Las ‘indeseables’ más deseadas vuelven a casa Planeta, Reportaje

El burdel de Kandapara, hogar de 900 mujeres y 200 niñas y niños, en la ciudad de Tangail, en Bangladesh, está siendo reconstruido después de que el Tribunal Constitucional haya concluido la ilegalidad del desalojo sin la rehabilitación adecuada. Las mujeres del burdel y sus criaturas fueron brutalmente expulsadas de sus viviendas en julio de 2014 perdiendo todas sus pertenencias y condenándolas a vivir en las calles.

Zeneida Bernabé* / Bangladesh

Interior del burdel. / Foto: Zeneida Bernabé

Interior del burdel. / Foto: Zeneida Bernabé

“¿Dónde podría ir? No tengo un sitio a dónde ir…”. Se pregunta y responde a sí misma Zakia, nombre ficticio para proteger su identidad. Ella nació y creció en las calles del burdel de Kandapara, en Bangladesh, y cuenta, con resignación, su inicio en la prostitución cuando apenas contaba con 14 años de edad. Desde entonces, de eso hace dos años, atiende a cambio de 50-150 takas (de 50 céntimos a un euro y medio) de 10 a 20 clientes al día sobre su colchón fatigado, en la reducida habitación sin ventanas que es para ella su hogar y su infierno.

Zakia es bajita, tiene una mirada limpia, los labios gruesos, la piel clara y el cabello ondulado. Ella es una más dentro del burdel, un gueto con sus propias reglas, donde las niñas y las mujeres son abusadas, explotadas y torturadas. Sin maridos y sin padres, los bebés nacen sin reconocimiento social. Si nace varón probablemente su destino será convertirse en proxeneta o traficante de drogas. Si nace niña es motivo de alegría porque pronto podrá relevar a su madre.

En una sociedad patriarcal y con una fuerte impronta religiosa, la reputación de las familias y linajes están condicionados por lo que consideran una rectitud moral de las mujeres. Mantener esta ‘pureza’ es fundamental y esto requiere preservar la virginidad hasta el matrimonio. Una vez ‘contaminadas’ y vivido el ambiente del burdel son sancionadas socialmente convirtiéndose en “indeseables”. El estigma, que ha sido estudiado por la feminista bengalí Naila Kabeer , y el repudio social les impide vivir fuera de el burdel, y ‘sólo el matrimonio podría devolverles a un estado de relativa pureza’.

Las castas del burdel

Zakia cuenta que fue su madre la que hizo los trámites para obtener el permiso para poder empezar. “Yo misma le ayudé a pagarlo”, dice con cierta arrogancia que parece enmascarar la amargura del día en que dejó de ser niña y tuvo encima a su primer cliente. Ese es el día de la condena en el que todas las niñas del burdel pierden su inocencia y la ilusión de poder tener una vida normal, y se dan cuenta de una forma brutal de que ni su cuerpo ni su vida les pertenecen.

Afuera de la habitación de Zakia, está atardeciendo. El burdel de Kandapara es un barrio rojo abarrotado, insalubre y maloliente donde viven alrededor de 920 mujeres, 200 menores, ancianas, proxenetas, dueños del burdel y vendedores de las pequeñas tiendas. Las paredes de las casas están mugrientas, los suelos embarrados, los baños comunitarios son precarios y el insuficiente sistema de alcantarillado genera inmensos charcos de agua putrefacta.

El burdel es una comunidad basada en dos fuerzas ineludibles: el poder y la explotación. En el peldaño más bajo están las chukris, niñas que han sido vendidas al burdel por parte de mafias o sus familias. Desde ese momento pertenecen a la madam o shordani que las ha comprado y las somete a un régimen de esclavitud sexual hasta que salden su deuda. Luego, están las hijas de prostitutas explotadas por sus madres. Con el paso de los años estas chicas logran el estatus de bharatias, decidiendo sobre sus clientes y ganancias. Este ciclo de explotación tiene como mayores beneficiarios a las madams, los propietarios del burdel y los funcionarios públicos que permiten la entrada de nuevas niñas al burdel a cambio de una recompensa económica.

ENTRE 10.000 y 20.000 NIÑAS Y MUJERES BENGALÍES SON TRATADAS DENTRO Y FUERA DEL PAÍS, SEGÚN UNICEF

Bangladesh es uno de los pocos países musulmanes donde la prostitución es legal, aunque su Constitución declara que “el Estado debe disuadir… la prostitución”. La prostitución de personas mayores de 18 años es legal, pero las prostitutas son ilegales. Esta contradicción favorece su explotación, y las mujeres en situación de prostitución son extorsionadas para pagar diariamente a la policía por su ‘protección’ y evitar ser detenidas mientras ofrecen servicios sexuales. Incluso los llamados agentes de la ley están siempre al tanto de cuando una niña va a ser introducida en el mundo de la prostitución, para así aceptar sobornos por parte de madams y traficantes falsificando licencias (permisos para ejercer) donde hacen constar que son mayores de edad.  El pago de esta licencia viene a engrosar la deuda contraída por la niña con su madam y prolonga en el tiempo la esclavitud sexual hasta que se establecen por su cuenta.

Una de las mujeres que viven en el burdel de Kandapara. / Foto: Zeneida Bernabé

Una de las mujeres que viven en el burdel de Kandapara. / Foto: Zeneida Bernabé

Entre 10.000 y 20.000 niñas y mujeres bengalíes son tratadas dentro y fuera del país, según UNICEF. Estudios recientes estiman que un 57 por ciento de las niñas son introducidas en el mercado del sexo cuando tienen entre 10 y 16 años. Sin embargo, no es poco común que menores de ocho años se conviertan en esclavas sexuales: de hecho, un siete por ciento de éstas tienen menos de 10 años, y sólo un 20 por ciento son mayores de 18 años, respondiendo a la demanda de los clientes, unos dos millones de hombres, que prefieren niñas, según demuestran diversas investigaciones de campo.

Su defensa: la unión

En el año 2.000, las mujeres de Kandapara crearon Nari Mukti Shango (NMS) -Mujeres unidas para la liberación-, un grupo de autoayuda desde donde defienden sus derechos, gestionan sus ahorros, otorgan microcréditos, reciben clases de alfabetización y resuelven los conflictos de la comunidad a través del diálogo. Ese mismo año consiguieron un simbólico logro: salir con zapatos fuera del burdel. Hasta entonces una ley no escrita les obligaba a ir descalzas para ser identificadas como ‘impuras’. Su segunda gran victoria fue la compra colectiva de unas tierras junto al cementerio municipal para poder ser enterradas con dignidad. Han escapado así del destino final de sus compañeras cuyos cuerpos fueron arrojados en cunetas y vertederos.

Las habitantes del burdel viven en total desamparo ya que ni la ley ni los representantes del Estado las protegen. Los niños y niñas del burdel no son admitidos en escuelas públicas y a las mujeres se les niega asistencia médica, siendo las oenegés las que proveen estos servicios.

Una mujer mira a través del muro. / Foto: Zeneida Bernabé

Una mujer mira a través del muro. / Foto: Zeneida Bernabé

Un muro de vergüenza

El burdel, que en un primer momento estaba situado en las afueras, ahora está en una calle principal y cerca de un colegio. Por la presión del vecindario y de grupos religiosos se decidió invisibilizar el lugar rodeándolo con un muro: como espacio de continuo abuso sexual se había vuelto un paisaje que no gustaba a una sociedad que prefería cerrar los ojos a esta realidad.

En julio de 2012, mientras se celebraba el mes santo de Ramadán, un grupo de peones empezó a erigir una gran pared. “El muro está bien, es algo bueno para ellas. Les sirve para protegerse”, decía uno de los dueños de las tierras del burdel. Una mañana, en el inicio del verano, los gestos de preocupación denotaban que algo grave había ocurrido: la noche anterior un grupo de jóvenes había amenazado con prender fuego al burdel con ellas dentro. Esta amenaza no era nueva. La sombra del desalojo nublaba sus semblantes y el muro que separaba Kandapara del resto del mundo no fue suficiente para evitar que esto ocurriera.

Desalojo y demolición

Era sábado, el 12 de julio de 2014, justo en el ecuador del Ramadán. Algunas mujeres esperaban a los clientes en las puertas del burdel cuando vieron aparecer a un grupo de hombres — vecinos y religiosos fundamentalistas — que, armados con palos de bambú y bidones de gasolina, ocuparon las entradas. Dentro del burdel, las mujeres esperaban escuchar el canto del almuédano desde la mezquita, llamando a la oración y poniendo fin al ayuno justo después de la puesta de sol. Sin embargo, lo que escucharon fueron las voces alarmadas de sus compañeras. La noticia se propagó como el rayo por las calles del burdel instantes antes del ocaso. Justo en ese momento los atacantes cortaron la luz eléctrica. El pánico se volvió terror… Más de mil personas corrían desesperadas por las callejuelas del burdel temiendo por su vida y buscando a sus familiares.

En medio del caos un grupo de hombres se adentraron, golpearon y violaron a varias mujeres. En algún momento el almuédano llamó a la oración. Muertas de miedo fueron saliendo a empujones por las puertas dejando atrás todo lo que habían atesorado en sus vidas: camas, televisores, neveras… Otras consiguieron encontrar sus ropas, documentos, dinero. Pero en el momento que atravesaron el muro, brazos hostiles le arrancaron sus pertenencias despojándolas de todo.

La luna estaba llena. Decidieron pasar la noche junto con sus niños en unos descampados cercanos. De nuevo un grupo de hombres jóvenes les golpearon y les robaron lo poco que les quedaba de valor. “Aceptamos la tortura con la esperanza de conseguir nuestras pertenencias de vuelta por la mañana”, dijo una de ellas a oenegés locales. A la mañana siguiente, cuando se dirigieron en grupo al burdel, vieron que las habitaciones estaban vacías. La gente local se había llevado todo, y empezaba a demoler masivamente el burdel que, en unas horas, se redujo a un montón de escombros.

El burdel es una comunidad basada en dos fuerzas ineludibles: el poder y la explotación. / Foto: Zeneida Bernabé

El burdel es una comunidad basada en dos fuerzas ineludibles: el poder y la explotación. / Foto: Zeneida Bernabé

Todo el mundo en la ciudad sabía que “el desalojo fue provocado por el alcalde para tener control sobre las tierras y construir un mercado allí”, explica la oenegé HARC (HIV/AIDS Research and Welfare Centre). Fue él quien instigó a los religiosos fundamentalistas y vecinos hasta conseguir desencadenar el ataque.

“MIENTRAS QUE EN EL BURDEL SE APOYABAN ENTRE ELLAS, EL DESALOJO ROMPIÓ LA UNIDAD QUE TENÍAN PARA DEFENDER SUS DERECHOS”

La situación de las mujeres de Kandapara tras el desalojo empeoró. “Ellas nunca dejaron de vender su cuerpo… se escondían, cambiaban de lugar… La práctica del sexo seguro empezó a ser muy difícil ya que no recibían preservativos gratuitos por parte de las oenegés. Tampoco tenían acceso a la clínica… De manera que el índice de VIH y otras ITS aumentaron. En la calle son más vulnerables, la violencia es muy alta. Han llegado a tener sexo a cambio de comida. Por lo que sabemos, cuatro niños han muerto por inanición. Mientras que en el burdel se apoyaban entre ellas, el desalojo rompió la unidad que tenían para defender sus derechos”, según explica HARC.

Vuelta a casa

Casi dos meses después, el 4 de septiembre de 2012, unas 100 prostitutas y dueños del burdel retornaron a los terrenos vacíos pidiendo protección y exigiendo castigo para los atacantes. “Volvemos aquí porque no tenemos donde ir. Estamos preparadas para luchar contra ellos si vuelven para dispersarnos”, dijo una de ellas a la prensa local. “Devuélvenos nuestro hogar o danos veneno para morir” subrayaba otra de ellas. Desde entonces, la organización Nari Mukti Shango ha protagonizado, junto con otras organizaciones, protestas en Dhaka denunciando el brutal desalojo y exigiendo una respuesta y responsabilidad por parte de los poderes públicos.

A finales de año, la Asociación Nacional de Mujeres Abogadas de Bangladesh demostró al Tribunal Constitucional que el desalojo fue ilegal por no ir acompañado de una adecuada rehabilitación social de sus habitantes. Desde entonces se inició la reconstrucción del burdel, con las manos de las mujeres que, según HARC, ha sido posible porque “el alcalde tiene un caso pendiente con la justicia y está en paradero desconocido”.

Las mujeres de Kandapara han muerto en vida muchas veces y sienten que a nadie les importan. Son ya 600 las que han vuelto al burdel, otras están por llegar. Para poder sufragar los costes de la reconstrucción venden sus cuerpos y levantan las paredes de sus habitaciones, testigos silenciosos de sus duras vidas.

Zakia, como sus compañeras, cuenta que en su vida hay sólo sufrimiento. “Estoy muy cansada de este sentimiento de inseguridad. Si pudiera encontrar una familia o un trabajo como sirvienta dejaría el burdel”.

 

*Zeneida Bernabé es coach y experta en la transformación de pensamientos. “Disfruto acompañando a mujeres que están estrenadas y tienen pensamientos negativos  que quieren encontrar alivio de forma permanente, sentirse conectadas con ellas mismas, mejorar sus relaciones y conseguir todo lo que se propongan”, dice. Más información y contacto en www.zeneida.com

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