En Colombia, el cambio se hace esperar Planeta, Reportaje

El pasado 27 de mayo, Colombia enfrentó las primeras elecciones presidenciales después de la firma de los Acuerdos de Paz en el año 2016. Acompañamos y conversamos con Nery Helena Beca Masaguallí, hija del viento, y a su hermana Nancy Yenny Velasco Guasamalli, hija del agua, dos lideresas indígenas de las comunidades Nasa y Misak, durante la primera vuelta electoral.

Texto y vídeo: Melissa Saavedra Gil y Arianna Giménez Beltrán
Fotografías: Arianna Giménez Beltrán

Nuestro futuro está atrás

La ciudad de Cali es un lugar de convergencias étnicas donde, históricamente, han llegado migrantes de las montañas del interior del sur y de las costas del océano pacífico colombiano. Su gente es una mezcla de identidades, pero también una firma de sus ancestros. A esta ciudad llegaron Nery Helena Beca Masaguallí y su hermana Nancy Yenny Velasco Guasamalli. Dos mujeres indígenas nacidas en el departamento del Cauca, territorio vecino de Cali y cuna de grandes organizaciones y movimientos indígenas nacionales.

 Nery Helena Beca Masaguallí.

Nery Helena Beca Masaguallí.

 

Nancy Yenny Velasco Guasamalli.

Nancy Yenny Velasco Guasamalli.

Pero esta historia empieza a unos kilómetros de Cali, en Jamundí, donde las hermanas preparan toda la documentación necesaria para ir a votar. Es 27 de mayo: ha llegado el día de las primeras elecciones presidenciales después de la firma de los Acuerdos de Paz, entre el Gobierno de Juan Manuela Santos y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). Ya tienen todo listo para ir a las urnas, pero no saben si con su voto será suficiente.

De camino al colegio electoral, ríen al recordar el último encuentro de su madre con su carnicero, quien le había preguntado por su voto. Irónicamente, ella contestó que iba por el conservador Iván Duque, del Centro Democrático. “¡El carnicero volvió con una libra de carne y se la regaló!”. Vuelven a reír, pero, bromas aparte, la compra de votos y el fraude electoral es fuerte en el país y en cada elección las redes se llenan de denuncias ciudadanas.

Nery es una mujer de la comunidad Nasa, y Nancy, de la comunidad Misak. Para la población Nasa, sus hijos e hijas salieron del encuentro entre dos vientos, mientras que para la Misak, sus criaturas son de la laguna, del agua. Escuchando sus grandiosas historias originarias, aprendemos de Nery que el viento se asocia con la palabra, con la voz, y que la gente Nasa habla muchísimo, antes, durante y después de tomar una decisión. Mientras que el agua se relaciona con el vientre y los sueños, Nancy encarna el conocimiento y la premeditación necesaria antes de la decisión, características propias de sus ancestros.

Hay cinco candidatos en estas elecciones. Tres son de centro e izquierda: Sergio Fajardo (Alianza Verde), Humberto de la Calle (Partido Liberal) y Gustavo Petro (Colombia Humana). Dos se ubican como conservadores: Iván Duque (Centro Democrático) y Vargas Lleras (Partido de la U). Todos, menos Vargas Lleras, incluyen mujeres en sus fórmulas vicepresidenciales: Claudia López (con Fajardo), Clara López (De la Calle), Ángela María Robledo (con Petro) y Marta Lucía Ramírez (con Duque). Por primera vez, existen tantas mujeres como fórmulas para la vicepresidencia, pero la mirada de género no es el principal tema de debate en estas elecciones: la cuestión se centra en la continuidad de los Acuerdos de Paz.

En los últimos años, el Gobierno colombiano se ha centrado en desarmar a una de las guerrillas más históricas del país y de la región latinoamericana: las FARC. Tras este proceso, y como resultado de los diálogos entre el Gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2014 y 2014-2018) y los comandantes de las FARC, nacieron los Acuerdos de Paz.

Cuando llega el proceso de paz con el Gobierno de Santos, para ellas no fue una sorpresa. En los años 2003-2004, las comunidades indígenas del Cauca manifestaron abiertamente al Ejecutivo nacional la necesidad de dialogar con los actores armados. Sus territorios habían puesto muchos muertos indígenas civiles en los enfrentamientos entre las diferentes partes del conflicto.

Cinco días después de la primera firma de los Acuerdos, la propuesta se sometió a una consulta ciudadana bajo la figura de plebiscito. Un 50,21 por ciento votó en contra. La negativa fue un golpe muy duro para ellas: gran parte de la sociedad quería seguir como estaban. Nancy recuerda la sensación de fracaso durante esos días: “Somos un país violento, la gente no quiere la paz, quiere que se siga dando bala”. Por ello, Nery no quiere hacerse ilusiones en estas elecciones presidenciales, ya sufrió cuando ganó el ‘No’ en el plebiscito.

Las dos con camiseta blanca, como símbolo de paz, empiezan a recorrer las calles. Nancy no ha podido dormir en la noche previa a la jornada electoral. A diferencia de lo que rezan las esquinas repletas en su mayoría de carteles de Iván Duque y Vargas Lleras, ellas van firmes con Gustavo Petro. “Nunca he hecho campaña por ningún candidato hasta ahora”, dice Nancy. Siente que “antes de él no se podía hablar abiertamente de política”. Para ellas, la elección de un gobierno desfavorable al proceso de paz es lo mismo que decir que en “Colombia no pasa nada”.

Tres candidatos -Gustavo Petro, Sergio Fajardo y Humberto de la Calle- apuestan por mantener lo acordado con las FARC. Los otros dos, proponen modificaciones. Las cuales pasan por aumentar las penas a los exguerrilleros que cometieron crímenes o inhabilitarlos políticamente. Esto supondría romper con la idea de que en la paz todas las partes ceden y dejaría a los exguerilleros en una posición muy debilitada. Teniendo en cuenta el número disidentes de la exguerrilla, los riesgos son muchos; pero el mayor peligro es que todo el camino de reconciliación entre actores del conflicto armado y las comunidades víctimas de la guerra se venga a bajo. “Los retos de estas elecciones están en función de dos vías: continuamos con los procesos de paz o, definitivamente, continuamos con un proceso de guerra. No es un proceso solamente del Gobierno y la guerrilla. Los actores sociales tenemos que proteger a las víctimas y a los que hoy, de alguna otra manera, están siendo revictimizados”, considera Nancy.

El debate entre quienes apuestan por seguir desarrollando los Acuerdos y quienes quieren volver a un estado anterior no acaba con el plebiscito. Todo lo contrario: estas elecciones son una muestra de ello. Las peleas van más allá de charlas entre amistades y familias: en las calles, en los espacios universitarios, en los transportes masivos, en las redes sociales, el tema de debate es la posibilidad de ser dos Colombias distintas. Y aparece de nuevo el miedo. Y se activa la evangelización política.

La representación de las dos Colombias recae en en dos candidatos: Duque y Petro. El primero es la principal representación política del ‘Uribismo’ (en referencia a las políticas llevadas a cabo durante el Gobierno de Álvaro Uribe Vélez, entre 2002 y 2010) y los terratenientes del país. Muchos ven en él al títere del expresidente Uribe, vinculado con investigaciones sobre asesinatos selectivos, falsos positivos, corrupción, paramilitarismo y crímenes de lesa humanidad.

El segundo agrupa diversidades étnicas, de clase y de género. El respaldo y su vinculación con los movimientos sociales tiene un antecedente en su trayectoria política: fue guerrillero del M-19 (una guerrilla desmovilizada en la década de los 90). Su programa de gobierno apuesta por la restitución de tierras, la reparación a las víctimas, fortalecer la producción campesina y políticas económicas que disminuyan las brechas sociales entre sectores. Para parte de la población, él es sinónimo de “castrochavismo”, forma peyorativa para hablar de los Gobiernos de Fidel Castro en Cuba y Hugo Chávez en Venezuela y, por extensión, de determinadas políticas desarrolladas en América Latina.

En estos días, Nery revive otros augurios lejanos en su memoria. En los billetes de mil pesos colombianos, un hombre moreno y narizotas, como ella lo define, alza la mano derecha custodiado por el pueblo. Es Jorge Eliécer Gaitán, candidato liberal y favorito para las elecciones de 1950. Fue asesinado dos años antes de los comicios y su muerte hirió a un país que, como ahora, abrazaba la posibilidad de cambio. Él no ha sido el único. Nery también recuerda a Bernardo Jaramillo, del partido de la Unión Patriótica, o Carlos Pizarro, desmovilizado del M-19, ambos asesinados en 1990. Los asesinatos de líderes críticos con el statu quo hacen que Nery tema por la vida de su candidato, Gustavo Petro.

Habitar entre mundos

Siendo hijas del viento y de la laguna, Nery y Nancy llegaron a Cali extrañando la montaña, el campo y sus bondades. La ciudad les recibió para que crecieran en sus procesos de profesionalización, hicieran sus búsquedas laborales y experimentaran la urbe como espacio de semillero político para las construcciones de derecho indígena.

Nery es licenciada en Literatura por la Universidad del Valle, y con maestría en Ética y Política, en la Universidad del Cauca. Trabaja en la institución educativa Santa Rosa, en el barrio Poblado II al Oriente de Cali. Este sector recibe el mayor número de migrantes de zonas de la costa del pacífico colombiano: Nariño, Cauca, Chocó. Según las estadísticas de la Secretaría de Educación de Cali, la institución educativa Santa Rosa es una de las que más recibe a población que se autoreconoce como víctima del conflicto armado colombiano.

Nancy es licenciada en Historia, también por la Universidad del Valle. Actualmente, está terminando su maestría en Ciencias Sociales, con mención en Género y Desarrollo, en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) de Ecuador. Es vicegobernadora del cabildo indígena Nu Pachik Chak (Tierra Caliente). Participa de la creación de un semillero de investigación con las juventudes indígenas de diferentes etnias en la Universidad del Valle, con el objetivo de que se conviertan en investigadoras de sus propias comunidades.

Ambas participaron del proceso de creación del cabildo indígena urbano y del cabildo de la Universidad del Valle. Esta figura de la estructura política colonial ha servido a las poblaciones indígenas colombianas -que la han reestructurado- como elemento de organización política, basada en la unidad y la conversación entre y con la comunidad. En el ámbito urbano se convierte en una de las formas de extender y reunir los lazos entre la población indígena que ha migrado a un contexto de ciudad.

En estos espacios, Nery y Nancy han construido sus seres políticos y, por supuesto, han llevado a cabo funciones de liderazgo como fundadoras, gobernadoras y secretarias; siempre bajo la consigna que las reúne con sus hermanas y hermanos indígenas latinoamericanos: mandar obedeciendo.

Para Nery existen varias formas de ser indígena: “Algunas uno las puede ver del otro, y otras se crean sobre lo que cada quien percibe de sí mismo”. Mientras tanto, para Nancy ser indígena es pertenecer a un pensamiento sembrado en la huerta y en el tejido que hacen las mujeres, se trata de un recorrido en un tiempo y un espacio que se siente en un adelante y en un hacia atrás. Este recorrido es un metáfora de cómo Nery y Nancy viven un presente urbanita pero acompañado de su pasado originario que las interpela como mujeres indígenas en la ciudad.

Las comunidades indígenas y rurales a las que pertenecen han estado atravesadas históricamente por conflictos internos y externos: el intento de destrucción de su cosmovisión, la imposición de una cultura ajena como el catolicismo, la usurpación del territorio por parte de los terratenientes, la guerra entre liberales y conservadores, la guerrilla, el paramilitarismo, el narcotráfico. Ante estos conflictos, las comunidades han desarrollado estrategias para hacerlos frente. “Siempre hemos perdido”, asegura Nancy, “pero si tenés un conflicto y otro, y otro, tenés que repensarte en tus estrategias de vida personal. Y, como comunidad, eso te hace fuerte o te vuelve nada”.

En un país expuesto a la violencia extrema desde la llegada de los españoles, el reto no sólo pasa por repensarse como sociedad, sino también por acabar con los intereses del negocio de la guerra y del narcotráfico. En la última década, Colombia ha gastado más de 230 billones de pesos colombianos – unos 7000 millones de euros – en el conflicto armado. Frente a estas cifras, Nery y Nancy, mujeres que vienen de territorios en donde la guerra se vive de forma cotidiana, la paz es y será más que una firma. Su idea de paz se construye con la juventud con la que trabajan diariamente. Con ella recorren el pasado y el presente del país: la cultura y la contracultura, la globalización y la periferia, y, por supuesto, las identidades y la importancia de la diferencia para la creación de vida digna.

Un helado para bajar el voto

“¿Tenés un lapicero negro que marque mejor?” Nancy ya ha votado, es el turno de Nery. No se demora nada: busca su puesto de votación, entrega la cédula, marca la casilla de su candidato y la entrega. Ya fue. No puede dejar de mirar su comprobante de votación. ¡Fotos, fotos! “¿Armamos parche para seguir los resultados de la votación?”, le pregunta a su hermana. Nancy no puede, tiene que terminar su tesis sobre la reconstrucción de las memorias de las mamás tejedoras Misak, mayores de 50 años, desde la segunda mitad del siglo XX y principios del siglo XXI. Pero finalmente, deciden ir a por un helado para bajar el voto, como dicen ellas. El futuro del país se irá acumulando en cajas de cartón hasta las cuatro de la tarde, cuando cierren los puestos de votación y empiece el recuento.

La abstención no es indiferente a los procesos electorales en Colombia y hoy aparece como un mal presagio. ¿Cómo enfrentarla? “Abatiendo la indiferencia y devolviendo la credibilidad a los sectores sociales que creen que votar o no es lo mismo”, considera Nancy.

Nery y Nancy, tras votar.

Nery y Nancy, tras votar.

Nery y Nancy son dos de las personas que engordan el 53,3 por ciento de colombianas y colombianos que han salido a votar, según la Registraduría Nacional del Estado Civil. Aunque la abstención sigue siendo alta, el aumento de la participación es el logro más importante de estas elecciones: no se recuerda una participación tan alta desde 1974.

En la pantalla del televisor, una presentadora anuncia que esta vez el recuento será más lento, aunque los boletines informativos aparecen a una velocidad asombrosa y a las siete de la noche ya se han contado casi todos los votos.

La presidencia y vicepresidencia de la República colombiana se rige por mayoría absoluta. En el caso de que ningún candidato supere en votos la mayoría del 50 por ciento, los dos candidatos que hayan obtenido más votos pasan a una segunda vuelta. Iván Duque gana con el 39,14 por ciento de apoyos, mientras que Gustavo Petro ha conseguido el 25,08 por ciento, muy seguido del centrista Sergio Fajardo (23,73 por ciento). El resultado de la segunda vuelta, que será el próximo 17 de junio, dependerá, en parte, del electorado ‘fajardista’ muy crítico con Gustavo Petro, pero que ve en Iván Duque una vuelta a la oscuridad.

Esa misma noche, recibimos de Nery y Nancy algunos mensajes de audio. Nery sigue en espera. Su esperanza de cambio está con ella, pero, a la vez, se contiene. No quiere volver a desilusionarse: “La idea del capitalismo sigue estando demasiada arraigada. Colombia nunca ha tenido un pensamiento claro de izquierdas desde la llegada de los colonos que arrasaron con los pensamientos aborígenes, eran esclavistas, trajeron una población desde África maltratada, subyugada… ese pensamiento eurocentrista sigue siendo el pan de cada día. La gente quiere que la derecha siga mandando y que todos seamos igualmente aplastados y maltratados por un grupo pequeño de personas, como pasó en la colonia”.

Mientras tanto, Nancy siente mucha incertidumbre de inicio y luego pasa a la tristeza, porque le afecta que la gente crea que en el candidato Duque existe la posibilidad de un buen Gobierno. Sin embargo, su esperanza emerge y sabe que hay mucho trabajo y pedagogía por hacer todavía: “Esto implica trabajar en las calles, desde lo comunitario, y organizarse con otros colectivos y seguir casa a casa, puerta por puerta y apuestas por apuestas”. Está tranquila: ella sabe que tienen mucha experiencia por replicar.

Nery y Nancy se imaginan una Colombia que no las excluya. Una Colombia en donde fluyan como el viento y el agua que corre por sus territorios: libres y en paz.

 


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