Quizás no se genera un cambio en algunas madres, pero viendo cómo viven sus hijas, se plantean que en su edad ellas no podían hacerlo”, observa. Para ella, “lo importante es que haya ese proceso de reflexión”.

A diferencia de Mireia, Arantxa Hernández sí tiene el propósito expreso de inculcar en su madre perspectiva feminista, y afirma orgullosa que le da clases. “Voy educando a mi madre”, dice. Siempre les ha gustado discutir de política, y comentan muchos temas de actualidad. Cuando Arantxa empezó a leer sobre feminismo, lo empezó a plantear también a su madre. Dice que ha sido “como un engranaje, poquito a poquito”. Y ha dado sus frutos: fue gracias a estas conversaciones que Maribel Esteve, su madre, incorporó la corresponsabilidad en el hogar, y ahora se reparte las tareas con su pareja. Arantxa, que se está formando profesionalmente en género, explica que le va introduciendo ideas, como la de normalizar que haya parejas homosexuales. Recuerda cómo Maribel, que siempre se ha considerado defensora del colectivo LGTB, cuando veía a dos chicos, decía “¡Qué bonitos!”. Arantxa le recomendó que no hiciera este tipo de comentarios: “¿A que si fueran un chico y una chica no dirías eso? Pues si lo dices con ellos, les estás tratando de raros”.

Maribel traslada a su entorno reflexiones e ideas que aprende con Arantxa. Esto ha hecho que, por ejemplo, su pareja, que hace un tiempo no lavaba platos, se ofreciera a cuidar a una persona durante la huelga feminista del 8M para que la habitual cuidadora pudiera parar. A veces Maribel se queda sin argumentos y recurre de nuevo a la hija: “Quiero que me lo expliques para poder defenderlo”, dice. Le gusta mucho, y “se fía de lo que le digo”, señala Arantxa, y añade: “Igual que yo puedo aprender muchas cosas de ella, ella puede aprender de mí en ésto”.

Isabel observa y pregunta mucho a su hija Berta: "Me interesa saber qué hace la gente joven en el feminismo"./ C.C.

Isabel observa y pregunta mucho a su hija Berta: “Me interesa saber qué hace la gente joven en el feminismo”./ C.C.

Para Isabel Muntané, periodista especializada en género, ésto no habría sido posible hace unos años. “La actual generación de madres y padres escucha más, trabaja más el diálogo. Yo seguramente no habría podido mantener estos diálogos con mi madre, ella no habría dado crédito a mi conocimiento, puesto que se valoraba mucho más la experiencia y el conocimiento que se da a la edad”, afirma. Señala que ahora el clima es favorable, el feminismo se está posicionando en los medios y la agenda pública, se está haciendo más visible y “se está perdiendo la negatividad con que se hablaba del feminismo antes”.

Además, señala que las jóvenes están más formadas, puesto que hay más acceso a la información, a través de distintos espacios y redes. Elisabet Puigdollers se muestra convencida de que “estas chicas, muy concienciadas con el feminismo, provocan cambios en sus casas”. Añade que hay muchas jóvenes que “sin tener ningún tipo de conciencia feminista, ya han interiorizado muchos de los principios del feminismo y no aceptan según qué cosas que antes sí se aceptaban”. Para ella, uno de los éxitos del feminismo es que ha conseguido llegar de forma transversal a mucha gente que no tenía ese discurso o no se considera feminista.

Muntané, que es codirectora del Máster de Género y Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona, educó a sus hijas en el feminismo. Aun así, Berta Pejó, de 19 años, explica que ha tenido que deconstruir los mandatos sexistas que le inculcaron en la escuela y en su entorno. Hace ya un tiempo que se mueve en espacios feministas donde se siente cómoda, y de donde ha aprendido mucho y ha encontrado muchas herramientas: “Supongo que tengo mucha carencia teórica, y lo que sé es desde la experiencia”.

Isabel observa de cerca su hija y sus amistades, cómo se relacionan, de qué hablan, y le pregunta mucho: “Intento que me dé información de cómo lo viven, cómo trabajan sus preocupaciones… Me interesa saber qué hace la gente joven en el feminismo”. Aunque es crítica con algunos aspectos, Isabel cree que “tienen las ideas más claras, tienen muchas más herramientas de las que nos imaginamos”. Observarlas le ha permitido aprender otra forma de hacer feminismo, “desde la experiencia y el sentir, sin necesidad de citar a teóricas, y dando importancia a los cuidados”. Y es que Berta y su grupo de la universidad, Raval·lila’t, en cada asamblea hacen una rueda emocional, “porque es importante el activismo feminista, pero también es muy importante cuidarnos”. Recuerda cómo a su madre la sorprendieron los encierros en los que únicamente hacen ruedas emocionales y de salud; pasan toda una noche hablando.

Para Muntané, el hecho de que no hayan estudiado a fondo el feminismo, sino que lo tengan incorporado en su vida personal y sus relaciones, hace que lo vean como un proceso mucho más natural.

Otra de las conversaciones que a menudo mantienen Berta e Isabel es acerca de las categorías y etiquetas. Berta intenta hacer entender a su madre que el hecho de definir a las personas como lesbiana, heterosexual, bisexual… encasilla a las personas. “No hay que decir que es lesbiana porque le gusta una chica. Hoy le gusta una chica, pero quizás mañana le gustará un chico, y pasado, ¡vete a saber!” En eso, Isabel le ha dado la razón.

A través de Berta, Isabel también ha aterrizado algunos conceptos a la cotidianidad: “Aunque ya había roto con el binarismo de género desde un ámbito teórico, lo estoy rompiendo desde un ámbito más vivencial y práctico gracias a ella, que me ha ayudado a integrar la experiencia y la calle en el conocimiento académico”.

Berta es consciente de que sus amigas feministas, a distintos niveles, también están influyendo en sus madres. Ella, por su parte, intenta “molestar y provocar que la gente se cuestione cosas” en los distintos entornos donde se mueve, aunque no ha pretendido en ningún momento instruir a Isabel. Ahora la madre se está convirtiendo en su proveedora de libros académicos, mientras que, para Isabel, “las conversaciones con Berta son un gran aprendizaje”.


NOTA DE LAS EDITORAS. Fe de erratas: En una primera versión de este reportaje, en el titular, “esto” aparecía con tilde. Disculpad el despiste.

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Periodista i comunicadora. Amb perspectiva de gènere.

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