“Existe una gran resistencia a que las mujeres sientan amor por otras mujeres” Entrevista, Voces

La brasileña Amara Moira, como prostituta y transexual, lucha por un movimiento feminista que atienda tanto las problemáticas de las trabajadoras sexuales como del colectivo LGTBI.

Patricia Martínez Sastre

Amara Moira con su libro 'Si yo fuese puta'. Foto: Guilherme Santana.

Amara Moira con su libro ‘Si yo fuese puta’. Foto: Guilherme Santana.

La vida de Amara Moira (Campinas, São Paulo, 1985) recuerda a una gran caja de sorpresas, si bien más que la típica caja cuadrada quizá se asemeje más a una con forma de círculo: Moira es transexual, prostituta, feminista y acérrima defensora de los derechos del colectivo LGTBI; además de política y escritora. En su caja, que es su vida, no queda espacio para las contradicciones. Todas sus facetas son igual de importantes, todas cohabitan a la misma distancia del centro de su múltiple ser.
Ella, que durante 29 años de existencia se comportó, pensó y vivió como un hombre sabe muy bien hasta qué punto el machismo está incrustado en cada poro de nuestra piel: “Existe una gran resistencia a que las mujeres descubran o, incluso, se sientan con derecho a sentir amor por otras mujeres; lo que hace que solo se vean capaces de relacionarse con hombres, en general, con más posibilidades de ocupar el espacio público, profesional e intelectual que ellas”.

Y lo mismo sucede con las personas trans que, como ella, se han visto obligadas a ignorar durante muchos años su identidad femenina por la “masculinidad tóxica y abusiva” que les ha sido impuesta desde pequeñas. “Reconocerme como transexual significó romper con el orden que, en una sociedad cisexista [creencia de que la categoría cromosómica/genital debe corresponder con la identidad de género] mi genital había decretado sobre mi cuerpo y mi vida”, afirma.

“EL ELEMENTO MACHISTA DETRÁS DE LA DISCRIMINACIÓN LGTBI ES NOTORIO, DE AHÍ LA NECESIDAD DE UN MOVIMIENTO LGTBI ATRAVESADO POR EL FEMINISMO”

Así, fomentar un feminismo amplio de miras, que batalle por la igualdad de género tanto de prostitutas como de lesbianas, gais, transexuales, intersexuales se ha convertido desde hace años en su principal lucha. “El elemento machista detrás de la discriminación LGTBI es notorio, de ahí la necesidad de un movimiento LGTBI atravesado por el feminismo”, argumenta.

Su otra gran batalla se centra en ocupar espacios de la esfera pública cada vez más amplios. En las elecciones municipales de octubre de 2016, se presentó como concejala en su ciudad natal (Campinas) con el partido de ala inquierdista Socialismo y Libertad (PSOL). Su candidatura sumó poco más de mil votos y, aunque no salió elegida, realizó una gran labor de concienciación de las problemáticas del colectivo LGTBI a lo largo de toda su campaña: “Quien tiene un pariente LGBTI nos vota a nosotros”.

Cartel de Amara Moira durante su campaña electoral.

Cartel de Amara Moira durante su campaña electoral.

Como estudiante de doctorado en la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp) Moira también se cuestiona la escasa presencia del colectivo transexual en el ámbito académico y, en concreto, en su área de estudio: la crítica literaria. Otra barrera que ha querido romper con la reciente publicación de su libro E se eu fosse puta (Y si yo fuese puta, 2016) en el que aborda, en primera persona, temas tan sensibles como son la exclusión social o las agresiones físicas a las que habitualmente se enfrentan las prostitutas.

“Veintinueve años viviendo como un hombre, más específicamente, como un ‘hombre patrón’: blanco, clase media, nada afemenino, actuando como hetérosexual incluso siendo bi […] Yo, que me creía poderosa por cuenta de la educación que había recibido, no conseguí evitar que un cliente me obligase a seguir con el programa incluso después de hacerme daño […], sintiendo no solo el dolor físico sino también el que me producía el ser incapaz de decir ‘basta’”, relata en una de las páginas de su libro autobiográfico.

Profesional del sexo

Al contrario que muchas compañeras de profesión, Moira tampoco tiene miedo de reivindicar un estatus social más positivo para las profesionales del sexo. Lo hace mediante publicaciones en la revista feminista AzMina, como columnista de Mídia Ninja o a través de un popular blog en el que narra sus propias vivencias. Considera que “el estigma” es el gran obstáculo para que surgan más voces libres: “El estereotipo de ‘puta perfecta’ todavía es el de aquella que solo piensa en sexo, no se posiciona políticamente ni se alínea con los movimientos sociales. La mujer inteligente y, por encima de todo, militante asusta a los hombres”, explica.

En Brasil la prostitución es reconocida oficialmente como profesión desde 2002, pero ser gerente o propietario de alguno de estos locales todavía es delito, lo que, a sus ojos, acaba por criminalizar indirectamente esta práctica. El no poder trabajar en un lugar seguro, limpio, con agua corriente… tampoco les permite cobrar “un precio justo” ni abandonar la marginalidad de ejercer en las calles. Por ello, no duda en afirmar que para acabar con este estigma, al igual que con el machismo hace que algunos clientes se sientan “dueños” de sus cuerpos y no respeten “los límites establecidos”, primero se deben mejorar las condiciones laborales.

Y para que esto suceda, para que la mujer sea respetada y valorada como una profesional es necesario el feminismo. Un feminismo dilatado que “acepte a las protitutas” y que no solo vea en su trabajo un “ejemplo de desgracia y de sumisión”. “El feminismo no quiere saber nada de nuestra maestría en el sexo, de cómo nos enfrentamos a los hombres o del hecho de que la prostitución sea, en muchas ocasiones, una vía de escape a familias abusivas o a condiciones de extrema vulnerabilidad”, argumenta.

Moira fotografiada por Bruno Trevisan.

Moira fotografiada por Bruno Trevisan.

Según Moira, quienes se oponen a esta práctica son, en demasiadas ocasiones, personas que desconocen todo del oficio y que se limitan a repetir frases como: ‘la prostitución es la venta del cuerpo femenino’, si bien a su parecer, el cuerpo continua siendo suyo “antes, durante y después del servicio sexual”. Tampoco entiende lo de que ‘la prostitución es violación remunerada’, ya que dicha premisa “banaliza de una forma muy irresponsable un grave problema” y las muestra incapaces de diferenciar “cuando practican sexo de cuando sufren violencia sexual”.

Ejercer como prostituta transexual en Brasil no es fácil ni mucho menos seguro. De acuerdo con el Grupo Gay da Bahia (GGB), entidad defensora del colectivo LGTBI más antigua del país, se produjeron 296 homicidios homotransfóbicos en Brasil en 2016. Por su parte, la ONG Transgender Europe (TGEU) registró 900 muertes de personas LGTBI brasileñas entre enero de 2008 y septiembre de 2016; cifra muy superior, en valores absolutos, a las de cualquiera de los otros 68 países participantes de este estudio como México (271), Estados Unidos (154), Colombia (114), Honduras (89) o Turquía (44).

Por ello, según Moira, la prostitución adquiere significados extremadamente paradójicos cuando se refiere al colectivo transexual. Por un lado, es lo que les permite subsistir cuando la sociedad les rechaza (sus familias, el mercado formal de trabajo, etc.) y, por el otro, es donde más les matan a casua de la precaridad con la que trabajan. “Somos un recordatorio para el resto de la sociedad de cómo pueden acabar si no siguen la norma que les fue impuesta al nacer, de ahí la importancia de que existamos en un número pequeño y de que siempre seamos violentadas”, matiza.

“LA SOCIEDAD VA A SUFRIR UNA TRANSFORMACIÓN RADICAL CUANDO LAS PERSONAS TRANS Y TRAVESTIS CONSIGAMOS IMPONER NUESTRO DERECHO A LA EXISTENCIA, Y LA MANERA QUE TENEMOS DE PENSAR Y VIVIR NUESTROS CUERPOS E IDENTIDADES SEA RESPETADA”

“La sociedad va a sufrir una transformación radical cuando las personas trans y travestis consigamos imponer nuestro derecho a la existencia, y la manera que tenemos de pensar y vivir nuestros cuerpos e identidades sea respetada”, asegura. Una sociedad en la que dos personas del mismo sexo pudiesen amarse sin sufrir represión por ello; en la que las trabajadoras sexuales fuesen respetadas y libres; en la que Moira pudiese ganarse la vida de otra manera, y el elegir autodefinirse como transexual no fuese una decisión tan cara.

Que contraten hoy a una persona transexual como profesora de literatura es muy difícil. Habría que enfrentar el prejuicio de los alumnos, de los padres, de otros profesores… y por eso prefieren a alguien que no dé esos problemas. De esta forma, se refuerza la idea de que nosotras no podemos ocupar ese espacio ni ser vistas como personas capaces de enseñar y de aprender. La calle parece estar destinada a ser nuestro único lugar”, reflexiona con tristeza.

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