Las fiestas, la calle y la noche ¡también son nuestras! Cuerpos, Opinión

Nos alegramos de que la sociedad en general le esté dado un lugar prioritario a las agresiones machistas en los espacios de fiesta. Antes quedaban en el terreno de lo personal, de lo anecdótico, las mujeres nos las callábamos y era, por tanto, un tipo de violencia normalizada e invisibilizada.

La niña y la loba. / Emma Gascó

La niña y la loba. La noche es nuestra. / Emma Gascó

Alizia Pano Rodríguez*

Mucho se está hablando de las agresiones sexistas en las fiestas de San Fermín, una de las fiestas más multitudinaria y de mayor proyección internacional, y la verdad es que ningún año se ha hablando tanto como éste. Dejando a un lado el tratamiento sensacionalista, morboso y descafeinado que muchos medios han hecho de este tema, que daría para otro análisis, muchas nos alegramos por ello. Nos alegramos de que la sociedad en general le esté dado un lugar prioritario a las agresiones machistas en los espacios de fiesta, porque eso quiere decir que es algo que preocupa. No es que ahora haya más agresiones que antes, la diferencia está en que antes estas agresiones quedaban en el terreno de lo personal, de lo anecdótico, las mujeres nos las callábamos y era, por tanto, un tipo de violencia normalizada e invisibilizada, es más, aún hoy en día arrastramos parte de este lastre.

Pero desde hace algunos años de forma masiva hablamos de ello y lo denunciamos. Estamos empezando a sacar las agresiones machistas del ámbito de lo personal y lo normalizado para ponerlas en el ámbito de lo político, como un problema social de primer orden, poniendo en práctica aquella vieja máxima del feminismo, que tine todo el sentido hoy en día, de “lo personal es político”, porque efectivamente, que a tí, mujer, te toquen el culo en una fiesta no es casual, no es anecdótico, ni mala suerte. Tiene que ver con un sistema machista que educa a los cuerpos diagnosticados como hombres en el uso de la fuerza y en la convicción de que pueden disponer del cuerpo de las mujeres y a los cuerpos diagnosticados como mujeres en la pasividad y en la idea de ser usados, expropiándolos de la capacidad de defenderse y minimizando las agresiones bajo el paraguas de lo normal y esto, es el sistema patriarcal en estado puro.

Que hoy hayamos llegado a este punto en el que la sociedad, en general, muestre su rechazo a las agresiones machistas que se dan en fiestas y que las instituciones públicas, en particular, adopten una política de tolerancia cero ante dichas agresiones machistas es fruto de una política institucional valiente y de un enorme trabajo del movimiento feminista. La denuncia, la sensibilización y la atención que se lleva haciendo durante años en Iruñea nunca antes tuvo apoyo institucional; hubo unos oscuros años en los que las instituciones navarras hacían oídos sordos a estas reivindicaciones porque lo más importante era la fiesta y la imagen que se proyectaba de la ciudad, por encima de la seguridad de las mujeres.

Desde hace tres años, en Iruñea se da prioridad y visibilidad a las violencias machistas que sufrimos los cuerpos leídos como mujeres en los espacios festivos. Y se ha considerado a éstas como un problema social grave, con la obligación de abordarlo. De momento se ha hecho a través del despliegue de un gran dispositivo de prevención, atención y seguimiento, además de información y denuncia, de las agresiones machistas durante las fiestas de San Fermín.

Como parte de esta campaña se ha puesto un punto de información en medio de la fiesta para sensibilizar sobre a las agresiones sexistas (qué es violencia sexista, pautas para identificarla, qué hacer en caso de ver una agresión y qué hacer en caso de sufrir una agresión) e informar de los recursos que hay habilitados para atender este tipo de violencias.

Muchas personas han criticado la atención que han dado los medios a esta campaña y a las agresiones machistas, alegando que parece que los sanfermines son sólo agresiones y que hablar de ellas mancha el buen nombre de las fiestas. Que en San Fermín hay más agresiones y el ambiente se vuelve más hostil para las mujeres que el resto del año es una evidencia que cualquier mujer con un poco de sentido crítico puede constatar paseándose por la ciudad el día 6 de julio. Aunque la ciudad no se vuelve más hostil sólo para las mujeres: los maricas, las bolleras, las personas trans, y los cuerpos disidentes tienen más boletos de sufrir una agresión durante estos días. Hablarlo no ensombrece ni mancha nada. Decir lo contrario sería como decir que hablar de las personas heridas en los encierros mancha el nombre de las fiestas. Igual que en este caso no lo hace (a nadie se le ocurriría decirlo), en el caso de las agresiones a las mujeres u otras identidades tampoco lo hace. Querer tapar las agresiones a las mujeres con la grandeza de las fiestas es minimizar el problema y mirar hacia otro lado. Y de alguna manera colaborar para que todo siga igual.

Además, las agresiones que se dan en sanfemines no son ni más ni menos que las que pueda haber en cualquier otra aglomeración festiva. El problema no son los sanfermines sino el machismo de la sociedad. La diferencia es que en otros sitios se tapa y aquí se denuncia; y denunciar significa que ponemos las agresiones y a los agresores en el punto de mira.

Para que todo esto comience a cambiar es necesario identificar de qué hablamos cuando hablamos de violencia sexista. Todavía hay mucha gente, mujeres y hombres, que identifican únicamente la violencia sexista o machista con la violación y con las agresiones graves, quedando fuera del término la llamada violencia sexista de baja intensidad; por lo que se deja fuera esa parte de la violencia machista que tiene por objetivo intimidar, acosar, abusar o humillar a las mujeres.

Trabajando en el punto de información contra las agresiones sexistas he podido constatar la sorpresa de muchas y muchos adolescentes y personas adultas al escuchar una docena de agresiones y actitudes de acoso machistas. Incluso a varias personas les cambió la cara al reconocerse en ellas.

Los ejemplos son claros (y no me invento nada): que te chupen la cara, que te acorralen para besarte, que un chico bromee con que te va a violar aunque no lo haga, que te rodeen entre quince chicos para piropearte, que te toquen la tripa por debajo de la camiseta, que estando en un bar quieras ir al baño y te hagan un pasillo estrecho entre una cuadrilla de chicos y te toquen al pasar, que te encierren en un baño, que te hagan propuestas sexuales sin venir a cuento, que te saquen fotos a las tetas sin tu permiso, que insistan ante una negativa en el ligoteo, que teniendo todo el sitio libre en un bar un hombre esté bailando pegado a ti buscando el roce con el movimiento, que arrimen cebolleta, que un chico esté dándote la turra media noche y que además te esté agarrando la cintura y tocándote, que te llamen chochito o culito. O que te digan “te haría esto” o “estás para lo otro”.

La casuística es infinita, podríamos estar hasta mañana. Todas ellas son situaciones de acoso u agresión machista que no siempre identificamos como tal, pero que tenemos que empezar a nombrar como lo que son, violencias machistas.

Es necesario que toda la sociedad se implique para acabar con las agresiones machistas. Los hombres no sólo pueden echar un cable, sino que deben hacerlo ya, porque no es un problema de las mujeres, sino que es un problema de los hombres que sufrimos las mujeres. Y, ¿cómo hacerlo? Por un lado, revisándose actitudes y custionándose privilegios; por otro, hablando con otros hombres, cortándoles “el rollo” a los chicos de la cuadrilla que agreden, acosan o humillan a una chica, no riéndoles las gracias, dándoles el toque… Es necesario que los chicos se impliquen y les paren los pies a otros chicos en vez de pasar.

Respecto a las mujeres, o los cuerpos leídos como mujeres, no me gustaría difundir ni el discurso del miedo, ni un discurso alarmista, ya que todas las mujeres tenemos los recursos suficientes para defendernos y plantarle cara a estas agresiones. Generalmente, con una respuesta tajante y contundente suele ser suficiente para acabar con ellas. Los cursos de autodefensa feminista son una muy buena herramienta para comenzar, mientras que buscarse un grupo o un colectivo feminista es una una buena manera de continuar. Es necesario que salgamos a la calle sin miedo, sabedoras de que somos perfectamente capaces de responder, porque la calle, la noche y las fiestas también son nuestras, ¡también son de las mujeres!

*Experta en género y activista feminista en Iruñea

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Las fiestas, la calle y la noche ¡también son nuestras!
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