Me llamo Carolina y estoy muerta Participa

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Texto anónimo

Flores mustias en un cementerio

Fotografía de AccidentalAccent a través de Foter.com / CC BY-SA

Me llamo Carolina y estoy muerta. Fallecí el 21 de Marzo del 2016. Diecisiete puñaladas acabaron con mi vida. Vino al funeral más gente de la que pensaba. Ha habido manifestaciones, con muchos progres y femis que gritaban “ en contra del terrorismo machista”, pero cuando ell@s conocieron mi historia no hicieron nada. También los medios informaron de mi muerte, y les siguió un chorreo de justificaciones vehementes que aseguraban lo mentirosa, exagerada e hipersensible que yo era. Escribo esto porque ahora mucha gente me pregunta, extrañada, cómo he llegado hasta aquí.

La primera puñalada: cuando corría por la calle siendo una adolescente y me agarraron por el brazo, apropiándose de mí porque Él lo decidió en ese momento.

La segunda puñalada: cada vez que tu familia prefiere no involucrarse, porque no hacer nada no es hacer daño y total, esas cosas son personales.

La tercera puñalada: cuando busco ayuda y pido asesoramiento “pffff… ¿que tienes miedo? Yo también meto en la cárcel a gente que sabe donde vivo y más me aguanto”. “Pero ¿cómo vas a denunciar? ¿estás loca? Lo vas a hacer peor”. “Carolina: no lo hagas, te vas a meter en problemas”.

La cuarta puñalada: “¿ por qué tienes miedo y por qué estás mal si total, YA no te agrede? ¿pero ahora sabe dónde vives? Pero si hasta ahora no te ha hecho nada ya no te lo va a hacer”. Qué lástima, no me lo pusieron por escrito ni lo firmaron.

La quinta puñalada: “uy eso de pensar que estás muriendo es síntoma de un trastorno depresivo o más bien, un trastorno adaptativo, –oiga, que llevo cuatro puñaladas –ay… qué mal nos adaptamos las mujeres a la violencia, mejor te doy un neuroléptico que esto me suena a delirio, no a violencia que no lo entiendes…”.

La sexta puñalada: cuando tus amigas te dicen que denunciar será terrorífico para tu equilibrio mental –y no mienten– y que todo lo que hagas no será nada comparado con el incalculable daño que Él te puede hacer –ahí mienten mucho menos–.

La séptima puñalada: cuando empiezas a sentir que el miedo es una sensación de frío inmóvil que no cesa, que no te abandona pero “¡bah! Si tienes miedo vete a un psicólogo. ¡Y deja de sangrar, que me manchas!”.

La octava puñalada: cuando crees que escribes para alguien que te entenderá y te apoyará y la empatía empieza a convertirse en un juego de terror donde tú y solo tú eres la culpable.

La novena puñalada: cuando al pasar los años “oye, eso era pa’ denunciarlo ya hacía muuuuucho” “¿y cómo no denunciaste ANTES?”. Oh, disculpa es que entonces íbamos por la segunda, la tercera puñalada y pues…eh…oh… ¿alguien tiene un antipsicótico por ahí pero inhalado? Es que respiro esquizofrenia en el ambiente.

La décima puñalada: cuando la jueza te pregunta por qué estando tan formada, informada y siendo tan pero tan culta, no denunciaste antes. Eh… ¿qué tiene que ver la violencia con la información, la cultura con el amedrantamiento o la formación con el miedo?

La undécima puñalada: cuando un médico te mete mano porque acabas de pedir un informe de tu enfermedad para presentar en el juicio por acoso y eso te convierte en presa fácil porque, ¿quién va a creer a ésta? ¿Es que todo te pasa a ti, Carolina?

La duodécima puñalada: cuando la médico forense te dice que “hay tanta denuncia falsa….” y ella seguro que es neutra porque eso sí que es ciencia.

La decimotercera puñalada: cuando ves los anuncios del Ministerio de la Verdad, con sus malísimas actrices con caras de media pena, diciéndote “no, no estás sola” pero tú sólo ves que estás más sola que nunca y de paso ven a putearme un poco más.

La decimocuarta puñalada: dolor oh mi dolor; dolor infinito, dolor perenne, dolor continuo y al final te vas a la puta calle, por exagerar esos dolorcillos de nada. Aquí no queremos débiles que se desangran.

La decimoquinta puñalada: cuando aspiras a la bendita orden de alejamiento, que sirve para que la controlada seas tú y tu agresor tenga un plano con pistas de tu situación en cada momento.

La decimosexta puñalada: cuando te das cuenta de que te estaban matando, lentamente y que con estos 34 años has muerto porque todas esas partes de ti han desaparecido y ya es tarde para coser, arreglar y recuperar.

La decimoséptima puñalada: cuando la psicóloga forense te pregunta mientras vomitas sangre: “¿por qué tienes miedo?” y cuando ya no puedes respirar …“pero, ¿por qué tu familia no te apoya? Qué raro….” y total, son preguntas neutras de forense, no de un manual de revictimización. Ella también es imparcial porque… esto sí que es ciencia.

Ahora, que ya estoy muerta, podéis comenzar a apuñalarme.

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Me llamo Carolina y estoy muerta
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