Sobre banderas y dioptrías En red, Opinión

Que el Pride huele un poquito a mierda lo vamos teniendo claro muchas. Muchas de las que hacemos un análisis político radical de nuestro entorno. En mi calle, por ejemplo, han puesto una columna de globitos arcoiris a Multiópticas. Multiópticas, que fue pionera del movimiento de liberación gay en los sesenta, junto a Silvia Rivera o Marsha P. Johnson. Humor absurdo, sí. Tan absurdo como mezclar dioptrías con banderas.

Ilustración de gorka olmo

Ilustración de gorka olmo

No hace falta ser un lince. Es obvio que si algunos agentes privados se visten de nuestros colores estos días no es porque estén concienciados con nuestra causa. Porque nuestra causa no ocupa sólo una semana al año y para mostrar interés, hay muchos más días. El Pride genera un rédito económico. Asumámoslo. Los derechos de gays y lesbianas están “de moda”. Nuestra lucha revolucionaria se ha convertido en un producto multicolor adaptado al consumo rápido y atractivo a la vista con dioptrías. Estando el debate del matrimonio gay cerrado en España y el de los derechos trans aún en el baúl de los recuerdos (uuuh), el Pride no necesita de ninguna excusa para presentarse como lo que es: una fiesta despolitizada, orquestrada por entidades privadas y ayuntamientos con intereses electoralistas.

Es curioso, además, ver cómo algunos políticos que votaron en contra de nuestros derechos, nos utilizan como argumento para deslegitimar gobiernos enemigos. Lavado (de cara) en rosa o ‘pinkwashing‘, que lo llaman. Pongamos un ejemplo: “Que guay es Israel por no matar maricones, a diferencia de la homófoba Palestina”. De pronto, las violaciones de Derechos Humanos sionistas se nos olvidan. Rizando el rizo, el año que viene Eurovision se celebrará en Jerusalén y veremos el muro de segregación decorado con nuestra bandera.

Tiempo al tiempo.

Y es que yo cada vez lo tengo todo menos claro.

Antes creía que el sistema me rechazaba por mi diversidad. Ahora siento que lo que quiere es capitalizar mi vida, a través de ella. Cada vez hay más ‘realities’ de Drag Queens y divas del pop trasnochadas cazando fans a la desesperada con el dichoso arcoiris.

Cada vez tengo menos claro que haya algo revolucionario en comerse un culo, un coño o una polla a destiempo. Puede que lo fuera hace cincuenta años, cuando además de transmaricabollos éramos Vagos y Maleantes. Ya, no. No hay nada de revolucionario en subirse a una carroza y desfilar por las calles con cada vez menos pluma y más abdominales.

Cada vez me doy más cuenta de que el Pride nos invita a pensar que el heteropatriarcado ha abierto sus fronteras, cuando lo único que ha hecho ha sido desplazarlas a Chechenia, Siria o Melilla. Ya no somos periferia. Ahora nos dejan ser centro. Extremo centro. Que se lo digan al AFD, el partido ultranacionalista alemán que tiene a una lesbiana de lideresa. O a Maroto, que invitó a su boda a políticos de su partido, los mismos que habían votado en contra de que pudiera casarse. Carrozas de extremo centro y muerte en las fronteras.

Durante este año se celebró en Bilbao una reunión para postular la candidatura de nuestra ciudad al EuroPride 2019. Una fiesta más grande, con más gente e, indudablemente, más cara. Ahora se acaba de celebrar el Pride, un evento semiprivado en nuestro nombre y a nuestra costa, que genera unos beneficios que no se reparten entre nosotras. Justo una semana antes del 28J, que es una fiesta sin ánimo de lucro, autogestionada y con décadas de trayectoria.

A mí me gusta un jaleo como a la que más y tampoco termino de entender por qué os parece excluyente reivindicar y pasarlo en grande. “Si no puedo bailar, no es mi revolución”. Y vaya que lo hacemos en cada 28J, en nuestra fiesta (que no es semiprivada), que es de TODAS, también vuestra. ¿De verdad que pudiendo hacer ambas cosas, celebrar y agitar conciencias, preferís bailarle el agua al H&M y a Netta?

Vacío de contenido, de pronto el Pride celebra el amor, a secas. “Love is Love” como eslogan es precioso,  pero también es un juego de sombras chinescas. Nadie oprime al amor. Oprime la diversidad, sin corazón de por medio. No nos matan por enamoradas, nos matan por bolleras. Yo el amor lo celebro en el sofá de mi casa con mi mano derecha y un disco de Bebe. O en el ‘Love Parade’, si me apuras. Pero el amor ya tiene sus propias fiestas y, lo siento Cupido, esta no es una de ellas. Si salimos a la calle es para decirnos que nos queremos DIVERSAS.

Sé que a muchas os podré estar pareciendo una borde. Una radical. Una resentida. Y quizás sea todo eso un poco. Borde porque no os veo indignadas cuando admiten en nuestras fiestas a cuerpos que nos oprime durante al año. Radical porque la raíz de esta fiesta fueron revueltas callejeras violentas en las que también se bailó. Y resentida porque voy a acabar este texto leyéndoos un poco la cartilla.

A ti, persona Pro-Pride: sé consecuente si quieres sacar tajada a nuestra costa. No te lo prohibo, faltaría más. No soy nadie para hacerlo. La premisa del capitalismo es que todo es capitalizable, incluida nuestra lucha. Pero me gustaría que, al menos, se te cayera un poquito la cara de vergüenza. Porque estás ondeando una bandera para hacer billetes y la ondeas bien fuerte para que nadie se dé cuenta.

Piensa.
En todo este caos, piensa en quién te representa.
Si “La Pluma”, un espacio transfeminista que ocuparon hace poco en Chueca, en contra de la gentrification del Pride; o los sicarios bienpagaos de “Desokupa”, que las echaron poco después a la fuerza y al grito de “maricones”, delante de una policía quieta, a cuatro días del 28J y, repito, en pleno centro de Chueca. Sueños rotos, como los dedos de alguna compañera.

Si te ves más en nosotras que en Multiópticas (o cualquier otra empresa), entonces, querida amiga, elige una fiesta que nos enorgullezca.

Sobre banderas y dioptrías
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Asier Santamari(c)a

Una sodomita subversiva, estudiante de Medicina y activista en IntifadaMarica

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