‘The end of the f***ing world’: rebeldes con causa Ficciones, Reseñas

Un análisis sociológico de la serie británica y del repunte de historias que plantean la transgresión como única forma de seguir avanzando.

La ira explícita de Alyssa contrasta con la ira contenida de James, que la sigue guiado por el oculto deseo de matarla./ Imagen de Netflix

La ira explícita de Alyssa contrasta con la ira contenida de James, que la sigue guiado por el oculto deseo de matarla./ Imagen de Netflix

Más allá del nihilismo todos nosotros, entre las ruinas, preparamos un renacimiento. Pero muy pocos lo sabenAlbert Camus, ‘El hombre rebelde’

La vida es lo que ocurre entre la nada y la nada. Esa nada que es el pasado del que provengo y la nada que es el porvenir. Lo decía Agustín de Hipona en el s. IV. Lo que queda en medio de ambas nadas, lo único real, es el impulso de desprenderse, de salir del cerco, de romper con todo, de emprender el camino no importa hacia dónde con tal de dejar de estar muerta o muerto. El mensaje del Loco divino. Esa carta sin número que tomada con inseguridad te precipita a la locura, pero en manos del consciente conduce a la salvación. El mensaje del niño, de la inocencia, de la capacidad de asombro. La primavera, el deseo, un fósforo. El empujón divino que nos hizo ver la luz por primera vez, el instinto de supervivencia, irracional, impulsivo, providencial. Ahí adonde hay que mirar cuando no queda otra que escapar, cuando te ahogas. Pura energía vital.

El rebelde castigado en la cultura

Tradicionalmente los autores han tratado mal a los rebeldes, a esos que se atreven a saltarse las reglas. Perrault hizo que a Caperucita se la comiera el lobo por no seguir el camino indicado, Andersen que la Sirenita se convirtiera en espuma, Nicholas Ray lleva a sus rebeldes a la autodestrucción (‘Rebelde sin causa’, 1955), Espartaco (1960) muere crucificado, el Doctor Zivago (1966) de tristeza, los héroes de ‘Butch Cassidy and the Sundance Kid’ mueren con las botas puestas… (y eso a pesar de que el filme se estrenó en 1969, en pleno auge revolucionario), también por ser rebelde Oliver pierde a su amada en ‘Love Story’ (1970), McMurphy acaba lobotomizado en ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ (1976), el profesor de ‘El club de los poetas muertos’ (Weir, 1989) termina despedido y el mejor de sus alumnos se suicida, y la más hermosa muerte del cine de los 80 es la protagonizada por un rebelde incapaz de superar al padre en ‘Blade Runner’ (1982). Así llegamos a los 90 con una larguísima ristra de muertos o castigados por rebelión. La mayor parte de nosotras hemos crecido con esa idea en nuestra cultura. La imposibilidad del ser y el miedo a la libertad (Fromm, 1941). Una idea conservadora instituida que se ha reflejado también en el cine de mayor éxito: rebelarse y gozar de un instante de libertad, (como decía Camus que experimentaba Sísifo justo antes de que la piedra volviera a caer), pero el ser humano parecía estar condenado irremediablemente a acabar mal si osaba romper las reglas del juego. A través de sus obras, los autores, durante demasiado tiempo, se han dedicado a desplegar la amargura de no poder llegar allí donde querían, la imposibilidad de desprogramarse del padre, como la queja del replicante antes de morir. Hasta llegar a convertir incluso la consciencia inexorable de los límites y el miedo en la insignia de una suerte de lucidez.

Eran los tiempos en los que todavía creíamos que el saber era lo único que nos haría libres (aunque contradictoriamente solo lo fuéramos ya en la cruz). Pero ¿a qué conduce la lucidez inoperante sino a la pasividad y la anomia social?, ¿de qué vale la consciencia de los límites sin el impulso de romper con ellos? Se nos pasó tener en cuenta que esa ‘verdad’ a la que apostábamos todo bien podía formar parte de lo instituido, de lo impuesto. No solo es necesario saber. No hay mejor estrategia para taponar un conato que la de hacerte creer que no estás preparada, que nunca estarás suficientemente preparada. En un mundo dominado por la búsqueda de certezas, de seguridad, en el que todo debe ser probado para considerarse real, ¿qué ha pasado con el impulso creativo, con la espontaneidad?, ¿acaso se enseña en las aulas?, ¿lo indican las terapias?, ¿nos lo recuerdan los padres? Solo se nos ha enseñado a considerarlo peligroso, a pensarlo con miedo, que es la mejor forma de boicot. Hemos creado una sociedad en la que la ausencia de riesgo es lo más parecido a estar bien, en la que solo a los dioses y a los niños se les permite exclamar “necesito emprender este camino aunque no sepa hacia dónde me lleva”.

The end of the f**ing World

[A partir de aquí contiene spoilers de la serie]
Su periplo les regalará aquello por lo que, sin saberlo, clamaban desesperadamente: estar acompañados.

Su periplo les regalará aquello por lo que, sin saberlo, clamaban desesperadamente: estar acompañados.

Este es precisamente el espíritu y el principal atractivo de la miniserie británica ‘The end of the f***ing World’ (Netflix): pasar de la indignación a la acción, de la indolencia al propósito sin garantías. Ser valientes. La serie juega con el vértigo que causa al público de hoy asumir esa posición ante la vida, y no consiente decirnos si el protagonista es finalmente abatido, es decir, si es castigado por su atrevimiento (algo que en todo momento estamos esperando que suceda). Aunque sí nos lo dice. La travesía de estos dos adolescentes (porque no hay mejor personificación del riesgo que la juventud) coincide en esta historia con un proceso de maduración y aprendizaje definitivo. La escapada aquí no es una carrera hacia el vacío sino el único lugar al que acudir para encontrarse a uno mismo. Y entonces, rebeldía y evolución son la misma cosa.

El tono distendido (aunque negro) de esta road movie basada en la novela gráfica de Ch. S. Forsman ya nos anuncia un relato muy lejos de la pesada angustia, por ejemplo, de los ‘Rebeldes sin causa’ de Nicholas Ray (1955), aunque partan de un contexto parecido. Alyssa y James inician su viaje unidos por el abandono, por la invalidez de apoyos paternos, la soledad y la inadaptación, la ira y la apatía. Juntos se atreven a ponerse en movimiento con el objetivo de escapar de un lugar en el que no hay espacio para ellos. Pero su periplo les regalará aquello por lo que, sin saberlo, clamaban desesperadamente: estar acompañados. Y todo lo que eso implica: no solo comprender aquello que tienen en común, el vacío del que parten, sino también, aprender a amar aquello en lo que son diferentes.

Alyssa es una joven enojada e impulsiva que usa la provocación como forma de oponerse a la mentira que la rodea: el mundo idealizado y sumiso de su madre que prefiere hacer la vista gorda en lugar de proteger a su hija de su insidioso marido, o el mundo también en que las chicas de su edad prefieren las relaciones virtuales a las reales. Se fija en James porque, como ella, no encaja bien en ese entorno que detesta. Se acerca a él y al sexo como una forma más de provocación, no desde el placer. Su ira explícita contrasta con la ira contenida de James, que la sigue guiado por el oculto deseo de matarla. Matar como expresión hiperbólica de hacer daño para sentir algo, porque otro tipo de sentimiento le recuerda al abandono de su madre y le produce dolor. En estas condiciones se inicia el viaje de los dos adolescentes que acabarán sin embargo evolucionando e involucrándose afectivamente. Alyssa tendrá que enfrentarse a su idealización del padre ausente y así a la forma en la que ella también contribuye a la mentira de la que quiere escapar y James aprenderá a conectar con sus sentimientos de otra forma que no sea causando dolor, en lo que a mí me parece un tratamiento muy fino e inteligente de algunas de las dinámicas más profundas implícitas en los estereotipos de género.

Muy interesante también a este respecto resulta la subtrama de las dos policías lesbianas a cargo del caso, ejemplo refrescante de personajes no heteros retratados de manera normalizada, pero también de una visibilización diversa y aguda de las mujeres en puestos de poder: una de ellas conectada con sus emociones tanto personal como profesionalmente que representa una evolución positiva del rol, y otra que sigue un patrón fálico y machista basado en imponer su dominio y evitar lo contrario, contemplar a los adolescentes como un enemigo a batir y al sexo como lo opuesto a intimar.

La ‘buena’ rebeldía

A veces lo políticamente incorrecto es la única opción 'La casa de papel', 3x2, 11’:40”

Es necesario resaltar que esta historia no versa sobre aquellos que pretenden el monopolio de la transgresión para abusar de un privilegio de libertad a costa de los demás. Como bien diferenciaba Albert Camus, no se trata de una rebeldía que pasa por encima de las personas y de la vida, sino que opera para ellas.

Precisamente es esta nueva forma de abordar el argumento del rebelde la que ha empezado a proliferar en el cine y las series más recientes, como un anhelo recurrente de la sociedad moderna en crisis. Mostrar a los y las rebeldes victoriosas, puede que no responda a la realidad instituida, pero sí a una demanda o deseo real y a una necesidad social de perder un miedo endémico. Lo hemos visto en la serie de habla no inglesa más vista en el mundo, la españolaLa casa de papel, que acaba de confirmar una tercera temporada dado su éxito; lo hemos visto también en ‘Merlí’ la serie catalana empeñada en encender los ánimos y el pensamiento de la juventud desde 2015, un par de años antes del 1-O; en la contundencia de Once escapando del ‘padre’ y su esclavitud (‘Stranger Things’); en la rebelión de ‘Juego de Tronos’ liderada por una mujer, un bastardo y un enano; en esos nuevos replicantes que son los anfitriones de ‘West World’ escuchando “su propia voz”, en la heroína mística de ‘OA’, o la reciente ‘Altered Carbon’

El cine de mayor repercusión social lleva igualmente años resucitando la rebeldía y ésta tiene generalmente nombre de mujer. Pocahontas, Mulan y Esmeralda rompen las reglas y luchan contra lo establecido; Harry Potter escapa del mundo muggle que lo menosprecia; Nemo se escapa de la sobreprotección del padre (2003), Jack se levanta contra el coronel Quaritch en ‘Avatar’ (2009), Katniss se rebela a las reglas de los ‘Juegos del hambre’ (2012), encima los gana e inicia la revolución Panem; y Rapunzel (2010), Mérida en ‘Brave’ (2012), Elsa en ‘Frozen’ (2013), Wonder Woman (2017), Lara Crofft en ‘Tom Rider’ (2018)… rompen los mandatos impuestos para seguir su impulso. Ni mueren ni son castigadas. En muchos casos incluso lo instituido, la ley o el padre, aprenden de ellas.

La ficción y , especialmente aquella más elegida por el público, esa que durante décadas ha sido tildada de conservadora, desde hace años viene señalando las transgresión como un lugar común al que acudir para salvarnos de alienación, de los villanos cada vez más ocultos y sutiles que muchas veces se encuentran dentro de nuestras mismas líneas. Hay hambre de un cambio real, hambre de rebelión.

Sobre este tema y otros que caracterizan el cine de actualidad, la autora investiga con detalle en su libro ‘La (re)evolución social a través del cine’ (Alfons el Magnánim, 2018).
‘The end of the f***ing world’: rebeldes con causa
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Esther Marín Ramos es Licenciada en Periodismo, Doctora en Sociología de la Cultura y psicodramatista. Aplica la teoría psicoanalítica, la sociológica y de género al análisis de la ficción narrativa. Escribe en diversas publicaciones y es autora del libro “La re-evolución social a través del cine: Argumentos cinematográficos de la crisis de la modernidad” (Valencia, Alfons el Magnánim, 2018).

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