Otilia, sonidos de la Galicia rural Mapas y luciérnagas, Planeta

Los cambios en la gestión del territorio y la agricultura de esta región están acabando con un modelo de sociedad basado en lo común y lo colectivo

Otilia, en el desván de su casa. / Foto: Judith Prat

Otilia recuerda cómo Celestino siempre marcaba con la mano el compás de una melodía. Él amaba la música y ella, tras toda una vida respetando su vocación, conserva aún las huellas de su pasión en un altillo que mira al viejo hórreo. La pequeña ventana del desván apenas deja entrar un haz de luz débil pero suficiente para iluminar la maraña de partituras y cuadernos apilados en una vieja estantería. Libros y retratos reposan en silencio junto a una antigua gramola en esta casa donde siempre habitó la música.

Cuando las vidas de Otilia y Celestino se cruzaron con apenas 23 años él ya tocaba en una orquesta y, aunque no corrían buenos tiempos para el espectáculo en aquella Galicia modesta y rural, poco les importó y formaron una familia juntos.

Otilia desgrana sus recuerdos con una lucidez que evidencia la consciencia de lo vivido: el traslado a la casa familiar de su marido, el rol dominante de su suegra, la asunción de la dura cotidianeidad del campo o sus escapadas casi clandestinas para visitar a su madre son sólo algunas de las escenas que esta vital mujer de 85 años, marcada por el tiempo y el trabajo, comparte con la misma mezcla de naturalidad y rebeldía con la que tuvo que afrontarlas hace ya más de medio siglo.

Las labores propias de la agricultura y la ganadería tampoco entendían en aquellos años la profesión de Celestino y fue Otilia quien se hizo cargo de ellas. Ordeñaba las vacas dos veces al día y labraba a mano los campos, apenas varios pedazos de tierra de entre 4 y 15 ferrados dispersos por la parroquia. Cultivaba centeno, patata, maíz, remolacha, criaba gallinas y hacía queso. Pero el trabajo no terminaba ahí; después, caminando los senderos con una cesta en la cabeza, recorría ferias y mercados vendiendo los alimentos que producían en casa. Cuenta que la de Betanzos siempre fue una buena plaza. Con la venta de la leche de ocho vacas pagaba el sello agrario, la luz, el teléfono y el pienso del ganado. Lo cierto es que nunca sobró el dinero en casa. “Celestino ganaba su dinero tocando en una orquesta”, afirma con la sonrisa de quien degusta el resultado de una difícil victoria. Los padres de Otilia y su suegra nunca cejaron en el intento de que Celestino dejara la música. Creían que tocar en una orquesta no era un trabajo ni una profesión y repetían una y otra vez que “el dinero de la era se va con el aire”. A pesar de su insistencia, jamás consiguieron tener en ella una aliada. “Celestino fue un incomprendido -dice Otilia-. Nadie más que yo supo entender su pasión por la música”.

La nostalgia asoma en la mirada de esta mujer mientras recuerda aquellos tiempos duros en los que pudieron criar a sus dos hijos con esfuerzo y estrecheces económicas. Los tiempos han cambiado mucho para el campo gallego: gran parte de las explotaciones agrícolas y ganaderas que siguen activas ahora son más grandes e intensivas.

Esa agricultura minifundista y campesina tenía difícil encaje en el paradigma agrario actual. Era tan poca la tierra que tenían los agricultores de la zona, que ni siquiera fue posible hacer concentraciones parcelarias, cuenta: “Ninguno de nuestros hijos quiso seguir en el campo; tuvieron que abandonar la casa familiar y buscar su futuro en la ciudad”. Hoy, en la parroquia de Torres sólo quedan cuatro explotaciones y unas pocas casas habitadas. La vida languidece y con ella un modelo de sociedad basado en lo común y lo colectivo.

Atrás quedan costumbres como las que relata Otilia mientras desempolva una vieja libreta: “Antes, cuando fallecía un vecino o alguien sufría pérdidas cuantiosas, la muerte de un animal, por ejemplo, toda la parroquia colaboraba con lo que podía para ayudar a pagar los gastos”. La familia de Otilia contabilizó cuidadosamente lo aportado y recibido durante décadas en su libreta de los muertos: Gumersindo Casalbito, 15 pesetas; Asunción Abeledo, dos libras de bacalao; Mariquito de Vilacha, cinco pesetas… La muerte y los contratiempos eran también un momento de reafirmación de los vínculos de la comunidad.

Los montes en mano común representan la simbiosis entre la comunidad y el medio como un todo. El bosque comunitario era granero de recursos y garantía cuando las cosas no iban tan bien como se esperaba. La llegada del eucalipto supuso un cambio profundo, y la vía de escape para buena parte de esta comunidad rural. El precio que ha habido que pagar ha sido alto, pues con los años la tierra agrícola ha ido desapareciendo bajo su espesura desordenada y ácida que devora también las especies autóctonas e incluso las plantaciones de pino. Desde entrados los años 50 muchos agricultores gallegos han encontrado en este monocultivo, que no ha dejado de crecer, una salida económica que hoy les reporta 30 euros por tonelada de madera. En la actualidad hay alrededor de 400.000 hectáreas de eucalipto en Galicia.

El campo gallego propone alternativas que están recuperando la esencia de la explotación de Otilia. En los últimos años las nuevas generaciones están apostando por una agricultura más respetuosa, basada en la recuperación y producción de especies autóctonas de forma ecológica.

Nuevas formas de agricultura
Montse y su marido son un ejemplo del esfuerzo por retomar la actividad agraria en el Concello de Vilanova de Lourenza. Y lo han hecho en el terreno que pertenece a sus abuelos y junto al que todavía se mantiene la casa familiar. Bordeando la parcela por caminos que serpentean entre lomas verdes se divisa Foz y, a lo lejos, el Cantábrico. Hoy toca reparar el plástico del invernadero donde plantan sus propias semillas; tarea a la que también sus dos hijas adolescentes se suman.

El relato de Montse es el testimonio de lo aprendido en el viaje y su sonrisa abierta y sincera denota la tranquilidad de quien ha sabido encontrar la felicidad en su forma de ganarse la vida. Ella siempre había trabajado en establecimientos comerciales y su marido en la construcción. Montse habla del desarraigo que sentían entonces y de cómo la llegada de sus dos hijas les hizo plantearse una vida distinta. Resalta la ayuda que encontraron en quienes ya estaban en activo cuando decidieron emprender la aventura de convertir la finca familiar en una explotación de agricultura ecológica.

“Los inicios no fueron fáciles”, cuenta Montse recordando las primeras plagas en los invernaderos a las que no supieron hacer frente y el convencimiento de su abuelo de que no era posible producir sin sulfatar. Poco a poco fueron aprendiendo de la experiencia y compartiendo aprendizajes con otros productores y productoras con las que pronto tejieron una red comercial y de apoyo. Fue entonces cuando hasta los más escépticos, empezando por el abuelo, tuvieron que rendirse a la evidencia: la cantidad y calidad de los productos que estaban obteniendo estaba a la altura de todos los esfuerzos y sacrificios. Aquello merecía la pena.

Han pasado cinco años desde que iniciaron la explotación ecológica y en la actualidad no tienen suficiente producción para abastecer a toda la clientela. Montse no quiere dejar de perder el contacto directo con ella, por eso, como hiciera Otilia más de medio siglo atrás, acude a mercados y ferias ofreciendo sus productos de temporada y de forma semanal mantiene junto a otras productoras una red de consumo.

Frente a las críticas y al escepticismo de quienes creen que consumir ecológico es una cuestión de esnobismo, Montse se muestra convencida de que se está produciendo un cambio en la cultura alimentaria. “No es una moda, la gente está preocupada por la salud y quiere consumir productos de calidad y cultivados con garantías, por eso es tan importante la relación directa entre el productor y el consumidor. Cuando una familia pone en mis manos algo tan importante como su alimentación, es porque confía en mí y sabe que mi producto está garantizado; en ese momento se crea un vínculo muy fuerte entre el productor y el consumidor”, relata mientras ella y su compañero tratan de recoger las cabras.

Desde hace dos años, en el campo vuelve a haber luciérnagas. Alguien le contó a Montse que son animales muy sensibles a los sulfatos y sólo las hay en lugares muy limpios. Lo mismo ocurre con las mariquitas, que de nuevo pueblan los alrededores de la casa familiar de los abuelos. “Por la noche -dice Montse con una sonrisa de satisfacción- vuelven a escucharse multitud de sonidos de diferentes animales, es una maravilla”.

La tarde va cayendo, es sábado y toda la familia sigue trabajando en el campo, apurando las horas de sol, pero Arabella, la hija mayor de Montse, está nerviosa. Una y otra vez le recuerda a su madre que quiere llegar pronto a casa, parece que esta noche tiene una cita importante. La orquesta ‘Panorama’ presenta nuevo espectáculo en Barreiros y es un acontecimiento que la juventud de la comarca no quiere perderse. Montse y su compañero sonríen: una promesa es una promesa y el trabajo termina por hoy. Después de la faena toca arreglarse para llevar a su hija al concierto.

Esta noche, en el monte, se escucharán sonidos ancestrales, la ‘Panorama’ llenará la explanada en Barreiros y la música de Celestino ocupará de nuevo la memoria de Otilia.

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Judith Prat

Judith Prat es una fotógrafa documental interesada especialmente en temas relacionados con los derechos humanos.

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