“Si ser lesbiana en el flamenco tiene un precio, seguro ya lo pagué sin darme ni cuenta” Entrevista, Ficciones

Mayte Martín presenta ‘Tempo Rubato’, su último y más personal disco. Sin haber entrado nunca en el armario, la libertad de esta cantaora le ha llevado a prescindir de discográficas, a buscar financiación por ‘crowdfunding’ y a ser una pieza inasible e imprescindible del flamenco.

Mayte Martín, en una fotografía cedida por ella.

Mayte Martín, en una fotografía cedida por ella.

Afirmaba Mayte Martín en una entrevista reciente que si cuando ella comenzó se hubiera mirado tanto la belleza como ahora, no habría llegado a donde está. “Me descartarían por no estar buena”, reflexionaba. Por circunstancias de otros tiempos o no, esta cantaora barcelonesa y paya se ha labrado una carrera mayúscula. Siempre en los márgenes, siempre a su aire.  Quizás no ha sido el camino más fácil: independientemente del aspecto físico, la artista ha tanteado distintos estilos y no se ha casado con nadie.  Tal es su independencia que para su último disco, ‘Tempo Rubato’, se fío del micromecenazgo y consiguió 36.000 euros. En enero lo presentó en el Teatro Circo Price de Madrid en lo que iba a ser el inicio de una gira por España. Problemas de salud han dejado las próximas fechas en suspenso.

Un imprevisto que no la ha amilanado a la hora de responder estas preguntas: Mayte Martín camina a sus 53 años sin agachar la frente, como cuando emprendió la carrera musical hace más de dos décadas. Prendada por las sintonías de Juanito Valderrama, esta cantaora de voz penetrante y sin ataduras estéticas o económicas nunca ha puesto en jaque su libertad creativa. Igual que nunca ha ocultado su orientación sexual ni sus ganas de hacer lo que creía en cada momento.

“ALGUIEN QUE NO HACE LO QUE QUIERE POR CUBRIR LAS EXPECTATIVAS DE LA INDUSTRIA, NO PUEDE AUTODENOMINARSE ARTISTA”
Esa convicción la llevó a producir su primer disco de temas propios y flamenco tradicional en 1994 o a elaborar un cancionero de boleros junto al pianista Tete Montoliú en 1996. Más tarde repitió jugada con la colaboración de Omara Portuondo (‘Tiempo de amar’, 2002) y acabó poniendo música a versos de Lorca o Carlos Gardel en ‘De fuego y agua’, de 2008. Hoy cree en un flamenco mestizo, en un arte puro y en la lucha por la igualdad sin imponer ideologías, dudando de cada verdad absoluta.

Has tocado varios palos musicales a lo largo de tu trayectoria. ¿Has sentido en alguno mayor discriminación sexista?

No lo sé. Dicen que el flamenco es especialmente machista, pero yo no lo tengo claro. Se dice que el machismo tiene que ver sobre todo con la cultura, o, más bien, con la incultura, pero yo veo machismo en mucha gente a la que se le presupone una formación y un nivel cultural alto. Pienso que la certeza de que hombres y mujeres deberíamos vivir en igualdad de condiciones no tiene nada que ver con la cultura, sino con la sensibilidad de cada individuo, con la capacidad de un ser humano de no considerarse superior a nadie por su condición ni por sus circunstancias; esa es una certeza que tiene que ver con la bondad, con el sentido de la justicia, de la equidad y de la empatía. No tiene nada que ver con la cultura. Creo yo.

¿Se sigue ocultando en el flamenco la orientación sexual?

Creo que no. Pero, si se hace aún, nada que ver con los tiempos que a mí me tocó vivir. Siempre tuve la teoría de que antes de acabar con la marginación había que acabar con la ‘automarginación’. Nadie puede reaccionar con comodidad ante una cosa que le resulta desconocida ni hacerlo con naturalidad ante una cosa que se le oculta. Y, muchas veces, por susceptibilidades y falta de autoestima, se confunde la curiosidad con el juicio.

Yo siempre cuento que nunca salí del armario porque nunca me metí en él; y que cuando con diecisiete años paseaba con mi novia de la mano, sonreía ante las miradas atónitas de la gente. ¡Y casi siempre me devolvían la sonrisa! Somos constructores y responsables en gran parte del respeto que despertamos en los demás. Si tú misma te autocensuras, nunca formarás parte de la normalidad. Ni contribuirás a que el mundo no te mire con extrañeza, porque nadie puede naturalizar algo que no ve. Ni le puedes exigir al mundo que te respete como eres mientras tú te escondes para ser.

Te has posicionado a favor del derecho de autodeterminación de los pueblos. ¿Le afecta al flamenco el enfrentamiento político, territorial, cultural, de los últimos meses?

No lo sé. Te lo diré cuando pase el año y compruebe cuánta gente hay tan absurda como para dejar de contratarme por cualquiera de estas cuestiones.

Este disco es el más íntimo tuyo y se ha financiado por ‘crowdfunding’, ¿es difícil ir por libre en la música?

Es difícil ir por libre en la vida, en todos los aspectos. Es difícil si pretendes gozar de los mismos privilegios que cuando no se va por libre. Por la libertad se paga un precio, eso es un hecho histórica y universalmente reconocido. La cuestión es, sencillamente, tener claro cuáles son tus prioridades. Si te quedas en la pecera con la seguridad de que te echarán comida o prefieres nadar libre en el mar y buscártela tú.

Todo es respetable, pero alguien que no hace exactamente lo que quiere por cubrir las expectativas de la industria, por ambición o por ego, no puede autodenominarse artista, porque el arte está muy lejos de todas esas cosas. El artista no piensa si su obra es rentable; para el artista, la obra es inevitable. Y si la verdad te late dentro, no puedes rodearte de personas que no la compartan, porque te mueres de pena.

Por eso yo me construí mi micromundo. Con gente que comulga con lo que hago, con mis razones y mis formas. Mi mánager, mis músicos, mis técnicos. Todo mi equipo está formado por gente que tiene claro que lo primero es la honestidad. Vivir en torno a una verdad y ser consecuentes con ella. El ‘crowdfunding’ es la forma de que el público que también se identifica con mi música y mi filosofía vital pueda secundar mi libertad y convertirse en cómplice de mi caminar y partícipe directo de mis obras. Es algo realmente hermoso y tiene un simbolismo muy emotivo.

¿Has sentido obstáculos dentro del flamenco por ser visiblemente lesbiana?

Ni lo sé ni me importa. He hecho y sigo haciendo mi recorrido sin importarme lo que piensen y sin buscar jamás el beneplácito de nadie en ningún aspecto de mi vida. Mi corazón es mi guía y siempre lo ha sido.

“ME GUSTA MÁS PENSAR QUE HE CONTRIBUIDO A NORMALIZAR Y LIMPIAR DE PIEDRAS EL CAMINO PARA QUE OTROS Y OTRAS PUEDAN SALIR DE SUS ARMARIOS, QUE PARARME A PENSAR SI ALGUIEN ME PUSO LA ZANCADILLA”
A pecho descubierto he caminado siempre mostrándome como soy y dispuesta a luchar por lo que es justo. Y me gusta más pensar que mi manera de posicionarme en este mundo ha contribuido a normalizar y limpiar de piedras el camino para que otros y otras puedan salir de sus armarios y recorrerlo sin miedo, que pararme a pensar si alguien me puso la zancadilla. Si lo hicieron, no lo hicieron de frente.

De todos modos, todas las cosas acaban en el lugar que les corresponde. Yo he sido siempre una persona libre y, como dije antes, la libertad tiene un precio del que yo siempre fui consciente y que siempre estuve, estoy y estaré dispuesta a pagar. Quiero decir que siempre me mostré tal como soy, para mí no existe otra opción de vida. Y si por ser lesbiana en el flamenco había que pagar un precio, seguro ya lo pagué sin darme ni cuenta.

¿Se ha perdido la profundidad del arte en pos de lo superficial, de que luzca ‘bonita’ la fachada?

No, no: de fachada nada. Que se haya perdido la profundidad en pos de lo superficial habla de un deterioro profundo y esencial de la sociedad, no meramente de una tendencia actual o una moda. Este culto a la frivolidad responde a una pérdida de los valores, del sentido de la libertad y del pensamiento único de esta sociedad que se pierde detrás de una opinión masificada y manipulada por la ciencia del márquetin.

Por último, el flamenco es algo muy arraigado a la identidad nacional, pero ¿cuál es esa identidad, teniendo en cuenta las diferencias de registros que hay en esta música?

El flamenco es una forma de expresión que tiene un fondo y una forma. Que requiere para dignificarlo de unas características que no las dan ni la raza ni el territorio. Ambas cosas –sobre todo la última- facilitan notablemente el acercamiento de una persona a esta música, pero ninguna de las dos garantiza que la persona posea las dotes, ni la inteligencia, ni la sensibilidad, ni la profundidad, ni el talento para comprenderlo ni para ejecutarlo.

Por otro lado, el hecho de que una persona se resista a gozar de las maravillas que esta música pueda aportarle por una cuestión de nacionalismos solo demuestra su poca calidad humana, su falta de libertad y de criterio propio, sus prejuicios y su falta de espíritu. Eso es ‘autoboicotear’ tu capacidad de disfrute y no entender que el arte es una forma de comunicación y de expresión universal sagrada y que no entiende de fronteras y mucho menos de nacionalismos. Soy catalana orgullosa de serlo, adoro mi tierra y mi cultura y adoro el flamenco hasta el punto de dedicarle la vida que llevo vivida. Si esto son cosas incompatibles, yo soy un espejismo.


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Alberto G. Palomo

Aunque formado como maestro, se dedica al periodismo después de escuchar a su hermano (también periodista) leerle columnas desde el sillón. Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Salamanca, colabora en varios medios nacionales como El País, El Mundo o Yorokobu escribiendo -sobre todo- de temas internacionales, viajes, sociedad o cultura.

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