“La gran mentira de la meritocracia (femenina)” Participa

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Víctor Sánchez (Círculos de Hombres)

Reunión empresarial alrededor de una mesa en la que participan hombres y mujeres en igual cantidad

Tengo todavía en la memoria reciente unas declaraciones de Cristina Cifuentes en las que afirmaba que ella había llegado hasta donde había llegado, no por ser mujer (en una clara alusión al sistema de cuotas imperante en algunos partidos políticos que promueven la presencia igualitaria y equitativa de mujeres en sus filas), sino por sus méritos profesionales, por otra parte, incuestionables y más que demostrados a lo largo de su extensa carrera profesional (independientemente de que no comulguemos con su ideario político y de partido).

Lo que no perciben Cristina Cifuentes, y otras muchas personas (mujeres y hombres) que dicen estar en contra de cualquier tipo de acción positiva que corrija esta situación endémica de desigualdad de género (el término “discriminación positiva” ya dejó de ser adecuado hace tiempo), es que la meritocracia femenina es un auténtico mito inalcanzable, no solo porque a los hombres no se les exigen las mismas cotas de formación y validez profesional, sino que mientras sigamos inmersos en un modelo de sociedad eminentemente masculino, en donde los procesos de selección (y de análisis de resultados, y de gestión de equipos de trabajo, liderazgos, etc.) estén comandados por hombres en su gran mayoría, ese cambio, esa igualdad real, no llegará en ningún momento de manera natural.

Dato del estudio “La Mujer directiva en España” (2012):

Las mujeres representan el 60% de los licenciados en España y el 45% del mercado laboral, pero al llegar a la alta dirección de las compañías, este porcentaje desciende entorno al 10%.”

Para tener una idea más formada y global de los problemas a los que se enfrentan las mujeres en su incorporación al mercado laboral, deberíamos no perder de vista una serie de detalles:

Convendría que no nos olvidáramos de las profesiones que están eminentemente copadas por el sector femenino (generalmente las de menor cualificación y remuneración salarial).

Deberíamos tener presente la brecha salarial y laboral (las últimas cifras actualizadas sitúan a los salarios medios anuales de las mujeres un 20% por debajo de sus compañeros hombres en las mismas categorías profesionales y en puestos de trabajo de igual valor) a la que las mujeres tienen que hacer frente y que inciden de forma tan brutal en su independencia y libertad económica.

Deberíamos conocer y analizar los problemas que enfrentan las mujeres y a los que los hombres jamás se han enfrentado, únicamente por su condición de hombres (los términos techo de cristal o suelo pegajoso son dos casos que hacen referencia a ese tipo de problemas únicamente “femeninos” con respecto a su desarrollo profesional).

Otro dato aparentemente insalvable es la continua discriminación a la que las mujeres se enfrentan por encontrarse simplemente en un período de vida en el que corren el “riesgo” de convertirse en madres (para que nos hagamos una idea, en 2014, el 94% del empleo femenino creado, fue a parar al rango de edad de mujeres de más de 45 años, algo que llama poderosamente la atención).

Discriminación que sufren tanto las mujeres que deciden tomar esa decisión de convertirse en madres, como las que no, que son también ubicadas en ese sector de “riesgo” del que ya no pueden escapar (independientemente de que socialmente se las discrimine por considerarse como las únicas “responsables” del mantenimiento y cuidado de los hijxs, como si los hombres tuvieran únicamente que aportar un sustento económico con su trabajo y “nada más”).

Pensar que una mujer por el simple hecho de ser “brillante” y de tener un currículum impresionante, va a ocupar el puesto que se merece, teniendo en cuenta todos los factores y obstáculos a los que se va a enfrentar, es negar una evidencia (y cifras que así lo demuestran) más que demostrada a lo largo de la historia reciente.

El cambio necesario debe ser a todas luces estructural. No solo es necesario incorporar al mercado laboral a las mujeres, sino, que es sumamente necesario incorporar otro modelo laboral que sea tremendamente diferente a lo que hasta ahora se ha venido haciendo.

Hay que feminizar el mercado laboral, no solo en “cantidad” (con más mujeres incorporadas a puestos de relevancia) sino también en “calidad” (es necesario incorporar otra forma de gestionar equipos de trabajo y conceptos de lo que tiene que ser una carrera profesional de éxito que se aleje del estereotipado éxito masculino tan presente hoy en día).

Lo “femenino”, a día de hoy, en una sociedad tan androcéntrica como la actual, está reñido con el poder, con el éxito profesional, con el sentir de competencia masculino, con el modelo de liderazgo imperante en las estrategias de las grandes multinacionales, con el proceso de entrega “total” de los trabajadores a sus macro-empleadores…

Recordemos por poner un ejemplo, y no alejarnos del mundo de la política, el perfil de mujeres que han llegado a la primera línea de la política internacional y nacional: Angela Merkel, Margaret Tatcher, Hillary Clinton, Esperanza Aguirre, Cristina Cifuentes, Susana Díaz, etc.

Aparentemente mujeres que han sido capaces de incorporarse a un modelo de liderazgo en el que pueden competir con sus compañeros varones de tú a tú, con sus mismas armas o herramientas (aunque habría que ser más meticulosos y explicar el porqué de semejante aseveración, creo que es suficiente para hacernos una idea de sobre lo que pretendemos reflexionar).

La lista es interminable. Y seguro que se nos ocurrirían muchas más.

Solo con la presencia de más mujeres, para hacer frente a un modelo económico eminentemente masculino, se podrá pensar en que se es capaz de transformar la sociedad en la medida que necesita ser transformada, para cambiar de raíz una endémica discriminación profesional de la mujer, que ni siquiera en las últimas décadas en las que la mujer ha tomado las riendas de sus respectivas vidas, y han decidido abandonar el espacio privado y el ámbito familiar/doméstico para reclamar su puesto en el espacio público y laboral, han conseguido mínimamente “tocar con los dedos” las cuotas de poder y presencia masculinas (a pesar de la supuesta y actual igualdad formal y legislativa, que no real y tangible).

Y eso, no se va a conseguir de una manera natural y desarrollada a partir de la desigualdad actual imperante.

Son necesarias muchas más medidas adicionales, que corrijan, modifiquen e igualen un modelo tremendamente desigual estructuralmente, si no queremos que las mujeres se sigan enfrentando a realidades como las que resume a la perfección la soberbia frase de Rosalyn Yallow:

“Cualquier cosa que haga una mujer debe hacerlo el doble de bien que un hombre para que sea considerada la mitad de buena”

Creo que es una frase que, en nuestro entorno (masculino), sería necesario plantear y replantear, una y otra vez, para darnos cuenta y poder desarrollar, una necesaria empatía con la situación laboral de la mujer, que nos permita ser lo suficientemente críticos con el modelo de sociedad en el que estamos inmersos.

Y eso sin entrar a desarrollar como se merece (eso merecería otro artículo aparte), el hecho de que, si en las últimas décadas la mujer ha llegado al mercado laboral de una forma decidida y más que evidente, los hombres no han hecho el camino inverso (ni de forma tan evidente ni por supuesto tan decidida) hacia el espacio doméstico, escenario en el que la brecha de género es, a día de hoy, escandalosa.

Y para finalizar, voy a tratar de explicaros con un ejemplo muy sencillo, lo que yo entiendo y trasciendo de la realidad del planteamiento de la meritocracia femenina como medida “natural” para alcanzar la igualdad real, algo que yo considero que es necesario desmitificar y rebatir de forma necesaria, y que es extrapolable, no solo a la actual situación en la que se encuentran las mujeres en el mercado laboral, sino en otros muchos escenarios en los que tienen “acotada” su presencia y su grado de participación y valoración.

***

En el colegio de mis hijxs, hay dos equipos de futbol sala que, con frecuencia, en muchos entrenamientos, juegan entre sí, partidos de preparación para las competiciones de fin de semana.

Al ser equipos que llegan justo al límite de edad de “alevines” está permitido que sean mixtos.

En ambos equipos titulares, de los 12 jugadores que sumaban ambos equipos, solo 1 era una chica.

Por supuesto, esa chica jugaba como los ángeles. Era una auténtica maravilla verla jugar, y pocos, muy pocos de sus compañeros varones estaban a su altura.

Con lo cual, el argumento de “si una niña juega lo suficientemente bien, llegará a jugar en equipos de chicos” adquiere una especial relevancia, porque aparentemente parecerá verdad y quedará demostrado para todos aquellos y aquellas que creen que cualquier mujer lo suficientemente preparada alcanzará el puesto que se merezca.

Y para desmantelar esa creencia que a mí me parece decididamente perversa y para nada realista, me pregunto yo…

¿Dónde están las mujeres / chicas / niñas que no juegan tan bien al fútbol como esta destacada jugadora (a quien se permite competir de igual a igual con sus compañeros varones), pero que pueden jugar igual de bien que el resto de no tan brillantes jugadores de fútbol masculinos que conforman el resto de jugadores de ambos equipos?

¿Son el resto de 11 jugadores masculinos que están sobre el campo tan brillantes como las chicas / niñas que se quedan sin jugar “en la banda” porque no son lo suficientemente buenas?

¿Es esa situación un fiel reflejo justo y razonable de lo que debe ser la sociedad en la que nos gustaría que TODAS y TODOS tuvieran la misma igualdad de oportunidades?

¿Cómo consiguen las chicas interesarse por juegos o escenarios (trasladando el ejemplo a profesiones del mercado laboral en donde se esgrimen argumentos similares) eminentemente e históricamente ocupados por hombres?

¿Quién selecciona a esos jugadores y a esas pocas jugadoras “brillantes” que pertenecen al equipo?

¿Hombres?

Mujeres lo dudo. Si tanto les cuesta llegar a participar en un equipo mayoritariamente masculino, dudo mucho que alcancen el puesto de “entrenadoras” con capacidad de elección sobre los/las jugadores/as que conforman los equipos.

Y ahora viene la segunda parte de la eterna cuestión, el tema de las cuotas, de la paridad y de un reparto más equitativo del espacio público, en este caso, del ejemplo que nos ocupa.

La parte en que alguien propone que “jueguen” la mitad de chicos y la mitad de chicas para ser más equitativos y darle igualdad de oportunidades a los miembros de uno y otro género.

Y el primer comentario que surge es: “claro, las chicas jugarán en ese equipo de fútbol únicamente por ser chicas, y no por jugar bien al fútbol”.

Pero, ¿y los chicos?

¿Forman parte de esos equipos porque juegan bien, o porque simple y llanamente nadie les cuestiona que ocupen su lugar independientemente de que jueguen bien, mal o regular?

¿No juegan ellos al fútbol única y simplemente porque son hombres y nadie les cuestiona si lo hacen bien, mal o regular?

¿Por qué exigir a las mujeres lo que no exigimos a los hombres?

¿Por qué?

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