Sortear el orden de los apellidos Participa

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Jorge Armesto Rodríguez

Cuando en nuestra familia nos planteamos el tema del orden de los apellidos valoramos también dirimirlo por sorteo. Analizamos los pros y contras de esta opción y no tardamos mucho en rechazarla. Siendo honestos, nunca se tomó de verdad en consideración y solo había estado sobre la mesa como una muestra más de la enorme generosidad de mi pareja.

Desde una perspectiva igualitaria de izquierdas, la igualdad siempre tiene que ir acompañada de redistribución. La igualdad por sí misma no garantiza la justicia. En el ámbito económico vemos nítidos los ejemplos. En una situación histórica de latifundismo y posesión de la práctica totalidad de la tierra por parte de una clase aristocrática, no basta que una ley voluntariosa afirme que “todos tienen el mismo derecho a la tierra”. Esta ley carecería de efectos prácticos si no fuese acompañada de políticas reales de desamortización y de reparto de la tierra.

Como sabemos, la igualdad teórica por sí sola no es capaz de intervenir realmente cuando existe una gran desproporción en la posesión. Muy al contrario, todos estaríamos de acuerdo en que la afirmación vacía de ese derecho, sin medidas redistributivas que lo hicieran efectivo, no serviría más que como coartada para perpetuar una situación de desigualdad objetiva contra la que, a la hora de la verdad, no se interviene. Dejada la igualdad en las manos del mercado, que vuelve rentables o ruinosas las explotaciones en función de su escala, sería imposible que se llegase algún día a algún tipo de reparto igualitario. Al contrario, como vemos cada día, esa “igualdad” en el papel solo beneficia a las multinacionales.

Del mismo modo, cuando pensamos en la política fiscal desde un posicionamiento de izquierdas, no podemos contentarnos con proclamar “la igualdad”. Damos por hecho que aquellos que más tienen tendrían que contribuir con una mayor proporción de sus ingresos y todos consideraríamos rabiosamente neoliberal e injusta una propuesta que gravase exactamente igual todas las rentas independientemente de su cuantía. Esta es la “igualdad” que desean los millonarios y desgraciadamente es un mensaje sencillo que se sustenta en un sentido común muy primario: “todos iguales, todos los mismos derechos, todos las mismas obligaciones”. Pero como sabemos, la situación de salida es absolutamente fundamental y la igualdad no basta con declararla como si ya estuviese de facto. Muy al contrario, se trata de un proceso dinámico, una aspiración siempre inconclusa. Y en tanto que las condiciones objetivas no lo permitan, no podemos legislar como si ya existiese.

Siglos de patriarcado han proporcionado una incalculable acumulación de capital simbólico que es la que sustenta la dominación masculina. Esta desproporción de capital entre hombres y mujeres es aún más injusta y desigual que cualquier otra que podamos imaginar con respecto al reparto de la tierra o la renta. Y el orden patrilineal de los apellidos es uno de los pilares que la sustentan y que se sostiene tan sólido hoy como hace cien años. Tanto es así que una década después del cambio legal que proclamó “la igualdad”, todavía el apellido del varón tiene preeminencia en más del 94% de los casos.

Mucha gente, confundida por ese espejismo de aparente igualdad, no percibe en toda su intensidad el conflicto que este cambio genera. Nuestras observaciones, basadas en la propia experiencia, sin duda carecen de valor estadístico y de rigor académico, pero quizá puedan arrojar alguna luz.

Lo primero que nos llamó la atención fue la actitud de mujeres que habían tenido a sus hijos antes de aprobarse el cambio legal de 2010. Para nosotros cabría suponer que añorasen algo así en su tiempo. Esperábamos frases del tipo de: “ojalá yo hubiese tenido esta opción…”, pero, sin embargo, lo que detectamos fue cierta hostilidad o, cuando menos, incomodidad al surgir el tema. Al contrario de lo que imaginábamos, las expresiones comunes eran frases como: “A mí eso nunca me importó. Quizá es que las madres valoramos otras cosas más importantes”.

Ingenuamente pensamos que entre personas más jóvenes y de izquierdas las cosas serían distintas, pero no fue así. Lo que sí era coincidente es que eran ellas las encargadas de justificar la decisión. En muchos casos a él “ni se le ocurrió y yo tampoco dije nada”.

Aquellos más comprometidos políticamente usaban otra estrategia. Aquí la frase habitual era: “que conste que él se ofreció pero yo le dije que no me importaba”. Los hombres feministas se ofrecían y ellas, satisfechas así, lo rechazaban. Nuestra impresión fue que el ofrecimiento servía como coartada para seguir comportándose “feministamente” sin transgredir las normas del patriarcado (yo me ofrezco porque sé que tú no lo aceptarás). Las excusas eran todas parecidas y apreciamos un fenómeno médico extraordinario. Y es que justo cuando se cuestiona la preeminencia del apellido del varón surge de pronto una enorme preocupación por la salud de los abuelos paternos (“no podemos darle ese disgusto”). Mágicamente, la preocupación cesa con la inscripción en el Registro Civil. Los abuelos maternos, al contrario, gozan en todo momento de un vigor envidiable.

Hemos observado en ocasiones cómo alguna mujer se apresuraba, preventivamente, a afirmar que su propio apellido “no le gustaba” así que “ellos no tendrían ese problema”. De hecho, este mismo comportamiento de allanar el camino y eliminar el conflicto antes de su nacimiento lo detectamos en otros ámbitos de la cultura patriarcal. Vimos que eran ellas las que impedían a los niños jugar con muñecas o ellas las que vestían a los niños y niñas de acuerdo a la regla del color. Tal como si quisieran hacerse responsables de decisiones sobre construcción de género que consideraban en cualquier caso inevitables pero que, adoptadas motu proprio por la mujer, y no por el hombre, no colocaban a la pareja ante un espejo que quizá reflejase una imagen incómoda.

Algunas mujeres –pocas- sí se expresaban con sinceridad: “le digo yo eso y menuda se arma”. Entonces le decían a mi pareja que tenía suerte, como si yo hubiese realizado algún gesto heroico que no era alcanzable a todos los hombres. Ellas, “en eso” no tenían tanta suerte. Y, ¿qué era “eso”?, nos preguntábamos. El “eso” era algo de lo que no se hablaba mucho.

Resumiendo, en general, casi siempre percibimos una acusada incomodidad. Un no querer hablar del tema y llamativos silencios, tanto de ellos, como de ellas.

Las razones, desde luego, son evidentes. Las familias “agraviadas” con la pérdida de la patrilinealidad consideran este gesto, en el mejor de los casos, una extravagancia. Y en el peor, un desprecio. Encuentran, además, la simpatía generalizada de un entorno que tampoco comprende por qué “hay que montar el lío por algo así habiendo cosas más importantes”.  En esta curiosa concepción del mundo se renuncia a tratar de cambiar la realidad en lo cotidiano con la excusa de que hay cosas más trascendentes para, después, también renunciar a cambiar lo trascendente porque resulta ser inalcanzable.

Por el otro lado, la familia materna no se ve especialmente ilusionada por algo con lo que nunca contó y que ya había aprendido a renunciar. Hay pues, mucho que perder y poco que ganar. No es de extrañar que en momentos tan delicados para una persona como el nacimiento de un bebé, la sola idea de tener enfrentamientos con los más cercanos por algo que, al cabo, se considera un tema menor y simbólico, no sea muy deseable.

Y así se explica, claro está, el 94% de apellidos varones, diez años después de que se iniciase “la igualdad”.

Un porcentaje tan escandalosamente desigual, que nos da la medida del abrumador poder de la cultura patriarcal para aferrarse a la patrilinealidad. Las dificultades, tensiones y conflictos que la sola idea genera son muy indicativos de la importancia que tiene para el varón conservar el poder simbólico sobre la estirpe.

Por eso no basta con sortear. Desde nuestro punto de vista, los hombres aliados del feminismo deberíamos renunciar sin ambages a nuestro apellido como posición de principio. Sin cambalaches, sorteos o discusiones de ningún tipo. Renunciar a nuestros privilegios como varones no debería ser ámbito de negociación. Y tampoco cabe equiparar en un sorteo el nombre con el apellido y que cada uno elija una cosa, porque el nombre no está mediado por el patriarcado y el apellido sí. Desde una posición sincera de compromiso feminista no resulta coherente ninguna otra posición más que el que los hombres cedamos nuestro derecho ancestral, al menos hasta que se alcance la igualdad de facto. Y este posicionamiento nítido es más importante aún en aquellos y aquellas que tienen más relevancia pública y cuya decisión puede dar un ejemplo positivo. O, al contrario, puede también proporcionar nuevas excusas y coartadas a quienes ya están deseando aceptar la ley patriarcal: “si ellos no lo hacen, ¿por qué iba a hacerlo yo?”. Así que, quizá, estaría bien que todos reflexionásemos al respecto. Toca redistribuir; toca devolver lo robado.

 

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