El silencio de las perras. La estructura política de la misoginia en el antiespecismo Análisis, En red

Las denuncias públicas por acoso sexual y abuso de poder a tres prominentes activistas internacionales por la defensa de los animales, no debería sorprender. Pero, al igual que en cualquier otro sector de una sociedad patriarcal, en el movimiento antiespecista también se acalla y expulsa a las voces que denuncian dinámicas machistas.

Ilustración: Ana Lorente, Tijeras y Poemas

Ilustración: Ana Lorente, Tijeras y Poemas

En el famoso cómic Bitch Planet, todas aquellas mujeres consideradas ‘no conformes’ con los roles y expectativas patriarcales son enviadas a una colonia penal extraplanetaria, exiliadas y castigadas por no aceptar el lugar que les corresponde en la sociedad. Pero imaginemos un mundo donde los viajes interplanetarios no son todavía posibles o donde los intentos de colonización de otros planetas han fracasado. En este mundo, la obediencia de les ‘no conformes’ se consigue a través del uso de un artefacto que ha demostrado sobrada eficacia a la hora de controlar y contener el comportamiento canino: el collar de choque. El collar de choque es un dispositivo que busca modificar la conducta a través de la transmisión de impulsos eléctricos al cuello de las perras, graduados a través de un mando a distancia. El adiestramiento se lleva a cabo a través de refuerzo negativo y positivo. El refuerzo negativo se usa para reducir la frecuencia de un comportamiento no deseado, como que la perra se escape, se exprese de forma descontrolada, muestre agresividad o tire de la correa en el día a día. El refuerzo positivo consiste en una estimulación placentera continua con el fin de sostener en el tiempo un comportamiento deseado, como la docilidad y la obediencia. Según la filósofa Kate Manne, este es el mundo en el que vivimos ahora. Un mundo de perras silenciadas por el collar de choque de la misoginia.

La misoginia, según la define Manne, no se trata de un fenómeno psicológico consistente en el odio o el desprecio hacia las mujeres, sino de un método para reforzar, monitorizar y mantener jerarquías sociales. Es decir, se trata de un “sistema que opera dentro de un orden social patriarcal para vigilar y hacer cumplir la subordinación de las mujeres y defender el dominio masculino”1. Ello se consigue controlando, vigilando, castigando y exiliando a las mujeres ‘malas’ que desafían el orden patriarcal, recompensando a las ‘buenas’ y señalando a otras para que sirvan de advertencia a las que se salen del guión. Así, la misoginia no está en la cabeza. No tiene que ver con lo que piensan o sienten los hombres, sino con el collar de choque al que se enfrentan las mujeres en un mundo de hombres en un contexto histórico patriarcal. Esto es crucial ya que el combate no puede estar ingenuamente dirigido a cambiar las actitudes de los hombres sino que lo que hay que cambiar es el equilibrio de poder. Así, entendida como estructura política, la lógica de la misoginia encuentra resonancia en múltiples fenómenos de la actualidad, también ellos presentes en la lamentable actualidad del activismo antiespecista.

Recientemente, tres prominentes activistas internacionales por la defensa de los animales, Wayne Pacelle (Humane Society), Paul Shapiro (Compassion Over Killing) y Nick Cooney (antes en Mercy for Animals) han sido denunciados públicamente por acoso sexual y abuso continuado de poder hacia compañeres con quien comparten o han compartido activismo. Esta eclosión de denuncias fue detonada por las declaraciones de Christina Wilson (Mercy for Animals) y Haya Bhumitra (Animal Equality) contra el comportamiento acosador y abusivo de Nick Cooney, pero en fracción de segundos se han multiplicado las historias de personas afectadas, identificadas en las redes sociales por los hashtags #ARMeToo (Derechos Animales Yo También) #TimesUpAR (Se acabó el tiempo Derechos Animales).

Quienes formamos parte del movimiento antiespecista difícilmente nos podíamos sorprender con esta noticia. De hecho, se dice en mi país (Portugal) que noticia es cuando el hombre muerde al perro y no cuando el perro muerde al hombre. Es decir, no se trata aquí de casos aislados, sino más bien de la norma, un patrón de ‘lo que hay’ y que reconocemos en todo el espectro del activismo antiespecista —desde las grandes organizaciones mundiales que mueven millones de dólares hasta la asamblea libertaria de la okupa del barrio.

Cuando no eres un hombre cis y te adentras en el activismo antiespecista, te enfrentas a un movimiento en el que, a pesar de estar constituido en sus bases por una aplastante mayoría de mujeres (alrededor de un 70%), difícilmente ocuparás el espacio público como líder o portavoz. Te esperan cargos subordinados e invisibles como proveer cuidados directos a los animales, desempeñar tareas organizativas cotidianas, obtener fondos o captar activistas. El máximo protagonismo al que puedes aspirar es a desnudarte en una campaña sexista, siempre y cuando tu cuerpo se adecue a los patrones de belleza generados en un contexto patriarcal heteronormativo.

Pero, más allá de la normatividad de tu cuerpo o expresión de género, si no eres un hombre cis, serás objeto de continuos mansplaining, constantes interrupciones en las reuniones, tus visiones estratégicas serán desconsideradas, desacreditadas y tu trabajo —ese que, convenientemente para el poder, llevas a cabo entre bastidores— te será, a menudo, usurpado. Te harán cuestionar tu valía, tus capacidades y tu salud mental. Serás manipulada, acosada y eventualmente violada. Durante un tiempo no osarás hablar de ello, pero cuando empieces a hablarlo es cuando el collar de choque que llevas encima resultará más evidente. Tus compañeres te dirán que calles porque las denuncias “son malas para los animales”. Contrastarán tu caso con alguno igual o más grave que ha sufrido una de las ‘buenas’ activistas que ha decidido pasar por encima de ello, todo en “beneficio de los animales”. Te recomendarán seguir su ejemplo. Te advertirán que si no te conformas recibirás hostilidad —también por parte de elles— y te transformarás en una de las ‘malas’. Probablemente las represalias serán tales que no te quede otra opción más que el exilio. Así se disuade el intento de desafiar al patriarcado en el seno del movimiento antiespecista. O, en otras palabras, así se silencia a las perras no conformes.

Sería esperable, pues, que esta lógica de la misoginia, encabezada por los Cooneys del movimiento, fuera mucho más visible para todes. El problema es que hay una razón importante por la que no detectamos esta estructura operando debajo de nuestras narices. Esa razón se llama himpathy y es la cara oculta de la misoginia. La himpathy, término acuñado recientemente por Manne, es el movimiento psicológico mediante el cual nos identificamos con el hombre (him) y simpatizamos de forma excesiva con él (“es un buen tío”), convirtiendo progresivamente al perpetrador en víctima. Por ejemplo, al trasladar nuestra preocupación por su futuro, contemplándole como un ser vulnerable o incluso patético, alejamos el foco de quien ha sufrido, quitamos importancia al daño causado y relativizamos la dimensión real del problema. De forma comprensible, la himpathy parece funcionar, también, como un mecanismo de defensa para alejarse del trabajo emocional altamente demandante que exige lidiar con estas experiencias terribles y que en diferentes instancias de nuestra vida y activismo terminan por destruirnos a muches.

Esto es suficiente para entender por qué apoyar la misoginia en el movimiento antiespecista, más allá de ser una injusticia, aleja del movimiento a personas enormemente capaces y motivadas. Ello – y no la denuncia – es lo que resulta, en última instancia, en graves perjuicios para la defensa de los animales. Afortunadamente, el movimiento desencadenado por estos casos y el posterior despido de altos cargos directivos parece indicar que la marea está cambiando. Aguardemos, pues, con expectación, sabiendo que es sólo una cuestión de tiempo que salgan a la luz pública los otros Cooneys y la realidad inminente de un #TimesUpDDAAESPAÑA.

Ese será el momento en el que se pueda gritar con propiedad en el movimiento antiespecista que “el miedo va a cambiar de bando”. Así que arranquémonos los collares y no permitamos más que las perras del movimiento sean silenciadas por el patriarcado.

1 Manne, Kate (2018) Down Girl. The Logic of Mysogyny. Oxford: Oxford University Press.

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Catia Faria

Filósofa y activista. Dos palabras que no suelen ir juntas. Feminismo y antiespecismo.

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