“Todas hacemos vida normal porque las agresiones son parte de nuestra vida” Cuerpos, Opinión

No hay dos historias de violación iguales. Ania Yoel necesitó años de terapia y de feminismo para sanar heridas que aún no han cicatrizado. Para Ana VR lo más complicado fue la incomprensión de su entorno al ver que una violación múltiple no la dejaba marcada para siempre. Pero coinciden en aprendizajes clave, como el valor del apoyo entre mujeres para sobrevivir a las violencias machistas.

Ania Yoel

Ilustración de emecé eseene para la exposición ‘Todas las búsquedas que somos’

Ilustración de emecé eseene para la exposición ‘Todas las búsquedas que somos’

*AVISO. Estos testimonios contienen material sensible por hacer alusión a violencias sexuales. Surgen como reacción a valoraciones durante el juicio y en la sentencia a los violadores conocidos como “la manada”, que supusieron una revictimización para las sobrevivientes de violencia sexual, pero al mismo tiempo muchas sintieron la necesidad de contar su historia en contraposición con las narrativas que culpabilizan a las mujeres por no haber denunciado, por haber pasado página o por no actuar como se espera de una víctima. Los publicamos el mismo día en el que se difunde una carta escrita por la sobreviviente, emplazando a denunciar y contar las violencias. Te recordamos que tenemos un Foro en Pikara que puede ser un punto de encuentro para apoyarnos entre nosotras, darnos herramientas, etc. Un abrazo en estos días tan duros que nos están removiendo tantas cosas. #YoSíTeCreo.

Casi toda España está horrorizada por lo que ha vivido la víctima de la manada: la violación en grupo, el tratamiento durante la preparación del juicio, la sentencia, que publicaran sus datos, la amenaza de difundir el vídeo, así como la carta del guardia civil, Antonio Manuel Guerrero, y la puesta en libertad de los cinco violadores por entender que no hay riesgo de fuga ni de reiteración.

A mí me han violado dos veces, las dos sin violencia y no he denunciado ninguna de las dos. La resolución del juicio de “la manada” me confirma mi decisión de no denunciar.

Sabía que dirían que fui yo la imprudente. Eso es lo que nos enseñan, que es nuestra responsabilidad, que nuestra seguridad depende de las decisiones que tomamos y que si como mujeres nos salimos de lo establecido nos pasarán cosas malas. Parece anticuado, pero el refrán “a la mujer en casa nada la pasa” sigue vigente. Refrán muy usado para aleccionar y disciplinar a las mujeres. En el pasado, si a una mujer que había elegido trabajar la agredían sus compañeros o el jefe, la respuesta de su entorno era “¿qué esperabas?”. Hoy en día es el mismo discurso, pero son otras libertades las que hay que reivindicar.

Nadie le dice a su hijo “no se te ocurra tocar a una chica que no conoces o presionar a una amiga”, o bien a la cuadrillita de 14 años “chicos, no se os ocurra molestar a las chavalas por la calle, ¿eh?”. Sin embargo a mí mi madre sí me dijo que no volviera sola a casa, y mi padre me dijo que no me fiara de ningún chico, y a los dos les contesté que no pensaba vivir con miedo. ¿Por qué nos parece normal pensar que nuestra hija es una víctima en potencia y no vemos que nuestro hijo es un agresor en potencia? Al fin y al cabo, son los hombres que hemos parido y criado los que se convierten en agresores porque no nos ven como a iguales. Esto ofende mucho, dicen los hombres, a ver si ahora vamos a ser todos sospechosos. En vez de evitar que los niños se conviertan en agresores, reclamamos a nuestras hijas el valor y la perspicacia de señalar con el dedo a un posible agresor antes de ser agredida o de enfrentarse a él si pasa algo. Y le decimos que, si cae en esa trampa, está avisada, será su responsabilidad.

Mis amigas me dijeron que no fuera a ningún coche con ningún chico porque sabían que me obligarían a tener relaciones sexuales sí o sí. Yo era la responsable de evitar que eso me ocurriera.

A pesar de todas las advertencias, yo quería ser libre y confiaba en los hombres. ¿Por qué desconfiar? Es ofensivo e injusto, no vamos a pensar que todos son posibles agresores, qué burrada, las violaciones son cosas de enfermos despiadados que secuestran a mujeres. Yo confié, y la víctima de la manada también. Mi compi de clase no va a ser un violador. Tampoco queremos ser víctimas en potencia, queremos vivir. Pero tenían razón. Fui al coche con él y me violó. Cuando fuimos al coche empezó a tener gestos feos, no quiso tocarme ni besarme, me quitó el pantalón, las bragas, entonces le dije temerosa “escucha, nadie me ha tocado” mientras le extendía la mano abierta en señal de stop. Él no dijo nada, se puso el condón, se me puso encima, no pude pararle aunque traté de empujarle. Fue como si me partiera por dentro y grité como en una película de terror, me tapó la boca. Al poco tiempo cerré los ojos y pensé: “Ya estás aquí, y no puedes hacer nada. Respira hondo”, y así lo hice, como en el ginecólogo. Para mi sorpresa, de hecho conseguí relajarme y dejó de doler. Al parecer es por la adrenalina, que hace que te concentres en sobrevivir. Él lo notó porque me quitó la mano de la boca, aflojó el bloqueo y me preguntó: “¿Ya mejor?”. Yo aluciné, no respondí, sólo le miré con la boca abierta y los ojos saliendo de sus órbitas, mientras él seguía. ¿Pero es que esto le parece normal?

La víctima de la manada no entró a la fuerza al portal, yo fui al coche a perder mi virginidad, a tener sexo, ¿qué tiene eso que ver con lo que pasó después? Es violación.

Tampoco dije que no literalmente, ¿tú crees que ya metida en este fregado vas a negarte? Ni siquiera intenté salir del coche o pedir auxilio, solo pensé en evitar agravar el conflicto. Recuerdo a la chica gallega que salió en las noticias a principio de mayo, a la que golpearon por no querer dar su número de teléfono. En realidad es habitual que te agredan ante una negación, las chicas lo vivimos a menudo y aprendemos estrategias de evasión, eso que en castellano llamamos “tener mano izquierda”, como cambiar el último número del teléfono de forma que se lo das de forma rápida y fluida y no sospecha, y si te vuelves a encontrar, “ups, fue un error”. O lo de hacerte la maja y como quien no quiere la cosa soltar que tienes un hombre que viene a protegerte: “Bueno, te dejo, que ya viene mi chico”. Aprendemos a sonreír y poner excusas.

Los hombres, por su parte, también tienen sus estrategias de evasión: no preguntar. Los de la manada no preguntaron si la mujer quería realizar prácticas como la penetración anal porque sabían que tenían muchas posibilidades de recibir un no, y eso les haría tener que decidir entre forzarla explícitamente o quedarse sin su noche perfecta. Tampoco preguntaron si quería tener sexo con todos, porque tenían un pacto entre caballeros para violarla entre todos una vez conseguida la presa. Mejor no preguntar, para evitar enfrentamientos y porque eso sería tratarla como a una igual.

Antonio Manuel Guerrero dice en la carta que la víctima no estaba incómoda. Si tan implicada estaba, ¿por qué no ríe con ellos, por qué no está eufórica, por qué no dice lo que quiere o avisa de lo que le duele? Si era una orgía consentida, ¿por qué no hablaban con ella en vez de pedirse turno entre ellos como si estuvieran jugando a la Playstation? ¿Por qué no le preguntaron si estaba cómoda? Si hubiera interactuado, el juez no habría interpretado sus gemidos.

“¿Cómo podemos justificar la masturbación que protagonizas en el video?”, pregunta Antonio Manuel Guerrero en su carta. Me recuerdo en ese coche y lo hubiera hecho, “si se corre no me volverá a penetrar”. Recuerdo a una amiga que me contó que le hacía mamadas todas las noches a su exnovio. “¿Te gusta el sexo oral?”, le pregunté. “A veces sí, a veces no, pero follar me duele mucho, y si me negaba teníamos unas broncas.., así se queda tranquilo y se duerme”.

A la víctima de la manada le pusieron un detective para ver si hacía normal. Todas hacemos vida normal porque las agresiones son parte de nuestra vida. En el caso de mi violación, cuando el tío terminó de usarme, yo estaba tan en shock que fue él quien me volvió a vestir, y me empujó para que saliera del coche y me fuera de nuevo hacia la fiesta. Cuando encontré a mis amigas pensé: ¿era el momento de hablar del tema? Expresar dolor, tristeza, frustración, lástima, mostrarme vulnerable, victimizarme, exhibir mi sexualidad, mis deseos, mostrar el resultado de mi imprudencia .Y me juzgarían a mí. Si hablaba tendría que denunciar, era acusar a un compañero y todo el mundo lo sabría. ¿Le jodería la vida? “He sido imbécil, ha sido culpa mía”, pensé, “así son las cosas. Ahora a apechugar”.

Decidí que lo único que podía hacerme daño a partir de ese momento era darle importancia, así que no pensaría más en ello, “que le den, no tendrá efectos en mi vida, no más drama”. Intenté negar el miedo, el horrible dolor y la vejación que sentí en el momento. Como si no hubiera pasado.

Y seguimos de fiesta. Seguí con mi vida, llegó el verano, fui de viaje con mi familia, llegó el invierno, seguí con mis estudios…

Después empecé a salir con un chico. Quiso saber si era virgen, y le dije que me habían violado, y me dijo: “Uy, sabía que se me iban a adelantar”. Otra confirmación de que no importa. Poco a poco llegaron las consecuencias de la violación: relaciones tóxicas, autolesiones, problemas con el sentimiento de culpabilidad, relacionarme con los hombres a cambio de sexo que no deseaba ni disfrutaba, el miedo a decir que no.

Sólo una vez dije que no durante los siete años siguientes a la perdida forzada de mi virginidad y me volvieron a violar. Puffff, giré la cabeza una vez más y cerré los ojos respirando… A éste si le dije que no, porque era mi amante habitual desde hacía un año. Esa noche nos encontramos de vuelta a casa y me invitó a dormir pero yo estaba mala. “No quiero acostarme contigo y si subo ya sé lo que va a pasar”. “Joder, tía, parece mentira, hemos estado juntos mil veces, si estás mala quédate a dormir, pero sólo a dormir, ¿eh?” Yo no quería andar dos kilómetros sola a las tres de la mañana. Cuando ya estaba dormida se me echó encima. “¡Tío, que no, que me encuentro mal! ¡Me lo has prometido!”. Intenté empujarle pero de nuevo era como intentar mover una pared. Tampoco denuncié y no volvimos a quedar. Me crucé un día con él seis meses después, me preguntó por qué no quedábamos ya. “Me violaste”, le contesté. Él se disculpó. En ese momento no pensé que podía hacérselo a otras. Con el tiempo, después de hablar con mujeres, compartir historias y leer, me pregunto a cuántas habrá violado.

Pasados diez años de mi primera violación me convencieron de hacer terapia y me reconocí como violada. Lloré como quien llora a un muerto joven, entre gritos y alaridos de angustia, durante días y semanas. Fui a terapia durante tres años. Joder, cuánto tengo que agradecer a las asociaciones de mujeres que me asignaron rápidamente una psicóloga y una plaza en un grupo de terapia. ¡Me ayudaron tanto! No me juzgaron, y de repente vi que no estaba sola: mis amigos y mi familia me apoyaban, mi nueva pareja me ayudaba. 17 años después, ya casi nunca me autolesiono, le digo a mi pareja cuando no quiero, interiorizo que mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero y cuando quiero.

Los jueces dictaminan que no fue violación porque no hubo violencia en términos jurídicos. Esto es algo mucho peor que un robo con violencia, una pelea en un bar o una agresión en una discusión de tráfico. Que te usen como objeto sexual es la peor agresión a la que me he visto expuesta y la única por la que he necesitado y aún necesito terapia. Es una violencia que destruye a la persona, su forma de ser, su integridad y su vida. Yo lo comparo con el maltrato continuado porque realmente te deja desamparada. No entiendo cómo no han aplicado el agravante de delito de odio, cuando es tan obvio que desprecian a las mujeres simplemente por el hecho de serlo. Esos criterios vienen a legitimar la violencia que las mujeres sufrimos y a justificar que los hombres son así, y no se puede hacer nada.

Se autodenominaron ‘manada’ como declaración de intenciones: cazadores organizados que colocan a las mujeres en la posición de piezas de caza, las sorprenden y las arrastran con un cebo (fumarse un porro en un sitio tranquilo) a un plan macabro, negando sus derechos humanos y usándolas para satisfacer sus deseos, con agresividad y tiranía, sabiendo que están en una posición privilegiada. Una noche increíble y “la prueba de fuego para ser un lobo”, dicen. Pero no actúan en absoluto como lobos si no como los hombres misóginos que son. Los lobos no violan a sus hembras porque las lobas los matarían, y las mujeres no actuamos como lobas porque nos han arrebatado el derecho a defendernos con violencia.

Pero ya somos muchas las mujeres hartas que hemos vivido una y otra vez vuestro cuento del lobo feroz. Decimos “Yo sí te creo” porque hemos estado en sus zapatos. Por eso las manifestaciones fueron tan rápidas y efectivas, por eso está siendo una revolución. Poco a poco seremos nosotras las lobas. No somos un rebaño, nosotras sí somos manada.


Lee también:

“Todas hacemos vida normal porque las agresiones son parte de nuestra vida”
0 votes, 0.00 avg. rating (0% score)

¿Quieres debatir en un espacio tranquilo, seguro y libre de (machi)trols? Vente al foro de debate de Pikara Magazine

Revista que ofrece periodismo y opinión con un enfoque crítico, feminista, transgresor y disfrutón.

Uso de cookies

Nosotras también hemos sucumbido a las cookies y eso que no son de chocolate. Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies