¿Por qué los hombres nos seguimos comportando como “hombres”? Participa

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Víctor M. Sánchez López

Hernán Piñera | Trip | Creative Commons

O, mejor dicho: ¿Por qué los hombres nos seguimos comportando como hombres, cuando precisamente lo que pretendemos es precisamente todo lo contrario, cuestionar nuestras respectivas masculinidades, es decir, “dejar de ser hombres” tal y como lo entendemos hoy en día, y en el sentido más masculino y hegemónico del término o expresión?

¿Por qué somos incoherentemente coherentes, a pesar de nuestras -pretendidas- ganas de cambiar o transformarnos?

Una de las cosas de las que me siento más afortunado por cabalgar al lado del feminismo, es por mi incuestionable cuestionamiento de todo lo que me rodea, incluido, mi propio trabajo individual y quiero pensar, colectivo también, en los grupos, asociaciones y colectivos por los que transito habitualmente, a lo largo de los últimos años, como forma de nutrirme y de enriquecer mi tránsito hacia otro tipo o forma de “ser hombre” o de conseguir justo todo lo contrario, dejar de pensar en ello como un objetivo a perseguir (el de “ser hombre” de una determinada nueva manera, algo todavía difuso y lejos de imaginar siquiera).

Así que, cada cierto tiempo, es inevitable, revisar y cuestionar mi propio trabajo individual y colectivo de deconstrucción y reconstrucción de mi respectiva masculinidad, y llego como no, a la eterna pregunta de si estoy haciendo todo lo posible (repito, todo lo posible, no solamente todo lo que está al alcance de mi mano cuando “puedo y quiero”) por establecer una mirada crítica, reflexiva y feminista de mis comportamientos y acciones del día a día, para construir a mi alrededor, en mi entorno, a mi verdadero alcance o radio de acción, una nueva visión de ver la vida aportando mi pequeño granito de arena a esa ingente marea feminista que sirve de referente para tantas y tantas mujeres (y algunos -pocos, todavía a día de hoy- hombres).

Hoy pretendemos cambiar y transformar nuestras masculinidades desde la comodidad del “hogar” (nuestros círculos o grupos de reflexión masculinas de y con hombres “cercanos”) y a través de las redes sociales, en las que somos unos linces, a pesar de que pocos hombres nos sigan, nos hagan caso o nos comenten algo (y tampoco parece importarnos, parecemos cómodos con el simple halago que a veces nos llega desde las mujeres feministas por nuestra implicación para pensar que estamos haciendo algo por la “causa”).

Nos hemos convertido en unos expertos en ir a las manifestaciones y en vociferar por las redes cualquier comentario, post o publicación de marcado tinte feminista.

Ya.

¿Pero qué más estamos dispuestos a hacer?

¿Nos hemos planteado siquiera esta cuestión o nos conformamos con hacer todo lo que creemos que las mujeres feministas esperan que hagamos?

¿Seguimos pensando en términos de aprobación por parte de ellas o hacemos lo que hacemos porque creemos que lo tenemos que hacer por nosotros mismos?

¿Nos hemos molestado siquiera en saber lo que ellas esperan y demandan de nosotros?

¿Somos conscientes de que independientemente de lo que hacemos es posible que eso sea tremendamente insuficiente?

Me da la sensación de que incluso en nuestro más que pretendido activismo feminista, pensamos que estamos haciendo todo lo posible, y me temo, que una vez más, las mujeres nos demuestran, que eso, no es ni de lejos, ni suficiente ni medianamente satisfactorio.

Las revoluciones nunca fueron cómodas ni estaban construidas “a medida”.

Una revolución “controlada” no es una revolución. Es… otra cosa.

Y me da la sensación de que todo lo que hacemos o en todo lo que participamos (nosotros) está convenientemente controlado y mesurado.

La verdadera revolución tendrá que ser individual pero sumada. Pero nunca al revés.

Y es una reflexión que me lleva a cuestionar y reflexionar sobre TODOS los espacios masculinos no mixtos con los que he tenido el placer de cruzarme a lo largo de mis últimos años de vida.

Espacios excluyentes (aunque no lo pretendieran) en nuestras asociaciones o colectivos.

Espacios donde solo veo por todas partes hombres heterosexuales, cuestionándose sus privilegios desde el privilegio que supone tener la capacidad (y no la obligación) de cuestionar(se)los.

Sí, de diferentes edades, condiciones económicas y clases sociales.

Hasta ahí, bien. De acuerdo.

¿Pero, qué pasa con los hombres racializados (salvo escasísimas excepciones), orientaciones sexuales y diversidades funcionales diferentes?

¿Dónde están?

¿Sus luchas (masculinas) son diferentes a nuestras luchas?

¿No estamos cuestionando nuestro privilegios masculinos y patriarcales en los que deberíamos tener todos cabida bajo un mismo paraguas?

¿Será que nuestro discurso, aparentemente igualitario no les llega?

¿Será que nuestro discurso no es ni siquiera meridianamente igualitario (y por eso no les llega)?

¿No será que no se sienten reconocidos ni siquiera mínimamente identificados con lo que nosotros proponemos?

Entonces nuestra propuesta no es ni será (nunca), ni lo suficientemente global, ni lo suficientemente justa y diversa.

Otra vez más, tratando de adaptarnos a los nuevos tiempos con aparentemente nuevas fórmulas que no lo son tanto.

Seguro que más de uno me responderá: “No, si aquí no negamos la entrada a nadie. Cualquiera puede venir y aportar su punto de vista”.

Hombre, solo faltaría.

Pero ¿haces algo por acercarte a otros espacios que te den nuevas formas de ver o afrontar la realidad de una manera diferente, o simplemente esperas que sean “ellos” (los otros) los que tengan que acercarse a tus -nuestras- propuestas?

¿O es más fácil quedarse en tu (simplista) forma de ver las cosas?

En tu inevitable (nueva) zona de confort masculina.

Exigimos “cuotas” para que las mujeres estén convenientemente representadas en el ámbito público, pero en nuestros círculos, en nuestros espacios de (de)construcción masculina, no nos importa que la desigualdad siga coexistiendo, esperando que “eso” se solucione por sí mismo, porque pensamos que no nos incumbe a nosotros el solucionarlo, porque somos nosotros los que no tenemos que ir a buscar a nadie.

Ufff, eso me suena tremendamente “(re)conocido” …

A ver si lo que estamos promoviendo aun sin darnos cuenta, es “otro modelo” de masculinidad, pero un único modelo de masculinidad, al fin y al cabo, del que probablemente, muchos hombres en un futuro cercano se sientan excluidos y no representados (y no hablemos ya de las mujeres con las que convivamos en un espacio común público).

Mismo perro, distinto collar.

Adaptado a los “nuevos tiempos” que nos reclama el feminismo, pero lejos de aportar una solución novedosa y rompedora o de ser de forma sincera, una referencia de “nuevas masculinidades”, o, mejor dicho, una referencia para esas “mejores masculinidades” que están por llegar…

No. No vamos a cambiar un modelo por otro. No deberíamos caer en ese error.

Debemos renunciar a creer que tenemos una forma de ser hombre que sea buena o “referente” para alguien.

Ya lo hicimos con las mujeres (¿recordáis el binomio “santas o putas”?) y no funciona.

Lo que funciona o debería funcionar, es la falta de modelos a seguir.

No digo de individuos. Me refiero a modelos de masculinidad. No forjemos ni ayudemos a crear nada de lo que después nos tengamos que arrepentir.

Dejemos de pensar que tenemos que dejar un legado de las nuevas masculinidades a las generaciones que estén por venir o a los hombres que nos quieran tener como referentes de algo a seguir, porque no es necesario ni es lo que se nos reclama.

A las generaciones que estén por llegar, serán sus (propios) referentes generacionales los que tengan que hablar por ellos (si es que hace falta referentes para que cada uno busque su propio camino e identidad).

Nosotros nos tenemos que dedicar, a lo nuestro.

Al hoy y ahora.

Que es donde está lo preocupante, lo grave y lo que sigue costando las vidas, un día sí y otro también, de las mujeres a diario.

¿Como vamos a sentir verdadera y sincera empatía (por ejemplo) por la violencia contra la mujer si ni siquiera somos capaces de cuestionar nuestra pequeña parcela de comodidad/poder?

De nuestro miedo a abrir nuestros espacios colectivos y asociativos se desprende el miedo a acercarse de manera sincera a lo “no masculino” (a la mujer, a las masculinidades no normativas, a las discapacidades que nos producen incomodidad por no saber tratarlas como merecen).

Precisamente aquello por lo que tratamos de luchar, de autoconvencernos, para ayudar a forjar nuevas (y mejores) masculinidades.

¿No es eso precisamente para y por lo que trabajamos?

¿Qué estamos haciendo o qué estamos dejando de hacer para que desgraciadamente eso no siga siendo así de forma perpetuadora?

Se llama miedo a perder nuestros privilegios, nuestra zona de confort, nuestra única referencia valida de pretender saber lo que estamos haciendo.

No nos pidas más, porque creemos que, con eso, nuestra porción o cuota de responsabilidad, ya está cumplida.

El problema es que eso no es así. Ni mucho menos.

¿De verdad crees que así vas a ayudar a cambiar la sociedad o ni siquiera a ti mismo?

Eso se llama adaptación, no transformación, e implica que simplemente estás sustituyendo el modelo heredado por un modelo elegido (a medida, y tramposo).

Ese es el trabajo que no se nos está pidiendo, sino el que tú estás dispuesto a asumir.

Seguimos dando pequeñas concesiones de nuestra masculinidad a poquitos.

Con trampa.

Con ese dedo índice apoyado en la báscula que hace trampa, para indicar que lo que ponemos en ella pesa más que lo que realmente es.

Yo no concibo el proceso de transformación de las masculinidades sin la restauración y la convicción de por dónde hemos transitado y en qué situación, eso ha dejado a las mujeres. Por ejemplo. Y eso es algo que no veo por ningún lado.

Ni individual ni colectivamente.

Si queremos resultados diferentes tendremos que empezar a hacer cosas diferentes.

Si somos seres sociales que necesitamos relacionarnos con los y las demás, ¿en qué medida esas relaciones bidireccionales son el verdadero motor de nuestras transformaciones, y de qué manera las estamos confrontando?

¿Cuántos de los ingredientes que se cuecen en la olla patriarcal son incorporados por nosotros y en qué medida, hacemos por evitar que eso siga siendo así?

El otro día decían en un capítulo de la segunda temporada de El cuento de la criada: “Si sigues fingiendo, no recordarás quién eres”.

Yo, hoy, propongo que dejemos de fingir y de mentir, y que nos dediquemos simplemente a sentir, a dejarnos llevar y a seguir escuchando y leyendo lo que muchas feministas nos siguen diciendo.

Y que dejemos de hacer “cosas de hombres”, porque eso solo nos lleva a territorios ya conocidos.

Que eso, a fin de cuentas, es lo que hemos viendo haciendo toda nuestra vida, y no ha funcionado.

Probemos a hacer algo diferente.

A ver qué pasa.

 

¿Por qué los hombres nos seguimos comportando como “hombres”?
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