Los blues no tienen final feliz Ficciones, MúsicA

El siguiente texto juega a invocar la voz en primera persona de Janis Joplin, la artista blanca de blues-rock más famosa de todos los tiempos, y se trata por lo tanto de una ficción literaria. Sin embargo, los hechos que la hilvanan están basados en aspectos biográficos reales, recogidos en las numerosas biografías y trabajos documentales sobre la cantante.

 Janis Joplin durante un concierto en Nueva York en abril de 1969./ Elliot Landy

Janis Joplin durante un concierto en Nueva York en abril de 1969./ Elliot Landy

Esta soy yo, Janis, merodeando por la facultad de Bellas Artes en Austin, Tejas, un día después de haber sido coronada como el chico más feo del campus, aunque yo me siento más bien como la mujer invisible. Miento: esta soy yo, Janis, deseando ser la mujer invisible, y deseando que la invisibilidad alcance a mi acné y a mi piel estriada y a mi voz de pajarillo ronco. Y esta soy yo cinco años después frente a una multitud que me aclama, y con alguien del público gritando quiero follar contigo, Janis, todos y todas queremos follar contigo, como si el patito feo se hubiese convertido en un pavo real. Pero desde lo alto de este escenario, y desde el fondo de la canción ‘Cry Baby’, es cuando temo realmente haberme convertido en la mujer invisible. Mejor dicho: temo que nadie sea capaz de ver a través de mí, y de comprender que debajo de las tablas todo lo que hay es un gran desierto, y que cruzando ese desierto solo hay un reguero de whisky Southern Comfort.

Entre una escena y otra, perdón por el tópico, todo fue un largo blues. Pero no un blues blanquecino y sin hueso, de esos que olvidas tan pronto como se ha extinguido la última nota, sino un blues de los que cantaba Bessie Smith, que son como si el diablo te arañase por dentro. No sé si lo sabéis: Bessie fue la emperatriz del género e hizo muchísimo dinero en el negocio, pero la enterraron sin una mísera lápida que la cubriese. Yo lo sé porque pagué su lápida en 1970, más de treinta años después de su accidente de coche, en agradecimiento por haberme mostrado el aire y por haberme enseñado como llenarlo con mi propia voz.

Antes de que eso ocurriera, yo era apenas un grano en el culo de Port Arhur, Tejas. La chica acosada, la zorra del instituto. ¿Habéis estado alguna vez en Port Arthur? Pues pensad en un montón de refinerías de petróleo, en una hilera de plantas químicas, y obtendréis todo lo que hay que saber sobre mi ciudad natal, si es que puedo llamar mío al lugar del que me fui o del que me fueron echando poco a poco. Lo curioso es que tampoco sé si ese irme o ese echarme tuvo que ver con cosas que a mí me parecían de lo más divertidas, o si empezaron a parecerme divertidas porque con ellas daba motivos reales a quienes me consideraban una chiflada total. Hablo de meterme en peleas, de maldecir cada dos palabras, de beber ríos de cerveza o de acostarme con este y con aquel. Qué razones tan absurdas para un exilio, ¿verdad? Pues así era Port Arthur, la cloaca en la que, con la Biblia en la mano, me hicieron saber que mi moral no encajaba con la suya.

Pero no quiero ocultaros nada: una cosa es que yo fuese por ahí con mi ropa beatnick, pasándomelo bien, y otra muy distinta que apoyase en público la integración de los negros, que es lo que hice, aún a costa de volver del instituto, día tras día, cubierta de saliva. Aquello fue mi golpe de gracia, pero cómo no iba a apoyarles, si mis únicas amigas eran aquellas cantantes negras cuyas canciones parecían fragmentos desprendidos de mi propia pena. Casi todas estaban muertas, algunas incluso olvidadas, pero Odetta no, Odetta estaba muy viva. Bien: imaginad ahora una enorme voz negra cantando desde lo alto de la montaña más grande del mundo, e imaginad el eco que produce esa voz. Pues esa era Odetta, la luz que me guio lejos de los límites de Port Arthur, lejos de mis padres y mis hermanos (que alguien los proteja desde el cielo, porque ellos fueron lo más parecido que conocí a un hogar) e ir al encuentro de la vida.

Austin, 1960

Así que esta soy yo a los diecisiete años, tocando música bluegrass en los bares de Austin con mi primera banda, los Waller Creek Boys, a cambio de un montón de cerveza. ¿Menudo plan, eh? Pero la cosa cambia si os digo que fue en esos bares donde sentí por primera vez que mi canto crecía desde un lugar insondable y que me inundaba, como si aquello fuese la maldita inundación de Luisiana en 1927, de la que yo había oído hablar en algunos blues de Charley Patton o Memphis Minnie. Era un rollo como bíblico, aunque yo sabía que aquella voz que me salía sin desbravar no tenía nada que ver con la Biblia, sino con mis penas y mis heridas.

Pero, ¿sabéis lo que pasaba en cuanto terminaban nuestras actuaciones? Pues en el mejor de los casos no pasaba nada, y en el peor salían a pasear los silbidos y los abucheos. La comunidad folk era así, muy cerrada y muy esnob, llena de reglas absurdas, y mi forma de cantar les obligaba a aferrarse a las espinas de las rosas. Y a ellos les gustaban las rosas, claro, pero no las espinas. Y esto es todo lo que puedo contaros de mi paso por Austin. Estuvo, sí, el episodio de mi coronación como el chico más feo del campus, el escarnio público, pero eso no me gusta recordarlo. Creo que nunca me recuperé del todo de esa humillación, y es todo lo que puedo contaros al respecto.

San Francisco, 1963

En Frisco todo fue mejor, al menos al principio, tal vez porque allí se adivinaban ya los vientos de libertad que propiciarían el esplendor hippie. Hay quien dice que nunca canté como entonces, porque mi garganta no estaba todavía tan quemada como podéis apreciar en mis discos, pero lo importante es que la reacción del público hacia mi forma de estrangular el blues había cambiado.

Por lo demás, allí fui moderadamente feliz. Estuve un tiempo con Joe Joe, una chica negra tan guapa que, cuando la tenía cerca, era como si todo mi vello se transformase en miles de pequeños alfileres. Y después conocí a Peter, mi primer gran amor, hasta que el amor se confundió con paranoia: la paranoia de la metanfetamina, la hierba y el seconal. En poco tiempo ya me había convertido en un saquito de huesos. Imaginaos hasta qué punto me asustaba la imagen que me devolvía el espejo que decidí regresar a Port Arthur, el infierno en la tierra, para que mi familia me ayudase a desengancharme. Allí recibía puntualmente las cartas de Peter, en las que me prometía que cuando estuviese curada íbamos a hacer juntos todas esas cosas que hacen juntas las parejas que se quieren. Me curé y esperé, esperé, y después dejé de esperar.

De vuelta a San Francisco, 1965

Fue mi amigo Chet el que me dijo que para sacudirme la depre tenía que regresar a Frisco, donde todo el mundo compartía una misma onda y el amor, el sexo y la música se habían vuelto de lo más expansivos. En esa época me uní a la Big Brother & The Holden Company, mi grupo, mis chicos, es decir Sam, David, Peter y James, cuya guitarra parecía tener seis relámpagos en lugar de seis cuerdas. Lo cierto es que cuando les conocí estaban fuera de control: no tenían método ni foco, eran una pura bola de fuego o pura improvisación fumeta. Por así decirlo, eran un producto de la época. Yo les di algo a lo que agarrarse: las hermosas canciones de Erma Franklin o Bobby Womack o Big Mama Thornton que grabamos en nuestros discos; mis propios blues de corazones rotos; el aliento para desarrollar un repertorio común.

Me han preguntado muchas veces de dónde sacaba mi inspiración. Me lo preguntó Dick Cavett en su programa de televisión y le dije, Dick, las mujeres vamos tirando del carro y los hombres van detrás, en el carro, y nos cuelgan una zanahoria delante de las narices. Y nosotras perseguimos la zanahoria pero nunca llegamos a alcanzarla, y así toda la vida. No sé si lo captas. Pues mi música se basaba en esa jodienda, y en buena medida en el sonido que los chicos y yo generamos juntos, como uña y carne, persiguiendo el blues y exprimiéndolo hasta que ya no podíamos más.

Mientras duró, ese trabajo reclamó toda mi energía, por lo que decidí que nunca iba a volver a la universidad. Cuando se lo hice saber a mis padres, que deseaban verme convertida en una buena maestra, todo lo que obtuve fue una mirada o unas palabras de resignación. Una prohibición puede ser estimulante, porque te permite confrontarla. El apoyo es agradable por motivos obvios. Pero una mirada de resignación de alguien a quien quieres puede atravesarte como una espada. Tiempo después supe que llegaron a estar orgullosos de mí, y juro que ese fue uno de los días más felices de mi vida.

Festival Pop De Monterey, California, 196

El de 1967 fue el Verano del Amor, y en junio se celebró el festival pop de Monterey, donde me consagré con honores. Si echáis un vistazo a la filmación me podéis ver interpretando el ‘Ball And Chain’ de Big Mama Thornton como si estuviese tratando de escapar de un edificio en llamas, y también podéis ver a Mama Cass de The Mamas & The Papas entre el público, primero con la boca abierta y después gritando “¡GUAU!”, que era su forma atravesada por la emoción de decir qué tía, Janis, qué huracán, qué forma de borrarnos del mapa o de ponernos las pilas.

Mama Cass era una de las muchas chicas que venían a contemplar el mayor espectáculo del mundo. Es decir, el espectáculo de ver a Janis deshidratándose en directo, con la ropa interior descosida y el cerebro suplicando analgésicos. O tal vez viniesen en busca de pistas, o de respuestas, como si yo supiese algo que ellas no sabían acerca de la experiencia de salir del propio cuerpo o de acariciar con los dedos la libertad total. Pues bien: todo lo que yo sabía era que allí arriba era la persona más libre del mundo, pero que cuando las luces se apagaban no era más que un pájaro encadenado al cielo, exactamente igual que cualquier otra persona.

Tras mi actuación en Monterey empecé a distanciarme de la Big Brother & The Holden Company, y poco después nuestra alianza pasó a la historia. Os podría decir que estaba en mi derecho de explorar mi propio camino, y otros considerarán que traicioné a los chicos, pero a fin de cuentas eso ya no tiene importancia. El hecho es que la magia que invocábamos juntos, eso lo descubrí más tarde, raramente volvió a anidar en otra banda. Por lo demás viajé, conocí la fama y la riqueza, e intermitentemente conocí el amor y la alegría. Pero la mayor parte del tiempo se trataba de esa clase de alegría triste que a veces te da el alcohol, y que sabes que tienes que alimentar, porque cuando dejas de alimentarla aparecen las lágrimas y ya no puedes detenerlas.

Festival De Woodstock, Bethel, Nueva York, 1969

Allí estábamos todos: Hendrix, Sly Stone, Grace Slick y los demás, todos con nuestros respectivos grupos participando en el gran acontecimiento musical de la época. Yo estaba allí pero, aunque no lo parezca, porque mi actuación hubo que verla para creerla, ya estaba yéndome.

En escena me vacié como siempre, aunque las imágenes delatan que mis ojos eran como un dos de oros en los que el color dorado ha perdido todo el brillo. Voy a zanjar el tema muy rápido: la heroína empezó siendo un refugio confortable, todo luz blanca y calor blanco, y después fue como ser engullida por un agujero del que luchas por salir, pidiendo aire y más aire. Así que en esas estaba yo en esa época. Pasó Woodstock y después llegó el típico proceso: limpiarse, airearse, recuperar la inspiración. Quedaba un duro camino por delante.

En septiembre de 1970 regresé al estudio para iniciar las sesiones de ‘Pearl’, mi nuevo disco, en el que había depositado todos mis anhelos: reuní a un combo genial, la Full Tilt Boogie Band, las canciones eran buenas y hubo algún momento en el que sentí que una fuerza superior conocía la existencia de mi voz. Sin embargo, nunca llegué a escuchar el resultado. El cuatro de octubre, después de una de las sesiones, me retiré al hotel con algo con lo que anestesiarme, y lo que encontraron al día siguiente ya no era yo sino mi futura leyenda.

Dios, cómo me gustaría haber visto vuestra reacción al escuchar aquellas canciones nuevas. Sobre todo la que había escrito Kris Kristofferson, la que empezaba: “Sin un duro en Baton Rouge, esperando un tren…” No estaba nada mal, ¿verdad?

El mito

Esta ya no soy yo, Janis, sino el mito de Janis: el póster, el símbolo, la influencia. Durante este casi medio siglo habréis leído mucho sobre mí, pero dejadme deciros un par de cosas. Mientras duró, actuar cada noche fue lo más divertido del mundo, y nunca fui tan feliz como dentro de una canción. Es cierto que ahí llegué a pellizcar la libertad total y, ¿os cuento un secreto? Quemaba. Quemaba muchísimo.

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Los blues no tienen final feliz
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Sociólogo. Colaborador habitual en prensa musical, incluyendo las revistas 'Ruta 66', 'Mondo Sonoro' y distintas publicaciones online.

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