La hora del café con Harvey Weinstein Participa

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Fran Villena |Café | Creative Commons

No lo había visto nunca, pero el momento en el que su imagen apareció sobre un escandaloso titular, sabía que ya me había encontrado antes con él. A partir de ese momento, ni siquiera me ha hecho falta estar alerta, su cara aparece en cualquier medio o red social y, el problema que ese ser lleva generando años, se hace más grave, evidente y repugnante conforme avanzan los días.

Cuando digo que ya me había encontrado con él antes, me refiero a su espíritu. Ese espíritu que sobrevuela sobre nuestras cabezas y que, en muchísimas ocasiones, a los hombres se les presenta como arma. Porque no, yo no he conocido personalmente a Harvey Weinstein (ni ganas), pero no puedo sentirme agradecida de ello pues he tenido la desgracia de conocer a otros hombres que, siendo jefes, ostentando un puesto mucho mayor que el mío y, en un claro abuso de poder, han intentado… Bueno, algo que me resulta indescriptible pero que se quería parecer a lo que ese señor del mundo del cine ha hecho.

No era un gran productor de Hollywood, ni el ejecutivo más poderoso de una multinacional. En realidad, se trataba de un Don Nadie, pero el simple hecho de estar por encima de mi le daba ya una sólida base de apoyo para poder darme un masaje “gratis” a media mañana u opinar, sin haberlo yo pedido, sobre mi buen aspecto a pesar de ser lunes a primera hora. Fue una etapa de mi vida muy desagradable.

Había comenzado como practicante en aquella empresa hacía pocos meses, estaba muy ilusionada pues era una buena oportunidad para complementar el aprendizaje durante el último año de carrera. Él formaba parte del equipo directivo y, en un principio, fue muy amable conmigo. Junto a otras compañeras y compañeros, me dieron un recibimiento bastante cálido. Yo, por lo general, suelo tener un trato distante, sobre todo en el trabajo, pero la verdad es que esta manera de hacerme sentir integrada hizo que bajase la guardia.

Bajar la guardia, durante las semanas siguientes desencadenó una serie de comportamientos por parte de este individuo, que me desconcertaron bastante. Empezó haciéndose el encontradizo, se las ingenió para conseguir mi número de móvil que yo le di de manera inocente. Si hubiera sabido que era para hablarme a las doce de la noche, desde luego que no se lo habría dado. Luego vino lo de los masajes a traición, los guiños… Me estaba descolocando tanto todo que no entendía nada. Cuando llegaba a casa, me sentía culpable, me machacaba. Quizá le estaba dando señales que estaba malinterpretando. ¿Era demasiado simpática? ¿Había hecho mal en bajar la guardia? ¿Por qué él se comportaba así mientras que el resto de los compañeros tenían una actitud completamente normal hacia mí?

La cosa fue yendo a más con el paso de las semanas. Ciertamente me sentía algo desprotegida, pues algunos compañeros veían cosas. Esto me hacía sentir cada vez peor, pues me culpabilizaba. Estaba totalmente abrumada y en un cruce de caminos. Si no decía nada, la cosa iba a ir a peor, pero si decía algo, tenía todas las de perder. Si le plantaba cara directamente a él, podría meterme en un problema. Si no lo hacía, iba  a seguir y ya no soportaba ni que me mirase.

La bomba estalló un día en la cafetería. Ese día estaba especialmente llena y en círculo, hablábamos de la realidad virtual, que este ser describió como: EL FUTURO DEL PORNO. No era raro tampoco que hablase en estos términos durante los cafés. Putas, guarrillas, zorritas, colegialas, japonesas… Bien, el futuro del porno para él se resumía así:

“Te puedes follar a quien quieras… A una enfermera sexy, a una colegiala viciosa o a la becaria”.

La becaria. Todos, repito, TODOS se echaron a reír mientras él me miraba. Sólo una compañera le dijo entre risas que tío, cómo se pasaba. La becaria era yo. Ni siquiera recuerdo cual fue mi reacción. Fue tal la vergüenza que sentí en ese momento que habría deseado que la tierra me tragase y me escupiera en algún lugar muy lejano del universo. No bajé al café en semanas y no le dirigí la palabra hasta que un día vino a mi mesa a farfullar un perdón totalmente falso.

Aquella experiencia fue una de las más dolorosas y vergonzosas que he vivido nunca. Estaba enfadada conmigo misma, rabiosa con mis compañeros que no sólo no me habían defendido, sino que se habían reído ante aquel ataque. Estuve unos cuantos meses en la empresa y ya no volví a sentirme cómoda ante la presencia de este individuo que, por cierto, intentó seguir con los masajes y los abrazos a deshora.

Por eso estos días he vivido tan de cerca el caso de Weinstein. De hecho, me ha provocado cierto estrés pues he recordado  vivencias muy desagradables. Entiendo a todas las mujeres a las que ha acosado, entiendo que les haya costado tanto sacar su problema a la luz. Entiendo su impotencia, su rabia, su soledad. Es increíble cómo el patriarcado juega con nosotras a todos los niveles. Nos hace ver, que seguir nuestros sueños implica un precio muy grande y que debemos renunciar a nosotras mismas para alcanzarlos pues, son ellos quienes los sostienen. Nos hacen ver lo solas que estamos. Que al final, el apoyo de los demás lo recibirá quien tiene el poder.

Por favor, acabemos con esto. Para muchas mujeres, al igual que para mí, ya es demasiado tarde. Pero podemos luchar porque nuestras hijas y todas las generaciones que nos siguen no tengan que vivir esto. No más Weinstein. No. Nunca más.

La hora del café con Harvey Weinstein
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