Mujeres en falta Participa

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Micaela Froma

Foto de Mídia NINJA | Creative Commons

Hoy en día la palabra “feminismo” está en boca de todos y esto se vio impulsado  en parte por la oleada de movilizaciones masivas en varios países buscando visibilizar el abanico de violencias que sufren las mujeres a diario. Gracias a esto los antiguos debates en torno a la lucha del movimiento feminista han sido llevados a los medios masivos de comunicación. Oímos  decir que “el feminismo  se ha puesto de moda” y ya no es tan raro presenciar  el discusiones en torno estos temas en las redes, las oficinas, las escuelas, el programa de la tarde y otros espacios que frecuentamos cotidianamente.  Una de las consecuencias de este fenómeno es que en los últimos tiempos las mujeres tenemos la sensación de que -al fin- la construcción de  la masculinidad tradicional se encuentra bajo la lupa. Teniendo en cuenta estos cambios de paradigma que se están produciendo a la hora de analizar la subjetividad de los hombres y sus comportamientos, quisiera  centrarme en desmontar una falsa premisa que ha sido un pilar fundamental  en el imaginario social a la hora de entender las relaciones entre los géneros.

Creo que es de vital importancia que en los debates que van surgiendo en torno al feminismo se logre visibilizar cuáles son las raíces de las distintas formas de machismo. Ello no será posible si no se entiende hasta qué punto el pensamiento patriarcal ha instalado cierta forma de percibir lo femenino como algo incompleto y como esta lectura influye  profundamente en la construcción de nuestras subjetividades a niveles conscientes e inconscientes.  Es fundamental entender como la masculinidad asociada a la potencia, a lo activo, al poder -que se ejerce como violencia incluso-  queda  irremediablemente ligada a una predisposición a entender la esencia de la femineidad como algo que está en falta.

 Si prestamos atención es fácil ver como ese “te voy a completar”, “te voy a dar”, “soy eso que te falta” del discurso de conquista y las  frases  más comunes de acoso callejero siguen esta lógica. Ni hablar de  la narrativa pornográfica, donde pensar el cuerpo y la subjetividad femenina como algo incompleto da  lugar a este fetiche de volverlo un objeto degradado. Y es que es gracias a esta falta que se nos ha impuesto, que nuestra condición de mujer es considerada vergonzosa, la  vagina se convierte en el estigma de nuestra inferioridad.  Podemos ver estos sesgos en la teoría de Freud, el padre del psicoanálisis, que nos habla de la envidia del pene, el complejo de castración y la primacía del falo. Pero para llegar a entender  como  las niñas y mujeres han quedo   por fuera de lo que se considera completo  en el imaginario social, es necesario  entender que ese  saber construido que legitima lo femenino pensado como inferior, no es nuevo,  sino que es el producto de siglos de historia del pensamiento occidental.

Uno de los a priori epistemológicos que prevalecen en el discurso actual, tiene que ver con entender la diferencia como una anomalía. Esta lógica proviene de la tradición platónico aristótelica, raíz de nuestra cultura, en la cual el sujeto va a conocer a su objeto de estudio no a partir del objeto en sí mismo, sino partiendo de cierto modelo que toma como referente. Esto es relevante para el feminismo, porque en la antigüedad se estableció que era el macho el que representaba el modelo y es así que se inaugura la idea del hombre como la identidad universal de la humanidad.

Que se haya instalado y prevalecido durante siglos este a priori conceptual de hombre como universal y de lo femenino como lo altero, no es casual, sino que pone en evidencia la  relación directa que hay entre poder y saber. Porque es a partir de  la producción de saberes sobre el género y la sexualidad y que se ponen en marcha las estrategias de control de los individuos. Así, entender que la elección del hombre como  modelo universal no fue arbitraria sino estuvo relacionada al ejercicio de un poder, se vuelve crucial.

Aunque las cosas estén cambiando, aún hoy en día la mujer sigue siendo vista como algo diferente, como algo que se conquista, algo sobre lo que se dispone, pero también algo que se desea y cuya presencia se busca. Porque claro, es difícil negar que lo femenino – y con ello me refiero a aquellas características que se le han adjudicado siempre a las hembras- es algo necesario para el funcionamiento de la sociedad. Pero, ¿Se habla abiertamente de esta necesidad? Se podría decir que lo femenino se admite como algo necesario, pero algo de lo que es vergonzoso depender.

Si el poder construye saberes y estos a su vez configuran los dispositivos que regulan la sexualidad, ordenando los imaginarios sociales y las prácticas eróticas. A partir de esta idea también podría explicarse porque la mayoría de los hombres se rehúsan a pensarse a sí mismos como dependientes de las mujeres con las que se relacionan, o llegan a negar incluso las características de su propia subjetividad que podrían identificarse como femeninas. En mi opinión esta insistencia en negar que el hombre necesita lo femenino tiene que ver con evitar que se ponga en evidencia la posibilidad de que en él también haya una falta.

Creo entonces, que un paso importante para la evolución de relaciones entre lo géneros tiene que ver necesariamente con asimilar que hay una falta que es en realidad inherente a todos. Negar  la dependencia, y estigmatizar a las mujeres, es efectivo a la hora de velar  una impotencia que resulta inadmisible para la masculinidad tradicional, pero el precio a pagar termina siendo demasiado alto. Evolucionar es aceptar que los seres humanos estamos en cierta forma incompletos por naturaleza, que nos nutrimos de nuestras relaciones con otros y que esto no es una falla reservada a las mujeres, sino una parte inevitable de la condición  humana de la cual no podemos escapar.

Mujeres en falta
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