“Llevo un año soportando acoso y me siento desprotegida” Crónica, En red

M. lleva más de un año sufriendo el acoso del que un día fue su vecino. Tras denuncias con las que no ha conseguido nada -“la policía la única solución que me ha dado es que me vaya de casa”-, ha decidido difundir su caso,un ejemplo de misoginia, para que transcienda de lo personal al plano político.

M., en Madrid.

M., en Madrid.

“Un día, a las 3 de la tarde, se cruzó conmigo por la calle. Me tiró una piedra. Cogí el móvil para grabarle. Tiró mi móvil al suelo y dijo que iba a matarme. Llamé a la policía y puse otra denuncia, esta vez con un parte de lesiones. No sirvió para nada”.

Esta es solo una de las agresiones que describe M. cuando tiene que resumir el acoso que lleva sufriendo desde hace un año. Lo que comenzó como una discusión vecinal hoy acumula más de ocho denuncias y cuatro juicios, tal y como relata. “He perdido todos los juicios. Llevo un año soportando acoso y la ley no me defiende”, cuenta atónita.

En diciembre de 2016, M. y F. encontraron una ganga: un piso por 500 euros en uno de los barrios de moda de Madrid. Un chollo que no dudaron en aceptar. Jamás pensaban que aquella decisión acabaría convirtiéndose en una pesadilla. “De entre las cajas de la mudanza apareció un farolito rojo de papel. No había lámpara en el pasillo comunal y la luz de la bombilla nos molestaba. Pusimos el farolillo de manera provisional”, rememora M. “Un día salgo de casa y hay una nota que pone que mi casa es una casa de putas y que no está permitido poner cosas en los espacios comunes. Salgo al patio y pregunto que quién me ha dejado una nota. Me responde él desde el patio. Voy a hablar con él. Me dijo que era el hijo de la presidenta y que esto no era una casa de putas. Se puso muy agresivo. Me dijo que me iba a partir la cara. Llamé a la policía. Nos tomaron declaración y puse una denuncia en comisaría. A partir de aquí comenzó el infierno”, cuenta M., quien explica que desde entonces la ira de este vecino se ha centrado en ella y en F., su compañero de piso. “A mí me llama puta, a él maricón. Es misógino y homófobo. A ambos nos ha agredido, a él le ha llegado a robar las gafas. Mi compañero y su novio sufrieron una gran paliza. Ha hecho del odio hacia nosotros un motivo para levantarse por las mañanas”, explica.

“Cada vez que me lo encontraba en la escalera me llamaba puta, gorda y me amenazaba con pegarme. Me echaba mierda al buzón, me escupía. Un día tuve que atrincherarme en casa, me pateó la puerta y la ventana. Me cortó la luz de casa. Me rompió todas las macetas… Todo está denunciado, pero no ha pasado nada”, lamenta M. quien admite que ya ha renunciado a seguir yendo a juicios ya que siempre pasa un mal trago. M. asegura que el abogado de su vecino ha accedido a su historial médico y lo utiliza en su contra. “Hace unos años finalicé una relación y estuve mal. Pero yo ya me he curado. Ponen en tela de juicio mi salud mental. Su abogado me dice que estoy enferma de la cabeza, que he tenido un divorcio doloroso y que la ansiedad la traigo de casa”, relata indignada.

Ante esta avalancha de hechos, M. asegura que se siente indefensa. “La segunda vez que fui a poner una denuncia pregunté en comisaría quién llevaba los asuntos de violencia de género. Se quedaron a cuadros. Me dijeron que si no era mi cónyugue ni mi ex cónyugue que no había nada que hacer. El día que aparezca muerta así se lo contarán a mi familia.”, sentencia.

Los delitos contra las mujeres

“La normativa en materia de violencia de género es muy limitada y no incluye todas las violencias que padecemos las mujeres por el hecho de serlo. La violencia sexual, la trata, el feminicidio, los ataques a activistas feministas, las prácticas tradicionales… Hay una serie de abusos contra las mujeres que no están recogidos en nuestra ley”, explica Cristina de la Serna, consultora en derechos humanos y género.

De La Serna indica que la correcta definición de violencia por razón de género es “toda violencia que se ejerza contra las mujeres (incluidas las niñas y adolescentes) por el hecho de ser mujeres o que les afecte de forma desproporcionada como manifestación de la discriminación por motivos de género fruto del sistema de relaciones patriarcales, tanto en el ámbito público como en el privado”. En cuanto a los medios para ejercerla, la definición apunta que “pueden ser físicos, psicológicos, económicos, incluidas las amenazas, intimidaciones y coacciones, que tengan como resultado un daño, sufrimiento o perjuicio físico, sexual, psicológico o económico”. Así, los estándares internacionales son más exigentes que la legislación vigente en nuestro Estado, que solo reconoce la violencia de género cuando se ejerce por parte de un cónyuge, excónyuge, compañero o ex compañero sentimental.

La consultora añade que hay una nueva figura en el código penal para luchar contra los delitos de misoginia. “En 2015 se añadió el género a los delitos de odio”, informa. Esta podría ser una alternativa para M., pero confiesa que ya lo intentó y no ha funcionado. “Hasta en cuatro ocasiones he ido a la unidad de delitos de odio de la Policía Municipal y no me han dejado denunciar. Lo único que me han dejado es ser testigo de los delitos que ha cometido sobre mi compañero”, afirma M.

La Unidad de Gestión de Diversidad, que así es como se llama esta dependencia, nació en Madrid en 2016 para perseguir los delitos de odio, entendidos como “aquellas conductas en las que persona o personas que realizan la agresión selecciona a la víctima por sus características particulares, ya sea por su orientación sexual, etnia, religión, identidad de género, sexo, edad, ideología, origen, discapacidad, enfermedad o situación socioeconómica”, tal y como definen en la web del Ayuntamiento.

El único apoyo: el tejido social

Por el lado institucional todas las puertas se han cerrado para M. En este mal sueño confiesa que se ha sentido muy sola. “Al final, los únicos que me han apoyado son mis amigos de siempre. Mi tejido social. Me he criado en Leganés, un pueblo con conciencia, soy afortunada por eso. La que esté sola, debe estar viviendo una pesadilla”, señala. En septiembre del año pasado, y tras una asamblea en la Asociación de Vecinos de San Nicasio, se decide crear un grupo de apoyo que arropa a M. “Decidimos buscar apoyo en los colectivos de Madrid, pero tengo que ir de la mano de alguien. Tengo que esperar a que me presenten, cosa que tampoco entiendo”, se queja M.

El grupo de apoyo, compuesto por vecinas y vecinos de Leganés, activistas de diferentes causas, se ha volcado en la defensa del caso, apoyando la recogida de fondos que esta carrera judicial ha exigido o reforzando su estado emocional. Tras las derrotas legales, han decidido que es el momento de difundir el caso para que transcienda de lo personal al plano político. Afirman que una de las razones que les mueve es “visibilizar que hoy las mujeres seguimos estando al margen de los márgenes; seguimos sufriendo violencias institucionales que cuestionan nuestros discursos y legitiman los de los agresores”.

“La policía la única solución que me ha dado es que me vaya de casa. Al final acabé abandonando el piso pero las agresiones no han parado”, se lamenta M. “Hace 15 días me empiezan a llamar tíos diciéndome cerdadas. Conseguí que uno me dijera que había un anuncio en una página web de contactos. Ahí estaba mi número de teléfono y la dirección del novio de mi compañero. Los datos los ha conseguido a través de las denuncias. Para esto nos ha servido denunciar”, se queja. No obstante, volvió a denunciar el hecho. “Tuve que esperar cuatro días para quitar el anuncio. He estado llamando todos los días porque mi caso todavía no había sido asignado a ningún policía. Mi caso estaba en un montón de papeles”. Y mientras tanto, M. camina con miedo. Cuando va por la calle mira siempre para atrás, no frecuenta ciertas zonas y vive mirando el reloj para saber si hay posibilidades de encontrarse con él. “Es flipante que yo tenga que controlar así mi vida y que esta sea la única manera que tengo para estar a salvo”, concluye.

 

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Sara Plaza

Periodista y criticona. Me interesan los temas que molestan y suelo dar guerra en El Salto y donde me dejan.

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