¿Quién marca el ritmo? Experiencias ginecológicas Participa

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Elena Valls

Hernán Piñera | Subway | Creative Commons

Mi pobre ginecóloga tiene tantas mujeres en espera para ser atendidas, que cuando sale a llamarlas lo hace de tres en tres, y con voz marcial dice un nombre, Pilar. N…, luego otro, María S…”María detrás de Pilar”, otro, Elena V…”Elena detrás de María”. Apenas nos mira. Confía en que cada una de nosotras nos fijemos en quien tenemos delante. Y obedientes, así lo hacemos.

Miré a mi antecesora atentamente, sentada en la misma línea de incómodos asientos, dos puestos a mi izquierda, no sea que entre detrás de la que no es, lo cual no sería de extrañar porque soy despistada y nerviosa a la vez, combinación explosiva para algunos aspectos de mi vida, en fin, que me apuro y meto la pata fácilmente  para hilaridad o desprecio de quien me sufre según sea su estado de ánimo. En eso estaba…observando tranquilamente a la mujer que me precedía, cuando caí en mi pequeño vicio de observar demasiado a los demás. Se trataba de una mujer de mediana edad, delgada, escasa de formas, pacífica de gestos…todo esto no era, lo sé, importante para la consecución de mi objetivo, que era entrar cuando me correspondía pero no pude evitar recordar a algunas de las profes monjas de mi juventud que con alegría  entonaban canciones hippies con letras religiosas a cada inopinado momento para estupor de todas nosotras.

Volví a mi libro intentando concentrarme y lo logré, hasta que la vi entrar. Dejé de leer y esperé a que saliera pacientemente.

El consultorio está  al final de un pequeño pasillo por lo que me levanté al oír la puerta y me crucé con ella en el recorrido que unía la sala y la consulta. Arrastraba los pies. Se aferraba a su abrigo de forma crispada, la cara algo contraída, no preocupada pero si muy incómoda. A punto estuve de preguntarle si se encontraba mal, pero tampoco tenía mal aspecto. Entré en la consulta y me olvidé de ella. Me desvestí y me coloqué  en esa maravillosa posición ginecológica que tanto nos gusta a todas.

Y cuando mi doctora me hablaba, mientas cogía ese aparato fálico de proporciones más que aceptables y hábilmente le ponía un condón para la ecografía… mi mente lo comprendió.

¿Y si la pobre mujer que iba delante de mí era una monja vestida de seglar? ¿Y si su sexualidad por motivos religiosos o no, era un tabú perfecto? ¿Un recodo de su cuerpo insondable e ignoto? ¿Y si mi  ginecóloga, eficiente y pragmática le introdujo el más que aceptable falso pene tan a la ligera como a mí?

Comprendí el gesto de aquella mujer. Me puse en su lugar intentando olvidar que yo había tenido dos hijos y miles de visitas al ginecólogo pero y ¿si yo no fuera así? ¿ Si nuestra maravillosa sexualidad solo fuera una adenda a nosotras, no me habría sentido si no violada al menos mancillada por las prisas de nuestro sistema sanitario o quizás por las prisas de nuestro modo de vida? Al final, había sido despachada con la naturalidad de un trabajo rutinario y por el ritmo inalterable de todo lo que hacemos mecánicamente.

Me di cuenta de que no encajar en el mundo en el que vivimos llega a los insospechados límites de no encajar en lo que marca el ritmo de nuestras vidas. Una paciente, otra paciente, otra y así médicos y pacientes al compás frenético de la inhumanidad, donde no hay espacio para titubeos para “lugares ocultos de nuestro cuerpo” o de nuestra psique. Me di cuenta de que si por voluntad o no, eres frágil en este mundo estás jodido porque te sentarán en el taburete ginecológico de la vida quieras o no.

 

¿Quién marca el ritmo? Experiencias ginecológicas
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