Breve tratado de la lluvia en diez fragmentos Opinión, Voces

“En este mundo, el “orden” y la gobernabilidad parecen venir atados al ataque a la vida, a la posibilidad de reproducción de la vida”. A partir de ‘Trincheras permanentes’ (Pepitas de calabaza, 2017), Carolina León plantea algunas reflexiones sobre la intersección entre política y cuidados, esos que se asumen como tan naturales como la lluvia.

Carolina León

“Por fin comprendí que la manera de salir del problema o de resolverlo, el tormento interno de escribir acerca de “problemas personales intrascendentes”, era reconocer que nada es personal, en el sentido de que solo es personalmente nuestro. Escribir acerca de uno mismo equivale a escribir acerca de los otros, dado que vuestros problemas, dolores, placeres y emociones (y vuestras ideas extraordinarias o notables) no pueden ser únicamente vuestros. La forma de tratar el problema de la subjetividad, ese chocante asunto de estar preocupado por el pequeño individuo, que al mismo tiempo queda cogido en tal explosión de terribles y maravillosas posibilidades, es verlo como un microcosmos y, de esa manera, romper a través de lo personal, de lo subjetivo, convirtiendo lo personal en general, como en verdad siempre hace la vida transformando en algo mucho más amplio una experiencia privada”.Doris Lessing. El cuaderno dorado (Barcelona: Punto de lectura, 2007), pág 17

Portada del libro 'Trincheras permanentes'1. Cuando nos enseñaron algunas nociones sobre la participación política en, pongamos, el BUP o la ESO, nos sentaron en corro y sacaron al empollón de la clase a dar un discurso muy bien entonado que se había preparado en casa mientras su madre le ponía el pan con chocolate de la merienda, recogía la ropa tendida, hacía las camas o llamaba al médico para pedir cita para la hermanita, envuelta en mocos. Haz política, pequeño, le diría su madre. Nosotras nos encargamos de todo, y tú como si oyeras llover.

2. Me hubiese gustado ser filósofa, me quedé en periodista. Tradiciones y formas de lo político hay, en la historia de la humanidad, muchas. Mi generación ha crecido en un fin de siglo en medio de una aparente “paz social” post-transición democrática. Pero, desde el 2011 y su 15M, me he preguntado con mucha seriedad, como la empollona de clase que fui, qué espacio nos queda para lo político en nuestras vidas; en nuestro marco estrecho de «ciudadanos» que apenas tienen la escasamente heroica misión de ir a votar cada cuatro años (esto, ir a votar, igual se ha puesto por las nubes en la escala de la valentía y el arrojo). Participar de los asuntos comunes es, creo firmemente, parte de nuestra condición humana. No me cabe duda de que sin la “política”, sin la interrelación y la implicación en el mundo, quedamos reducidos al papel de consumidores (o excluidos de él, también de toda ciudadanía).

3. Es un mundo complejo este que nos ha tocado, que no puedo comparar con el anterior ni el posterior porque, sencillamente, no los llegaré a conocer. En este mundo, el “orden” y la gobernabilidad parecen venir atados al ataque a la vida, a la posibilidad de reproducción de la vida; todo eso que se conoce como “política”, en las altas esferas del mando, parece empeñada en hacernos despeñar. Maltratar los recursos, ahondar las desigualdades, amontonar cadáveres. Enormes masas de población se ven atacadas cuando intentan buscar un futuro; el planeta y su equilibro están en franco peligro; el gobierno de la deuda y la mercantilización de la existencia nos dejan hacer malabares como tentetiesos con nuestros salarios si es que los tenemos; vivimos, amamos, follamos o estamos solos, en edificios a punto de derrumbarse. Y no tener nada bajo los pies acojona. No, la reproducción de la vida no parece ser prioridad para la “política”.

4. Pero es un mundo hermoso, porque a pesar de todo nos permitimos cuidarnos; logramos incluso a veces que la vida no sea una rutinaria rueda de hámster, intervenimos cotidianamente en la reproducción del mundo y nos organizamos para transformarlo. Cómo, en verdad, es la gran pregunta. Quiénes también. Y con qué violencias y coerciones. Los cuidados que reparan y perpetúan la vida son un asunto, sin embargo, dado por natural como la lluvia (ésa que no llega). En la base de nuestras pequeñas vidas privadas, sin embargo, poca cosa ha habido más fundamental que todo aquello que nos permitió crecer, desarrollarnos, madurar, adquirir autoestima, llegar a ser personas más o menos completas, mantenernos medianamente cuerdas. Los cuidados son, sin embargo, poco más que lluvia en veinticinco siglos de producción de pensamiento. Las tareas y acciones que nos permiten la vida, que apuntalan y reproducen el mundo, son invisibles y carentes de valor, dadas por hecho y ausentes de contenido político. Algo así como la lluvia.

5. Quizá mi imaginación literaria le da a todo esto un cariz excesivamente ambiguo: de qué cuidados estoy hablando. De asuntos realmente tangibles, la verdad. De esa mujer venida de Guatemala que recorre quince kilómetros diarios para llegar a la casa adosada en la que se ocupa de dos niños pequeños. De esas mujeres de todas las edades que pasan las noches en vela, en el hospital o en la residencia de ancianos, atendiendo a sus necesidades. De las personas, que son mujeres casi siempre, cuyas acciones repercuten en las vidas de los que nos importan, como enfermeras, educadoras infantiles o trabajadoras sociales. De toda la red de afectos y relaciones que nos provee ayuda cuando estamos hartas, rotas, cansadas. Los cuidados son un problema a solventar en común, pero han sido organizados socialmente para solucionarse en privado. Lo curioso es que esta “lluvia”, este invisible goteo de vidas que vienen a cubrir nuestras necesidades, es sistemáticamente desvalorizada. Así es, como los recursos naturales. Y, como estos, son también fuente de negocio: que se lo digan a las empresas que han alunizado en la externalización, desde hace décadas, de los contratos públicos de escuelas infantiles o residencias geriátricas. Puedes contratar una cocinera para que te fría un huevo o puedes tener una cuidadora para tu abuelo de 96 años, mientras escribes reseñas de juguetes para bebés hechos en China a tres euros el post o preparas el discurso del pleno del día siguiente. Yo no digo que esté mal, digo que seguirlo considerando “lluvia” es cutre.

6. No podría haber enfocado prácticamente nada de lo anterior sin las luchas feministas. Es a ellas –a ingentes cantidades de activistas y pensadoras y escritoras de los últimos ochenta años– que rindo pleitesía, porque las preguntas abiertas sobre “intersecciones entre política y cuidados” no habrían sido enunciadas sin el lema de “lo personal es político”. Federici revisó la división sexual del trabajo en términos marxistas-feministas, las italianas de los setenta se negaron a cuidar, las olas del pasado fueron ampliando sucesivamente derechos sobre nuestras vidas y cuerpos; varias generaciones se han incorporado a la res pública, al mercado laboral o al mundo de la representación política. Romper los techos de cristal, me dicen a veces, sigue siendo nuestro principal problema. No vamos a renunciar a la visibilidad, al poder o a la palabra. Pero hasta aquí sigo creyendo que nuestro principal problema es la violencia. No sólo la violencia machista, que también, sino la violencia sistémica que da por “naturales” al planeta, los recursos, el amor, nuestros cuerpos y los cuidados, y se lucra de ellos. Llenar e invadir la “esfera pública” es un requisito, pero será en nuestros términos.

7. Uno de nuestros problemas sigue siendo, en mi humilde opinión, politizar los cuidados: no dejar que sean lluvia. Este punto no es más que un arqueo de ceja, un meñique alzado, entre otros mil asuntos de privación de derechos y ataque a las condiciones básicas de ciudadanía que sufren las mujeres en este minuto y en todas partes. Limpiar el polvo de los muebles, menuda estupidez. Acompañar a un familiar enfermo crónico. Permitirle vivir como un ciudadano de pleno derecho, prestarle seriamente, como empollonas (gallinas) la dignidad que se le hurta, por sus vulnerabilidades que lo hacen “dependiente”. Nuestras madres, abuelas, bisabuelas lo han hecho, hasta no hace mucho. Cuando nos “liberamos”, nos negamos a hacerlo. Mientras las mujeres del primer mundo decidimos abandonarlo en masa, alguien lo tenía que solucionar. La respuesta de cierto feminismo (pasado pero presente) fue “que cuide el Estado”. Bienestar, dónde te has metido.

8. Estado rima con Mercado y Patriarcado. Hace cuatro días dije: “No sé si queremos desentendernos de ellos (los cuidados) hasta el punto de no verlos”: eso equivaldría a jugar en un terreno construido sobre la idea de autonomía e independencia como horizonte e ideal. Es verdad que, siendo jóvenes y con probabilidad no-madres, el asunto de los cuidados puede traernos al pairo. Si eres hombre, probablemente has sido socializado para ser cuidado por otras y creerte un ser de infinita independencia y, aunque tus “problemas personales e intrascendentes” se te aparezcan importantísimos, no podrás darte cuenta de manera cabal de cuánto te han salvado el culo las mujeres de tu vida. Así que quizá, de manera algo miope, quizá empieces a valorar todo esto de los cuidados cuando eres padre. Bienvenidas nuevas paternidades. Pero nosotras, digo por lo aprendido, hemos obrado parecido: cuando nos dispuso el destino a ser madres (si es que), entonces nos dimos cuenta de lo pequeños y vulnerables que somos, aunque no pesemos tres kilos seiscientos gramos.

9. Tarde o temprano los vamos a necesitar. En verdad, los estamos necesitando cada minuto, como la lluvia que no llega. Como nos queremos, surgen. Aunque cualquiera de estos días van a dejar de estar (¿dónde te fuiste, abuela? ¿Y dónde te fuiste, estado del bienestar?). Pero de lo que yo quería hablar era de política. De política junto a cuidados. ¿De políticas públicas? No, de políticas comunes. De politización de lo (que se entiende por) privado. De salir de nuestros caparazones. De lo que somos capaces de hacer cuando salimos de nuestros encierros de pequeños ciudadanos limitados al voto y tomamos en común la tarea de recrear el mundo un día tras otro. Todo está en contra de que nos cuidemos, y todo está en contra, en este minuto, de que ejerzamos como ciudadanos políticos organizados. Pero, mal que bien, a veces lo logramos. Actuamos, producimos discurso, y activamos nuestras capacidades en imaginar y perseguir mundos mejores. Que además sepamos cuidarnos en el intertanto es una cuestión de voluntad y gozo. En este valle de lágrimas, “hemos venido a deshacerlo”, como diría Le Parody. Y hemos venido a deshacer, entre otras subversiones, la asignación del cuidado en el género, la desvalorización de estas tareas y la invisibilidad de todo esto. Darle relato a los cuidados en lo político (en nuestras efímeras y vulnerables organizaciones, que en tantas ocasiones nacen de la amenaza misma a nuestras condiciones de vida), iba a ser un viaje a la fragilidad, incluso de mí misma.

10. Cuando sucedió el terremoto en México del 19 de septiembre pasado, miles de personas se lanzaron a las calles y trataron de encontrar una coordinación para proveer socorro a los sepultados, a los heridos, miles se volcaron en las tareas de desescombro y rescate. Pareciera que la tragedia, y sólo ella, es capaz de convocar en nosotros lo que algunos llaman “solidaridad”, que yo prefiero ver como organización política que intersecciona con los cuidados. Cuando nadie te ordena y sabes que has de acudir, ponerte de acuerdo con otros y otras en pos de lo que se pueda hacer, para la ardua tarea de cuidar la vida. En momentos como éste, de pronto, se hace patente la potencia de creación de mundo que somos capaces de desplegar. Aunque luego llega la calma y continúan las violencias, las asignaciones, los olvidos y la lluvia dada por hecho. (Casi) todo va de cuidarnos. Pero puede que vaya de otra cosa. Yo no soy más que una cronista.

BOLA EXTRA
Todo lo anterior lo acometí a modo de relatos y desde el pensamiento “situado”, como nos gusta decir a las feministas; no es una autobiografía, aunque mis experiencias privadas aparecen; no es un libro de ensayo, aunque incluye secciones dedicadas a la argumentación; es una investigación en formato de crónica, para la que he contado con las historias de una serie de personas que, organizadas o no, en colectivos o solos, quisieron trazar conmigo algunas respuestas a partir de los interrogantes propuestos. La tradición filosófica y la división patriarcal del trabajo, el “orden del mundo” y sus prioridades, han permitido que, durante los doscientos años que tiene grosso modo la igualación de derechos, se entienda que ambos entornos, política y cuidados, pertenecen a mundos distintos (lo público versus lo privado). Si política y cuidados no tuvieran nada que ver, al menos en la escritura encontré una grieta maravillosa: los pequeños e intrascendentes problemas personales de un puñado de personas de esta esquina del mundo tomaban, de pronto, un cariz público. Desde sus pequeñeces, se volvían políticos: atisbados al infinito, deseosos de transformarnos. Me quedaron docenas de historias por contar, porque esas intersecciones están, aunque no se cuenten, por todas partes. Y que llueva, por favor.

Carolina León estará presentando ‘Trincheras permanentes’ la semana que viene en las siguientes ciudades:
San Sebastián – Donostia. Martes 7 en Kaxilda a las 19 h.
Bilbao. Miércoles 8 en Louise Michel a las 19 h. Presenta June Fernández (Pikara Magazine).

Santander. Jueves 9 en La Vorágine a las 19:30 h. Presenta Colectivo La Ruda

Gijón. Viernes 10 en La Revoltosa a las 20 h. Presenta Irene G. Roces (La Madeja)

Oviedo. Sábado 11 en Cambalache a las 19 h. Presenta Irene S. Choya (La Madeja)

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