Así me respondieron los hombres a los que decidí replicar después de escuchar sus piropos no solicitados Participa

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Sara Luque Olaya

Una mujer hace un corte de mangas a alguien en la calle con una expresión de desagrado

Vas Vacaminando por la calle. Es verano y llevas shorts. O es invierno y llevas un abrigo largo hasta el tobillo. O es otoño y vas con una rebequita. O es primavera en día lluvioso y vas con chubasquero. Entonces, un hombre sólo o un grupo de colegas te increpa, dice algo. En voz alta, en voz media, en voz baja. Te dice algo que no entiendes, que entiendes perfectamente o que intuyes de qué va por su cara, sus gestos y la posición de su cuerpo. Tú miras para abajo, resoplas, le mandas a la mierda, le haces un corte de mangas o sigues tu camino, sin más.

Cualquier mujer que esté leyendo esto habrá pasado por alguna o todas estas situaciones. El acoso callejero es el pan nuestro de cada día. Chicos jóvenes, muy jóvenes, adultos, muy adultos, con formación, sin ella, de clase social alta, media o baja. Da igual. La calle es un lugar sobre el que entienden que también tienen más poder que nosotras. Han asumido que el espacio es suyo y sobre él esparcen opiniones, comentarios, saludos. Sin que nadie los requiera. Sin pensar si a nosotras nos apetece escucharlos. Sin entender que por donde pisamos nosotras debería pisar también sólo a quien demos pie. Física o verbalmente. Lo demás es intimidación.

Un día me propuse no callarme ante los comentarios que escuchara sobre mi persona por la calle. Contestar, a pesar de que no siempre se tienen ganas, ni es obligatorio, ni tenemos por qué. Pero desde entonces lo hago a menudo y, aunque a veces paso miedo porque es de noche, porque son varios hombres o porque me resulta violento el mero hecho de hablar a una persona que no conozco de nada (porque lo lógico es esto) es una pequeña forma de liberación; un escupitajo a la frustración.

A lo largo de este tiempo replicando a este tipo de comentarios he ido descubriendo, sin mucha sorpresa, que hay dos tendencias. Una es la de cambiar el “piropo” por un insulto; una ofensa extrema que se traduce en un ataque como si lo anterior no fuera tal cosa. La otra es agachar la cabeza, murmurar, tener ganas de que la tierra les trague. Vamos, que muchos de estos tíos hacen lo que hacen a sabiendas de que es algo digno de una persona despreciable. Que no es normal, que avergüenza, que sobra, que es un ataque. Que no les gustaría que se enterara su madre.

Estas son algunas de las situaciones que me he ido encontrando en mis paseos por las calles de Madrid.

“Perdón, gracias, adiós”

El deporte no es algo que me acompañe. He tenido temporadas de ir al gimnasio, otras de andar mucho y las menos de salir a correr. Pero hace unos años decidí salir a trotar un poco por una zona arbolada cerca de la casa en la que vivía, en busca de aire y liberación del estrés. Uno de esos (tres) días iba yo corriendo despacito cuando un hombre en sus sesenta o setenta murmuró algo mientras me miraba las tetas. Decidí no contestar y concentrarme en mi penosa carrera. Iba en línea recta y, al rato, me di la vuelta para volver sobre mis pasos. Entonces, me volví a cruzar con este señor. Volvió a murmurar y, ahí sí, me paré en seco y le pregunté: “Perdone, ¿qué dice?”. Su primera reacción fue agachar la cabeza. Vuelvo a preguntar, acercándome a él un poco más: “¿Qué decía?” En ese momento este hombre ya no sabía donde meterse y soltó, entre dientes: “Perdón, gracias, adiós.” Y siguió su camino. Y yo el mío.

“Española tenías que ser”

Por aquellas vivía yo en el madrileño barrio de Usera. Era raro el día que, de camino al metro, a la altura del parque que hay pegado a una de las entradas, no hubiese alguno que tuviera algo que decir. El día al que me remito caminaba yo por la calle que baja directamente al parque. Allí había un chico apoyado en la pared, escuchando música, su gorra intencionadamente mal colocada, su actitud de “aquí estoy yo”. Al llegar a su altura dijo algo que no recuerdo exactamente pero que implicaba, eso seguro, la palabra “mami” en la frase. Seguí caminando y, sin darme la vuelta, le saqué una peineta. Se sintió tan ofendido que me gritó: “¡Española tenías que ser!”. Como si a las mujeres de la comunidad latina (la suya) les pareciera mejor que a mí, por ser española, que las acosen por la calle.

El borracho del metro

No siempre que viajo en metro tengo prisa pero tampoco viajo nunca andando como si lo hiciera por un parque. Tiendo a caminar rápido y así lo hacía el día que me encontré con este chico, mediana edad, borracho. Al girar la esquina para encontrar las escaleras de salida del metro de Oporto ahí estaba, demasiado cerca. Me detengo para evitar chocarnos y, con los ojos más cerrados que abiertos, decide saludarme con un: “Hooooolaaaaa.” Así como muy efusivo (borracho efusivo) como si estuviera él esperándome o algo. Me paro a su lado y le digo que como no me conoce de nada, que no me salude. Entonces él, entre ofendido y asustado (borracho asustado) echa para atrás sólo la mitad superior de su cuerpo hasta que se le cae contra la pared y por su boca salen ruidos imposibles de descifrar. Sigo mi camino a casa pensando en cuánto más tendrá que aguantar esa esquina y las mujeres que pasen por allí hasta que ese mamarracho pueda tirar de sí mismo.

Los colegones

Como decía, es habitual que este acoso suceda por parte de un grupo de hombres a otro grupo de mujeres o a mujeres solas. Aquella noche eran dos y yo caminaba sin compañía, de noche, de vuelta a casa por la a esas horas desértica calle que va desde el metro hasta mi portal. Los colegones se cruzan conmigo, uno de ellos va variando su trayectoria según va estando más cerca y camina en diagonal para que, cuando estamos a la misma altura, su hombro prácticamente roza el mío. Entonces suelta un: “Qué bonita” y su colegón algo del estilo. A mí me arde el estómago de furia como siempre que me pasan estas cosas y, aunque con miedo por la ausencia de gente a mi alrededor, les saco una peineta al aire. Esta vez, como van acompañados, lo único que obtengo por respuesta es una risotada entre compadres. Acelero el paso y llego a casa.

“Buenas tardes y buen viaje”

Esta que cuento ahora ha sido la vez que más rato me han tenido parada discutiendo sobre si está bien o no que me digan cosas por la calle. Fue exactamente en el mismo punto en el que me crucé con los colegones, pero esta vez era de día y el machismo se personificaba en un hombre mayor, solo. En esta ocasión sí me rodeaba gente. A él también, claro. Pero lo mismo le da a estos especímenes que la gente que camina por la calle o está en una terraza tomando algo fresquito le vean faltando al respeto a una mujer porque le sale a él de sus santas pelotas. El caso es que voy caminando hacia el metro (como veis, hago buen uso del transporte público de Madrid) y este señor, que viene en dirección contraria, cuando todavía está como a un metro de mí, se para un poco, abre los brazos como un torero y dice: “Sí señor, sí señor, sí señor”, mientras asiente con la cabeza y pone cara de salido extrema. Me paro a su lado. Se le cambia el gesto y le pregunto que si me conoce de algo. Me contesta que no pero que “mujer, te estoy diciendo una admiración”. Entonces le explico (como si tuviera yo, o cualquier mujer, que educar a esta panda de desgraciados) que lo que está haciendo es una falta de respeto, que no me tiene que decir nada, que está invadiendo mi espacio y que en este solo puede venir a decir cosas sobre mi cuerpo quien yo diga. Todo esto con interrupciones del señor rancio, diciendo que no es para tanto y cosas así y provocando que mi discurso se alargue. “No mujer, no he invadido tu espacio”. En ese instante resoplo y le digo, ya con resignación: “No haga esto más porque no está bien”. Sigo caminando y le escucho despedirse: “Pues nada, buenas tardes y buen viaje”.

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