“Embarazos antiestrés” o “Mejor si te ahorras el comentario” Participa

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Marta Pérez

Eric Bas | Sweet dream | Vía Flickr

Confirman los estudios algo que parece lógico: el estrés que sufre una mujer embarazada puede ser altamente perjudicial para ella y, por ende, para la futura criatura. Así, el estrés en las mujeres gestantes parece acrecentar el riesgo de parto prematuro y afectar negativamente al desarrollo neuronal del feto. El caso es que existen muchos tipos de estrés, entre los más conocidos, el estrés laboral que, unido al derivado del trabajo no remunerado, es tan común entre las mujeres (especialmente entre las de clase baja). Sobre esto, sería interesante reflexionar sobre la paradoja de que un sistema que se encarga de prohibirnos a las mujeres embarazadas hacer casi todas las cosas divertidas, incluso sin que a veces quede muy claro si son o no realmente perjudiciales, no nos prohíba, salvo excepciones, seguir trabajando hasta el último día.

En cualquier caso, hay otro tipo de estrés del que nunca había oído hablar y del que no he sido consciente hasta que lo he experimentado. Me refiero al estrés mental y emocional que genera el enjuiciamiento y la desconfianza a la que la mayoría de las preñadas nos vemos sometidas cotidianamente en aras de un hipotético interés por nuestro embarazo. Salvo honrosas excepciones, dicho comportamiento parece abarcar a todo el mundo: desde los y las profesionales sanitarios hasta las personas pertenecientes a nuestro círculo más íntimo.

De hecho, los peores comentarios vienen demasiado a menudo de la gente más cercana, personas que te aprecian pero que no por ello dejan de reproducir de forma acrítica este nefasto comportamiento. Según parece, esto no se acaba con el embarazo, sino que normalmente se recrudece en la etapa de crianza.

Y es que, hagas lo que hagas, parece que siempre haces algo mal, o podrías llegar a hacerlo en el futuro. Ello se ilustra con comentarios del tipo: “aún así mejor que no te bebas ningún café”, o “si no van a dar el pecho para qué tienen hijos”, o “las hay que se obsesionan con la teta y no los sueltan”, o “menos mal que te has puesto ya, pensaba que se te pasaba el arroz”, o “estás hecha una comilona”, o “no estás engordando bastante”, o “tienes que pasear más”, o “no hagas tanto ejercicio”.

El proceso de embarazo en nuestra sociedad está por lo general altamente medicalizado, lo que lleva a primera línea el papel de los y las profesionales sanitarias durante dicho periodo. Es innegable que esto ha supuesto una radical reducción de las tasas de morbilidad y de mortalidad de mujeres y criaturas. Pero también, demasiado a menudo, esta medicalización lleva implícito el hecho de que, en lugar de recibir información completa, veraz, contrastada y actualizada por parte de los y las profesionales de salud, como cabría esperar, las mujeres embarazadas, parturientas y puérperas recibamos un aluvión de críticas destructivas, juicios de valor, bromas de mal gusto o comentarios paternalistas por parte de dichos/as profesionales. Además, cabe preguntarse que si estas prácticas me perjudican a mí, una paya europea, académica y de clase media, ¿en qué medida estarán afectando a las mujeres gitanas, empobrecidas, obesas y/o migrantes, entre otras?

Así mismo, hay que destacar que a menudo el interés profesional se centraliza tanto en la criatura que se llegan a obviar nuestros propios, deseos u opiniones. Y se pasa por alto que el bienestar del futuro bebé está completamente vinculado al de la mujer gestante; esto es, que lo bueno para una es por lo general bueno para otra. Esta visión de la mujer-futura madre como “recipiente de un bebé” e, incluso, “contrincante por los recursos del feto” parece ser una reminiscencia de la teoría del conflicto materno-fetal, surgida en el S XVIII en el contexto de nuestro sistema biomédico, que no se da en otras sociedades. Huelga decir que dicha concepción no sólo no ayuda en nada, sino que resulta muy perjudicial.

Estas cuestiones forman parte del fenómeno que ha venido a denominarse “violencia obstétrica”, que no es, a mi juicio, sino otra forma de violencia machista, en este caso perpetrada desde las instituciones sanitarias.
El contrapunto a esta situación lo ponen, por suerte, cantidad de profesionales, matronas, enfermeras y ginecólogas/os altamente cualificadas y sensibilizadas con estas cuestiones, que diariamente hacen malabares desde los entresijos del sistema para acompañar de forma respetuosa a las mujeres embarazadas, parturientas y puérperas.

Guste o no, el embrión depende durante meses del estado físico y emocional de la gestante. Por si alguien aún no lo sabe, existen tantas formas de llevar un embarazo y una crianza como mujeres embarazadas y personas que crían existen, porque los procesos vitales son siempre particulares. Y las formas de hacerlo, y de “hacerlo bien” (es decir, del modo que aporte el mayor bienestar posible a todas las partes implicadas) son múltiples y diversas.

Así pues, a quien tanto le preocupe la infancia que no pueda contener su ansia de actuar le recomiendo fehacientemente que derive sus esfuerzos hacia otros menesteres mucho más constructivos. Por ejemplo, a paliar los devastadores efectos de las desastrosas políticas de protección de menores que en nuestra propia sociedad dejan desatendidos a tantos niños y niñas ya nacidos. En caso de no hacerlo así, seguiré pensando que esta supuesta preocupación por la infancia no lo es, sino que representa otra forma más del sempiterno intento del patriarcado por apropiarse de la reproducción y de las propias mujeres, controlando nuestros cuerpos y nuestras vidas.

Una -que, además de preñada y futura madre de su hija, sigue siendo persona- agradecería a todo el mundo que simplemente evitara los comentarios enjuiciadores y a menudo apocalípticos que en nada ayudan, mostrando, simplemente, una actitud respetuosa.

“Embarazos antiestrés” o “Mejor si te ahorras el comentario”
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