La revolución de las agujas En red

Adelanto editorial del libro ‘La revolución de las agujas’, de nuestra colaboradora Emilia Laura Arias.

Una imagen del taller de costura.

Una imagen del taller de costura.

Adelanto editorial
Isabel se subió a un barco camino de la India en los años 50 con la intención de convertirse en misionera. Después de años viviendo en un slum con las personas pobres y viviendo como ellas, puso en marcha un pequeño taller de costura para que las mujeres de la barriada conquistasen su independencia y abandonasen así historias de violencia y dolor. Hoy, aquel pequeño taller se ha convertido en un referente, Creative Handicrafts, también dentro de la Organización Mundial de Comercio Justo. La periodista Emilia Laura Arias ha estado en la India conociendo este proyecto y resultado de los ratos compartidos ha escrito el libro La revolución de las agujas. Os compartimos un pequeño extracto. Si queréis conseguir un ejemplar, lo podéis hacer apoyando el crowdfunding, editado por Libros.com.

1. Isabel

“Fuimos a Gibraltar a coger el barco y mi familia me acompañó. Yo tenía adoración por mi padre y pensar en despedirme de él… era como si los huesos se me rompieran. Despedirme de él me mataba. Hubo un momento en el que casi lo paro todo y me quedo en casa. Sabía lo duro que era para toda mi familia aquella despedida.”

Los siguientes diez años los pasó viviendo en una chabola sin agua corriente, sin electricidad y sin retrete. El sol entraba cada mañana por los agujeros de aquellas paredes de chapa, ardiente en los meses cálidos. Los vecinos al principio la tachaban de loca por haber decidido vivir allí pero poco a poco se convirtió en una más del barrio, viviendo como cualquiera de sus habitantes. Así, con el tiempo se ganó el respeto y el cariño de sus vecinos, que empezaron a ver a aquella mujer menuda como a alguien grande de verdad.

2. El sueño se hace grande

Jari Mari es un slum musulmán, un hervidero de gente que no se detiene. Una cabra mordisquea una puerta azul de madera y sobre una lona color verde se venden frutas en puestos por la calle. Hay vacas y mezquitas, la vida hierve a 45 grados cerca de un dique lleno de basura que separa el slum del aeropuerto. Desde el barrio se ven los aviones despegando. Unos niños nos ofrecen acompañarles a ver despegar un avión, juegan descalzos cerca del muro del aeropuerto, sin camiseta algunos, entre agua estancada y barro… El olor es dulzón, intenso y desagradable a ratos. En los callejones hay bebés con los ojos pintados con khol negro para luchar contra las infecciones con las pocas armas que poseen. En los cuartos del barrio se disputan el reinado las moscas y algunas enfermedades que, como el dengue, tienen aquí un fantástico ecosistema por culpa del abandono institucional. En el centro de Jari Mari, entre casitas apelotonadas, está el establo de búfalas y, sobre ellas, las camas de sus cuidadores y sus familias, que viven y duermen sobre los animales, casi con ellos; con sus mosquitos, con sus olores, con los peligros de vivir sobre ellos. Muy cerca de allí están los baños públicos, los pocos que hay en esta zona y que comparten miles de personas. La llamada a la oración llega a todos los rincones de Jari Mari. La gente viene y va por las calles y se escuchan las voces de las niñas en el aula de una escuela, burkas, nikabs y uniformes escolares para las niñas…

3. Iguales en mundos distintos

Arundathi Roy, escritora india, dice que una parte de la India vive en la modernidad digital, mientras que la otra permanece en la Edad Media.

“Cada noche, al volver a casa, en la calle donde vivo paso entre grupos de trabajadores demacrados que cavan zanjas para tender la red de cables de fibra óptica que acelerará nuestra revolución digital. Trabajan en medio del duro frío invernal a la luz de unas pocas velas.

4. Slum

“Cuando acabo de lavar la ropa me gusta ir al baño. En mi casa no tenemos, así que usamos los baños públicos que hay en el slum. Son 3 para hombres y 3 para mujeres, aunque hay uno que se atasca mucho así que para mujeres a veces solo hay dos”.

“Tenemos 5 baños para cerca de 500 personas. No están mal, no son muy sucios pero necesitamos más. Los pedimos todos los años pero los trabajadores del ayuntamiento siempre nos dicen lo mismo: que van a venir los obreros municipales y a hacer más. Pero nunca vienen. Pagamos 25 rupias al mes por persona para pagar la limpieza de estos baños”.

5. ¿Qué quieres ser de mayor?

Una mujer escurre el agua después de preparar el arroz y los niños corren, descalzos la mayoría. Corren delante y detrás, como en un vídeo musical alegre y frenético. Rápidos y delgados. Saludan, se encuentran, se persiguen… vemos a las madres llamarles levantando los brazos, las telas y los saris colgados llenan todo de color, huele a fruta y verdura. Aquí la vida se centrifuga como en una enorme lavadora caliente que lo mezcla todo. La alegría rueda por la calle una vez más en la India.

Balwicas y balwadis son solo dos sencillas habitaciones, la una muy cerca de la otra, capaces de cambiar muchas vidas. Una tiene dos plantas para separarles por edades. No es un colegio. Son como habitaciones de slum pero mejor iluminadas y acondicionadas, mucho mejor ventiladas y con puertas por ambas partes. En la clase de los mayores están al fondo todos los utensilios plateados que usa la cocinera para hacer la comida de los niños. Esa sencilla cocina consiste en un par de hornillos y los cacharros. En la pared está el menú: dhal, patatas, verduras… Todo sano y equilibrado. Tienen su comida preferida pero dicen que, por supuesto, les gusta todo. Nos cantan una canción con gestualidad divertida. Son expresivos y enérgicos. Uno canta en solitario y lo hace bajito, con cierta timidez. Todos coinciden en que es el que mejor canta. A nosotras, en ese momento, nos baila un poquito el corazón para después encogerse de agradecimiento.

6. Mujeres en India

Ataron a su futuro marido en el extremo de su sari, tal y como manda la tradición en la zona rural de la que viene, y ella dio siete vueltas, las más largas de su vida por lo asustada que estaba. Después de la boda ella se escapó. Desde entonces, huía de la casa de su marido cada dos por tres porque no quería quedarse con él.

Pushpa recuerda un día en el que ella estaba cocinando y se quemó una pierna porque se le cayó agua hirviendo sobre la pierna. Desde la ingle hasta el tobillo su piel estaba en carne viva, deshecha. Mientras ella estaba convaleciente, él la violaba sistemáticamente, aún sabiendo que el roce de sus piernas le causaba muchísimo dolor y volvía a abrir las heridas de sus piernas abrasadas. Pushpa decidió hablar con la familia pero solo le consolaron con caras de pena y alguna caricia, pero nada más. Él es así, le dijo su suegra.

7. Muchas verdades

“Durante los primeros meses, los autores de aquellas masacres no estaban por el barrio. Los que no estaban en la cárcel estaban escondidos en su pueblo. Pero un par de años después nos empezamos a cruzar con alguno de ellos de nuevo. Todavía no he podido perdonar a ninguno, pero tengo que vivir con ellos cerca así que miro para otro lado cuando me los encuentro. Me molesta la impunidad. Me duele que pasaran tan poco tiempo en prisión. Deberían seguir allí dentro por lo que hicieron a tanta gente”.

8. La Colonia de La Leche

Hay basura en los bordes de la calzada que da acceso al pueblo porque ni el gobierno ni la municipalidad la recoge. Esto parece ser tierra de nadie. Antes, los habitantes de La Colonia de la Leche hacían todas sus necesidades en la carretera porque tenían miedo a la jungla, pánico a los no tan extraños ataques de leopardos y otros animales asustados. Tras las quejas de la clase media y alta, que atravesaban estas carreteras con sus coches y se topaban con los desperdicios, el gobierno construyó baños públicos. A un lado la supuesta civilización, al otro la pura jungla y en el medio los Adivasis, aborígenes, primeros en habitar y últimos en oportunidades. Algunas gallinas y pollos picotean aquí y allí entre el suelo arenoso y la piedra que asfalta estas humildes calles. Hay cabras y una plaza con una fuente sencilla y cantarina alrededor de la que juegan los niños y las niñas. Aquí, las casas son más amplias que en el slum pero sus problemas son otros: difícil acceso a la educación y a la sanidad además de un peligro constante de ser expulsados de aquí porque sus asentamientos, a pesar de ser los primeros pobladores de estos lugares, son absolutamente ilegales. Solo algunos tienen documentos de las casas que levantan con sus manos.

9. Sanar la India

Un brote de conjuntivitis llenó Mumbai de ojos enrojecidos por los elevados niveles de contaminación y partículas en el aire. Mucha gente creía que la enfermedad se transmitía por contacto visual, así que durante semanas todo el mundo caminaba e interactuaba con la cabeza gacha y lanzando miradas de reojo a los demás. Además se incrementaron las ventas de gafas de sol y aparecían vendedores por todas las esquinas. Los cristales oscuros hacían que el maleficio rebotara.

10. Afortunadas

Un metro y medio de mujer, de pura energía, de sabiduría y de alegría contagiosa y viva. Es mumbaikar de pura cepa, marati nacida y criada en Mumbai, algo que le hace sentir un orgullo especial, porque en Mumbai, al igual que en muchas metrópolis, la gente suele haber nacido en cualquier otra parte. Ella vino al mundo en un slum de Ville Parle, un barrio de Mumbai, en 1975. Como es la mayor de cuatro hermanas solo estuvo en el colegio hasta los 15 años, pero no pudo ir al college porque no tenían dinero ni para pagar las tasas del examen de selectividad, que en India se realiza en décimo curso. Su padre se pasaba el día borracho y deambulando por las calles sin hacer nada. Sampada ayudaba a su madre a dar clase a los niños y niñas del barrio para poder llevar algo de dinero a casa.

La revolución de las agujas
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Periodista, feminista, especialista en Relaciones Internacionales. Ahora en La Sexta Noticias, entre otros proyectos. Blog: http://www.sinpasaportes.wordpress.com

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