Si pudiéramos decidir Opinión, Voces

En Costa de Marfil, el matrimonio sigue siendo el único destino posible para las mujeres. Una mujer casada es respetable y responsable. Una soltera es una puta, mujer de mala vida. Binta se plantea el reto de sensibilizar para que a las niñas se las eduque como personas independientes y libres.

Binta*

Binta, natural de Costa de Marfil, de donde huyó de un matrimonio concertado, es solicitante de asilo. En la historia de vida que publicó Lucía Muñoz sobre ella, acaba contando que le gustaría ser periodista. Tomamos nota y la invitamos a que escribiera un artículo sobre un tema que le inquiete. Aquí está.

Me llamo Binta. Soy marfileña y tengo 24 años. Soy la más pequeña de una familia de mujeres y creo que soy la más ‘rara’. La pequeña con ideas de grandes. La pequeña que quiere cambiar las cosas. Una ambición muy grande que para muchos, para mi familia en mi caso, es casi ridícula. ‘Rara’ no sé, pero cambiar las cosas si sé que se puede. Se puede si algún día empiezo. Es lo más difícil, pero algún día habrá que empezar. Pretendo hacerlo llevando a la luz las historias de muchas mujeres que por varias razones no pueden hablar. Empiezo escribiendo, un paso pequeño, pero paso de gigante.

El matrimonio forzado es una realidad bien conocida de muchas mujeres africanas, ya sean de Somalia, Etiopía ,Guinea ,Senegal, Marruecos o de Costa de Marfil. Este último es el país de donde vengo; para quienes no se ubican: es un pequeño Estado de África del Oeste rodeado de Liberia, Ghana, Guinea, Burkina Faso y Mali. Un país multicultural con más de 63 dialectos diferentes. Adoro mi país, por eso quiero ver un cambio en las mentalidades. La sociedad africana en general, y la marfileña en particular, ha conseguido hacer que las mujeres vean el matrimonio como una obligación o, peor aún, como una puerta salvadora. Las mujeres poco a poco se lo han transmitido a sus hijas, que ahora están convencidas de que sin un hombre no son nada. Si a los 18, 20, 25, 30, 35, 40 años no estás casada, habrás fracasado en la vida.

Me hubiera encantado que, en vez de educar a las niñas o prepararlas para su futura vida de casadas, las madres, que en muchos casos han vivido situaciones similares a las de sus hijas, les enseñaran a ser mujeres independientes, libres de sus elecciones, libres del peso del matrimonio, decididas a estudiar, a trabajar, a luchar. Pero la culpa no la tienen las madres. Solo aplican lo que ellas mismas han recibido de sus madres, ideas con las cuales han crecido: hay que respetar y satisfacer a su marido. Es decir, vivir en función del querido esposo. Viviendo en un mundo de hombres, aunque muchas veces no lo quieran, se conforman ellas también a la voluntad de los padres que son los verdaderos maestros en este maldito juego.

Decía que las madres, encargadas de la educación de las niñas (es así, en general, en muchos países africanos), preparan a las niñas desde pequeñas para que atiendan a sus maridos. Tienen que saber cocinar para su marido, tienen que saber limpiar para su marido, tienen que saber cómo comportarse con los amigos y familiares de su marido, tienen que ser mujeres atentas, educadas, comprensivas, dulces, sin opinión, porque el hombre siempre sabe lo que es bueno y sus decisiones son las mejores.

Una mujer sin un hombre que la apoye no pinta nada en la sociedad. Veo tan falsa esta idea que me parece incluso ridícula. Me caso si quiero y me quedo soltera si quiero; lo más importante es ser feliz y sentirse libre, ¿no? Pero muchas niñas crecen con esta línea de vida ya dibujada y no les queda otra que conformarse muchas veces con lo que diga su madre. Ella sabe más que nadie lo que te conviene. Hasta elegir el futuro marido. En efecto, en algunas partes de Costa de Marfil, los padres son los que se encargan de elegir el novio perfecto para sus hijas.

Cuando llega el gran momento de decidir con quién va a pasar la niña el resto de su vida, se aparta a la madre porque las cosas importantes son cosas de hombres. A ellos les corresponde la decisión, aunque frente al dinero todo está ya decidido. El padre, con los tíos y a veces los primos, se reúne para fijar las fechas de los rituales tradicionales que sellarán la vida de la niña a la de un abuelo ya casado con unas cinco o seis mujeres, y cada una con seis o siete niños por lo menos. Incluso, a veces los hijos del futuro marido son mucho más mayores que la futura esposa; pero todo el mundo se tapa los ojos. En estos momentos las madres tienen el papel de asegurar a la niña de que todo va ir bien, que con el tiempo se acostumbrará; como ella también lo hizo. Un círculo vicioso cuya cadena merece la pena romper algún día.

Hay que respetar los criterios de los padres; da igual si la niña será feliz o no. Ella no tiene nada que decir; de lo contrario, es una mala hija que deshonra a su familia.

Una mujer que pide el divorcio es muy mal vista porque, aunque no sea feliz, aunque esté encerrada en un matrimonio que no le va bien, aunque el esposo la engañe (se dice que un hombre puede ser infiel y no pasa nada) o la trate mal, tiene que intentar arreglar las cosas, tiene que aguantar y estar siempre al lado de su querido marido. Hay padres que van a pedir perdón al marido infiel cuando su hija se va de la casa. El hombre siempre lleva razón.

En un futuro, mi lucha será ésta: sensibilizar, ayudar a un cambio de mentalidades sobre todo en las jóvenes. Que toman consciencia de que es SU vida y son ellas quienes tienen que decidir.

Visto desde fuera, con los ojos europeos, parece increíble, pero para una persona africana estas cosas ya se han convertido en hechos normales de toda la vida. Todos lo saben y muy pocos reaccionan. La pobreza es unos de los motivos más grandes. Una familia pobre a quien un hombre de 60 años propone una cierta cantidad de dinero por llevarse su niña de 13 años no se lo piensa mucho y se aprovecha de su ‘suerte’; sin que nadie se pregunte qué va ser de la vida de esa niña con ese monstruo. Aparte de la pobreza, las costumbres africanas y la ignorancia hacen que las familias destruyan sin darse cuenta de la vida de niñas inocentes. En ciertas partes, llevar una chica a la escuela es una pérdida de tiempo enorme. Porque su sitio está en la cocina al lado de su madre para aprender a ser una buena esposa. Mientras que el chico si que merece ir al colegio para saber y formarse.

Eso a mí me parece injusto. Lo que creo es que todo el mundo tiene que tener las mismas oportunidades. De eso me viene mi nombre de ‘rebelde’. Siempre me ha dado rabia ver cómo por el hecho de nacer mujer tenemos mucho menos derechos. Me rebelo contra un sistema que nos quita la libertad de actuar. Mi madre solía decir: “No entiendo cómo has nacido tú, cuando todo el mundo va al Norte, tú y solo tú vas al Sur“. Creedme, que no era para felicitarme. Pero soy como soy y nada más. Creo que ese carácter me viene de la curiosidad de saber cómo van las cosas en otras partes del mundo, de siempre preguntarme si algunos métodos que empleamos son buenos, sobre todo porque escuchaba testimonios de chicas casadas por la fuerza que lo contaban como la peor experiencia de su vida. No es que casarse sea malo, porque hay mujeres casadas muy felices en su matrimonio, pero casarse sin elección eso sí que me parece injusto. Todo el mundo merece ser feliz y sobre todo tiene derecho a elegir.

Mi texto no estaría completo si no hablase de una práctica que aún en el siglo XXI sigue siendo una realidad muy dura para muchas niñas africanas. En efecto, el matrimonio por obligación es una vergonzosa práctica vigente en varios países africanos que merece la pena sacar a la luz. ¿Matrimonio como salvación? ¡Qué tontería! Si lo único que desean estas niñas es justamente salvarse de las cadenas y del peso de una unión que no han elegido y en la que muchas veces ni siquiera se les permite opinar aunque se trate de sus vidas. El matrimonio por obligación es el tema que más me preocupa. ¿Por qué? Porque creo con todas mis energías que cada una tiene el derecho a elegir con quién, cuándo y a qué edad casarse.

Lo que más me apena es que niñas de apenas 12, 13, 14, 15 o 16 años están obligadas a unir su vida a personas que ni siquiera han elegido. Son en general hombres diez veces mayores que solo se quieren aprovechar y destruir la inocencia de niñas pequeñas. Alguien me preguntará: ¿no hay nadie allí que pueda luchar por ellas? Las habrá, pero existe miedo a contar tu historia a alguien que muchas veces en vez de ayudarte te traerá más problemas. La ignorancia, el respeto hacia los padres o las amenazas son algunos de los motivos que frena a las más valientes, que alguna vez habrán soñado en confiárselo a alguien. Sin elección, se dejan llevar en un matrimonio que les roba su niñez, su adolescencia, su juventud, sus sueños, sus vidas.

¿Salir? Nadie sale de esto. Una vez casada estás obligada a vivir según los humores de tu ‘querido esposo-abuelo’ (así les llamo yo porque es lo que son, abuelos sin vergüenza), que se cree con el derecho de violarte si le da la gana, hacerte parir un montón de niños según su santa voluntad y hacer de ti lo que le dé la gana, en nombre de las costumbres africanas. ¡Sí! Es lo que te dirán: las cosas siempre han funcionado así, nuestros antepasados lo hacían y no es malo.

¿En nombre de qué costumbre hay que sacrificar así la vida de niñas que solo quieren vivir? Me pregunto yo. Tenemos costumbres muy buenas que ayudan, en caso de conflictos, a resolver problemas; pero una costumbre que en vez de ayudar al desarrollo de una persona le quita su libertad, yo digo que no merece la pena mantener. ¿Los antepasados lo han hecho y entonces es bueno? No necesariamente. Eran humanos y se pueden equivocar… podemos guardar lo bueno de nuestras culturas y dejar lo que hace daño, lo que hace sufrir. ¡La mutilación genital es un otro tema! Pero eso lo dejo para otro artículo.

 

*Podéis conocer a Binta y su historia en este reportaje.

 

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