Hedy Lamarr en cuatro fragmentos Reseñas, Voces

Inventora y actriz austriaca, triunfó en el Hollywood dorado de los años 40 y diseñó un sistema de comunicación para guiar torpedos en la guerra que con el tiempo derivó en el WIFI y otras tecnologías de comunicación sin cables.

Ana Belén Herrera de la Cruz

El intelecto nunca compensa el físico, ¿verdad, querida? De
Retrato promocional de Lamarr para la película 'Comrade X'./ MGM. Clarence Bull

Retrato promocional de Lamarr para la película ‘Comrade X’./ MGM. Clarence Bull

1937. La huida

“¿Puedes ayudarme a escapar de Viena?”, le preguntó Hedy a aquel coronel inglés de rostro amable aprovechando que Friedrich Mandl, su marido, había salido a buscar unos cigarros para después de la cena. Tras algunas explicaciones atropelladas, “debo salir de aquí”, “me tiene vigilada”, el coronel accedió a ayudarle. Quedaron en que ella le contactaría el día siguiente, pero el coronel se quedó esperando. Quién hubiera pensado que Mandl grabaría la conversación entre ellos. La sonrisa perversa que puso cuando, nada más irse el coronel tras la cena, apareció con la grabadora portátil, “vamos a escuchar un poco de música”, le había dicho.

Esta vez no fallaría. Lo había preparado todo con mucho cuidado. Friedrich estaba de viaje. La sirvienta dormía, drogada con pastillas para dormir. Hedy se puso la ropa de la sirvienta, recogió algunas joyas, también algunos documentos de su marido, contrabandista de armas, y salió con paso firme de aquella casa en la que había estado recluida por cuatro años. Su destino era París. Allí se recompondría, no le preocupaba a dónde ir después. Sin duda volvería a ser actriz, triunfaría como ya lo había hecho antes con Ecstasy, aquella película por la que Mandl enloqueció de celos. Seguiría con sus inventos de ingeniería. Los papeles de su marido sobre armamento nazi le vendrían muy bien. Tenía 22 años. Era libre.

1941. El sistema secreto de comunicaciones

Nunca dejaba de sorprenderle la capacidad de trabajo de Hedy. Se había convertido en toda una celebridad de Hollywood, “la actriz más bella de la historia del cine”, así la anunciaban, y no paraba de filmar película tras película. En sus ratos libres, y lejos de los platós, seguía trabajando sin descanso, esta vez en el dispositivo que estaba diseñando, un sistema de comunicación para dirigir torpedos desde aviones de guerra. Hedy se había llevado un buen chasco cuando el Consejo Nacional de Inventores rechazó su oferta para colaborar como ingeniera en la lucha contra el nazismo, pero pronto se sacudió la negativa y se puso a actuar por su cuenta. Él la acompañaba todos los días en sus maquinaciones y ensayos, Hedy decía que su experiencia sincronizando pianolas le resultaba muy útil. George Antheil, conocido como “el chico malo de la música”, ejerciendo de inventor junto a Hedy Lamarr. Con ella cualquier cosa era posible.

The New York Times

Hollywood, California, 30 de septiembre de 1941

HEDY LAMARR INVENTORA

Actriz diseña un aparato “Red-Hot” (al rojo vivo) para uso en Defensa. Hedy Lamarr, actriz de cine, se mostró hoy en un nuevo papel, el de inventora. Tan vital es su descubrimiento para la defensa nacional, que el gobierno no permitirá la publicación de sus detalles. El coronel L. B. Bent, ingeniero jefe del Consejo Nacional de Inventores, clasificó el invento de la señorita Lamarr en la categoría “Red-Hot”. El único indicio de qué podría ser el artilugio fue el anuncio de que servía para el control remoto de aparatos empleados en la guerra.

Fue el único artículo que se publicó en la prensa sobre el invento. Ninguna mención a George Antheil, a pesar de que habían registrado la patente del “sistema secreto de comunicaciones” a nombre de los dos. A él no le importó.

1946. Soltando amarras

Tras la visita de Hedy, Louis B. Meyer estaba furioso. No dejaba de darle vueltas a la conversación que habían tenido. Dejar la Metro Goldwyn Meyer, habrase visto, ¡dejarlo a él!, con el dinero y esfuerzo que había invertido en convertirla en una estrella. ¿Cómo se atrevía? Que iba a producir sus propias películas, le había dicho, que había comprado un buen guion para rodar la primera, “se llamará The strange woman”,  le había contado con sonrisa satisfecha la muy desagradecida. No era más que otra de sus locuras, como aquella de ser inventora, menos mal que él se había encargado de que el asunto no hiciera mucho ruido, podría haber arruinado su carrera, y así se lo pagaba ahora. “¡Bah, actrices!”

Fotograma de 'Sansón y Dalila' (1949)

Fotograma de ‘Sansón y Dalila’ (1949)

Hedy cogió aire y se lo soltó de una vez, hablando deprisa para no darle tiempo a interrumpirla:

“John, quiero el divorcio. Y estoy embarazada. De ti. Quiero ser madre a solas. Tomar mis decisiones a solas. He dejado la Metro Goldwyn Mayer. Voy a producir mis películas. He empezado a trabajar en la primera, antes de que el embarazo avance. Te gustará mi personaje, “Jenny”, es fuerte y ambiciosa. Lo siento, no voy a cambiar de idea. ¿Cómo te fue el día?”

1966. Juicios

A pesar de que sus abogados habían puesto todo su empeño en defender el caso, Hedy perdió el juicio. Extasis y yo, su autobiografía, sería finalmente publicada. El tal Leo Guild, el escritor fantasma al que había contratado para escribir el libro, se la había jugado bien, con la editorial de Nueva York compinchada. Le habían entrevistado durante más de 50 horas para preparar el libro, y a partir de esas entrevistas Guild debía escribir su historia. Pero de esas 50 horas de conversación grabadas, Guild solo cogió de aquí y de allá, exageró anécdotas, le añadió escenas de sexo. Para vender más libros deformó su vida. Sobre sus inventos, solo el silencio.

Hedy tiró el periódico de un manotazo y se puso a reír. Era una de esas risas nerviosas que últimamente le daban tan a menudo. ¿Quién era ese Andy Warhol del que hablaba el diario?, ¿cómo había osado reírse así de ella? Esa película que había perpetrado, Hedy, era un insulto. Un travestido haciendo de ella en una parodia absurda del infortunado incidente de hacía unos meses, el robo en unos grandes almacenes. Ella no era una ladrona, solo había ocurrido aquella vez. Lo había explicado tantas veces. Y aun así el revuelo que se había armado le había hecho perder el papel que habría de relanzarla como actriz. La habían sustituido por Zsa Zsa Gabor, ella protagonizaría Picture Mommy Dead. Estaba cansada, el juicio por su autobiografía y ahora esto. Hedy dio un hondo suspiro y volvió al trabajo. Basta de interrupciones. El diseño de aquel nuevo semáforo le estaba esperando.

Epílogo

En 1997, La Fundación Frontera Electrónica concedió el Premio Pionero a Hedy Lamarr y a George Antheil (a título póstumo) por sus contribuciones tecnológicas. No serían los únicos premios que recibirían ese año. Cuando Hedy Lamarr se enteró de que le habían concedido el premio solo hizo un comentario: “Ya era hora”. Había cumplido 83 años. En la ceremonia se quedó en casa, su hijo fue a recoger el galardón en su nombre.

Éxtasis y yo, su autobiografía, ha salido publicada en castellano este mes de marzo por la editorial Notorious Ediciones.

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