Carta a mis hermanas nicaragüenses Opinión, Planeta

Ya no soy la valiente estudiante que, mientras mi pueblo dormía y muchas de ustedes jugaban, salía a la calle para denunciar a “nuestro buen gobierno”. Diez años después, desde fuera del país, las veo a ustedes y me veo reflejada a mis 18 años, cuando tenía fuego en los ojos y rebeldía en la sangre. Las veo en las trincheras y se me infla el pecho de emoción y orgullo.

Vivian Alicia*

Una manifestante en una marcha el 9 de mayo en Masaya./ Jorge Eduardo Mejía Peralta

Una manifestante en una marcha el 9 de mayo en Masaya./ Jorge Eduardo Mejía Peralta

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Tengo casi 28 años, mi madre diría que voy cuesta abajo y de rodada a los 30, y es verdad. Pero, ¿qué significa ir cuesta abajo y de rodada a los 30?

En mi mente significa que ya no soy la valiente estudiante de hace 10 años, aquella que mientras mi pueblo dormía y muchas de ustedes, chavalas valientes, “jugaban a las muñecas (juegos impuestos por una sociedad que nos obliga desde pequeñas a asimilar que existimos únicamente para realizar las tareas del hogar), salía a la calle para denunciar a “nuestro buen gobierno”.

Con 18 años dejé el nido de mi casa con palabras parecidas a las que muchas de ustedes escuchan ahora; mi madre diciendo “tenés PERMISO de ir a estudiar a Managua, pero ni se te ocurra ir a las protestas, no te quiero ver en la calle porque te voy a traer de las mechas”. Ya saben ustedes, esas palabras de amor que nuestras madres nos dicen. Mi pobre madre…

Con 18 años yo tenía el alma rebelde y, por supuesto, las palabras de mi mama me entraron por un oído y me salieron por el otro. Me compré mi máscara monimboseña, quería sentirme guerrillera como la Arlen, como la Nora, como la María Castil, y me fui a las calles a gritar consignas contra la corrupción y los pactos que hoy tienen a Nicaragua en rebelión. Me fui a las calles como muches otres, pero en ese entonces éramos verdaderamente minúscules, y la larga mano de la Gran Hermana nos alcanzó y pudo más que nosotres. Muches crecimos, muches creímos, decepcionades, que éramos muy poques les que pensábamos que “nuestro buen gobierno” debía irse antes de que fuera muy tarde. La edad, el tiempo, tan traicioneros, se nos metieron en el cuerpo. Y por rabia, decepción y soledad nuestro intento de revolución quedó en pausa.

Diez años después, dos y medio de los cuales he estado fuera del país, las veo a ustedes y me veo reflejada a mis 18 años, cuando tenía fuego en los ojos y rebeldía en la sangre. Pero ya no soy la misma, ya no soy tan valiente ni tan creyente de utopías. Por alguna extraña razón deje de soñar como solo ustedes lo hacen; aunque sigo soñando, ya no lo hago igual. Ahora hago cálculos, mido riesgos, pienso las cosas más de dos veces. Me veo y veo a una joven señora (déjenme ser dramática) que quiere agarrarlas a todas, metérselas entre pecho y espalda y protegerlas, impedir que me les hagan algo, impedir que sufran, que las lastimen, que las violen, que las maten. Entonces entiendo a mi madre y sus palabras de hace 10 años.

Pero veo en los ojos de muchas de ustedes valentía y coraje; leo sus tuits llenos de rabia, de ganas de luchar, de ganas de cambiar el sistema, ya no solo democrático, si no cultural y social, de nuestro país. Las veo en las trincheras y se me infla el pecho de emoción y orgullo. Entonces entiendo que mis deseos de querer impedir que sufran, de protegerlas, van a quedar solo en eso; en deseos. Porque sus espíritus rebeldes y sus ganas de cambio pueden más. “Nos quitaron tanto que nos quitaron hasta el miedo”; sé que todas tenemos miedo, unas más que otras, pero somos una red y nos estamos cuidando de una u otra forma.

Yo las pienso diario, las admiro y quisiera estar con ustedes. En buen nica “me pican las patas por irme”. Pero ahora me pesan más las palabras de mi madre, me pesa lastimarla más, me pesa hacerla sufrir más de lo que ya ha sufrido. El meme de “contra toda autoridad menos la de mi madre” me llega al alma, porque yo quisiera estar allá con ustedes, pero pienso en mi madre y me aterro. Creo que la edad nos hace esto, o al menos a mí me pasa. ¿Soy cobarde? Pues sí, y les pido perdón por la cobardía, pero también les pido que no dejen que les pase lo que me pasó a mí o a muchas otras. No podemos ni debemos dejar que callen nuestras voces, deben ser escuchadas y debemos estar presente. Por eso les doy gracias por su valentía y su coraje. Sé que muchas no pueden regresar a sus casas, sé que muchas están arriesgando sus vidas, sus cuerpos, pero de corazón les digo que muchas estamos velando por ustedes, de cerca y de lejos. Pedimos a las diosas que las protejan mientras emprendemos acciones terrenales para lograr este cometido. Las voy a llevar siempre en el alma por revivir mi espíritu un poco, por ser una generación de chavalas valientes, con las ideas bien puestas y los sueños bien claros.

Las obligaciones de momento me mantienen aquí, pero las veo de lejos con admiración y bueno, un poco de celos porque yo me perdí un poco en el camino y no logré hacer lo que ustedes andan haciendo. Ahora siento que solo me quedan las palabras, por eso me tomo el atrevimiento de escribirles.

No se puede hacer la revolución sin la participación de las mujeres. Estamos, desde donde sea, pero estamos, y estamos juntas.

Matria libre y vivir.

P.D. A las que estamos detrás de las pantallas, las que estamos lejos, las que por alguna u otra razón no pueden dejar sus casas también les digo: no estamos solas. Todas y cada una de las cosas que hacemos (denunciar, confirmar información, tuitear), son importantes y necesarias.

*Firmo como Vivian Alicia en honor a mi abuela y a mi tía, muertas en la guerra, he decido adoptar sus nombres y renunciar al mío. 

Carta a mis hermanas nicaragüenses
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