Entre quiebres y regeneraciones Participa

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Romina Colombino

Miriam Sánchez M.
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Mayo -2018- Argentina

Hace varios años hago plantas en mates rotos o quebrados, mates que ya no pueden cumplir la función de objeto contenedor de una infusión caliente de yerba mate que se absorbe por medio de una bombilla. Es una costumbre de las regiones andinas como mi país, Argentina. Me gusta pensar que las plantas que utilizo son la capacidad regenerativa de ese objeto. La planta ,a diferencia del objeto, tiene la capacidad de crecer y morir, cambiar de forma y tamaño. Florecen, otras tienen una rápida regeneración de sí mismas y en poco tiempo podemos ver las que se presentan al sol rozagantes y bien coloridas, después de haber pasado por una etapa de muerte, o pérdida de algo de ellas mismas, ¿coincidencias con el ser humano? Yo creo que sí.

A pesar de esto, hace varios años entendí que en la vida hay momentos o situaciones y experiencias en las cuales sentimos como si algo invisible adentro nuestro se quebró de tal manera, que ya no es posible su existencia bajo esa forma, como mis plantas en los mates. Los mates ya no pueden volver a utilizarse para su función, pero sí como receptáculo de plantas vivas. Frente a estas circunstancias es tiempo de habilitar esa capacidad regenerativa (similar a las plantas) que llevamos dentro, y gradualmente construimos con esfuerzo, a veces en soledad y otras acompañados/as, con la ayuda de algún terapeuta o no, con lágrimas y risas, enojos y perdones. Una nueva forma de transitar en el mundo esta vez es una forma más real de ser, esta vez es diferente de la vez anterior. Hay que desarrollar nuevos lenguajes o reajustar el conocido con uno mismo y con los demás, aprender (tarde o temprano) a negociar en la vida, y elegir qué batallas mantener hasta último momento y cuales ni siquiera empezar.

Me refiero a que nos suceden experiencias en la vida, de las cuales salimos transformados con una magnitud (consciente o inconscientemente) decisiva, es decir, se nos hace imposible volver a ser lo que éramos, aunque lo intentemos, aunque lo neguemos, la transformación es un hecho irremediable. Aquí me detengo y me pregunto con respecto a lo que es esencial, (aquello que nos hacer seres únicos e irrepetibles). ¿Qué pasa con la esencia de una persona en relación a la magnitud de las transformaciones que vive? Para responder esta pregunta, recuerdo hace tiempo una pequeña discusión con mi padre sobre los motivos que me movilizaron a hacerme mi primer tatuaje. Ese hecho representó para mi misma un ritual personal, la posibilidad de expresar sin condicionamiento alguno sobre mi propio cuerpo el impacto de los cambios en ese momento de mi vida. Donde entendí que la única persona o entidad que está habilitada a accionar sobre mi cuerpo, solo puede ser yo misma y nadie más, no mis padres, no la sociedad, no el Estado, y ni siquiera la Iglesia donde fui bautizada bajo una fe, la cual actualmente no elijo, no valido, y no profeso.

En esa discusión, mi padre me dijo: “podés transformarte, pero tu esencia no cambiará”, expresión que quedó como eco en mi cabeza y me ayuda a entretejer por medio de la escritura mi propia historia de una forma más consciente y amorosa como mujer argentina, hija, hermana, amiga, lesbiana, libre, profesional, creadora de posibilidades, educadora, intuitiva y mágica por momentos, en re-construcción constante, aprendiz del feminismo, atravesada por lo cultural, social, político y económico.

Esto me permite entender la referencia de mi padre, y aprender que mi esencia forma parte de la construcción de mi identidad y de mis transformaciones, permaneciendo intacta a lo largo de todas las tribulaciones de mi vida. Me permito traer a este escrito y en relación al tema, el miedo al cambio el cual tiene su justificativo en la falacia construida culturalmente de que quien se anima a hacer lugar a la intensidad del cambio en su vida, puede dejar de ser quien es, perderse, puede llegar a convertirse en un ser desconocido para uno mismo y para los demás.

Se hace evidente que las construcciones sociales reproducidas generación tras generación, nos enseñan que la vida es en línea recta, que los cambios nos impiden retornar a la esencia de quien somos, resulta ser que perderse es peligroso para el ser humano, ¿quién se va a animar a hacer algo distinto, si la falacia canta victoriosa su mensaje? Esta pregunta no tiene respuesta, requiere de re-construir el mismo proceso, volver a pensarse a uno mismo como una posible planta que puede seguir creciendo en un mate agrietado, donde por aquellas rupturas o quebraduras, se filtra el agua que ya no necesitamos para seguir viviendo, como aquello que no nos permite desarrollarnos plenamente y se hace urgente desprendernos de eso. Y finalmente entender que lo que es esencial a uno mismo, no puede disolverse ni dañarse, mucho menos perderse.

Entre quiebres y regeneraciones
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