Hacia un discurso feminista coherente sobre la gestación subrogada En red, Opinión

Construir sociedades más igualitarias implica poner en tela de juicio, y por lo tanto politizar, someter a discusión pública, deseos personales supuestamente intocables. Bastaría con tratar de experimentar formas de relacionarnos con la crianza más ajustadas a una sociedad formada, nos guste o no, por seres interdependientes.

Marisa Pérez Colina (Fundación de los Comunes)

Ilustración: Núria Frago

Ilustración: Núria Frago

Cabría echar mano de la palabra feministización pero se atraganta un poco. Lo importante es, en todo caso, saber de lo que hablamos. Y hablamos de inspirarnos en las prácticas feministas y de emplear su caja de herramientas para, desde esta óptica, aportar nuevos paradigmas posibles en pos de sociedades más justas y alegres (que no felices). En este sentido, la invitación de Teresa Maldonado es una casilla de partida muy productiva de cara a un debate cada vez menos esquivable:

Sabiendo que no todas las feministas diremos lo mismo (pues buenas somos) deberíamos esforzarnos por esbozar un discurso coherente. Eso permitirá un debate medianamente centrado entre nosotras. Aprovechemos esta ocasión para tenerlo, y no repitamos los errores del debate feminista sobre prostitución. O mejor: intentemos de nuevo ese debate, pero en condiciones, renunciando a la intransigencia del “conmigo o contra mí”. Somos muchas las que estamos hartas. Y además, creemos que hay que hacer política feminista.

La urgencia de un debate amplio sobre gestación subrogada viene impuesta por varios factores principales: el legal, esto es, la extensión de su práctica y la tendencia hacia su regulación en cada vez más países; el económico, ya que se trata de un nuevo nicho de negocio en el terreno de la mercantilización del trabajo reproductivo que la voracidad del mercado neoliberal no va a dejar escapar; el político, pues los partidos reciben presiones de diferentes lobbies y colectivos de votantes potenciales interesados en la regulación; el social, por último, porque cuando la infertilidad, el envejecimiento y la diversidad se convierten en características en auge de los hogares ubicados en el denominado capitalismo occidental avanzado, los deseos de maternidad/paternidad aspiran a convertirse en derechos.

Por rebelarnos a esta urgencia impuesta —e incompatible con el reloj necesariamente lento con el que deberían abordarse las realidades complejas— y, al mismo tiempo, no perder un minuto ante la que se nos echa encima, la peor forma de hincar el diente a la cuestión parece ser aquella que la reduce al perverso dilema de regular o no regular.

Quizá finalmente no quede otra que desembocar ahí (o no), pero de momento merece la pena ampliar el foco y problematizar la cuestión tirando de una caja de herramientas feminista.

La vida en el centro

Declinar esta consigna al caso de la gestación subrogada nos ayuda a no reducir el deseo de maternidad/paternidad insatisfecho a un problema jurídico —limitando la discusión a si este debería alcanzar (o no) el estatus de derecho—, para poder afrontar el problema político que este deseo frustrado realmente señala: la organización de la economía bajo unas reglas capitalistas y patriarcales. Dichas reglas determinan prioridades productivas que atentan en múltiples ocasiones contra las posibilidades reproductivas de la especie humana.

El abanico de prácticas que han derivado en la disminución de la fertilidad humana es, en consecuencia, muy extenso. Tenemos, de entrada, una agricultura que emplea pesticidas y plaguicidas de forma generalizada, con graves consecuencias para la salud en general y para la salud reproductiva en particular. Padecemos además, y sobre todo, un mercado laboral cada vez más enfrentado a las prioridades de la vida, esto es, al reparto de la riqueza, para empezar, pero por supuesto también a la valoración de los trabajos de crianza, de atención a la enfermedad, de fortalecimiento del tejido social o de construcción de espacios de sociabilidad y politización. Del capitalismo industrial heredamos, por un lado, unos tiempos de producción —duración de la jornada laboral, relación tiempo de trabajo/tiempo de vida— completamente ajenos a las necesidades de una sociedad de los cuidados, pero también una división sexual del trabajo que deja en manos de las mujeres la carga principal de la reproducción social, mayoritariamente no valorada ni económica ni socialmente.

En tiempos de derrumbe del Estado del bienestar y de precarización (y extinción) del empleo como forma de acceso a derechos y renta, la violencia que esta economía genera sobre los trabajadores es aún mayor, y se eleva al cubo en el caso de las trabajadoras. Es por esto que hablamos de feminización de la pobreza. Para tratar de esquivar esta violencia (o para sobrevivir a pesar de ella), el camino hacia la autonomía “elegido” por muchas mujeres ha pasado tanto por renunciar a la maternidad (que tampoco es un deseo de todas las mujeres), como, en la mayor parte de los casos, por retrasar la edad de la misma. Así pues, si en 2007, la edad media de las madres primerizas en España era de 29,4 años, en 2014, crisis mediante, esta edad media asciende 1,1 años situándose en los 30,6. El Estado español tiene así, junto a Grecia, la tercera tasa de fertilidad más baja de la Unión Europea en 2015.

Estamos, por lo tanto, ante un problema objetivo. Un problema al que el mercado neoliberal responde con la gestación subrogada, esto es, con una nueva propuesta de mercantilización de las mujeres, convirtiendo en negocio su capacidad reproductiva. Un negocio en el que el patriarcado se cruza, como siempre, con la clase y las relaciones coloniales, de forma que las y los subrogadores serán, en un mercado que es global, casi siempre más ricos y más blancos, y las subrogadas (aquellas que gestan y paren hijos para otrxs) siempre más pobres y de piel más oscura. Desde el punto de vista de la emancipación social, las respuestas habrían de centrarse, sin embargo, en resolver los problemas anteriormente expuestos de división sexual del trabajo y de organización de la economía en torno a la consecución del beneficio. No es necesario esperar una revolución. Hay infinidad de cambios que cabría ir implementando o acelerando, desde el establecimiento de permisos por nacimiento y adopción iguales e intransferibles, a la aplicación de una renta básica universal, pasando por un reparto más igualitario de las tareas de cuidados entre los diferentes sexos y/o identidades sexuales, por una mayor responsabilidad común y pública sobre las mismas, por una reducción de la jornada laboral, por un diseño urbano más fértil y ecológico en relación a los espacios de encuentro y de socialización de las tareas de crianza.

Lo personal es político

La difuminación de los muros entre las esferas doméstica y personal y la esfera política ha logrado devolver los asuntos relativos a las relaciones de poder entre los géneros y a la violenta construcción de los mismos al lugar que les corresponde, esto es, el de los asuntos comunes. Cuestiones tan sangrantes como la violencia doméstica sobre las mujeres y las identidades y prácticas sexuales rebeldes a la norma heteropatriarcal han podido ir liberándose de sus respectivos armarios, para politizarse, es decir, para convertirse en sujetos de transformación colectiva. Gracias a este proceso, en el que el feminismo ha sido un motor fundamental, han podido señalarse múltiples y muy graves discriminaciones y desigualdades, e incluso ir superándolas en dirección a una sociedad más plural, más respetuosa de las diferencias, más rica. Fruto de esto es, entre otros muchos, la miríada cada vez más diversa de hogares o familias existentes en los países occidentales.

A la vez, y de manera contradictoria con lo anterior, las sociedades occidentales han llevado a cabo un recorrido inverso, esto es, han ido despolitizando asuntos de interés general para convertirlos no tanto en personales como en individuales (y el matiz no es baladí) y, por esta razón, en incuestionables colectivamente. Aquí es donde una emancipación mal entendida, esto es, interpretada como un camino a realizar únicamente en solitario, conduce a aquello que los lacanianos llaman, en un acertado análisis de la sociedad contemporánea, el imperativo de felicidad. Este imperativo se traduce en una búsqueda de felicidad a toda costa, esto es, caiga quien caiga, e incluso en detrimento de la misma felicidad perseguida.

En otras palabras: andamos sometidos y sometidas a un mecanismo —tanto más poderoso cuanto más arriba nos hallemos en la miserable pirámide de la creciente polarización social— absolutamente perverso y funcional al capitalismo. Se trata de pensar que nada puede detenernos en la persecución de un deseo que hemos determinado como imprescindible en la consecución legítima e incuestionable de nuestra felicidad. Si trasladamos este imperativo al problema de la infertilidad, el viaje nos lleva, en primer lugar, al mundo —no poco herido ya de felicidades frustradas —de las técnicas de reproducción asistida y de este, por desgracia, a su exceso ético: esto es, a aquello que desborda el estatus de técnica para convertirse en otra cosa, es decir, la gestación subrogada. Obligadxs a ser felices, si decidimos que la experiencia de la maternidad o paternidad es un sine qua non para ello, ni la salud, ni la edad, ni el sexo van a ser obstáculos al alcance de nuestro objetivo. Con matriz o sin ella, con 50 años o con 70, nuestro deseo puede hacerse realidad… siempre y cuando las leyes no lo impidan y dispongamos, claro, de los recursos económicos necesarios.

Esto que puede parecer una lectura moral de la subrogación, solo pretende ser un análisis radicalmente ético. Y los dos ejes éticos que, desde nuestra perspectiva, habrían de ordenar el plano de una sociedad más justa y emancipada no deberían ser tanto unos deseos de felicidad individual imposibles de colmar, como la superación de las relaciones de explotación y el desarrollo de nuevas capacidades colectivas e individuales para resolver nuestras limitaciones, reales o subjetivas. Aquí tampoco parece imprescindible esperar a una transformación antropológica de la especia humana. Bastaría con tratar de experimentar formas de relacionarnos con la crianza más ajustadas a una sociedad formada, nos guste o no, por seres interdependientes. Una relación con la crianza, y con la infancia en general, que tienda a desplazar el lazo consanguíneo y las trascendencias biológicas, filosóficas y, sobre todo, económicas, para ir probando nuevas formas de sostén de la infancia más desprendidas de posesión y más atrevidas y generosas con prácticas de socialización. Para construir sociedades más igualitarias en todos los aspectos parece obligado, en consecuencia, poner en tela de juicio, y por lo tanto politizar, someter a discusión pública, deseos personales supuestamente intocables.

A modo de inconclusión: algunas preguntas y una recomendación para continuar el debate

Es posible que esto de arremeter contra la felicidad individual no tenga muy buena acogida. Preguntémonos, entonces, que pasará cuando “los deseos” se conviertan en “comodidades”: ¿seguirá pareciendo legítimo alquilar el vientre de otra mujer cuando una no quiera pasar nueve meses de embarazo por pereza, por no perder la figura… por no perder el curro? Otra reflexión que no cabría soslayar: ¿si nos parece un buen trato alquilar el vientre de otra mujer para tener una hija, nos resultará igualmente deseable que esta hija se convierta, en su día, en madre subrogada?

Proponer, por último, un documental susceptible de aportar bastantes claves para esta necesaria y compleja discusión: Google Baby

Marisa Pérez Colina participó el pasado lunes en este programa de ‘La Contraparte’ (Radio Vallekas) que recomendamos:

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