Mucho más que un apellido: la analgesia en el parto y Virginia Apgar Alborotadoras de saberes, Cuerpos

Estamos de parto: desde la asociación Sorkin estrenamos sección sobre mujeres que hacen ciencia y contribuyen con ello a la sostenibilidad de la vida. ¿Por qué en el parto nuestra capacidad de decisión como mujeres se ha visto tan constreñida?, ¿por qué parteras y sanadoras han quedado relegadas al olvido así como muchos de los conocimientos, prácticas y formas de hacer que desarrollaron?

Teresa Sancho Ortega

Virginia Apgar. / Foto: Al Ravenna en Wikimedia Commons

Virginia Apgar. / Foto: Al Ravenna en Wikimedia Commons

“¿Puedo empujar ya?”. Todavía no había llegado a la sala de partos cuando me entraron unas ganas irreflenables de pujar y, una hora después, mi hija había nacido. Nada de ponerla cabeza abajo y darle una palmadita en el culete, fue directa a mi regazo. Sin soltar una sola una lágrima, se me quedó pegada como una koala, con los ojos bien abiertos contemplando el nuevo mundo que la recibía. Su test de Apgar fue nueve al minuto y diez a los cinco minutos, como una jabata.

Mucha gente piensa que Apgar es un acrónimo de las cinco variables que se analizan con el test en la criatura recién nacida: Apariencia, Pulso, Gesticulación, Actividad y Respiración. Cada una de ellas se valora de cero a dos puntos, primero al minuto y después a los cinco minutos de nacer. Dos significa que está bien, uno regular y cero mal. Después se suman el total de puntos, y cuando el test es menor a siete la criatura necesita atención inmediata. Por debajo de cinco, requerirá maniobras de reanimación y traslado a la UCI. Una forma simple y muy rápida de evaluar el estado de salud que permite evitar complicaciones e incluso la muerte.

Aunque se usa como regla nemotécnica, Apgar no es un acrónimo sino un apellido. Y Virginia, es el nombre de su creadora. Durante aproximadamente diez años, esta doctora asistió en persona a la cifra nada desdeñable de cerca de 17.000 partos, para analizar y acotar suficientes datos que le permitieron, a finales de los años 50, definir los criterios precisos para garantizar la eficacia de este test. Un inmenso trabajo que dio sus frutos, ya que hoy se usa prácticamente en todas las clínicas de maternidad del mundo.

“Nadie, absolutamente nadie, va a dejar de respirar en mi presencia”. (Virginia Apgar)

Virginia nació en New Jersey (Estados Unidos) un 7 de junio de 1909, y desde bien pequeña reveló su capacidad de estudio y su predilección por la ciencia. Sus excelentes calificaciones le permitieron optar por la carrera de Medicina en la Universidad de Columbia donde compartiría clase con otras ocho mujeres y 81 hombres. Ella quería ser cirujana y sus valoraciones se lo permitían, pero su mentor, Allen Whiple, le aconsejó que lo dejase porque no estaban bien vistas las mujeres cirujanas. Decidió seguir su consejo y eligió la anestesiología, una rama muy ligada a la enfermería entonces. Al terminar sus estudios fue la primera mujer nombrada directora de la división de anestesiología del hospital donde había hecho sus prácticas, destacando por sus dotes como educadora y gestora. No obstante, cuando la división pasó a tener una mayor categoría y se convirtió en departamento le dieron su puesto a un hombre.

Nunca sabremos qué habría sucedido si la hubiesen animado a ser cirujana o si la hubiesen nombrado jefa del departamento. Lo que sí conocemos es lo que logró a pesar de todas las barreras que le fueron poniendo en el camino. Al ser liberada de las cargas administrativas de jefa de división, pudo sumergirse en su carrera investigadora y conseguir una plaza en la Universidad de Columbia. Su especialidad la atrajo hacia un campo poco explorado, la relación entre el uso de anestesia y las muertes prematuras de criaturas neonatas y esto la llevó a diseñar el famoso test.

“Parirás a tus hijos con dolor” (Génesis 3:16)

A las mujeres, por serlo, no sólo se nos ha asignado que la maternidad sea nuestro fin último, la forma de sentirnos plenas y dar sentido a nuestras vidas. Además, parece que fuera implícito en la tarea hacerlo sufriendo y sin rechistar.

Cuando en el siglo XIX se propuso usar la anestesia para aliviar los dolores del parto, la sociedad de la época lo consideró una aberración. Era una “invención satánica” decían, el que las mujeres pudiesen no sufrir en el parto como Dios mandaba. Así, su empleo fue tabú hasta que la reina Victoria, tras sufrir siete partos terribles, se decidió a probar el cloroformo. La experiencia para ella fue tan positiva que empezó a defender públicamente su uso poniéndolo progresivamente de moda entre las clases adineradas. Entre los años 50 y los 60 del pasado siglo, investigaciones como la de Virginia Apgar descubrieron los efectos nocivos que tenía el uso de cloroformo para la madre y las criaturas y se fue sustituyendo por una anestesia parcial más segura, la epidural.

Actualmente la epidural es el analgésico de referencia en los sistemas de salud y se suministra en alrededor del 80 por ciento de los partos en el Estado español. No obstante, no es la panacea. Básicamente, además del riesgo de la punción lumbar y de perder la iniciativa en lo que sucede con el propio cuerpo, la epidural puede trastocar el proceso de parto de distintas formas, prolongándolo y alterando las constantes de la criatura. Esto incrementa la probabilidad de instrumentalizar y medicalizar el proceso, aumentando por ejemplo el uso de oxitocina sintética, fórceps o cesáreas. Además, el sufrimiento fetal y los efectos secundarios en criaturas suelen ser mayores. Por si fuera poco, puede interferir negativamente en la instauración de la lactancia materna e incluso dificultar la creación del vínculo emocional madre-criatura. Ante estos posibles inconvenientes cabe preguntarse si su empleo normalizado tiene más que ver con la ideología que con la ciencia.

La todopoderosa medicina es androcéntrica

Habitualmente en medicina damos por sentado que cualquier tiempo pasado fue peor. Si mejora la salud y se reduce la mortalidad será que todas la intervenciones médicas actuales son positivas y que su aplicación siempre está justificada desde un punto de vista científico. Sin embargo, ni la ciencia ni la medicina son neutrales ni objetivas, sino resultado de una sociedad androcéntrica y machista que cala profundamente en todos sus estamentos. Con esta visión, el tratamiento de los procesos reproductivos de las mujeres en medicina a menudo se ha realizado partiendo de la base de que ellas son de naturaleza imperfecta, y por tanto, precisan el control y la intervención del hombre para su corrección.

Con este argumentario tan ‘científico’, Joseph B. Lee, considerado el padre de la obstetricia moderna, introdujo a principios del siglo XX el parto activo en Estados Unidos, que implica ingreso en hospital, uso sistemático de anestesia y de instrumentalización de la extracción de las criaturas. Este tipo de atención se extendió por los hospitales de buena parte del mundo durante prácticamente todo el siglo XX pero los datos no corroboran su éxito. Así, por ejemplo, Mary Breckinridge, una matrona que entonces atendía a mujeres pobres de Hyden (Kentucky) con métodos mucho menos intervencionistas, redujo la mortalidad de las parturientas a 60-70 frente a las 800-900 muertes de mujeres ricas que paralelamente provocaba la atención ‘moderna’ de John B. Lee en el hospital cercano de la ciudad Lexington. Curiosamente -o no tanto- fue el mismo Lee quien acusó a parteras y matronas de falta de preparación y procedimientos obsoletos, y lideró una campaña que culminó con la prohibición de ellas a ejercer como tal en Estados Unidos

Hoy se ha evolucionado y mejorado muchísimo la atención al parto pero, aún así, diferentes organizaciones y organismos denuncian que la instrumentalización y patologización de los partos normales todavía es desmesurada y mejorable. Así, si observamos los parámetros que recomienda la Organización Mundial de la Salud, en el Estado español se peca de exceso. Intervenciones quirúrgicas como la episiotomía –un corte en el perineo para extraer a la criatura que puede tener profundas secuelas-, se están aplicando hasta en el 89 por ciento de los casos en muchos hospitales, cuando la recomendación es que no supere el 10 por ciento. También imposiciones que se han visto poco efectivas e incluso perniciosas para el trabajo de parto como la obligación de permanecer en litotomía – tumbada boca arriba- son rutinarias en algunos hospitales. Según el Observatorio de la Violencia Obstétrica, creado por la asociación El Parto es Nuestro, a estas prácticas cuestionables se suma en algunos casos un trato jerárquico deshumanizador dentro del sistema sanitario, comportamientos vejatorios y desinformación. Todo ello pone a las parturientas en una posición de vulnerabilidad que afecta a su estado emocional, incrementa su sufrimiento y les dificulta decidir libremente sobre sus propios cuerpos.

No se trata de renunciar a los avances médicos que existen, sino, desde una perspectiva feminista, tomar conciencia de qué tipo de prácticas se están llevando a cabo y por qué, cuáles tienen un fundamento científico y cuáles responden al sistema patriarcal. Muchísimas mujeres han sido parteras y sanadoras desde el principio de los tiempos. De algunas como Agnódice, Trótula de Salerno o Jacoba Felicie todavía encontramos los nombres rebuscando un poco, pero de la mayoría han quedado relegadas al olvido. Y no sólo ellas, muchos de los conocimientos, prácticas y formas de hacer que desarrollaron y pusieron en marcha también. De esta forma, no sólo se perdieron saberes y se expulsaron a las mujeres de un área profesional y de conocimiento esencial para la vida, sino que se condenaron a millones con pocos recursos a sufrir las consecuencias de un parto no asistido y a otras muchas a tener una asistencia inadecuada o muy mejorable que vulneraba de su autonomía.

Entonces, ¿anestesia sí o anestesia no?

Quizá no es esa la pregunta que nos debamos hacer, sino más bien por qué en el parto nuestra capacidad de decisión como mujeres se ha visto tan constreñida. Existen varias teorías que plantean que el modo en el que las mujeres se enfrentan al parto y cómo lo viven ha sido moldeado por el sistema patriarcal. En algunas, el sufrimiento se atribuye a la pérdida de control del propio cuerpo por el exceso de intervencionismo médico. En otras, se hace más énfasis en el miedo generado por la estereotipación y desprestigio social del parto. Incluso hay quienes defienden que son las limitaciones impuestas a la sexualidad femenina las que condicionan el nivel de dolor. En cualquier caso, es importante remarcar que dar a luz puede doler, sí, pero no tiene porqué ser sinónimo de sufrimiento. Y esto último sí que puede estar mucho más condicionado por el género que por la biología.

En cuanto al dolor en sí, además de la epidural, existen otros muchos métodos analgésicos que se pueden aplicar. La mayoría de ellos nada innovadores, sino provenientes de la sabiduría popular que desarrollaron las parteras durante siglos. De entre todos, la asistencia de una matrona cualificada será crucial para aportar calma y guiar el proceso, pero hay otros. El acompañamiento por seres queridos, la libertad de movimiento y expresión, el mantenimiento de un ambiente tranquilo, o el uso de técnicas diversas de relajación también pueden ayudar a activar la respuesta hormonal fisiológica de la mujer ante el dolor. No sólo eso, las duchas o baños de agua caliente, el uso de calor y frío de superficie, los masajes, la acupuntura, las hierbas y aromaterapia se usan con este fin en algunos casos.

Yo tuve la suerte de poder tener un parto respetado asistido estupendamente por parte de mis matronas. Muchas otras mujeres no tienen tanta fortuna y es algo que les genera secuelas físicas y/o emocionales que, por desgracia, marcan sus vidas. Para que deje de suceder, cada mujer que elija parir -porque sí, eso también es una decisión que sólo nosotras debemos tomar-, tiene derecho a decidir cómo hacerlo y a ser tratada con dignidad, acompañada de profesionales que garanticen su bienestar y el de su criatura. Debemos exigir vivir esta fase sin miedo, libres de violencia obstétrica y androcentrismo, y empoderarnos lo suficiente para entender y respetar nuestro cuerpo y sus procesos.

Virginia Apgar nunca se declaró feminista pero su constancia y dedicación mejoraron enormemente la atención a de las mujeres parturientas y sentaron las bases de un nuevo campo científico, la neonatología. Vivaz, compasiva, competente y con enorme sentido del humor, así describían sus colegas a la mujer que nunca abandonó ninguna de sus dos pasiones, el violín y su carrera médica. Recordar el apellido Apgar puede ser mucho más que homenajear a una gran científica o cuestionar ciertas intervenciones médicas. Nos sirve para dar un paso más hacia la toma conciencia de dónde nos encontramos como mujeres en esta sociedad y reflexionar sobre dónde nos queremos situar en un futuro.


Referencias:

• Aple, Melanie Ann (2003). Virginia Apgar: Innovative Female Physician and Inventor of the Apgar Score (Women Hall of Famers in Mathematics and Science). Ed. Rosen Pub Group
• Enrenreich, Bárbara; English, Deirdre (1981): Brujas, parteras y enfermeras. Una historia de sanadoras. La Sal, Barcelona
• Ferrer Valero, Sandra (2012). El ángel de los neonatos (artículo publicado en blog Mujeres con ciencia)
• Gervás, Juan; Pérez-Fernández, Mercedes (2016). El encarnizamiento médico con las mujeres: 50 intervenciones sanitarias excesivas y cómo evitarlas. Los libros del Lince, Barcelona.
• Iglesias Aparicio, Pilar (2003). Las Pioneras de la medicina en Gran Bretaña. Tesis doctoral.
• Rodrigañez Bustos, Casilda (2009). Pariremos con placer. Ed. Crimentales.
• Ruiz Frías, Consuelo (2016). Parir sin miedo. Ed Ob Stare, Tenerife.
• Web El parto es nuestro.

Mucho más que un apellido: la analgesia en el parto y Virginia Apgar
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