Por qué no aplaudo el programa de ‘Salvados’ sobre depresión Análisis, Cuerpos

Jordi Évole y su equipo apostaron por apuntalar el modelo psiquiátrico biologicista, ese que obvia nuestras biografías, condicionantes sociales y opresiones sistémicas. Un modelo que no funciona y que quizá se sienta amenazado por las perspectivas alternativas.

Marta Plaza

Foto: Marta Lizcano Barrio

Foto: Marta Lizcano Barrio

No es la primera vez que pasa, tampoco con este mismo programa. Sabemos que los medios de masas (y La Sexta, Salvados, el propio Évole, están en ese cajón) muchas veces desvirtúan los mensajes y el curro que desde el activismo feminista (y otros) hacemos diariamente, pero aún tenemos esa esperanza dentro. Quizá esta vez el enfoque sea más adecuado, menos dañino, quizá está bien que se oigan ciertas cosas por hacer ruido aunque las hubiéramos dicho de forma totalmente distinta. Pasó con aquel Salvados sobre violencia de género: cuando lo comentábamos después, las había que estaban contentas, para otras se quedaba cortísimo y para algunas hablar de un tema hasta ahora silenciado, supone visibilizarlo, aunque el mensaje que se traslade pueda estar desvirtuado o ser hasta contraproducente.

El domingo 28 de enero Salvados iba a hablar de Salud Mental. En el trabajo de documentación previo había habido contactos con miembros de colectivos activistas. Sabíamos de algún encuentro presencial “informal” con periodistas de su equipo, conversaciones en redes sociales solicitando informaciones. “Queremos ser críticos, ya sabéis cómo es el programa”, decían. AY.

Ante la pantalla, consciente de que un medio de masas tiende a ser siempre más cómplice del opresor que aliado frente a él, comienzas a escuchar. Podías intuirlo, pero quedaba alguna llama de esperanza y no, claro, no. Otra vez un montón de mensajes dañinos que sostienen la hegemonía del actual modelo biologicista en psiquiatría. Ese que obvia nuestras biografías y condicionantes sociales, opresiones sistémicas y prácticamente TODO lo que pueda llevar la mirada más allá del cerebro. Según ese modelo predominante hoy, en la depresión (y en el resto de problemas de salud mental o trastornos mentales -ni siquiera la OMS dice ya enfermedad, como la nombraban repetidamente en el programa-) hay un simple desequilibrio bioquímico en el cerebro. Unos neurotransmisores no funcionan como deberían y por eso la solución pasa casi exclusivamente por fármacos que vuelvan a nivelar ese balance cerebral alterado. En las últimas décadas la depresión se había asociado supuestamente con problemas en la serotonina, llevando a medicinas como el Prozac -fluoxetina-, o al Seroxat -paroxetina- al top de ventas; aunque desde entonces se han ido renovando por el principio activo de acción similar que se vaya fomentando cada vez.

También hay teorías que conllevan intervenciones más alarmantes, como la que se encargó de promocionar el domingo uno de sus defensores. Según su enfoque, nos deprimimos por cierta “hiperactividad” en una zona del córtex cerebral que se arreglaría con una invasiva operación para introducirnos electrodos que nos den descargas periódicas. No suena apetecible, pero en medio de un sufrimiento inmenso, una desesperanza absoluta y sin confianza en la capacidad de sentirnos mejor… si terapeutas, psiquiatras y medios a los que damos credibilidad nos venden soluciones así, pues quizá nos lancemos a lo que sea. Nuestra desesperación y dolor son aprovechados tanto por vendedores de agua azucarada en productos homeopáticos sin propiedades terapéuticas, como por quienes en nombre de la “Ciencia” presumen de efectos terapéuticos tampoco probados más allá de estudios sesgados o directamente acientíficos. Con esa base nos venden electroshocks o que nos insertemos electrodos. Es curioso lo mal que se llevan ambos grupos entre sí compartiendo esas similitudes.

Centrándonos en el grupo dominante, ese del discurso biologicista en psiquiatría. ¿Quizá tienen razón? Pensemos… ¿qué otra cosa sino un desequilibrio en nosequé neurotransmisor o un trozo del cerebro que se nos ha acelerado, podría generarnos en esta sociedad esa honda tristeza que no nos deje levantarnos de la cama; ese sinsentido de seguir viva, la sensación palpable de inutilidad, o esa incapacidad de vislumbrar un futuro menos negro, con menor incertidumbre, en el que fuéramos capaces de encontrar un lugar, de sentir que somos “parte de”, donde podríamos tener un mañana con vínculos afectivos y redes de apoyo colectivas, sociales, vecinales… fuertes y reales; en el que con suerte alguna de nuestras actividades cotidianas nos resultase valiosa o significativa y hasta tuviéramos nuestras necesidades a un nivel básico más o menos cubiertas?

A lo mejor lo que nos lo pone difícil es el individualismo y competitividad extremas; la soledad no elegida, la falta de redes y de tejido social; la inmensa precariedad extendida masivamente, la incertidumbre del desempleo o del contrato que acaba el viernes o el alquiler que subirán en abril; los deseos de independencia o maternidad pospuestos, porque cómo haríamos; el mandato social de plegarnos a unas expectativas que vienen prediseñadas en función de nuestro género, que además se creen con derecho a definir terceras personas según nuestros genitales; la exigencia externa e interna de ser 100% productivos; estar tan sobrepasadas por tareas de cuidados muchas veces impuestos y no compartidos que nuestros autocuidados son solo 30 segundos extra en la ducha con el agua caliente intentando llevarse por el desagüe el cansancio o esa culpa de la que a nosotras nos toca ración doble (y aclaro que el cuidado a terceres puede ser supergratificante, pero en esas condiciones se complica).

Pero no, no vamos a pensar que nada de esto juegue un papel en las depresiones y otros sufrimientos psíquicos. Ni tampoco sufrir acoso y distintos grados de violencias a veces gigantes; ni las desautorizaciones constantes por ser mujer, que se multiplicarán si interseccionan otras opresiones (mujer trans / racializada / con diversidad funcional / no hetero / …). Menuda locura sería pensar que algo de esto sea la base de tanto dolor, y no nuestra serotonina o un cortex frontal a más revoluciones. ¿Cómo vamos a querer hacer una sociedad y unas vidas más vivibles en vez de inflarnos a pastillas e insertarnos electrodos? ¿Estamos locas?

Como yo sí lo estoy y desde hace años, quizá puedo hacerme estas preguntas. Ayuda también que tengo cero euros invertidos en acciones de ninguna compañía, incluidas farmacéuticas; mi especialidad profesional no pasa por insertarle a nadie nada en sus cerebros; tampoco tengo ninguna carrera periodística que cuidar; ni soy un medio de comunicación de masas al que le parezca muy mala idea ir contra discursos que contribuyen a sostener al sistema que a su vez me sostiene.

¿Podía haber hablado de algo de esto Salvados? ¿No nos dicen que es un programa crítico, plural? ¿No sabían que desde el movimiento activista de profesionales y usuarios en Salud Mental este discurso está cuestionado y creemos en otras alternativas que estamos intentando construir? ¿Funcionó mal su proceso de documentación?

Meme de Marta Plaza

Meme de Marta Plaza

Las explicaciones que ha dado alguna periodista del equipo en redes sociales han ido por otro lado. Por supuesto que conocen la perspectiva crítica -como en efecto sabíamos por los contactos meses atrás- pero en 50 minutos no cabe todo, y el programa era sobre depresión, no toda la problemática en salud mental. A mí me llama la atención decidir reservar en esos 50 minutos un tiempo para hablar de lo maravilloso que es someternos a una operación invasiva como la de que nos inserten electrodos. También encontraron tiempo para mencionar la ¿necesidad? de desestigmatizar el electroshock o Terapia Electro Convulsiva (TEC); que una se pregunta dónde estará la demanda social de ESA desestigmatización. Desde el activismo en salud mental estamos más bien por su abolición, y no solo en España, por ineficaz; por innecesariamente agresivo; por sus secuelas; por ser casi siempre pautado desde la desinformación sobre riesgos, la coacción o directamente con consentimiento de terceras personas y no del propio paciente… ¿Quién demanda desestigmatizarlo, Iberdrola?

Además de lo dicho, ¿por qué este “Salvados” debería preocuparnos especialmente a las mujeres? En el programa no hubo la crítica necesaria a la doble opresión que el sistema psiquiátrico y social ejerce sobre quienes además de ser mujeres llevamos etiqueta diagnóstica en salud mental; a los sesgos de género en el diagnóstico psiquiátrico; ni a cuando asignarnos un diagnóstico psiquiátrico encubre un problema externo que es el que debería abordarse (como cuenta este artículo imprescindible sobre Trastorno Límite de Personalidad -TLP- y violencia de género); tampoco analizaron los abusos sexuales en consultas y hospitales que son encubiertos casi sistemáticamente y muy pocas veces tienen consecuencias para los abusadores. Si las mujeres cuerdas son puestas en duda cuando denuncian agresiones y las personas diagnosticadas somos invalidadas de forma general, -quizá es todo delirio, invención o llamada de atención-; en el doble combo de ser una mujer psiquiatrizada la dificultad de oír un “yo te creo, hermana” se multiplica dramáticamente. Ninguno de estos “olvidos” ha hecho que muchas feministas de las que a menudo aprendo tanto, dejen de aplaudir el programa.

En este Salvados se hizo una elección ideológica que apuntala un modelo que no funciona y quizá se siente amenazado. En estos años empieza por fin (especialmente según locos y locas alzamos nuestras voces históricamente silenciadas) a ponerse en evidencia ese fracaso: cada vez hay más gente diagnosticada, medicada con nuevos fármacos más caros que aún así a menudo no mejora su pronóstico; y aumenta en paralelo la gente que, sea por el propio sufrimiento o por los efectos del tratamiento, se siente o está incapacitada para llevar una vida plena, digna, ocupando un espacio en la comunidad en pie de igualdad con personas sin diagnóstico.

¿Cuáles son algunos temas que podrían haberse mencionado en un programa sobre depresión y el estigma asociado en Salud Mental, si hubieran pretendido un enfoque respetuoso y plural como decían?

  • Enorme sobremedicación, muchas veces combinando medicamentos que causan adicciones o problemas físicos y emocionales añadidos. El principio “tomar la mínima dosis de medicación posible -incluyendo ninguna como opción- el menor tiempo necesario para encontrarme mejor” es el gran ausente en la consulta. Se decide a menudo en nuestro nombre o forzando nuestra decisión, aprovechando nuestra situación de vulnerabilidad. Se resta importancia a los efectos secundarios, aunque nosotros sí los vivamos como importantes.
  • Patologizacion de procesos vitales que necesitaríamos aprender a integrar en nuestras vidas, cuando son inevitables (duelo, rupturas) o luchar contra ellos colectivamente desde lo político y no desde lo médico cuando detrás hay injusticias sociales (desempleo, desahucios,  pobreza, despidos, bullying, machismo, racismo, LGTBfobia, capacitismo…). Y reflexionemos: ¿debemos ser “productivos” siempre? ¿Nos permitimos un tiempo de inactividad, ser cuidados y lamer heridas, sin pastillas que me “pongan a punto” a la semana de morir mi padre? ¿Tiene algún papel el capitalismo y haber destruido el poco Estado de Bienestar que llegamos a tener en que podamos o no permitirnos ese tiempo? ¿Y en que convivamos con cierta exigencia externa e interna de ser felices, o aparentarlo, 24 horas diarias 7 días a la semana?
  • Cambio de criterios en el DSM (uno de los principales manuales diagnósticos en psiquiatría): ¿Por qué en las sucesivas revisiones se acorta el tiempo que debes presentar los síntomas para recibir diagnósticos asociados a estados de ánimo depresivos? La consecuencia es poder considerar “enfermas” a más personas, que serán susceptibles de recibir tratamiento farmacológico. ¿Quién gana con esto: los pacientes, la industria farmacológica…? ¿Tiene poder de influencia la propia industria en la redacción de un DSM cuyos cambios de criterio acabarán beneficiándola? ¿Y en que un profesional me recete un antidepresivo si pocas semanas después de una ruptura sentimental o la muerte de un ser querido me sigue siendo complicado salir de la cama? ¿Quién paga la formación de esos profesionales? ¿Y los estudios que hablan de supuestas mejoras de cada medicamento nuevo más caro que el anterior, del que curiosamente vencía la patente? ¿Se promueve desde las instituciones públicas una formación e investigación independiente de los laboratorios?
  • Hay estudios señalando que en profesionales sanitarios el estigma persiste como en la población general; otras investigaciones relatan conductas discriminatorias y estigmatizantes que personas psiquiatrizadas seguimos viviendo en los propios servicios de atención en salud mental. Sabemos también que un pilar que sostiene el estigma es el tratamiento de la salud mental en medios de comunicación. ¿Tiene sentido que los mensajes de las campañas antiestigma vengan de esos profesionales para ir a esos medios? ¿Nos ayudan esas campañas? Mensajes “antiestigma” como el mismo #1decada5 que usó Salvados para definir la prevalencia de los problemas de salud mental; o los clásicos de que si nos tomamos la medicación puntualmente podremos llevar una vida “normal”, que esto es como la diabetes, una pastilla toda la vida y listo; que lo más importante es que no perdamos la “conciencia de enfermedad” y la “adherencia al tratamiento” (farmacológico) y haciéndolo estaremos mejor, ¿nos han hecho bien o han hecho más daño?
  • Aunque destinar mayores presupuestos públicos al área de la salud mental en la sanidad pública parecería siempre buena noticia, ¿podría mejorar también la situación simplemente utilizando mejor los recursos que YA hay? Habiendo demanda social de más profesionales, más atención psicológica, menor tiempo entre consultas, ¿tiene sentido no atender esa demanda por supuesta falta presupuestaria pero gastar  en paralelo cientos de euros mensuales por cada paciente que recibe el novísimo antipsicótico inyectable de liberación prolongada? Ni siquiera estos fármacos tienen mejoras terapéuticas demostradas sobre los anteriores, más baratos, como explican profesionales críticos en el artículo “Despilfarrando el dinero de todos”. Ahorrando 400 €/mes por paciente que tenga pautados estos tratamientos, ¿no nos daría para contratar algunos profesionales extra?

Se pudo elegir analizar estos temas. Informar sobre abusos en salud mental o el uso de medidas coercitivas que causan muertes y la pelea por su eliminación (podéis buscar online el lema #0contenciones que visibiliza la lucha contra las contenciones mecánicas -las correas con las que nos atan en psiquiatría- en un primer paso hacia un sistema de salud mental que nos apoye, acompañe y cuide sin coerción).

Foto: Marta Lizcano Barrio

Foto: Marta Lizcano Barrio

Quizá lo más grave fuera silenciar las alternativas a este modelo hegemónico biologicista lleno de violencias, que nos ata, reprime, recorta autonomía, sobremedica, niega voz y patologiza experiencias sin darnos herramientas para convivir con ellas. Es fundamental construir desde lo propositivo, y en el activismo en salud mental así lo intentamos.

Entre estas alternativas destacaré (porque en mi proceso la he vivido como crucial) la importancia del propio empoderamiento y del apoyo entre iguales en Grupos de Apoyo Mutuo que se están multiplicando por muchísimas ciudades y a los que asistimos gente con cualquier diagnóstico. Antes de eso, implicarme en encuentros vecinales que se iniciaron desde el activismo y nos dieron calor también en lo afectivo (en mi caso fue la Asamblea del 15M de mi barrio) fue mi punto inicial de inflexión. A partir de la asistencia regular a esta asamblea tejí una red social más nutrida, de apoyo mutuo informal pero supertangible y que además estaba cerca geográficamente. Sentí que dedicaba tiempo a actividades útiles no solo para mí sino para muchas más personas, me ayudó a mantener algunas rutinas elegidas que disfrutaba y redujo mi sensación de impotencia ante las injusticias sociales.

Otros ejemplos de alternativas:: hay profesionales cuestionando la utilidad de etiquetas diagnósticas que pueden por sí mismas dañarnos y utilizarse en nuestra contra para estigmatizar y aumentar sufrimiento; y en su práctica clínica cotidiana no las emplean apenas. Hay gente intentando poner en marcha proyectos (como existen ya en otros países) para atendernos en situaciones de crisis en un entorno no hospitalario y sí hospitalario, amable y sin las violencias que vemos a diario en los servicios de salud mental, especialmente de ingreso. Hay colectivos editando de forma autogestionada materiales como “Saldremos de esta”, una guía elaborada desde el conocimiento compartido entre la experiencia profesional y la experiencia de convivir en primera persona con sufrimiento psíquico o vivencias inusuales. Tengo la certeza de que esta guía ha servido para evitar ingresos y para orientar a familiares, amigues, parejas que querían apoyarnos pero se encontraban perdidas o sin saber qué hacer ante nuestro malestar.

Évole, o su equipo, o su cadena, o quien quiera que tuviese la capacidad decisoria ahí, cogieron un camino distinto a este que os he ido contando y priorizaron de otra forma que muchas sentimos dañina. Todo bajo los aplausos de un público al que se ganaron principalmente gracias a las personas que tuvieron la valentía de abrirse y compartir su dolor y su vivencia ante las cámaras. Desde luego, ellos y ellas no son responsables de que ese programa pueda utilizarse para apuntalar -desde su nulo cuestionamiento- el sistema social, patriarcal, económico, capitalista, sanitario y finalmente psiquiátrico, que está en la base de gran parte del sufrimiento psíquico que compartimos.

No puedo evitar que me arañen dentro las loas a Salvados, los “gracias, Évole”, “por fin alguien habla de esto”, “ojalá haberlo visto en mi adolescencia”. Desde el activismo loco tragamos saliva y le lloramos a la almohada otra noche. Al día siguiente usamos parte de nuestro dolor y rabia para volver a empezar a construir como hormiguitas, para seguir rehaciendo juntas y en red el curro de cambiar el discurso y pensamiento único en salud mental. El domingo nos lo volvieron a poner más difícil, es verdad, y en horario de máxima audiencia. Pero estos baches podemos volverlos motor también. Yo, por ejemplo, no había aguantado tanto tiempo sentada escribiendo para intentar organizar mis ideas desde que hace ya bastantes semanas la supervivencia se me puso de nuevo cuesta arriba.

Y así seguimos, tejiendo red juntas, creciendo en la oscuridad e inventando linternas que iluminen, ya que otros focos siempre apuntan a otros sitios.

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