Lexi Alexander y la prisión de las directoras de cine Análisis, Ficciones

Hace diez años, Lexi Alexander fue la primera mujer en dirigir una película basada en un personaje de Marvel Comics y, aunque las series superheroicas posteriores se han nutrido de su estética, su fracaso en taquilla la expulsó de la industria cinematográfica.

Lexi Alexander y Steve Gainer en el rodaje de Punisher: War Zone (Imagen: Peter Yang)

Lexi Alexander y Steve Gainer en el rodaje de ‘Punisher: War Zone’./ Peter Yang)

El éxito de Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017) y el entusiasmo que suscitó el trabajo de su directora han confirmado la necesidad de apertura de lo superheroico a las mujeres del sector. En los próximos años, profesionales como Anna Boden, Gina Prince-Bythewood, Ava DuVernay y Cathy Yan, además de la propia Jenkins tras una negociación de contrato histórica, estarán al frente de proyectos de Marvel Studios, Sony y Warner Bros. Sin embargo, esto no siempre ha sido así.

La industria ha venido considerando que determinados géneros cinematográficos como el cine de acción y el de superhéroes son eminentemente masculinos, y se ha perpetuado la idea de la incapacidad de las mujeres para realizarlos. Esto, sin duda, es una falacia que recurre a estereotipos para limitar el ámbito laboral de las directoras y justificar la escasez de ofertas que reciben, pues eliminar de la ecuación a quien no interesa contratar y hacer que parezca inevitable resulta más sencillo que lidiar con las consecuencias de la inclusión femenina. Por eso, una y otra vez hemos visto a directores —algunos sin experiencia con grandes presupuestos— recibiendo el trampolín definitivo para sus carreras con el encargo de la siguiente superproducción de turno, mientras ninguna directora era tenida en cuenta como una posible opción.

Asimismo, en las raras ocasiones en las que ellas sí han conseguido el trabajo, han sido sometidas a una presión extra de la que se libran la mayor parte de los hombres: un fracaso económico puede truncar la carrera de una directora y hacer que nadie vuelva a confiar en ella, sin importar la calidad y la relevancia de su obra. Eso es lo que le sucedió hace una década a Lexi Alexander tras el descalabro en taquilla de Punisher: War Zone (2008), la primera película de superhéroes dirigida por una mujer.

El mito de la meritocracia

La carrera de Lexi Alexander, de madre alemana y padre palestino, es un claro ejemplo de cómo la industria cinematográfica se dedica a poner piedras en el camino de las directoras, más aún si son racializadas. Anteriormente campeona del mundo de kickboxing y doble de riesgo, Alexander fue nominada al Oscar a Mejor Cortometraje con su primer trabajo como realizadora, Johnny Flynton (2002). De ahí pasó a coescribir y dirigir Green Street Hooligans (2005), la única película que ha ganado tanto el Gran Premio del Jurado como el Premio del Público en el SXSW Film Festival. En ambas producciones abordaba los efectos de la violencia sobre la psique de los hombres y demostraba su talento para rodar escenas de acción. Sin embargo, a pesar de encajar en los parámetros del cine tradicionalmente entendido como masculino y contar con empuje mediático, Green Street Hooligans tuvo una distribución en salas casi inexistente y a Alexander la reemplazaron otros directores en sus dos secuelas. Así, ni siquiera un estilo de dirección típicamente asociado a los hombres fue suficiente para que la tratasen conforme a sus méritos y no la discriminasen.

No obstante, si acceder en cines a la ópera prima de una mujer, o a cualquier película de una mujer, resulta complicado —suelen recibir estrenos limitados, menor promoción y están concentradas en el circuito de festivales—, investigaciones recientes indican que tampoco consiguen sacar adelante un número de proyectos similar al de los hombres a lo largo de sus carreras. Estas diferencias complican la visibilidad de las mujeres como parte de la industria e imposibilitan que sus filmografías se sitúen al mismo nivel que las de sus homólogos masculinos.

Alexander, por tanto, se hallaba en un punto delicado de su carrera cuando le aconsejaron que aceptase trabajar para un gran estudio en su segunda película. El problema fue que, tras haber probado que estaba capacitada para contar historias violentas y explícitas, le ofrecieron un proyecto ya condenado: Punisher: War Zone, desarrollado por Lionsgate sobre el personaje de Marvel Comics. Para entonces, la producción era una bomba a punto de estallar después de meses de disputas que transformaron una secuela directa de The Punisher (Jonahan Henleigh, 2004) en un reboot, y el estudio quería quitarse aquello de encima con el menor daño económico posible. Básicamente, buscaban a alguien que no pudiera exigirles un sueldo demasiado alto y levantase la película con unos escasos 35 millones de dólares —otras películas de superhéroes ya se estaban realizando con presupuestos hasta cinco veces mayores que ese—. Todos los directores que barajaron antes y durante las negociaciones con Alexander se negaron, así que Lionsgate la situó a ella como su principal objetivo.

Era la época inmediatamente anterior al bum actual del cine superheroico, cuando, a excepción del Batman de Christopher Nolan, el Spider-Man de Sam Raimi y los mutantes de la Fox, todo tendía a pasar sin pena ni gloria y Marvel Studios aún estaba empezando con su universo cinematográfico, así que Alexander se negó hasta que, según ha declarado, le dijeron que estaba en su mano romper el techo de cristal siendo la primera mujer en dirigir una propiedad de Marvel Comics. Así, instrumentalizaron su propia situación de precariedad en la industria y colocaron sobre sus hombros la responsabilidad de inspirar a las generaciones futuras y abrirles camino. Esta idea tan extendida de convertir en un hito individual y colectivo el que debería ser un paso más en la vida laboral de una profesional es otra herramienta con la que impiden que el trabajo de las mujeres y el de los hombres se midan bajo unos mismos parámetros y estén en igualdad de condiciones; hacen que ellas siempre carguen con una presión adicional.

No obstante, su decisión final de aceptar vino acompañada por una propuesta con la que Lexi Alexander dejó claro a Lionsgate que solo abordaría un personaje tan problemático como el justiciero Frank Castle desde un prisma delirante y cómico, deudor del cine de serie B de los 80 y con una violencia explícita y absurda —extraída de los cómics casi plano por plano— que no pudiera ser replicada por los espectadores. Y, nuevamente, exploraría el viaje de un hombre por un mundo de brutalidad que ni el propio sistema es capaz de controlar, representado en una realidad corrupta y nocturna bañada de colores saturados de una belleza apabullante que, a día de hoy, sigue resultando sorprendente por haberse realizado con un presupuesto tan limitado. De esta forma, acogía el aspecto visual de los cómics guionizados por Garth Ennis y su planteamiento era una novedad en el audiovisual de superhéroes.

'Punisher: War Zone'./ Takeshi Seida / Lionsgate

‘Punisher: War Zone’./ Takeshi Seida / Lionsgate

Su iniciativa resultaba contundente y, en el caso de cualquier otro director, habría sido valorada porque dejaba entrever que Alexander conocía el material, sabía lo que hacía y era capaz de plasmar con ferocidad el encargo —se ganó a pulso la calificación R, tan de moda ahora con Deadpool (Tim Miller, 2016)—. Sin embargo, siempre ha afirmado que pasó a ser vista como un inconveniente en cuanto empezó a pedir explicaciones por el camino que estaba tomando el largometraje en la etapa de posproducción y promoción. El estudio, sin entender que lo que tenía entre manos era un producto de nicho, retrasó su estreno para que coincidiera con el periodo navideño buscando ser el bombazo del año, pero no aumentó su promoción para que la audiencia supiera que existía ni tampoco dejó claro que no debían tomársela en serio. Al mismo tiempo, se filtraron en la red rumores que atacaban personal y profesionalmente a Alexander e intentaban cimentar una narrativa tan antigua como efectiva en la que era tildada de incompetente, difícil e incluso se afirmaba, falsamente, que había sido despedida.

De esta manera, no supieron vender la película a su público potencial, orientaron el estreno hacia una de las épocas más difíciles del año y, además, proyectaron una imagen de descontrol dentro de la producción —preparando ya el terreno para utilizar a la directora como chivo expiatorio si la cosa salía mal— que solo podía traducirse en un desastre, sin importar la calidad del largometraje. Evidentemente, Punisher: War Zone fracasó por completo a nivel económico incluso a pesar de su bajo presupuesto y, de forma inmediata, Alexander fue despedida por sus propios representantes y entró en la denominada ‘prisión de las directoras’. Diez años después, aún no ha salido allí.

Prácticas discriminatorias

Como en cualquier trabajo, la credibilidad y la imagen son esenciales para que las directoras se hagan un hueco dentro de una industria que, ya de partida, no considera que estén a la altura y solo acepta de ellas la excelencia para justificar su contratación. Así pues, hasta el más mínimo fallo es usado de forma ejemplarizante contra la profesional en cuestión y, de paso, para estigmatizar al conjunto de las trabajadoras. Lynne Ramsay por su reputación de ‘directora difícil’ o Karyn Kusama y Rachel Talalay por sendos fracasos en taquilla son solo algunos de los casos que siempre salen a colación al hablar de esa prisión simbólica que mantiene en suspensión las filmografías de las mujeres a modo de castigo. Se trata de una de las prácticas más discriminatorias de la industria del cine y ha sido consentida y normalizada a nivel estructural, de manera que no la utilizan igual con los directores, ya que, incluso tras situaciones notorias como la protagonizada por Josh Trank en Fantastic Four (2015), ellos no tardan demasiado en retomar sus carreras.

Asimismo, esta prisión de las directoras resulta más terrible todavía porque, mientras ellas están desempleadas, la industria tiende a beneficiarse de sus contribuciones previas y a nivel mediático nadie entiende que no sigan en activo. Lexi Alexander no ha rodado más películas destinadas a salas comerciales en diez años —en 2010 dirigió Lifted, un dramón directo a DVD y VoD— y, durante ese tiempo, Punisher: War Zone se ha convertido en una obra de culto, Alexander ha sido propuesta por los fans cada vez que se ha anunciado que una película de acción buscaba director y el audiovisual televisivo de superhéroes se ha nutrido muy claramente, pero sin reconocerlo, del trabajo que desarrolló junto al director de fotografía Steve Gainer.

'Punisher: War Zone'./ Takeshi Seida / Lionsgate

‘Punisher: War Zone’./ Takeshi Seida / Lionsgate

La llegada de Alexander a lo superheroico supuso un punto de inflexión en la manera de entender a nivel visual el universo de los justicieros que deben defender sus comunidades frente a amenazas corruptas hasta entonces codificadas con aspecto sombrío y carente de color. A partir de ahí, se da una estética con elementos sorprendentemente similares en las obras televisivas de DC y en las de Marvel con Netflix, donde han procedido a diferenciar los dos mundos que conforman sus narrativas haciendo que sus protagonistas se enfrenten a un peligro nocturno y callejero expresado habitualmente con una amplia gama de colores intensos que buscan introducirnos en otra realidad y definir a sus personajes de la misma forma que sucedía en Punisher: War Zone.

Ha sido, precisamente, el medio televisivo el que le ha dado otra oportunidad a Lexi Alexander estos últimos años al tiempo que se convertía en una acérrima activista por la igualdad de las mujeres y de las personas racializadas dentro y fuera del audiovisual. Allí está preparando un proyecto propio junto a Scott Derrickson, ha dirigido episodios de Arrow, Supergirl, Taken y How to get away with murder, entre otras, y dice sentirse más cómoda porque la responsabilidad última no recae sobre ella y será imposible que la vuelvan a juzgar con la virulencia que sufrió en el pasado. Se trata, por tanto, de un ambiente que avanza con un poco más de rapidez en relación a la inclusión de las mujeres y abre un mundo de posibilidades que parece terriblemente lejano en lo cinematográfico todavía.

Al final, la industria del cine solo terminará acogiendo de verdad a las directoras si le resulta rentable, y únicamente entonces irán apareciendo más nombres de mujer asociados a historias que, hasta ahora, no se les ha permitido dirigir. Mientras tanto, seguirá haciendo falta que cuestionemos las estructuras y prácticas discriminatorias que nos están privando de las contribuciones de todo un sinfín de realizadoras porque alguien decidió que ellas, a pesar de sus méritos, no eran suficiente.

Lexi Alexander y la prisión de las directoras de cine
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Rebeca Gracia Lara

Comunicadora audiovisual, analista cultural e investigadora especialista en representación de género, cultura popular y narrativa audiovisual. También divulga sobre cine realizado por mujeres, entre otros sitios, en el proyecto 'Her Film Story' (https://vimeo.com/herfilmstory).

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