‘Maternidad, igualdad y fraternidad’: contra la precarización de la crianza Ficciones, Reseñas

“Si la crianza tiene tal influencia en la sociedad, ¿por qué no goza de ningún reconocimiento social?”, se pregunta la autora del libro, Patricia Merino.

Nagore Pérez Fernández

Portada-Maternidad-Igualdad-y-Fraternidad.-Patricia-MerinoSupe de Patricia Merino y de su libro Maternidad, Igualdad y Fraternidad (Clave Intelectual, 2017) a través del muro de Facebook de la psicóloga Laura Perales Bermejo. Sigo a Laura desde hace unos tres años, cuando nació mi hija. Siempre la he considerado un referente, y no solo en su campo, sino en todo lo relacionado con los derechos humanos, que a mí, en este momento, me lleva inevitablemente a pensar en el feminismo y en la situación actual de niñas y niños. Por eso, cuando Laura publicó una entrada en la que mencionaba a Patricia Merino y a su libro, supuse que merecería la pena. Eché un vistazo al índice y vi que trataba muchos de los temas que me venían preocupando desde que fui madre, a los que no había terminado de dar forma en mi mente, y que a su vez me generaban contradicciones como feminista.

Merino explica en la introducción del libro que ha tratado de “analizar la condición social de la maternidad” y de prestar atención al “modo en que la desigualdad se reproduce y se intensifica a través de la precarización de la crianza”, puesto que, según su opinión, hasta ahora esas cuestiones no han recibido ninguna atención. Es más, expone cómo se acercó al 15M, pero sus propuestas sobre poner lo reproductivo en el centro de la agenda y “visibilizar la situación de las madres reales” solo fueron escuchadas en momentos posteriores, en asambleas de barrio. Merino cree, de hecho, que esa falta de sensibilidad hacia las madres y hacia niños y niñas es parte del problema, y que así todas y todos no estamos representados en la política, aunque esa sea la consigna.

También hace referencia al modo en que, en general, se aborda la maternidad dentro del feminismo. Describe Merino que se suele aludir a la alienación, a la maldición biológica y al patriarcado, sin dejar espacio a la maternidad elegida y entrañada.

El libro consta de tres partes diferenciadas que toman su nombre del título de la obra: Maternidad, Igualdad y Fraternidad. La palabra ‘maternidad’ sustituye a la ‘libertad’ en esa tríada, en tanto que la autora considera que ambos conceptos constituyen una disyuntiva radical en las sociedades industriales. Cierta pérdida de libertad es casi inevitable en algunas etapas de la crianza, pero debería afectar de igual forma a madres y padres, si se implican al mismo nivel. Sin embargo, esa pérdida de libertad se emplea para dominar a las mujeres, con lo que difícilmente se podrá lograr un equilibrio entre maternidad y libertad en las condiciones actuales.

La primera parte, titulada Maternidad, fue la más reveladora para mí y la que leí con más avidez. Mis contradicciones como feminista se enrocan precisamente en el choque entre biología y cultura, en el ninguneo del trabajo de cuidados, en el menosprecio del deseo de cuidar de tu criatura y de respetar sus derechos humanos, de querer hacerlo en las mejores condiciones y de no sentirte por ello imbuida por la “maternidad esencialista”. Merino expone en qué términos nos condiciona la biología, qué supone para los bebés, qué esperan las criaturas cuando nacen, pues son seres aculturales, y cómo nuestra evolución como especie determina qué necesitan las criaturas en las primeras etapas y por qué. Ahí radica la diferencia entre maternidad y paternidad durante la crianza temprana. No puedo dejar de mencionar aquí el sistema de apego y el periodo de exterogestación, vitales para el desarrollo óptimo de las criaturas.

Otra de las ideas interesantes que Merino expone en esta parte es el poder transformador de la crianza, dado que afecta a absolutamente todas las personas, y por ende, a la sociedad entera. ¿Qué tipo de sociedad queremos crear? Tratemos así a nuestras criaturas. A su vez, si la crianza tiene tal influencia en la sociedad, ¿por qué no goza de ningún reconocimiento social? ¿Acaso no debería estar el bienestar de las personas en el centro? Todos necesitamos cuidados a lo largo de nuestra vida, todos nacemos dependientes y volveremos a serlo. El patriarcado, sin embargo, se nutre de ese escaso reconocimiento para ejercer el poder sobre las mujeres y sobre la descendencia, y es clave para él controlar los cuerpos de las mujeres y para apropiarse de las criaturas. Dentro de la lógica del patriarcapitalismo, se nos ha inoculado que la maternidad es una actividad económica más, que gestar, parir y criar son actividades banales, que las podemos llevar a cabo con éxito sin sentirnos interpeladas, y se nos ha querido usurpar un privilegio que solo tenemos nosotras: la maternidad. Ahora que hemos conseguido controlar nuestra reproducción y arrebatarle al patriarcado una parte de su poder, surgen lo que la autora denomina “paternidades rabiosas”; fruto de ellas es la tendencia en los últimos tiempos de imponer custodias compartidas aunque no haya acuerdo entre las partes, situación que puede ser tremendamente dañina para las criaturas. Otras paternidades son posibles, desde luego, y el respeto a las necesidades de madre y bebé debe ser su fundamento.

Al final de la primera parte y también durante la segunda, titulada Igualdad, Merino pone de manifiesto los grandes cambios que está sufriendo la institución familiar, y cómo el número de familias monoparentales va en ascenso, cuestión a tener en cuenta en la organización social de reproducción y crianza. Así, las familias matrifocales sirven como vara de medir para evaluar el grado de independencia de las madres, y para vislumbrar qué políticas públicas son realmente útiles para la igualdad. No en vano, este patriarcapitalismo nuestro ha hecho que solo consideremos trabajo lo que en realidad es empleo, es decir, solo el trabajo remunerado. ¿Qué ocurre entonces con la crianza, con los cuidados en general? ¿Acaso no redundan en la sociedad? ¿Acaso no es la producción (gratuita) de las y los trabajadores y consumidores que mantenemos el sistema capitalista?

Es decir, la única forma de conseguir ser independiente y tener cierto prestigio en nuestra sociedad es tener empleo, y de hecho, en política el pleno empleo es el objetivo primordial para el bienestar social. Pero eso es una quimera. Uno de los momentos en que el sistema te pone contra las cuerdas es la maternidad, pues en un momento dado (más pronto que tarde) te encuentras entre la espada y la pared: o criatura o empleo. Si eliges a tu criatura (si es que puedes), quedas fuera del sistema, te quedas sin los ‘beneficios’ que éste pueda ofrecerte. Si, por el contrario, eliges tu empleo, toca dejar a la criatura al cuidado de otras personas, que en el mejor de los casos, será tu cónyuge, si lo tienes. Y llegamos a la (no) conciliación, cuya protagonista, por cierto, debería ser la criatura. Entonces, ¿qué opciones tenemos?: ¿Jornada a tiempo parcial? ¿Excedencia? ¿Dejar el empleo? Según los datos existentes, siguen siendo las madres quienes se acogen de forma mayoritaria a ese tipo de “soluciones”; tengamos en cuenta qué les supone económicamente, tanto en el momento en que toman la decisión como en el futuro.

En la tercera y última parte, Fraternidad, la autora explora cómo se trata la crianza en los regímenes de bienestar europeos. Es en sus políticas públicas donde queda patente cómo encaja la maternidad en cada uno de ellos y cómo entienden el cuidado de las criaturas y el bienestar social. En esta parte, la más extensa, Merino analiza las soluciones que actualmente tenemos sobre la mesa, y pone de manifiesto algo que nos enfrenta directamente con la poca importancia que se le da a la reproducción y a la crianza: la escasa inversión pública en España, a pesar de los preocupantes índices de pobreza infantil.

Una de las partes más interesantes del libro es la comparación con las políticas de otros países europeos: esa puede ser una de las vías para ver qué puede funcionar y qué no, y, sobre todo, para darnos cuenta de que otra organización es posible, de que se puede poner a las personas en el centro sin que ello nos suponga mayor desigualdad a las mujeres o un gasto público insostenible. Merino ha dado con la clave en ese sentido; las madres y las criaturas no pueden, no podemos, seguir cargando con el patriarcapitalismo a la espalda; los partidos políticos deben dejar de mirar para otro lado. El Estado debe combatir la desigualdad para el crecimiento social, para nuestro crecimiento como individuos, por lo que dejar la reproducción y la crianza en la marginalidad familiar no puede ser una opción.

Las mujeres tenemos la opción —no la obligación ni el derecho— de ser madres; las criaturas, sin embargo, sí tienen derecho a una figura de apego que esté en condiciones de satisfacer sus necesidades, que en la crianza temprana son muchas y variadas. Nuestra emancipación no puede llevarse a cabo a costa de un colectivo más indefenso que el nuestro, ni es emancipación real si nos convertimos en esclavas del capitalismo neoliberal. Por el bien de todas y todos, y, sobre todo, por el bien de madres y criaturas, urge cambiar la visión que tenemos de reproducción y crianza. Las criaturas existen, la crianza es insoslayable; visibilicemos lo privado y convirtámoslo (de una vez) en público.

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