Lauryn Hill: el rostro bajo la máscara Ficciones, MúsicA

Todo en la carrera de Lauryn Hill es un gran combate: una pelea por hacerse entender, por crear libremente y deshacerse de los grilletes del éxito. Pero 15 años después de su último disco, la artista de East Orange lucha hoy por levantarse de la lona. Mientras esperamos a que la música surja de nuevo, recordamos una trayectoria dominada por un sueño brillante y una realidad no tan luminosa.

Lauryn Hill. /Foto: Brennan Schnell - Flickr.

Lauryn Hill. /Foto: Brennan Schnell – Flickr.

En el barrio de East Orange (New Jersey), en un hogar de clase media, en una habitación presidida por un póster de Aretha Franklin, hay una niña irradiada por un sueño. El sueño es grande como el letrero luminoso del teatro Apollo, grande como Aretha, y la niña se aferra a él como si no existiese otra cosa en el mundo. Por la noche, cuando se apagan las luces y asoman los terrores nocturnos, el sueño acude al rescate, brotando dorado de los auriculares: tiene la forma de una canción de Mary Wells o de una canción de Al Green, y una textura de neón impermeable al miedo. En el centro de su fantasía, la niña imagina que es ella quien canta, y después imagina los aplausos y las rosas. “¡Desde East Orange… la incomparable Lauryn Hill!”.

Durante el día se sumerge en la fantástica colección de discos de la familia, tratando de descifrar el mecanismo de ese sueño. Tumbada sobre la alfombra del salón descubre que hay música que te hace mover los pies, música que es como una patada en el pensamiento, y que además hay música servida como un batido perfecto, como la de Bob Marley: una descarga que pone a bailar las ideas. Ella devora canciones de todo tipo, a cualquier hora, y en ellas encuentra al fin el engranaje de su deseo: lo que quiere es alinearse en la misma constelación que sus artistas favoritos, pulsar el mismo tipo de emociones en el público. No será hasta muchos años más tarde, con 40 millones de discos vendidos a sus espaldas, cuando descubra que, en ocasiones, lo peor que te puede pasar cuando tienes un sueño entre manos es verlo cumplido. Pero por ahora…

Ahora Lauryn tiene 13 años y está al fin a las puertas del teatro Apollo, en Nueva York, esperando su turno para lucirse en un concurso para jóvenes talentos. Aunque trae bien preparada su versión del ‘Who’s Loving You’ de Smokey Robinson, los nervios despuntan a estas horas como agujas al rojo al vivo: al fin y al cabo se trata de una canción difícil, que deja un estrecho margen para el éxito. Ya sobre el escenario, se cumple la peor de las expectativas: la interpretación pierde el paso y estallan los abucheos, aunque una dignidad aún mayor logra mantener la canción con vida durante dos minutos eternos. Después el ruido queda amortiguado por los murmullos, y los murmullos por los aplausos, pero a Lauryn ya no le interesa su premio. Al finalizar, clava en la platea una mirada que dice no pudisteis conmigo, deposita una reverencia en el suelo y se pierde entre bambalinas, cubierta de lágrimas. Allí la espera su madre, con los brazos abiertos y un consejo: “Si vas a llorar cada vez que no te ovacionen, tal vez no estés hecha para esto”. Se trata de una verdad a medias: aunque sabe que el material necesita endurecerse, no le cuesta distinguir en su hija el brillo de quien está destinada a asombrar al mundo.

En el instituto, la ilusión de Lauryn encuentra un nido con espacio suficiente para albergar también los anhelos de Wyclef Jean y Pras, dos estudiantes que comparten su deseo de alcanzar el cielo. La ambición es grande pero la música aún está verde, así que Lauryn y sus amigos se atrincheran en el local de ensayo para invocar la química deseada. Allí, entre discos y libros de texto, se convierten en The Fugees, los refugiados: un combo de rap cuyo nombre invoca a todos las personas inmigrantes de Estados Unidos y evoca todo un estado mental. “Esta es una banda de los 70 que empezó en 1987”, declarará Wyclef años más tarde, “somos hijos de la era de Marvin Gaye que nacieron una generación tarde”. Al reconocer su dislocación generacional, Jean no apunta sólo hacia un planteamiento sonoro, sino también a su intención de reverdecer la conciencia social que emanaba de viejos artistas como The Last Poets, Nina Simone o Gil Scott-Heron. En líneas generales, la hoja de ruta de The Fugees será llevar esa conciencia a la radio comercial, difundirla a través de una obra de ventas multimillonarias e inmolarse en su momento de mayor influencia.

El trío tantea el éxito poco a poco, ajustando y reajustando las palabras y la música, y después lo alcanza de repente. El disco que se propaga como un incendio se titula ‘The Score’ (1996), y su mecanismo parece de lo más sencillo: tan sólo una combinación entre el talento de Wyclef para los ganchos pop y el talento de Lauryn para el soul profundo, todo ello producido milimétricamente para potenciar su adhesividad. Un día, Lauryn se despierta con más dinero del que jamás pueda llegar a gastar, pero también con una punzada en la conciencia y la sensación de que el éxito es corrosivo y triste. Lamenta que desde esta suite ya no se distinga el barrio, ni el pulso de barrio, y la fulminante revelación de que el mensaje de unidad de The Fugees es un fraude termina por inundarlo todo.

Pero lo peor es sentirse invisible, como cuando abre una revista y descubre que aparece en todas las fotos promocionales, mientras que su voz es sistemáticamente silenciada en las entrevistas. Su relación de pareja con Wyclef es de dominio público, así que los periodistas suponen que Lauryn es tan sólo el apéndice del auténtico motor creativo de la banda; el contrapunto espiritual del líder extrovertido y carismático. La separación de The Fugees se hace efectiva tras unos cuantos acatamientos y concesiones, así que nadie espera que sea ella, siempre en segundo plano, quien extienda el acta de defunción del proyecto. A partir de ese momento, Lauryn Hill se convierte en una creación de sí misma. O, mejor dicho, en una expresión arrolladora de su ansia por revelarse como una voz independiente. La palabra visión pasa de mano en mano por su círculo inmediato, como un enigma, sin que nadie conozca a ciencia cierta su forma y alcance. El caso es que Lauryn tiene una visión, y está dispuesta a concretarla contra viento y marea.

Cuando se presenta en solitario, en 1997, el hip hop es un imperio plenamente expandido, pero explotado por hombres. Aunque la estela de femcees imponentes como Queen Latifah todavía no se ha difuminado, el capital económico impone desde hace tiempo un modelo muy estrecho para las artistas femeninas, con abundancia de bailarinas semidesnudas pero escaso margen de maniobra para las raperas. Paradójicamente, esta brecha sirve de acicate para que una nueva generación de intérpretes, compositoras y productoras, sirviéndose de la gramática del hip hop y el soul, modulen su arte como una reacción frente a las actitudes e ideales machistas proyectados por el hip hop hegemónico. Es el caso de Missy Elliot, Mary J. Blige y, sobre todo, de Lauryn, que en 1998 firma el disco más ambicioso e influyente de todos los surgidos en este nuevo campo de fuerza.

La grabación de ‘The Miseducation Of Lauryn Hill’ (1998) se alarga durante más de medio año y transita por nueve estudios diferentes, en un proceso durante el cual Lauryn se convierte en una especie de capitana Ahab persiguiendo a su ballena blanca. Su obsesión es materializar una obra que combine la palabra reflexionada (en torno al feminismo, la espiritualidad, el amor, la maternidad o la religión) con “la integridad del reggae, el impacto del hip hop y la instrumentación del soul clásico”. En un momento en el que el clima de la música urbana negra parece extraído de una película de gángsters, con los cuerpos acribillados de Tupac Shakur o Notorious B.I.G todavía calientes, toda la energía de las sesiones se concentra en perseguir el elemento humano, en la forma y en el fondo. Para capturarlo, Lauryn se rodea inicialmente de un pequeño núcleo de músicos reclutados en los guetos de Newark, pero termina por embarcar en la empresa a 30 instrumentistas trabajando a pleno rendimiento. El resultado es ese sonido natural, surcado de impurezas, que hoy escuchamos en el disco. Un sonido que es el reflejo exacto de cómo Lauryn quiere presentarse ante el mundo: ni completamente empoderada ni totalmente vulnerable; una mujer con sus contradicciones y debilidades, tan abrumada como cualquier otra frente a las tensiones de la vida. En consecuencia, todo lo que ofrece ‘The Miseducation Of Lauryn Hill’ es una caja llena de preguntas sin respuesta: ¿cómo hemos llegado a construir una sociedad tan egoísta y dominada por la violencia? ¿Es tarde para ponerle remedio? Y si no lo es, ¿qué podemos hacer al respecto?

En pocas semanas, esa caja de interrogantes escala los charts a velocidad de crucero, otorgando a Lauryn una posición privilegiada dentro de la industria. Mientras las propuestas para participar en superproducciones de Hollywood se amontonan sobre la mesa, ella opta por depositar su fe en proyectos con los que pueda sintonizar ideológica o espiritualmente. Pero los borradores para levantar una película sobre Bob Marley o adaptar un texto de Toni Morrison nunca llegan a precisarse, atascados en un dilatado bache de aplazamientos y desganas. En un momento dado, Lauryn tiene en circulación una obra maestra que absorbe como ninguna otra el espíritu de su tiempo, pero la industria comprende que ya es imposible exprimir un dólar más de esta mujer indisciplinada, empeñada ahora en aferrarse a proyectos de escasa visión comercial. Con apenas 25 años, petrificada como un mito en vida y abandonada a su suerte, Lauryn se repliega en la casa familiar, sumergida en el estudio de la Biblia. En el trastero se amontonan cinco premios Grammy: poco más que un puñado de chatarra bañada en oro y polvo.

De forma inesperada, en 2002 edita ‘MTV Unplugged 2.0’: un disco oscuro y errático, en el que volvemos a distinguir con escalofriante nitidez a la niña temblorosa del teatro Apollo. Pero el sonido que produce es el de una mujer adulta luchando por hacerse entender, por mantenerse cuerda y por evitar ser plastificada y manipulada. A veces, esa pelea se traduce en música esquelética, de una tosquedad acústica que parece imposible de encajar en el mercado. Pero casi siempre tiene lugar entre la música, en forma de lágrimas y de extensos monólogos, como si las canciones no fuesen ya tan poderosas como creía en su infancia. “Solía ser una artista, pero ya no me considero como tal”, escuchamos en uno de sus largos interludios, “había creado a este personaje público, a esta ilusión pública, que me convirtió en su rehén. Ya no podía ser una persona real, porque temía a vuestra reacción como audiencia. Llegada a ese punto, tuve que dejarla morir un poco. La gente quiere fantasía, pero lo que necesita es realidad”.

Sin embargo, todo lo que detecta la prensa es la señal de alarma de que algo se ha quebrado en la mente de Lauryn. Así que los periodistas comienzan a olfatear en su pasado, en su entorno, en la puerta de su casa, buscando material con el que imprimir distintas formas de leyenda. A veces consiguen una buena historia real (Lauryn denunciando los abusos a menores en el seno de la Iglesia durante un concierto en el Vaticano, o Lauryn encarcelada por evasión de impuestos), pero llega un momento en el que todo a su alrededor se convierte en una masa de rumores: dicen que ya no quiere hacer más música, o que está a punto de alumbrar nuevas composiciones, o que acaba de dilapidar cinco millones de dólares en un álbum que nunca sale de su atasco. A veces las canciones aparecen con cuentagotas, igual que las presentaciones en vivo. Pero lo cierto es que, desde hace más de 15 años, lo mejor de Lauryn Hill tan sólo puede escucharse a través de sus hermanas espirituales: es decir, en los mejores momentos de Amy Winehouse, Alicia Keys, Beyoncé o Erykah Badhu, bajo la forma de ese soplo de realidad que Lauryn persiguió con tanto ahínco.

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Sociólogo. Colaborador habitual en prensa musical, incluyendo las revistas 'Ruta 66', 'Mondo Sonoro' y distintas publicaciones online.

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