“Hay una inercia heteronormativa que perpetúa la desigualdad” Entrevista, Planeta

Carmen Castro, doctora en Economía y especialista en Políticas Europeas de Género, ve en un mejor reparto del trabajo y en el cuidado personal las claves para un cambio de sistema.

Carmen Castro. / Foto: cedida.

Carmen Castro. / Foto: Cedida.Entre sus palabras más habituales están ‘autocuidado’, ‘tiempo’ y ‘trabajo’. Carmen Castro García ofrece en su discurso una crítica feroz al sistema que nos envuelve, enfocándola desde la desigualdad por sexos en el mundo laboral. La doctora en Economía y especialista en Políticas Europeas de Género cree que el patriarcado reinante se extiende desde lo doméstico hasta lo ‘macro’, como gusta llamar a esas “dinámicas transversales que parecen inalcanzables” pero afectan en el día a día. Todo se contamina de inequidad. Empezando por las tareas íntimas y acabando por el puesto de trabajo. ¿La culpa? Un sistema capitalista y ‘heteronormativo’ que aún mantiene la discriminación femenina, pero también el injusto reparto del ocio y las horas laborales.

Algunas de sus ideas las expuso durante su participación en el Festival TransEuropa de Madrid. En un taller donde un grupo de unas 20 personas discutió sobre diferentes aspectos en los que la brecha por una razón de género aún es profunda. Desde la vestimenta hasta la cota de altos cargos en empresas, el abanico de conductas donde se remarca la desigualdad no se cierra en ningún espacio vital. “Lo más exacto es decir que hay una inercia patriarcal que incluye la cuestión de la ‘heteronormatividad’ y la ley de sistema de ordenación: hombre blanco, occidental… hasta llegar a la mujer negra”, matiza la autora del libro Políticas para la igualdad, publicado por la editorial Catarata.

Sus tesis, aparte de plasmarlas en la web Singénerodedudas.org, se desperdigan entre artículos de prensa, conferencias o trabajos de consultoría internacional. Y además, coordina el Consejo Científico del movimiento ATTAC. En cada punto que analiza introduce una de las  marcas personales más claras: las de ponerlos bajo un marco laboral. “El reparto del trabajo representa, hoy por hoy, una alternativa necesaria para la redistribución de los recursos y la riqueza desde otro paradigma, basado en la equidad de género y la solidaridad intergeneracional”, dice en uno de sus textos.

Ahora, incidiendo en ese aspecto, Castro apunta que la desigualdad se ve tan clara en el trabajo que solo hace falta mirar las estadísticas. Existe una acusada brecha salarial (según Eurostat, las mujeres ganan de media en Europa un 16,3 por ciento menos por hora), pero también la “consideración social” que tienen los diferentes puestos de trabajo. “Aquellos que están más fuertemente feminizados o donde hay mayor participación de mujeres tienen una menor valoración económica y una menor significación social. Aquellos que están más fuertemente masculinizados son más fuertes”, indica la también responsable de la asesoría online Lo Personal Es Político.

“Es importante ver cómo distribuimos los grupos. Hay comportamientos que se repiten. Es más frecuente que la cuestión de la organización, la logística y la atención tenga mayor presencia femenina, que encaja con el rol comunitario y es la tendencia. Habría que fijarse en que las primeras opiniones de las reuniones siempre son masculinas. No es una cuestión de estigmatización sino de aprendizaje social”, enumera. “La toma de decisiones es donde más se ve la hegemonía masculina. Primero por cómo gestionamos los tiempos. Después, porque los criterios de la toma de decisiones no están marcados. El que asume esas funciones de liderazgo se formaliza principalmente en un hombre. Cuando lo hace una mujer no es que sea incómodo sino que no es tan nítido. Cuando una mujer toma la iniciativa no suele ser exclusiva y única, suele ser compartida”.

Carmen Castro durante una charla. / Foto: Alberto G. Palomo

Carmen Castro durante una charla. / Foto: Alberto G. Palomo

La conciencia de patrones como estos, advierte, es la que tiene que hacernos formar un pensamiento crítico y provocar un cambio. “El sistema es el que nos infecta. Partimos de un patriarcado capitalista, pero tampoco nos podemos quedar en esa zona de confort”, explica con pedagogía juvenil quien desde la sencillez y el acercamiento a todos los públicos ha ido divulgando la toma de poder por parte de las mujeres. “¿Qué responsabilidad sumimos como agentes de cambio?”, se pregunta, “no se trata de que todas seamos Agustinas de Aragón, pero sí que en el entorno más próximo podamos hacer cambios”, resuelve como parte de la solución.

Llama la atención que aluda a “experiencias de grupos que no están dentro de la corriente principal ni de los movimientos sociales ni del propio movimiento feminista” cuando habla de la selección horizontal de decisiones. Según Castro, a las mujeres se les excluye de estos consensos o bien porque no las tienen en cuenta o bien porque no participan. “A veces, si no hemos tenido oportunidad de debatir, ese consenso puede ser una trampa: se hace por omisión”, sintetiza. La doctora en Economía dice que la opción democrática a veces se reduce a un sector, ya que las mujeres no siempre están presentes. Y entonces llega a uno de esos pilares que vertebran su tesis: la gestión de los tiempos.

Como, expone, las mujeres se han encargado ancestralmente de tareas de la casa, cuidado de  niños y niñas o familiares, ganar espacio es saber repartir el ocio y las obligaciones. “En el traspaso de responsabilidades y del poder a ellas, los hombres han notado el tiempo que dedica una mujer a los cuidados domésticos”. Y de ahí se pasa a otro concepto clave: el ‘autocuidado’. “Hay que extenderlo, no solo entre mujeres sino mutuo. Creo que es una práctica que deben incorporar todas las personas, sobre todo las comprometidas por un cambio. Tenemos que darnos tiempo para reflexionar, discutir, etc. Tenemos que saber qué es lo que no está permitido, ver cuáles son nuestros principios, nuestras líneas rojas, lo que significa transigir”, agrega.

Relaciona la idea con su ámbito, pero va más allá: “Hay que valorar el coste de nuestro actos. No digo monetario, sino personal o social. Hay que practicar cosas simples que supongan querernos a nosotras mismas. Como, por ejemplo, regalar nuestra ausencia a quien no valore nuestra presencia”. A veces, reflexiona, esta desaparición voluntaria da alas a silenciar a muchas mujeres. “Puede ser una trampa política. Dicen ‘me ningunean, pues paso’ y ya se libran de una ‘Pepita Grilla”, argumenta. Por eso hay que acompañarlo de acciones paralelas, como la reivindicación de CIMA, la agrupación de mujeres en la industria audiovisual española, que ha publicado un informe con la desigualdad en el cine (el 74 por ciento de cargos de responsabilidad era de hombres, por ejemplo, y las películas de director masculino tenían de media 820.000 euros más).

Reloj a la vista y cartas sobre la mesa, Carmen Castro apura la conversación hablando de que últimamente existe una cierta reticencia a la palabra feminismo: “Los problemas hacia él son  por lo instalada que está la misoginia, que hay una supuesta igualdad no real y que, por otro lado, el feminismo tiene una gran estigmatización por culpa de la polarización actual de la sociedad. Si participas como agente político tienes que decir todo el rato de quién eres”. La visibilización tendría que colonizar nuevos derroteros. ¿Cuáles? “Estudiar cómo hacemos el reparto del tiempo y del trabajo: el no remunerado lo hace la mujer y el remunerado con menos responsabilidad, también”, adelanta. “Deberíamos hablar de justicia redistributiva y medioambiental. Ver cómo encajan esas necesidades con la del cuidado de medio ambiente. Reducción de la jornada laboral para todo el mundo y la necesidad de abrir nuevos sectores de empleo que estén relacionados con la vida”, continúa. “Necesitamos crear empleo para atender las necesidades de cuidados a las personas mayores, a las pequeñas y al resto”.

Y llegamos a uno de los asuntos que suele tratar, pero cuyas aristas siguen sin limar: que se reconozca como cotización cuidar del hogar. “Puede convertirse en una trampa. En una sociedad que haya justicia redistributiva puede ser una buena opción, pero si no hay una base de igualdad es dejar funcionar las inercias del sexismo. Lo que acabaría provocando un impacto de género. Es una buena idea porque nos obliga a dar valor al trabajo que tiene que ver con los cuidados y la vida, pero roza con cómo hacemos el reparto. Más que una propuesta práctica a corto plazo, lo vería como algo futurible, en la que el reparto de los tiempos, del trabajo y de los derechos no establezca diferentes pautas de comportamientos por cuestión de géneros sobre quién se queda en los trabajos contributivos y los no contributivos”, concluye.

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Alberto G. Palomo

Aunque formado como maestro, se dedica al periodismo después de escuchar a su hermano (también periodista) leerle columnas desde el sillón. Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Salamanca, colabora en varios medios nacionales como El País, El Mundo o Yorokobu escribiendo -sobre todo- de temas internacionales, viajes, sociedad o cultura.

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