Vomitaré a los tibios – 3 razones por las que no tomar posición es tomarla Análisis, En red

Estos días ha tenido lugar lo que probablemente es la primera denuncia pública de agresiones machistas llevada a cabo contra un hombre prominente en el movimiento antiespecista. A pesar de la solidaridad manifestada por un número significativo de activistas a la persona agredida y del número reducido, aunque preocupante, de quienes se han solidarizado con el agresor, la mayoría de elles se ha abstenido — dicen — de tomar posición. Sin embargo, como lo defienden muches a la hora de grafitar murales y elegir camisetas, no tomar posición en situaciones de injusticia constituye, en sí misma, una toma de posición.

Catia Faria*

Imagen de Franchesca Ramsey (@chescaleigh en Instragram) con Cipriana Quann y Tk Wonder en MillionsMarchNYC

Imagen de Franchesca Ramsey con Cipriana Quann y Tk Wonder en MillionsMarchNYC.

1. La neutralidad moral no existe

Unos de los argumentos más usados por esta “mayoría silenciosa” ha sido la apelación a la neutralidad. La neutralidad es el nuevo hype. Consiste en la tendencia a no posicionarse en un conflicto, asumiendo que es la respuesta más objetiva a una situación en la que las partes mantienen posiciones irreconciliables. Sin embargo, la búsqueda de la objetividad no nos conduce a la neutralidad, sino que exige, eso sí, posicionarse a favor de la posición más razonable en disputa. Por tanto, la defensa de la neutralidad es ya, en sí misma, una posición no neutral, por lo menos de no neutralidad epistémica.

Ahora bien, cuando se trata de conflictos de naturaleza ética y política, hay razones todavía más fundamentales para rechazar las presuntas posiciones neutrales. Y esto porque la neutralidad, en tales contextos, es una posición a favor del status quo. Si el status quo es injusto, la neutralidad es, por tanto, y por omisión, una posición a favor de la injusticia. En este caso, la injusticia del reparto desigual de daños y beneficios entre individuos por razón de su género. En otras palabras, presumir de neutralidad en un contexto de injusticia patriarcal es favorecer a quienes se benefician de ella – opresores responsables de que, entre otros numerosos daños, agresiones como la descrita sigan teniendo lugar.

Esto no debería resultar sorprendente dada la alta valoración que gozan en el movimiento antiespecista las lúcidas palabras de Desmond Tutu, a saber, que “si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”.  Pero, una vez más, cuando se trata del género, una opresión a la que están sujetas, como mínimo, el 80% de quienes integran las filas antiespecistas, la consistencia se desvanece. A esto nos ha llevado también la mercantilización del feminismo con su trágica cristalización en eslogans aptos para el consumo. Recordando a El Roto de hace unos años: “Me he estampado el lema en la camiseta, ¿qué más puedo hacer?”

Una vez aclaradas confusiones e inconsistencias, algunes dirían, quizás, que la neutralidad no es una posición moral, sino una mera exigencia práctica que, aunque aparentemente insolidaria, sigue la aceptación de un importante principio recogido por el derecho: la presunción de inocencia. Veamos, entonces, si eso es así.

 2. La presunción de inocencia es restrictiva, incluso en el derecho

La presunción de inocencia es un rasgo importante de nuestros sistemas jurídicos. Se aplica de forma estricta, sobre todo, en procedimientos penales. Sin embargo, como es sabido, el mismo sistema jurídico reconoce que la mejor regla no siempre es que quien acusa debe probarlo. Ello es especialmente cierto cuando la persona acusada se encuentra en una situación de poder frente a la supuesta víctima. En estos casos, se establece la regla de inversión de la carga de la prueba. Es decir, es la persona en situación de mayor poder quien debe probar que actuó justamente. Así, incluso en el derecho, la presunción de inocencia se aplica de forma restrictiva.

Ahora bien, la apelación común a la presunción de inocencia en el ámbito extrajurídico se presenta como una táctica silenciadora, según la cual cualquier acción dañina que no haya resultado en una sentencia condenatoria no puede repercutir negativamente en la persona acusada. Esto es, obviamente, no haber entendido para qué sirve este principio y los ámbitos de su aplicación. Es absolutamente irracional sostener que sólo está justificado creer que alguien es culpable cuando así lo dice un tribunal. Defenderlo supondría aceptar acríticamente la inocencia de muches que, por su situación de poder, han sido injustamente absueltes de sus crímenes.

Más allá de estas consideraciones generales, no obstante, la apelación a la presunción de inocencia en los casos de agresiones machistas debe ser problematizada por razones adicionales.

En primer lugar, respecto de las agresiones sancionables por el derecho, hay una serie de hechos empíricos que hacen que lo racional sea creer en la veracidad de una denuncia por agresión. Por una parte, las interacciones con la policía, abogades y el sistema judicial imponen costes económicos, de tiempo y energía altísimos sobre quienes denuncian. Por otra parte, hay sólidas evidencias de que las personas que sufren violencia machista tienden a infradenunciar las agresiones que reciben. Además, cuando lo hacen, se enfrentan a obstáculos institucionales para que la denuncia sea perseguida. Los datos sugieren, pues, que cada vez que hay una denuncia por agresión, la probabilidad de que sea falsa es mínima y la probabilidad de que sea verdadera es muy alta. Por tanto, estamos racionalmente obligades a creer en su veracidad.

En segundo lugar, incluso si estos datos no estuvieran disponibles, en un contexto extrajudicial, y en situación de incertidumbre, decidir éticamente implica preguntarnos por cuál de dos opciones (aquí, creer/no creer a la supuesta agredida) conlleva las mejores consecuencias esperables. Si la supuesta agredida miente, no creerla la sanciona socialmente y beneficia al acusado. Pero si la supuesta agredida dice la verdad, no creerla no sólo repercute en daños adicionales para ella, quien se encuentra ya en una situación de desventaja injusta frente al agresor, sino que acentúa las desigualdades estructurales, perpetuando el privilegio masculino y enviando un mensaje disuasorio a potenciales agredidas por la la violencia patriarcal. Así, dado que las consecuencias esperables son mucho peores en términos de daños y de desigualdad si no creemos en la agredida que si la creemos, lo éticamente justificado es creerla.

En tercer lugar, hay agresiones machistas que no están tipificadas como ilícitas por el derecho (los llamados “piropos”, mansplaininginjusticia epistémica, microagresiones, etc.) o que suceden de forma que no dejan rastro de evidencia probatoria (dobles sentidos, instancias únicas no reiteradas en que no hay testigos, etc.). Si aceptamos el argumento de que no debemos denunciar públicamente prácticas dañinas no sancionadas legalmente, o de prueba imposible, ni hacer responsables morales a sus autores, entonces tendremos que aceptar que la posibilidad de condenar éticamente una acción está subordinada a las contingencias de los sistemas jurídicos. Ello no sólo es absurdo, puesto que son los sistemas jurídicos los que deben estar éticamente justificados, y no a la inversa. Además, ello haría inviable la posibilidad de cualquier avance ético en el seno de los mismos sistemas.

Resulta tremendamente espantoso que les activistas que echan mano de tales argumentos en este caso no identifiquen la brutal inconsistencia entre defender esta idea y el núcleo del activismo antiespecista: un trabajo que trata precisamente de denunciar prácticas que, a pesar de ser gravemente dañinas, no están tipificadas como ilegales. Que alguien no haya sido condenado por una acción dañina no significa que su acción esté justificada o que no deba ser reprobada.

En la práctica, insistir en que el movimiento antiespecista sólo debe sancionar a aquellas personas que han sido condenadas judicialmente es una incoherencia que confunde la condena legal con la condena moral y que restringe las sanciones sociales a un número muy reducido de personas comparado con el número de agresores en el seno del movimiento. Pretender abstenerse de tomar posición moral apelando a la mal comprendida presunción de inocencia legal es posicionarse a favor de la mayoría de agresores presentes y futuros.

3. Lo personal es político, otra vez

La idea es vieja pero nunca está de más recordarla. Intentar justificar no tomar posición en este caso, apelando a que las agresiones machistas pertenecen a la esfera “personal” es, ante todo, ignorar la ley – la violencia machista constituye un delito público. Sin embargo, como vimos antes, ello no es lo decisivo a la hora de decidir cómo posicionarse frente un conflicto de justicia.

Más allá de la insolidaridad con la persona agredida que recuerda el infame “Entre marido y mujer, nadie se debe meter”, defender tal posición es no haber entendido nada sobre patrones de discriminación, desigualdad u opresión. Tampoco sobre cuáles son nuestras obligaciones morales y políticas hacia quienes las sufren – ya sea en la esfera privada o pública. Esto es así porque lo que ocurre en el ámbito privado está, inevitablemente, insertado en una estructura social y política más amplia y es un fiel reflejo de ella. Así, lo que ocurre en el ámbito privado tiene la misma relevancia ético-política que lo que ocurre en el ámbito público, por lo que los principios que rigen nuestra valoración en una esfera deben ser aplicados con la misma fuerza en la otra.

Rechazar un comportamiento dañino en el ámbito público y pretender ser neutrales sobre lo que ocurre en el ámbito privado, más allá de reforzar dinámicas de poder que perpetúan a les más vulnerables en situaciones de desventaja, les aísla y silencia doblemente. Las agresiones machistas no son, evidentemente, una cuestión de responsabilidad personal, sino política y como tal deben ser políticamente respondidas. Sin sorpresas, defender lo contrario, es también una posición política. Una de apoyo tácito a la continuación de la discriminación y opresión de quienes están peor. No hay neutralidad posible.

***

Me resulta tremendamente agrio, aunque esperable, que la bandera de la neutralidad en este (y otros) caso la lleven personas identificadas como mujeres del movimiento antiespecista, ya que en ello hemos sido instruidas por la educación patriarcal: en no tomar posición. Pero,

[e]n la causa del silencio, cada una de nosotras lleva en la cara la imagen de su propio temor: temor al desprecio, a la censura, a los juicios, a la aniquilación. Pero, sobre todo, temor a la visibilidad […]. Pero, esa visibilidad que nos hace  vulnerables es también la fuente de nuestra mayor fortaleza. Porque, en cualquier caso, la máquina intentará reducirnos a polvo, hablemos o no. Podemos sentarnos en nuestras esquinas mudas para siempre mientras nuestres compañeres y nuestros propios seres se echan a perder […] podemos sentarnos en esquinas seguras mudas como botellas, y aun así no tendremos menos miedo.[1]

Esto es porque, en el fondo, sabemos que:

[nuestro] silencio no [nos] protegerá.[2]

#ElenaNoEstaSola
#MasFuertesQueElMiedo

*Catia Faria es filósofa y activista a favor de los derechos de los animales no humanos

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