En defensa de Eurovisión Participa

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Jorge Cecilia González
Un año más, tantos ya que he perdido la cuenta, al concluir el festival de Eurovisión asistimos a la consabida retahíla de artículos en prensa y opiniones en redes y a pie de calle que abordan el tema; todos pujando por ser los más cáusticos, los más ingeniosamente despectivos, los más resabiados. Pero de un par de certámenes a esta parte, el nivel de esnobismo y de falacias vertidos han llegado rozar lo exasperante por apoyarse más que nunca en las posverdades eurovisivas más añejas.


Quienes repiten acríticamente mantras obsoletos como el del politiqueo en las votaciones, la proliferación de frikis o la terrible calidad de los canciones deberían pararse a ver el programa con ojos desprejuiciados, verlo sin remordimientos por el qué dirán, o verlo a secas, para variar.


El bloque del Este hace tiempo que no copa las primeras posiciones de la tabla (punto en el que además cabría entrar en la inevitable identificación entre naciones por proximidad geocultural); los cantantes no son más excéntricos que la popstar mainstream (o indie) de moda; no pocos de los temas, máxime los de esta remesa, sonarían perfectamente en cualquier radio o cita musical de otra índole (extranjeras, claro). Sin duda habrá números mediocres o malos de solemnidad, ¿pero es que puede ser de otro modo participando 43 candidaturas?


En cualquier caso, quienes eligen las canciones, artistas y puestas en escena que compiten son los propios países, bien por televoto popular o por elección interna de sus cadenas públicas; el festival en sí muy poco o nada puede hacer a ese respecto, por lo que culparlo no tiene sentido. Y quien elige al ganador es igualmente cada país, al 50% entre jurado profesional (que falla en secreto un día antes de la final) y televoto popular, siendo éste el que en esta cita ha dado un giro de 180º a lo decidido por aquél.


¿Quizá deberían los haters empezar a implicarse más activamente en al acerbo y representación musicales de su nación? ¿Quizá no habría que empezar por promover el cambio desde la misma sociedad en cuya mano está lo que se envía y que tanto se queja sin visión edificante?


En cuanto al trasfondo político más allá del caduco argumento de la vecindad, vuelvo sobre todo lo dicho: en puridad es la gente corriente de cada país quien vota, y los resultados están sometidos a rigurosos procesos de verificación, notaría y auditoría perfectamente comprobables e impugnables. Quien quiera entrar en oscurantistas teorías de la conspiración sobre compras y sobornos es libre de hacerlo, pero desde luego con muy poca base sólida y pruebas razonables. Otro asunto es el de las campañas de marketing, publicidad y viralización para potenciar la popularidad de las canciones, pero esto excede el debate y no cambia lo expuesto.


Lo mismo ocurre con juzgar al propio festival como institución por la victoria de determinados países basándose en la política interior y/o exterior de éstos, cosa que este 2018 está sucediendo con hirviente fervor.


Que Eurovisión se utiliza también como herramienta con fines políticos por parte de muchos de (si no todos) los países que acuden desde luego es evidente. Al igual que todo en la vida es Derecho, también es política, no cabe la menor duda y resulta inevitable. Pero en todo caso, a quien habrá que culpar o pedir explicaciones al respecto es a las naciones e instancias por encima que emplean el evento para desarrollar sus agendas, pudiendo ser éstas muy criticables.


Afear al propio Eurovisión que Israel se haya llevado la victoria, cuando lo que hace es limitarse a disponer una plataforma para la celebración de un concurso musical, no tiene pies ni cabeza. Las críticas deberían dirigirse a los organismos internacionales que dictaminan que cierto país cuenta con calificación X en función de la cual puede participar, y como mucho a la ciudadanía común que vota a dicha nación de políticas censurables.


Aparte de sus grandes orígenes y trayectoria, y aun reconociendo que en efecto atravesó un duro y largo bache desde mediados de los 80 hasta casi mediados los 2000, a día de hoy Eurovisión no es ni más ni menos que el mayor certamen musical del mundo, visto por doscientos millones de personas anualmente. En la última década, especialmente en los últimos 4-5 años, la calidad del mismo en lo que toca a música y a despliegue artístico y técnico ha ido aumentando exponencialmente, regresando a la actualidad social.


Aun contando con aspectos destacados que por supuesto son susceptibles de mejora, no hay evento de su misma naturaleza que se pueda comparar.


Habiendo podido asistir, corroboro que por encima de todo se trata de un evento que con sus más y sus menos crea lazos y recuerdos en común, que celebra y fomenta todo el espectro de la cultura, el arte, el espectáculo, la tecnología, la unidad en la diversidad, lo enriquecedor de la alteridad y el compartir globalmente a un nivel como difícilmente se ve otro.


Ha supuesto una verdadera lanzadera para la visibilidad y normalización de la comunidad LGTBQI, tanto desde la grada como desde el escenario: comenzando casi desde sus inicios con un fiel y nutridísimo público imponentemente gay, pasando por figuras icónicas como Dana Internacional, Marija Šefirović, Conchita Wurst o la finlandesa  Krista Siegfrids, que en 2013 reivindicó el matrimonio homosexual en una actuación que fue censurada en las televisiones china y turca, y concluyendo hasta el año actual con la puesta en escena de Irlanda, donde se respresentó una historia de amor entre dos chicos. Sólo por esto (nada menos) critiquémoslo constructivamente y con razones justificadas, mejorémoslo aún más entre todos o simplemente no lo veamos si no nos interesa, pero no lo denostemos cruel y gratuitamente. Se trata de algo valioso que, como casi todo aquello que lo es, no lo aparenta a simple vista.
En defensa de Eurovisión
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