¿Dónde estamos las mujeres indígenas lesbianas? Análisis, En red

Fátima Gamboa cuenta cómo es ser indígena y lesbiana. Desde su vivencia como mujer maya en México asegura que no existen asociaciones de mujeres lesbianas indígenas y que sus experiencias se viven, muchas veces desde la clandestinidad. Son urgentes respuestas y políticas que aborden de manera diferenciada la situaciones particulares por las que las mujeres indígenas lesbianas tienen que pasar a lo largo de sus vidas.

Fátima Gamboa. Abogada, activista y  maestrante en Derechos Humanos por la Universidad Iberoamericana, Fundadora del Colectivo Ma’alob Kuxtal  y Coordinadora del área legal de Equis Justicia para las Mujeres, integrante de la Red de Abogadas Indígenas de México.

La autora, Fátima Gamboa. 

1. Historias de discriminación en primeras personas

Decir quiénes somos y de dónde venimos implica mucho más que visibilizar. Decir quiénes somos es abrir camino en el mundo de lo imposible, impensable o inexistente, es emerger de varios sistemas de opresión: raza, género, clase, para mirarnos como una posibilidad en nuestras comunidades o barrios.

Soy Fátima Gamboa, maya por reivindicación y lesbiana indígena por elección. Soy mujer maya de primera generación en la ciudad, crecí en una colonia del sur de Mérida. Allí nos asentamos mi padre, mis primas, tías, toda la familia, toda una comunidad dentro de la cuadra. Mi experiencia de vida es cómo mujer maya de la periferia de la ciudad, pero mis vivencias cómo lesbiana se han construido en tres territorios, el de origen (Mérida), el profesional (comunidad) y el de migrante (Ciudad de México).

En estas líneas les comparto mi reflexión personal sobre mi experiencia como mujer indígena y lesbiana.  Sobre cómo los múltiples factores de discriminación múltiples, como la etnia y la clase, atraviesan la vida y por tanto merecen respuestas diferenciadas, políticas diferenciadas o, al menos, políticas más integrales que respondan a la diversidad de las mujeres.

Además de mi voz, en este texto comparto la voz de mis hermanas indígenas y lesbianas de varias comunidades y pueblos indígenas de México. Voces y sentires compartidos a través pláticas en encuentros feministas y en encuentros indígenas; voces con las que creamos espacios de confianza y redes para platicar de nuestro ser lesbianas.

El primer obstáculo que identificamos en estas pláticas es nuestro propio reconocimiento como lesbianas. Asumirnos o sabernos lesbianas cuando partimos de contextos de opresión y heteronormativos no es una tarea sencilla.  Algunas logramos encontrarnos y enfrentar la “normalidad”, pero otras pierden esa batalla.

1.1. Migración vs exclusión comunitaria  por orientación sexual 

Las lesbianas, especialmente las indígenas, como estrategia de supervivencia, vivimos nuestra preferencia sexual en esta especie de clandestinidad sexual.

Mi experiencia personal está llena de luchas perdidas contra mi misma en asumirme como lesbiana. De niña tal vez lo sentí, pero era una realidad desconocida para mí. No sabía que podía ser posible el amor entre mujeres. De joven lo sentí con más claridad, pero lo interpreté como emociones y deseos itinerantes. De adulta, me atreví, lo acepté, pero no lo compartí. Tuve que irme muy lejos de mi entorno natal para poder vivir mi sexualidad de manera más pública, más libre. Aquí, en Ciudad de México, esa posibilidad es real.

En Mérida, aunque sea una ciudad, hay mucha condena social, y en la comunidad donde viví, mucha más. Acá nos sentimos más libres, pero seguimos siendo heterosexuales a los ojos de nuestras familias y comunidades. Esto no es fácil, implica tener que esconder, quizás para siempre, una parte de tu identidad a tu familia y tu entorno para no sufrir discriminación y violencia.

La clandestinidad ha sido por años la estrategia de supervivencia del lesbianismo. Permanecemos ocultas en nuestras comunidades, sabiéndonos diferentes, reprimiendo lo que sentimos. La visibilización de los afectos que te permite una gran ciudad, vista desde el contexto comunitario, se considera casi un privilegio, gozoso pero también en conflicto, pues carece de la “bendición” familiar y comunitaria tan importante para todos nosotros.

Desde aquí, algunas preguntas resuenan constantemente en mi cabeza ¿Y las que se quedan? ¿Las que no quieren irse? ¿Qué de las que no pueden hacerlo? ¿Siguen condenadas a los afectos clandestinos? ¿Y si queremos volver? La lucha por una vida sin violencia en las comunidades requiere de otras estrategias que se adecúen al contexto y a las formas de violencia que estamos enfrentando. 

1.2. Discriminaciones clandestinas

 La violencia contras las mujeres lesbianas en las comunidades también es clandestina.  Pues una denuncia de discriminación o violencia implicaría visibilización en la comunidad, en la familia. Eso pone en riesgo nuestra integridad, nuestra vida. Esta clandestinidad lésbica es a la vez causa y efecto sobre la invisibilización de las problemáticas a las que nos enfrentamos.

El riesgo de denunciar ante dependencias gubernamentales puede implicar salir en prensa, o simplemente que llegue a oídos de la familia, en el trabajo, en la escuela, etc. Por eso apenas hay registros de casos. Y la falta de registro implica que no se considere un tema prioritario a trabajar, como si este tipo de violencia no existiera. Un círculo de violencia que queda marcada y oculta en nuestros cuerpos y nuestros sentires.

En consecuencia no hay información. No sabemos dónde o con quien acudir, ni parece existir alguna organización o institución que garantice nuestra seguridad tras una denuncia, o que los procesos se lleven de manera confidencial. Hay un riesgo real de que una denuncia desencadene mucha más violencia contra la denunciante. El desamparo sobre la garantía nuestros derechos como mujeres lesbianas indígenas es estatal, institucional y comunitario.

1.3. Cuerpos lesbianos prohibidos

En todo el país, las mujeres lesbianas sufren el castigo social y discriminación en el uso del espacio público por salirse de la heteronormatividad.

“Laura y Érika[1] caminaban en un Museo, agarradas de la mano, cómo muchas otras parejas. Sólo a ellas un policía les pidió se soltaran.”

Los espacios públicos son heteronormativos, pero también se ven atravesados por discriminación de  clase  y raza,  donde las manifestaciones de amor entre mujeres son castigadas dependiendo de las características físicas del cuerpo y el contexto en donde se ubique. ¿Es lo mismo ser lesbiana blanca y adinerada en un bar de la condesa, a ser una indígena lesbiana en el mismo lugar?

Bailando con mi hermana en un bar nos han pedido que paremos porque “estábamos mostrando lo lésbico”. No sé en qué manera el personal del bar interpretó que ¡con mi hermana! estaba “mostrando lo lésbico”, ni sé exactamente a que se refiere con eso. Soy consciente que no fuimos elegidas al azar de entre todas las parejas lésbicas y gays que aquel día bailaban en esa tarima, pues no somos el estereotipo hegemónico de belleza femenina, y supongo que a la gerencia del antro no le gustamos cómo parte del paisaje (o del decorado).

1.4. El trío perfecto en la discriminación 

Hablando de barreras y obstáculos no podemos olvidar el trío perfecto en la discriminación: la violencia familiar,  patrimonial e institucional. A menudo, en los círculos familiares se excluye a las parejas de mismo sexo, por no considerarlas parejas en todo su derecho. Y esto tiene importantes implicaciones.

En algunos centros de salud y hospitales a la pareja no se le permite pasar a visitas, o a la consulta.  Cuando Flor[3] murió, Mónica, su pareja desde hace años quedó sin nada. Todos los bienes adquiridos en el tiempo de su relación quedaron en manos de la familia de Flor. Según las instituciones correspondientes, Mónica tampoco tenía derechos a una pensión de viudez. Hay una diferencia muy grave en el acceso a los derechos entre parejas en función de su orientación sexual. De aquí la importancia de que el movimiento LGBT este en la lucha por el reconocimiento legislativo del matrimonio igualitario.

Trabajando en espacios comunitarios se asumió que, dado el estigma que existe sobre las mujeres indígenas lesbianas en las comunidades, mi orientación sexual podía afectar a la eficacia de los proyectos. De esta forma, yo no debía mostrar ni externalizar mi orientación sexual en la comunidad, con el fin de que este hecho no hiciera que las mujeres dejasen de acudir a pedirme asesoría jurídica. Muchas compañeras mayas, lesbianas, que viven en las comunidades, sufren el peso del estigma y son señaladas por machorras. La exclusión social, la discriminación de tu propia comunidad ha terminado en muchos casos con suicidios de mujeres.

2. Sumando ausencias

2.1. La heteronormatividad como un vertiente clave para entender y abordar el problema de las violencias contra las mujeres

Las mujeres heterosexuales son el paradigma de las investigaciones sobre violencia de género. Son también a quienes van dirigidas todas las políticas públicas para prevenir, atender y sancionar la violencia contra las mujeres. Sin embargo, este abordaje es deficiente. Las mujeres somos muchas y somos distintas. Ademas, una mujer nunca es solo “una mujer”. En la realidad el genero se cruza con otras categorías como por ejemplo, la etnia, estatus migratorio, y religión entre otros, lo cual afecta la manera en la que vivimos la violencia.

En mi trabajo en colectivos y asociaciones que trabajan contra la violencia hacia las mujeres desde la Ciudad de México o Yucatán, tampoco hemos cambiado de lógica. Seguimos implementando proyectos desde un sesgo heteronormativo. La mayoría de los proyectos tratan, sobre todo, de erradicar la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres en el ámbito de las relaciones de pareja o familiares. Debemos repensar estas prácticas y dinámicas. 

No se trata sólo de medir quién está más vulnerable a sufrir discriminación por su orientación sexual, también necesitamos ver qué tipos de violencia y discriminación se están dado en cada contexto, quiénes y cómo las perpetúan y hacia quienes van dirigidas. Existen innumerables estudios que abordan la violencia doméstica, callejera, política y laboral dirigidas a mujeres, que se presentan desde la perspectiva de la heterosexualidad.  Con esto me refiero a que todas las mujeres sufrimos violencia independientemente de nuestra orientación sexual, pero la violencia que se ejerce sobre las mujeres lesbianas tiene ciertas especificidades, y más aún cuando se trata de mujeres indígenas y lesbianas. Por ejemplo, a menudo son señaladas en la comunidad, obligadas a casarse, hay casos de violación correctiva, etc.

2.2. Fuera de la agenda feminista y de la agenda lésbica

Personalmente, opino que dentro del movimiento feminista y lésbico apenas se aborda “la especificidad” de las lesbianas indígenas. Hasta donde yo sé, no hay organizaciones de mujeres indígenas o redes de mujeres indígenas lesbianas desde las cuáles profundizar y reflexionar en otras violencias que existen desde el ámbito familiar, comunitario y urbano, y que afectan principalmente a las mujeres lesbianas y más aún a las lesbianas indígenas. 

De alguna manera el financiamiento está definiendo las agendas del movimiento feminista, de las Asociaciones Civiles y los Organismos Internacionales.  Y no hay financiamientos especialmente focalizados al trabajo con mujeres indígenas lesbianas. La agenda lésbica es segregada: las necesidades, violencias y discriminaciones que viven las mujeres indígenas quedan doblemente invisibilizadas, y no son consideradas como parte prioritaria desde el trabajo lésbico feminista, ni desde los grupos de mujeres indígenas. Las necesidades de las mujeres indígenas lesbianas como colectivo están completamente invisibilizadas en las agendas de desarrollo.

2.3. Pueblos indígenas: la lucha por los tres territorios. 

Esta situación (de invisibilización) no es diferente dentro del movimiento de los pueblos  indígenas en el país y dentro de las agendas internacionales de desarrollo. Las  prioridades de lucha del movimiento de pueblos indígenas se articulan en torno a la lucha por los derechos colectivos, la lucha por la tierra y el territorio. Dentro del movimiento de mujeres indígenas, tanto a nivel local, nacional e internacional, las prioridades de la agenda se centran en derecho a la salud y educación intercultural, derecho a una vida libre de violencia y participación política.

Es muy importante posicionar ciertos temas como tierra y territorio ante el despojo histórico y actual de nuestras tierras y recursos que está sufriendo el planeta y en particular, que están sufriendo los pueblos indígenas. Pero la orientación sexual no es algo secundario. Nuestro cuerpo, nuestros sentires, nuestros deseos, sueños y felicidad son parte de nuestra identidad como personas y cómo pueblo. La sexualidad es clave en el desarrollo sano de las personas y la convivencia en armonía en las comunidades, es clave para crear equilibrio en nuestras relaciones con otros seres y con la tierra. No se puede ser en un territorio, si no puedes desarrollar libremente tus afectos. 

Las mujeres indígenas lesbianas peleamos por tres territorios, el territorio-cuerpo como mujer sobre el que poder tomar decisiones libres, el territorio-cuerpo- corazón deseoso como lesbiana para poder elegir nuestros afectos y compañeras, y el territorio-tierra donde vivimos, desarrollamos y revitalizamos nuestra identidad y resistencia.

3. Yo soy lesbiana política indígena 

Podemos tener un posicionamiento político como lesbianas también desde nuestro indigenismo. Un posicionamiento político construido desde la historia personal de cada una de nosotras, desde nuestras diversas e interseccionadas formas de discriminación sufridas y ejercidas.

Yo soy lesbiana política indígena cuando:

  • Me permito sentir afectos, deseos y amor por una mujer, desde donde genero una resistencia en un plano muy personal de mi existencia.
  • Somos lesbianas políticas cuando nos hacemos consientes de esos afectos, y los asumimos como parte de nuestra identidad. Y los celebramos.
  • Cuando me declaro, de manera verbal o no verbal, a mi misma, a mis amigas o familia que me gustan las mujeres, que soy lesbiana, y que otras formas de relacionarse y amarse son posibles.
  • Somos lesbianas indígenas políticas cuando nos atrevemos, y decidimos iniciar una relación afectiva, sexual y amorosa con una mujer, en el ámbito de lo íntimo, aun sin hacerlo público, pues desde ese espacio se están generando micro-resistencias colectivas a la hetero-norma.
  • Es lesbianismo indígena político cuando compartes con el mundo tus afectos, sonrisas y la felicidad que te genera estar con tu pareja, otra mujer, en cualquiera de los espacios que elijas. Pero también cuando se comparten los errores y las violencias que ejercemos entre nosotras.
  • Y sobre todo, cuando de-construimos las maneras en las que se puede vivir el amor, lejos del concepto de amor romántico, lejos de las relaciones de poder y las convenciones.

Es necesario que desde los espacios feministas se tengan en cuenta las particularidades del ser mujer, lesbiana e indígena, en un contexto racista, clasista, machista y heteronormativo. Podemos empezar por algo tan simple como escuchar, escucharnos, y entender que su experiencia no es la nuestra, que su vida no es la nuestra, porque los sistemas de clase y raza determinan experiencias diferentes, somos agentes políticos diferentes, por eso, ser lesbiana tampoco es igual a ser mujer indígena y lesbiana.

Por supuesto sería genial que dejemos de guiar nuestras agendas únicamente por quien pone el dinero. Sería genial que las financiadoras apoyen propuestas de lesbianas indígenas y para lesbianas indígenas, pero si no lo hacen, debemos encontrar la forma de sacar a adelante las iniciativas, aunque sea de forma más autogestiva. Y puestas a soñar, ojalá desde la Academia se le diera el espacio necesario, y el Estado cumpliera con sus obligaciones de promoción, protección y garantía de nuestros derechos.

Mientras tanto, empecemos por platicar del tema dentro de los espacios organizados, sea de mujeres o de hombres, incluidas las organizaciones indígenas mixtas. Pero sobre todo, dentro de las organizaciones indígenas de mujeres, y sus redes. Nosotras mismas debemos construir y determinar cuáles son los caminos y procesos para la vivencia de los afectos lésbicos en las comunidades, en nuestras familias y en nuestras ciudades sin violencia. Somos muchas lesbianas e indígenas, y esperamos en algún momento estar listas para pensar formas y metodologías de trabajo en nuestras comunidades.

 


[1] Casos reales, nombres ficticios

[2] Casos reales, nombres ficticios

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