Nuestros cuerpos atrapados en la batalla En red, Opinión

En la guerra que se ha iniciado entre España y Catalunya parece que todo vale. Instrumentalizar la violencia sexual, por supuesto, también. Me preocupa que una alcaldesa o un alcalde pueda ser perseguido por la justicia por haber denunciado la violencia sexual que han sufrido sus conciudadanas.

Ada Colau. / Foto: Wikimedia Commons

Ada Colau. / Foto: Wikimedia Commons

Escribo este artículo bastante agotada en muchos sentidos, con las ideas desordenadas y la cabeza embotada por muchos días de torbellino emocional. Escribo por una cuestión concreta, preocupada de que las feministas de Catalunya no podamos atenderla con todas las urgencias que vivimos estas semanas. Por eso escribo, y lo hago aquí, para pediros a las demás que le sigáis la pista al tema y para dejarlo, yo personalmente y sin estar hablando en nombre de nadie, en vuestras manos.

En Catalunya ahora vivimos en un espacio y tiempo propios, en un bucle emocional intensísimo donde muchas de nosotras no sabemos ya ni qué sentimos. Algo que va mucho más allá de lo que pensamos y que demuestra lo inútil que es el binarismo para contener la complejidad de la existencia. Un momento de escalada sin freno donde a cada instante se nos aparece algo nuevo y tan urgente y desproporcionado como lo sucedido en el momento anterior, y donde apenas tenemos tiempo para responder.

El domingo, durante la celebración del referéndum por la independencia, empezó a circular un audio por whatsapp en el que una mujer explicaba llorando la agresión que había sufrido por parte de las fuerzas de seguridad, que incluía tocamientos. Sinceramente, a estas alturas de la película y de mi vida no voy a caer en la tontería de aclarar qué fuerzas fueron: lo que define la agresión no es que fueran policías nacionales o mossos d’esquadra, sino el hecho de que eran hombres uniformados y henchidos de poder y desprecio hacia nosotras. A lo largo del día estas historias se fueron repitiendo, pero no son historias únicas de ese día: son una vez más la constatación de que nuestros cuerpos violables son campos de batalla y son un elemento clave en las guerras que estamos librando… o que están librando a través de nosotras.

Las mujeres, desde siempre, somos consideradas la encarnación de la patria, de la tierra, y ambas, la tierra y las mujeres, somos consideradas propiedad de los hombres: violarnos y violentarnos sexualmente forma parte de la guerra de unos hombres contra otros hombres, que se atacan entre ellos a través del cuerpo de ‘sus’ mujeres, en una metáfora de la posesión de la tierra misma. La violencia sexual contra nosotras también es una forma de aclararnos que el espacio público no es nuestro lugar. Más aún en contextos históricos donde las normas de género se exacerban y la masculinidad guerrera (esa que ahora ya sabe llorar mientras sigue dando palos) se impone en todos los ámbitos.

En todas estas vueltas de tuerca que está dando el presente en Catalunya, hace unos días nos despertamos con una nueva: la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, denunció en declaraciones públicas los abusos sexuales por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado durante el 1 de Octubre, y el Ministerio del Interior ha trasladado a la Fiscalía estas declaraciones por si fuesen constitutivas de delito de injurias.

La denunciante por violencia machista que acaba siendo denunciada es, desgraciadamente, un clásico. El acoso y derribo que conlleva una denuncia mediática, como el que ha sufrido Marta Torrecillas por aquel whatsapp es una de las maneras más claras de advertirnos sobre el altísimo precio a pagar por hablar en voz alta de lo que nos está sucediendo, colectivamente, a los cuerpos violables. Cuando en estos mismos cuerpos se cruzan las intersecciones de raza, las violencias administrativas por cuestiones de residencia, y la clase, el resultado es simplemente espeluznante, y la vulnerabilidad y desprotección también*.

En la guerra que se ha iniciado entre España y Catalunya parece que todo vale. Instrumentalizar la violencia sexual, por supuesto, también. Porque nuestros cuerpos, bien lo sabemos, son un campo de batalla. Este caso se va a explicar como parte de una batalla institucional. Tal vez lo sea también, no es lo que más me preocupa. Me preocupa que una alcaldesa o un alcalde pueda ser perseguido por la justicia por haber denunciado la violencia sexual que han sufrido sus conciudadanas.

Siempre he creído, como feminista, que hay momentos y cosas que pasan por encima de las rencillas y las diferencias. Momentos que nos permiten cuidarnos colectivamente y mostrar, mostrarnos, que somos red a pesar de las grietas y las contingencias. Lo he vivido cuando recibo amenazas de grupos fascistas y personas con las que tengo grandes diferencias políticas e incluso personales me escriben para decirme que están ahí para lo que necesite. Esa es para mí la dignidad del sujeto político, con ese gesto mido yo su grandeza, más allá de su ideología. Eso es lo que para mí da sentido a la idea de un mundo distinto y mejor. No sé si pensaréis que este tema merece atención o es trascendente para todas. Pero yo me alegro de poder sentir que lo dejo en vuestras manos y que puedo estar tranquila dejándome caer en vuestro criterio, sea cuál sea. Gracias por existir.

 

*Echad un vistazo al volumen ‘Cultura de la violación’, editado por Antipersona, y veréis la violencia de los cruces de machismo y racismo sobre los cuerpos de las mujeres racializadas para ponerlo todo bajo un foco más amplio.

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