La necesidad de hablar de “bullying machista” Participa

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Adela Martín

El esfuerzo que tenemos que hacer las mujeres para ser visibles sigue siendo inmenso. Somos las grandes olvidadas o ninguneadas en casi cualquier ámbito de la sociedad.

En el mundo educativo también. Investigo acerca del acoso escolar, he desarrollado un proyecto de prevención en edades tempranas ( educación infantil primer y segundo ciclo y educación primaria), y he podido observar cómo en el acoso escolar las niñas siguen siendo invisibles.

He realizado muchos y variados cursos sobre acoso escolar y en todos hay una decepción constante: la perspectiva de género. Que es inexistente.

Hay una clasificación de tipos de acoso o tipos de bullying: bullying físico, verbal, social, emocional y cyberbullying. Insisto, esa es la clasificación oficial.

Se habla además de unos grupos más vulnerables: LGTBQI, inmigrantes, personas con diversidad funcional… con un tipo de acoso específico, detallado, nombrado: bullying homófobo, bullying racista…

Pero una vez más, parecen olvidarse de la mitad de la población. Las niñas, las chicas.

Hay una serie de casos, y muy numeroso me atrevería a decir, que poseen unas características específicas y que yo llamaría ( e introduciría en la clasificación oficial) bullying machista.

Por supuesto que los grupos de los que hemos hablado antes son vulnerables: población inmigrante, con diversidad funcional, LGTBQI…pero esos colectivos se ven aún más afectados si son niñas. El acoso escolar se caracteriza por elegir una víctima debido a una singularidad, particularidad o diferencia, y meterse con ella.

En estos casos de los que hablo, el alumnado se mete con las víctimas, chicas, por motivos machistas, la diferencia, la particularidad, es ser mujer: la manera de relacionarse de las chicas con los chicos (puta, estrecha), su apariencia física, las «cosas de niñas» como algo denigrante, etc.

En educación infantil, las manifestaciones de discriminación por género son el ridiculizar los juguetes o las actividades consideradas femeninas, o pinchar a las niñas para conseguir la llamada “respuesta blanda”, es decir, que lloren.

En educación primaria, ya utilizan insultos como «puta» y «zorra», palabras demasiado grandes para cuerpos, mentes, y corazones tan pequeños.
Recalco que este tipo de acoso no aparece en clasificaciones oficiales, pero es un tipo de acoso real y es necesario ponerlo sobre la mesa, porque parte de la misma raíz que el acoso homófobo: el machismo (el acoso homófobo, como he dicho antes, sí está considerado como factor de riesgo, igual que la inmigración o la diversidad funcional, pero es complicado encontrar el género en el mismo plano). El acoso homófobo es el dirigido a niños y niñas no heteronormativos, es decir, que pueden parecer a ojos del resto, homosexuales; “mariquitas”, “marimachos”, son algunos de los insultos más extendidos.

Por lo tanto, desde mi punto de vista, el bullying machista es un tipo de acoso concreto, con unas características determinadas, y se da en los centros educativos del mismo modo que el machismo lo hace en la sociedad: de un modo transversal, por lo que puede confundirse/ englobarse en bullying físico, social, verbal, cyberbulliyng.

En la serie Por 13 razones se difumina este tipo de acoso que reivindico, con la agresión sexual. No es lo mismo.

Tenemos todavía una sociedad patriarcal, que hace que los niños heteronormativos se sientan con la potestad suficiente para poder llamar “maricón” a un niño que, desde su punto de vista, pueda ser gay. Pueden llamar “moro de mierda” a un inmigrante marroquí, o puede reírse de su compañero autista, todo ésto, sin que pase de un “cosas de niños”.

Pero, si en éstos casos las víctimas fueran niñas, se vería incrementado el problema, porque utilizarían, además,su condición de niña para atacarla. Y eso, es machismo puro y duro.

Los ridículos juegos de levantar las faldas, tirar del pelo, reírse de las chicas (porque si se ríe de ti, o “te pica”, es porque le gustas), esos modelos totalmente tóxicos de relaciones que se exponen a diario en la sociedad, permiten que ese machismo siga existiendo en las aulas, en los pasillos y en los patios del recreo.

Y si hay que meterse con ellas, “puta” sigue siendo un insulto muy socorrido en prácticamente cualquier edad, se lo he oído decir a pequeñajos que no podían atarse los cordones.
Creo que el primer paso es nombrar e identificar el problema, acoso machista, y después, formación feminista al profesorado. Porque no podemos educar en igualdad y equidad si no lo sabemos ver e identificar nosotros/as.

Porque no podemos extrañarnos del acoso machista en el colegio si da clase el Capitán cavernícola.

La escuela no puede educar contra el machismo porque no vive aislada de él. Profesores y profesoras necesitamos formación feminista porque nacemos, vivimos y estudiamos en una sociedad patriarcal que nos adiestra muy bien.

Y si nosotros como docentes somos machistas, no podemos extrañarnos de encontrar un titular en prensa parecido a éste: «El hijo del Capitán cavernícola es un acosador en el colegio». Porque los niños y las niñas absorben lo que ven. Lo que les enseñamos. Lo que decimos y hacemos.

Como decía al comienzo del escrito, he desarrollado un proyecto de prevención del acoso escolar y una de las bases que lo sustentan es el feminismo. Porque verdaderamente creo que El Capitán cavernícola e hijo, deben desaparecer de las escuelas y hay que empezar a dar pasos para conseguirlo.

La necesidad de hablar de “bullying machista”
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