¿Por qué algunos circos están prohibidos y el Guggenheim no? Ficciones, Opinión

Desde que el museo bilbaíno anunció que en su última exposición se utilizan animales vivos, artistas y antiespecistas se han movilizado solicitando su retirada, generando un debate en torno al arte y al maltrato animal.

Una manifestante durante la concentración con un cartel en el que se lee "Los animales no son piezas de museo"./ S.V.

Una manifestante durante la concentración./ S.V.

La exposición que ha causado tanto revuelo se titula ‘Arte y China después de 1989: El teatro del mundo’, y es un repaso histórico del arte chino más crítico y experimental de los últimos años que muestra obras de dos generaciones de artistas. Según la comisaria, Alexandra Munroe, son artistas provocadores que cuestionan toda forma de autoridad, que analizan la globalización y el auge de China, aspirando a un mundo sin ideología y a reforzar la idea del individuo frente al colectivo. A lo largo de seis secciones temáticas y cronológicas, la muestra incluye diversas prácticas artísticas como performance, pintura, fotografía, instalación y videoarte.

La polémica era algo con lo que el equipo curatorial ya contaba desde el principio, puesto que durante la exhibición anterior de estas obras, acontecida en el Guggenheim de Nueva York, fue acusado de maltrato animal y levantó una gran ola de indignación. En ese caso, las obras problemáticas fueron retiradas por orden del propio museo y sustituidas por audios de los artistas defendiendo su obra. En Bilbao, tras conocer las obras que iban a ser expuestas, numerosos colectivos se han posicionado en contra, entre ellos la Asociación para un Trato Ético con los Animales (ATEA) y la Federación Española de Protección Animal (FEPA), que ha solicitado al Ayuntamiento de Bilbao su retirada del Guggenheim y ha remitido una denuncia. El colectivo Bellas Artes Antiespecista, surgido en el campus de Leioa de la Universidad del País Vasco, impulsó una campaña de firmas en Change.org y organizó una concentración el pasado viernes 11 de mayo junto a Puppy, la florida escultura de Jeff Koons.

Una de las obras problemáticas es una instalación de Xu Bing formada por las piezas ‘El teatro del mundo’ y ‘El puente’: una jaula sinuosa en forma de arco y un terrario con forma de caparazón, donde han sido colocados animales vivos como serpientes, tortugas, lagartijas e insectos, mezclando a presas con sus depredadores. Esta instalación alude a las dinámicas de poder y a las tradiciones culturales chinas. La otra obra polémica que se expondrá es de Huang Yong Ping, llamada ‘Un caso de transferencia’, y es un vídeo que documenta una acción realizada en 1994 en la que aparecen dos cerdos apareándose ante el público. El macho lleva estampados en su piel con tinta caracteres occidentales y la hembra caracteres chinos.

Concentración contra el maltrato animal el viernes 11 de mayo frente al Guggenheim./ Susana Viñolo

Concentración contra el maltrato animal el viernes 11 de mayo frente al Guggenheim./ Susana Viñolo

Para la exposición en Bilbao, el equipo curatorial ha descartado otra obra que anteriormente formaba parte de la muestra, un vídeo en el que unos perros eran sujetos por arneses y colocados sobre una cinta de correr sin motor, colocándolos unos frente a otros, con los animales intentando alcanzarse, desesperados y exhaustos, ante la mirada del público. Las obras expuestas en Bilbao mostrarán por un lado cerdos, y por otro, insectos y reptiles, intuimos que por considerar que esos animales despiertan menor empatía en el público que los perros.

Además, una de las obras es un vídeo. Aquí el Guggenheim se lava las manos: no son animales reales, sino un “documento histórico”. La acción se produjo en 1994, por lo tanto, lo que se expone en la actualidad es únicamente el registro. Pero, ¿el hecho de que sea solo una documentación de un maltrato animal, no el maltrato en sí, lo que se expone, exime de culpa al museo? El museo están pagando por la obra (con un dinero que es público), está legitimando la propuesta del artista y, sobre todo, obtiene beneficio económico de ello.

El Tratado de Amsterdam de 1997 reconoce que todos los animales vertebrados son seres sintientes capaces de sentir dolor, angustia y sufrimiento. En 2004, la Organización Mundial de Sanidad Animal adoptó las llamadas “Cinco Libertades”, sobre el bienestar animal en Europa, las cuales reconocen que los animales tienen unas necesidades obligatorias y deben ser provistos de un ambiente apropiado, una dieta adecuada, oportunidades para expresar comportamientos naturales, protección del miedo y los estados angustiosos y protección del dolor, daños o enfermedades. Todas las leyes autonómicas de protección animal en el Estado español prohíben el uso de animales de manera que les pueda ocasionar sufrimiento, ser objeto de burla o en que se les imponga la realización de comportamientos impropios de su especie. En Bizkaia, los circos con animales están prohibidos en los municipios de Barakaldo, Basauri, Galdakao, Getxo, Portugalete, Santurtzi, Sestao y Sopela entre otros, por considerar que este tipo de espectáculos constituyen maltrato animal.

Sin embargo, tenemos que aguantar espectáculos como el del Guggenheim de Bilbao, y ver cómo desde la institución se asegura en un comunicado que los animales van a estar bien cuidados, limpios y alimentados, cuando los van a tener expuestos como objetos, encerrados y cercanos a sus depredadores. Y es que seguimos sin entender que el maltrato animal no sólo es maltrato físico, sino que engloba todo tipo de acción que dañe a estos seres vivos. El uso de animales en espectáculos supone tener animales encerrados durante toda su vida, criados muchas veces en cautividad, lejos de su hábitat natural, de forma que son dominados y forzados a hacer cosas que no quieren (muchas veces mediante el castigo), lo cual impide que puedan comportarse acorde a sus instintos naturales y les genera mucha frustración. Estos animales son sometidos a continuos transportes y cambios de temperatura bruscos (a los cuales los reptiles son especialmente sensibles), y durante cualquier tipo de exhibición están expuestos a focos, fotografías, ruidos, presencias amenazantes, movimientos bruscos y humillaciones que les provocan un grave estrés, por lo que al cabo del tiempo desarrollan enfermedades y comportamientos anormales, reduciendo su calidad y esperanza de vida.

La protesta ha sido impulsada por el alumnado de Bellas Artes./ S.V.

La protesta ha sido impulsada por el alumnado de Bellas Artes./ S.V.

En el caso de Bilbao, las protestas han sido impulsadas por el propio alumnado de la Facultad de Bellas Artes. Asistimos pues a una brecha generacional, con una juventud de artistas más consciente y comprometida con los derechos de los animales que los artistas de los 80. Vemos también una ruptura con los museos actuales, cuyas exposiciones están cada vez más alejadas de lo que la ciudadanía y el propio gremio consideran creación artística. Así, el Guggenheim parece más bien un enemigo del arte en lugar de un aliado.

Es necesaria cierta conciencia por parte de las instituciones que, priorizando el beneficio económico sobre la responsabilidad social, a costa de la explotación si es necesario, intentan mantener la idea obsoleta del artista como creador endiosado, incuestionable y por encima de todo. En el Guggenheim este mes entran artistas “comprometidos” pero no con los animales, “críticos” pero no consigo mismos. El museo considera este tipo de obras algo provocador y único, como si hubiera innovación en tratar a los animales como objetos. Con argumentos similares a los que se utilizan para defender la tauromaquia, supuestos intelectuales justifican la esclavitud con la palabra arte.

Abanderado de la palabra libertad tras las protestas de Nueva York, el museo bilbaíno se presenta como víctima y habla de censura. Sin embargo, el uso de la polémica para relanzar artistas, obras o exposiciones es ya una estrategia comercial repetitiva. Recuerda a lo que sucedió con la obra de Santiago Sierra en Arco: la propia organización retiró la obra, despertando la indignación y los discursos a favor de la libertad de expresión, logrando como consecuencia una gran publicidad para el artista y la subida de precio de la obra. Teniendo en cuenta estos casos, no podemos hablar de censura ni de falta de libertad de expresión si los que tienen todo el poder y la capacidad de exponer o retirar una obra son los mismos que posteriormente se lucrarán económicamente gracias a la publicidad generada por dicha retirada.

Esto lo hacen además, mientras perjudican al resto de artistas, cuyas obras quedan totalmente invisibilizadas. Una exposición de 120 piezas que prometía ser la mayor muestra celebrada hasta la fecha de arte contemporáneo chino y girar en torno a artistas, grupos y movimientos clave para China y para la escena internacional, ahora solo girará en torno a los animales usados como carnada.

Lo más triste de todo es que el hecho de que se retiren o no las obras es irrelevante para el museo. Si finalmente las retiran, crearán la falsa sensación de que el activismo animalista ha ganado, pero el verdadero gran beneficiado será el mismo: la institución, que con el debate, el morbo y la indignación llenará sus salas y sus bolsillos. Como decía el alumnado de Bellas Artes en la concentración: una entrada, especie maltratada. Que haya museos inconscientes a la hora de invertir su dinero no significa que las y los ciudadanos vayamos a hacer lo mismo. A aquellas personas a las que solo nos causa rechazo este tipo de actitudes, lo único que nos queda es la decepción, y la reticencia a pagar entrada por visitar un museo que cada día parece más un circo.

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Susana Viñolo

Graduada en Bellas Artes y con un máster en Arte y Tecnología, desarrollo mi trabajo en el ámbito del arte contemporáneo, especializada en arte electrónico interactivo. Me gusta ser concisa, encontrar la palabra o imagen exacta, sacar a la luz las flores que crecen entre la basura y que las paredes digan lo que la gente calla.

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