El arte de las oprimidas Crónica, Ficciones

La artista británica Margaret Harrison trae a Azkuna Zentroa (Bilbao) una muestra que reúne sus cincuenta años de lucha feminista, caracterizada por su conciencia antimilitarista y de clase. Se podrá visitar hasta el 14 de enero.

Danilo Albin

Margaret Harrison, durante la presentación de la muestra en Azkuna Zentroa.

Margaret Harrison, durante la presentación de la muestra./ Archivo de Azkuna Zentroa.

Una sala de exposiciones repleta de símbolos, obras y objetos que van más allá del arte. Una pared desnuda que hoy se viste de imágenes. Y de voces. Están los susurros de las mujeres que tenían miedo de salir a la calle y ser violadas. Están los gritos de las que dijeron no a la guerra. Están los pasos de aquellas que plantaron cara a los explotadores, o de los policías que fueron a clausurar una creación artística por ser tan sublime como directa. También está su autora. Se llama Margaret Harrison, es británica y lleva cincuenta años en esta trinchera.

Desde el pasado viernes 20 y hasta el próximo 14 de enero, el espacio de exposiciones de Azkuna Zentroa (La Alhóndiga) de Bilbao acoge ese medio siglo de luchas creativas que impulsó esta artista, considerada una auténtica pionera de lo que entonces se denominó “arte feminista”. Se trata de una ocasión histórica: tras varios meses de trabajo, la sala bilbaína ha logrado reunir en un mismo espacio los distintos momentos de la prolífica carrera de Harrison.

El viernes, cuando la creadora inauguró formalmente la muestra, una marea humana iba detrás de ella, buscando cada anécdota y cada reivindicación. Sus explicaciones en inglés eran traducidas por el comisario de la exposición, el experto en arte feminista Xabier Arakistain. Antes de empezar, la artista británica se disculpó por no hablar euskera ni castellano. Y lo hizo a su manera, reivindicando a quienes sufrieron y sufren las políticas centralistas de los gobiernos. “Como nací en el norte de Inglaterra, no tenía esperanzas ni siquiera de llegar a Londres, así que nunca pensé que iba a salir al extranjero”, disparó.

No lo imaginaba, pero salió. La primera vez fue a principios de los sesenta, cuando se desplazó a la Academia de Bellas Artes de Peruggia (Italia). Allí se graduó en 1964. Seis años después, otra vez en Londres, participó en la fundación de un movimiento que dejaría huella: el London Women’s Liberation Art Group. Era la lucha por los derechos de las mujeres llevada al mundo del arte. O mejor dicho, se trataba de emplear el arte –en el más amplio sentido del término- para ponerlo al servicio de la liberación feminista. Sólo había un detalle: corría 1970, y las autoridades (masculinas, fundamentalmente) no lo veían tan claro.

Harrison lo vivió en carne propia en 1971, cuando la Policía irrumpió en una de sus exposiciones para cerrarla. El motivo, según esgrimieron aquellos hombres armados, era una “delictiva” pieza que enseñaba a Hugh Hefner, fundador de la revista Playboy, convertido en conejita. El cazador cazado. El creador de objetos reducido a objeto. La muestra que incluía a Hefner en plan mamífero cuadrúpedo fue clausurada, perseguida, criticada… Y Margaret sonrió. Era solo el inicio de una carrera, de una pelea y de una vida dedicada a enseñar lo que el dueño de Playboy y sus serviciales policías no querían ver.

Explotadores

Harrison enseña una de las pinturas que componen la exposición./ Azkuna Zentroa

Harrison enseña una de las pinturas que componen la exposición./ Azkuna Zentroa

Sus denuncias también apuntaron hacia las fábricas. Arte mediante, advirtió sobre las situaciones de explotación laboral que padecían las trabajadoras. ‘Mujeres y trabajo: un documento sobre la división del trabajo en la industria 1973-1975’ rompió esquemas de todo tipo y consiguió llegar hasta la South London Art Gallery. De allí saltó a otros reputados centros culturales británicos. Por primera vez en la historia de ese territorio, el arte de marcado carácter feminista y social conseguía romper candados y entrar a lugares hasta entonces vetados.

De todo esto habla la muestra ‘Diálogos entre el sexo, la clase y la violencia’ que se ha inaugurado en Azkuna Zentroa. “Si fue la generación de las abuelas de Margaret Harrison la que gracias al sufragismo consiguió el voto para las mujeres, ha sido la de Margaret la que abrió definitivamente a las mujeres las puertas del campo del arte”, reflexiona Arakistain, quien hoy recuerda aquel día en el que vio por primera vez la obra de esta artista. “Me impactó la contundente apuesta visual para evocar la intersección entre la categoría de sexo y de clase social que estableció en los años setenta. Esa es una relación que no se trabajó demasiado en la escena del arte feminista de aquellos años, y lo que se hizo sobre ella apenas está siendo rescatado y visibilizado en este momento en el que el arte feminista parece estar poniéndose de moda”, subraya.

En ese contexto, la exposición arranca precisamente con la reproducción de su primera muestra individual en 1971, exactamente la misma que la Policía clausuró 24 horas después de su inauguración. También están sus trabajos relacionados con la explotación laboral y sexual de las mujeres, centrados principalmente en denunciar las indignas condiciones que las trabajadoras enfrentaban en el mundo de la industria británica a principios de los años setenta. Precisamente, Harrison consiguió algo inédito a comienzos de los setenta: convertir las denuncias contra las violencias ejercidas hacia las mujeres –desde la explotación por parte de la patronal hasta su utilización como burdo objeto sexual- en piezas de arte. No en vano, sus trabajos fueron entendidos y valorados por su inocultable significado social.

De repente, Harrison se detuvo frente a una pieza que llevaba como título, en inglés, la palabra “violación”. Entonces clavó la mirada en esa creación. Se hizo un silencio. “Todas las mujeres que conocía estaban preocupadas de volver a casa por la noche”, recordó. Fue por eso, precisamente, que ella decidió convertir ese miedo en arte. Y también en denuncia. “Gracias por la radicalidad política y la belleza estética de tu trabajo”, le había dicho unos minutos antes Arakistain.

Contra la guerra

Margaret Harrison explica el contenido de la sala dedicada al campamento antimilitarista Greenham Common./ Azkuna Zentroa

Margaret Harrison explica el contenido de la sala dedicada al campamento antimilitarista Greenham Common./ Azkuna Zentroa

Esa radicalidad y belleza también se condensa en otra de las salas, quizás una de las más simbólicas y especiales que contiene esta exposición. El espacio lleva el nombre de ‘Greenham Common’, el campamento de mujeres pacifistas que se instaló en 1982 junto a una base aérea de la Royal Force británica. Aquel año, un grupo de mujeres se encadenó a la valla que rodeaba la base para protestar contra la decisión del gobierno de aceptar misiles nucleares provenientes de Estados Unidos.

“Estuve varias veces en ese campamento de mujeres”, recordó Harrison. Contó también que las participantes solían colgar fotos u otros elementos de la alambrada. Ella, al igual que otras, dejó las fotos de sus hijas. Así queda reflejado en la exposición, donde también hay un guiño a otra acción emblemática que desarrollaron las impulsoras del campamento por la paz: “En 1983, 12 mil mujeres rodearon la valla del campo con espejos, para que los militares viesen la imagen que estaban proyectando”, rememoró.

El espacio dedicado a aquella histórica lucha antibelicista está coronado por una frase de la escritora y periodista feminista Virginia Woolf. “La mejor forma de prevenir la guerra no es repitiendo vuestras palabras ni siguiendo vuestros métodos, sino encontrando nuevas palabras y creando nuevos métodos”. Ni una palabra más.

Desobedecer

Carteles sobre distintas luchas feministas que forman parte de la muestra./ Azkuna Zentroa

Carteles sobre distintas luchas feministas que forman parte de la muestra./ Azkuna Zentroa

Entre vallas sobre la que cuelgan objetos, vitrinas que encierran recortes de periódicos y paredes sobre las que cuelgan pinturas se llega, ahora sí, al final de la muestra. Harrison se sitúa entonces frente a la pieza titulada ‘La última mirada’, que resultó premiada en 2013 con el Northern Art Prize. La creadora cuenta que se inspiró en ‘The lady of Shallot’, un poema de su compatriota Alfred Tennyson (1809-1892).

“Se trata de la historia de una mujer que tiene una maldición –relató-: está obligada a ver el mundo a través de los reflejos en los espejos. O lo que es lo mismo, a través de los ojos de otras personas”. Sin embargo, aquella mujer maldecida desobedeció. “Cuando miró de frente a Lancelot, se rompieron todos los espejos. Estamos ante una metáfora sobre las mujeres contemporáneas”, comentó Harrison. Frente a ello y frente a ellos, la artista propone seguir resistiendo. Y construyendo.

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Danilo Albín

Periodista. Escribo historias de aquí y allá. Lo importante no es llegar, lo importante es el camino.

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