¿Por qué no se ríe la chiquita piconera? La Sombra del mito de la Mujer Cordobesa Participa

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Soledad Castillero

Cuadro “La chiquita piconera” de Julio Romero de Torres

La chiquita piconera (1930) fue la última obra del pintor Julio Romero de Torres (1874-1930). Es considerada como su testamento pictórico, una obra culmen reconocida internacionalmente. Pero ¿de quién es la mirada que se posa frente a la expectación? Se trata de María Teresa López (1913-2003), hija de un matrimonio cordobés que emigró a Argentina, nacida en Buenos Aires y regresada a la capital cordobesa con siete años. La musa, la diva, la representación culmen de la belleza y a la vez la gran desconocida al igual que todas las mujeres que conforman la obra del autor. Es una imagen icónica en cuanto al arte andaluz y más específicamente cordobés se refiere pero la persona que habita en la chiquita piconera ha pasado con pena y sin gloria por el tránsito de sus días desde que posó para el pintor para el posterior goce y disfrute internacional.

¿Por qué no se ríe la chiquita piconera?

María Teresa López posa para el artista siendo tan solo una niña que se asomaba a la adolescencia. La cercanía de sus padres con el pintor y el cumplimiento de unos cánones de belleza la convirtieron en el foco de atención de aquel que ha sido considerado el encargado de plasmar a “la mujer cordobesa” en sus lienzos. Solo hay que detenerse y observar la obra del pintor para descubrir una secuencia de mujeres serias, sobrias, sin alegría. Esto que, según los críticos y la crónica general, define y alaba la obra de Romero, se ha traducido en mujeres de mirada misteriosa, enigmática, melancólica, como la de la Chiquita Piconera. Una Chiquita que no pasó sus días calentándose con calma al calor del picón, sino huyendo de una sociedad que la lapidó de acusaciones sobre su moralidad. Fue acusada de manera reiterada de haber mantenido relaciones con el pintor. No es baladí que sus memorias estén inéditas, salvaguardando algunas entrevistas y algunas apariciones muy puntuales que ha tenido en medios de comunicación.

En un artículo publicado en La nación días después de su fallecimiento, Silvia Pisani rescató textualmente las palabras de María Teresa: “Posar en esa pintura me amargó la vida, la convirtió en un infierno”. Y es que fue convertida en una musa permitida en el imaginario varonil de la época pero no en la realidad, no en el empedrado de las calles de una Córdoba profunda como sus ojos, de una Córdoba de Guerra Civil, de catolicismo y pandereta que no le dio un respiro, ni un permiso de escucha ante sus negaciones. Una Córdoba que se vio con el derecho de destruir a la persona y venerar la pintura porque esta segunda era muda, era bella y muda y eso siempre ha caído en gracia, o como diría Pablo Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”.

La chiquita piconera no se ríe porque nunca la dejaron. El pintor le pagaba 3 pesetas por estar en su estudio todas las horas que él dictase. Todas las mujeres que conforman las obras del autor encarnan a una persona, cuya figura es totalmente desconocida para la audiencia y el público seguidor. El pintor consiguió hacerse nombre a costa de dar lo que el patriarcado quería y sigue queriendo: mujeres bellas, mudas y consumibles. El mundo del arte está lleno de musas que encarnan a mujeres totalmente desconocidas.

María Teresa falleció en 2003 y a nadie le importó. Fue víctima de un desahucio mientras su imagen de quinceañera descansa en uno de los edificios más emblemáticos de Córdoba. No recibió ningún tipo de compensación económica aun cuando hizo a Córdoba universal a través de su imagen. Inspiró letras, poemas, cuentos y romances pero a través del silencio porque su palabra fue omitida y enterrada. Nadie conoce a María Teresa López, podríamos ser cualquiera, pero cuando se habla de La Chiquita Piconera, esa no hay más que una.


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