Hasta el coño de pedagogía Participa

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Asensia Anónima

Miriam Sánchez M.
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Deambulo por mi casa, nerviosa, de una habitación a otra. Estoy leyendo los relatos en Twitter con el hashtag #Cuéntalo y yo también pongo unas cuantas historias. Las más cotidianas, las que menos me cuesta verbalizar ante un público desconocido. Me siento aliviada, pero terriblemente triste. Salgo de casa, pero no me distraigo todo lo que me gustaría. Ya en la cama discuto con mi pareja sobre la violencia machista más sutil. Me enfado. Me tomo un ansiolítico para dormir.

A la mañana siguiente vuelvo a deambular por mi casa, sigo con #cuéntalo. Me indigno al leer a hombres, a los que conozco, terriblemente machistas decir que se solidarizan con la víctima mientras están en sus casas pasando vídeos porno por sus grupos de Whatsapp.

Pauso la música porque quiero leer un artículo que he encontrado. Es un artículo de diciembre de 2016 pero qué bien toparme con él ahora. Esa redacción me resulta familiar, las edades, pero es una palabra la que hace que mi rostro cambie drásticamente.

Escribo al hombre del que creo que es el texto. “¿Es tuyo?” Quiero que me responda que no porque una respuesta afirmativa implicaría remover el dolor que hace años me persigue. Pero necesito que lo sea. Lo necesito. “Sí” me responde. Vomito, lloro y grito.

Quiero arrancarme los ojos, la garganta, el cerebro, el corazón; y despojarme de todo eso que me hace ser yo. Pero me tomo un lorazepam, que lo otro no es reversible.

No pretendo perdonar, ni dar lecciones, pero me siento aliviada.

Me sentiría aliviada si aquel desconocido que me drogó y me violó en el baño de un bar reconociera el dolor y el miedo que me causó.

Si aquel otro que me violó en casa de una amiga reconociera que lo hizo con consciencia plena, a pesar de que le insistí: que me dejara en paz, que no quería nada con él.

Si ese chico al que yo consideraba buen colega admitiera que es un depredador, que ha violado a más mujeres, que quería violarme, pero que no lo consiguió porque había bebido tanto que no se le puso dura. Tendré tierra debajo de las uñas el resto de mi vida de intentar escapar esa noche.

Si ese “aliado” que un día fue “compañero” dejase de decir que yo sacaba su parte violenta, y que por eso me cruzó la cara y me insultó delante de sus amigos cómplices que respaldaban su violencia.

Así que me voy a quedar con la parte en la que el autor del artículo Los “feministas” también violan habla de que no necesitáis que nosotras os eduquemos, porque es vuestro trabajo combatir la violencia que ejercéis. Necesitamos que dejéis de excusaros y admitáis que nos habéis acosado, que habéis abusado y que nos habéis violado. Y a partir de ahí, que os pongáis a trabajar. Para mí, y a pesar de todo, él es un ejemplo de cómo hay que hacerlo.

Yo ya me he cansado de tanta pedagogía y lorazepam.

Hasta el coño de pedagogía
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