#ProbablyAllMen Participa

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Por: Un tío cishetero cualquiera

Hernán Piñera | Exit | Creative Commons

Vaya por delante que este texto va dirigido principalmente a los hombres cisheterosexuales (y está escrito por uno) y por ello uso en general el masculino en plural o singular. Igualmente cuando hablo de hombres es a ese colectivo al que hago referencia (y en el que voy incluido). Al lío.

–  Nunca he escrito un texto público, considero que hay gente que lo hace infinitamente mejor que yo y ya está bastante saturada la red con el ruido de miles de voces como para sumar a ese galimatías mis gruñidos. Pero con el tema de la “Manada” he querido añadir mi granito de arena a la avalancha de artículos de opinión que han salido estos días.

Y lo hago porque he leído y/o escuchado muchas opiniones masculinas. Todas ellas críticas, ya sea con la justicia y los jueces, los violadores en sí, su abogado, sus novias, el patriarcado, el gobierno, la sociedad en general, la pornografía, etc.

Pero de todas esas críticas henchidas de indignación, echo en falta la más importante; la autocrítica.

– Como decía, en esos artículos hay mucho de rasgarse las vestiduras ante la absurdez de la sentencia, criticando en especial la interpretación aberrante de los hechos que ha hecho uno de los jueces.

Sinceramente, en el país donde se condena a raperos y tiriteros pero la justicia no es capaz de dilucidar quién es un tal M.Rajoy, y donde las leyes están hechas mayoritariamente por hombres, interpretadas por hombres y ejecutadas por hombres todos ellos normalmente elegidos por otros hombres, pues parece poco probable que haya una especial sensibilidad en la judicatura por los casos de violencia sexual contra la mujer.

Pero aunque incluso se les hubiera condenado a la pena máxima o haciendo un ejercicio de fantasía, a cadena perpetua o pena de muerte. ¿Qué cambiaría exactamente eso?

Algunos dicen que con penas más duras los violadores se lo pensarían dos veces antes de cometer actos tan atroces. Pero probablemente ni los de la manada ni casi ninguno de los acusados de las más de mil violaciones denunciadas cada año en España se reconozcan como tal.

Prueba de ello son los numerosos vídeos que grabaron, que lo comentaran alegremente en un chat grupal y que siguieran de fiesta tranquilamente hasta poco antes de su detención. Probablemente el día que les dijeron de que les acusaban, pondrían cara de sorpresa pensando que exageraban, que eso no era una violación, que fue una orgía un poco desmadrada pero poco más. Que la chica lo quería, que les había acompañado, que se había besado con uno de ellos, que no dijo que no, ni hizo amago alguno por impedirlo.

Y a día de hoy seguramente sigan pensándolo, que están en la cárcel por una despechada, una loca de esas que denuncian falsamente.

– Comentaba al principio del artículo que he echado en falta autocrítica en las opiniones que he leído estos días. Todo el mundo hemos trazado una línea divisoria clara entre lo normal y lo monstruoso, lo aberrante, lo inhumano. Nos hemos posicionado en el lado correcto de esta línea y puesto a los miembros de la manada en el otro lugar. Nos hemos lavado las manos de esta agresión y nos hemos regocijado al ver el cabreo casi unánime que ha generado esto. Ha quedado claro que estos no son hombres, son bestias, animales, monstruos a exterminar, nada remotamente humano y nada masculino tampoco. Nos hemos quedado a gusto al poner la mayor distancia entre ellos y nosotros, porque reconocer que hubiera algo que nos uniera aunque fuera remotamente a ellos sería muy jodido de reconocer.

Ninguno nos reconocemos en ellos, no nos reconocemos en sus actos ni en sus palabras. No seriamos capaces de meter a una mujer en un sitio oscuro y forzarla contra su voluntad. Las mujeres no son objetos para nosotros, no son trozos de carne, no las vemos así. No le levantaríamos la mano a ninguna. Así que todo en orden.

El mundo y la sociedad son machistas, podemos reconocerlo sin mayor problema, pero nosotros no, a nosotros eso no nos afecta, nos resbala. Tenemos una especie de campo de fuerza feminista que impide que pase cualquier mierda machista. Hemos crecido en este mundo, pero de alguna manera hemos crecido perfectos sin que nos pringue nada. Casi se diría que somos ángeles inmaculados.

¿Pero si echamos la vista atrás y miramos nuestras relaciones con las mujeres (sexuales o no) qué veríamos?

¿Hemos buscado siempre el consentimiento activo de nuestras parejas o ligues a la hora de tener sexo o nos conformamos si no se niegan de alguna manera?

¿Hablamos en la cama de lo que nos gustaría hacer o que nos hicieran, o alguna vez o varias hemos ido probando hasta que nos han dicho que no, que eso no?

¿Hemos insistido alguna vez después de ese no, aunque no fuera de forma violenta?, ¿Nos hemos enfadado por esa negativa?

¿Buscamos la comodidad y el placer de la otra persona, sabríamos identificar si una mujer está incomoda teniendo sexo con nosotros?

¿El sexo tolerado pero no deseado, nos vale?, ¿Nos vale echar un polvo con una mujer haciendo la estrellita?

¿Nos sentimos cómodos teniendo relaciones sexuales donde la otra persona no tiembla de deseo hacia nosotros?

¿Cómo nos afectaría y como reaccionaríamos al descubrir que una mujer en una relación sexual se ha sentido incomoda, mal o directamente violada por nosotros?

Preguntas que no son únicas, cada uno seguro que puede encontrar las suyas propias.

– La violencia sexual no es exclusivamente un violador loco en un callejón oscuro, ocurre a diario y de forma más generalizada de lo que creemos a nuestro alrededor. En la calle, en los bares, en los sitios públicos, en la casa de al lado, en la nuestra. Tanto las manifestaciones más grandes (agresiones y abusos sexuales) como las más sutiles (piropos, insinuaciones, etc.).

Preguntad a las mujeres que os rodean y con las que tengáis confianza, familiares, parejas, amigas…

Preguntadles si alguna vez se han sentido violentadas y descubriréis la cantidad de mierda oculta con la que cargan a la espalda.

Según la ONU: Se estima que el 35 por ciento de las mujeres de todo el mundo han sufrido violencia física y/o sexual por parte de su compañero sentimental o violencia sexual por parte de una persona distinta a su compañero sentimental en algún momento de su vida.

Una de cada tres, la lógica diría que al menos uno de cada tres hombres deberíamos ser agresores. ¿Si hay tanta víctima dónde están los verdugos?

– La violencia sexual no surge de la enfermedad, de lo inhumano o del otro. No es algo puntual y anecdótico, nace del sentimiento de superioridad sobre las mujeres y de su cosificación, que nos va entrando desde que nacemos y que llevamos toda nuestra vida con nosotros.

Y se nos cuela a diario en todo, la publicidad, la televisión, el cine, la radio, la pornografía…

Esa pornografía que consumimos casi todos y que reproduce un mundo irreal donde el orgasmo femenino brilla por su ausencia, el único interés de las mujeres es ser penetradas por todos sus orificios y recibir la mayor cantidad de esperma posible y donde el sexo cada vez es más violento.

Y esa es la educación sexual que mayoritariamente y diría que casi en exclusiva recibimos los hombres.

Educación que compartimos con toda seguridad con los de la manada y con los jueces que dictaron su sentencia. Recibimos los mismos estímulos, los mismos memes sexistas, las mismas fotos de mujeres desnudas, reímos las mismas gracias sobre violaciones.

Pero aun así no tenemos nada que ver con ellos.

Llamamos vieja asquerosa a Carmena, sucia guarra a Anna Gabriel, hija de puta a Aguirre o jaleamos que se desee la violación a Arrimadas. Llamamos locas o malfolladas a las mujeres que se cabrean con nosotros. Cuestionamos constantemente a cualquier mujer por formada que esté agarrándonos a cualquier error de forma, pero lo que digan nuestros amigos, líderes o compañeros va a misa aunque sea una idiotez supina.

O si no hemos hecho nada de esto, dejamos pasar a diario la oportunidad de desmarcarnos de todo lo anterior por miedo. Miedo a que nos rechacen en nuestros círculos masculinos. Miedo a quedarnos fuera.

Pero a pesar de ello no somos machistas. Ni un pelo de gamba.

– Somos ángeles inmaculados, que podemos trazar una raya clara en el suelo, al otro lado de la cual está el mal absoluto. Cualquier cosa que hayamos hecho siempre va ser ridícula comparada con ese mal. Y nunca nos vamos a reconocer al otro lado de la línea porque eso implicaría asumir nuestra aberrante monstruosidad y nos volvería locos.

Por eso es más fácil cagarnos en todo, justicia, leyes, políticos, antes que reconocer que puede que seamos parte del problema de alguna manera.

Y seguimos con nuestra vida tranquilamente. Y mientras tanto hoy se denunciarán tres violaciones y se habrán cometido muchas más que nunca se denunciarán. Como pasó ayer y pasará mañana.

– La solución no va a venir de las leyes ni del parlamento. La solución pasa porque cada uno de nosotros piense en el lugar desde el que jugamos en este mundo y revisemos los actos que hacemos, hemos hecho y haremos a lo largo de nuestra vida. Y empecemos a intentar cambiar de verdad en nuestras vidas diarias y en nuestras camas.

Si no lo quieres hacer porque es lo justo, hazlo al menos para que un día no te lleves una sorpresa cuando te digan que has violado a una mujer.

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