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Tensi Madrid

Dos mujeres practican una figura de yoga que requiere que entrelacen sus manos y junten sus pies

Fotografía de daverose259 a través de Foter.com / CC BY

En el mundo de la era de la obsolescencia programa, de la prisa y de la inmediatez dedicarse a cultivar el alma es todo un acto de rebeldía y transgresión. Permitirse el lujo de dedicarse un ratito al día o dos horas por semana al auto-cuidado es sin lugar a dudas todo un acto de malabares con el trabajo, tareas domésticas, cuidado de terceras personas sean o no familiares, etcétera.

Si eres mujer, multiplica estas dificultades por X, siendo X la precariedad feminizada, la dependencia, la maternidad, las exigencias sociales, familiares e individuales con respecto a la gestión de tu tiempo,… y así hasta donde quieras llegar, que X hay muchas.

Soy profesora de Yoga en una escuela artística de Danza, en una ciudad grande capital de provincia donde el 95% de mi alumnado son mujeres de más de 30 años. Todas, absolutamente todas, se quejan de la falta de tiempo para ellas y como el rato sobre la esterilla supone un bálsamo dentro de su cotidianeidad.

Algunas de mis alumnas toman antidepresivos y de manera puntual pastillas para conciliar el sueño, que no el descanso. Es normal que algunas de ellas a menudo lloren en clase de manera silenciosa y calmada, en medio de una meditación o en la relajación final. Sobre la esterilla se llora de alivio al haber conectado apenas un instante, con una misma y es esa sensación la que persigue el Yoga como vehículo del auto-cuidado personal.

No es casualidad que las clases de Yoga estén llenas de mujeres, somos las que necesitamos espacios de puesta en común donde se nos permita auto-cuidarnos, indagar en nuestra propiocepción corporal, mental y emocional, donde podamos ocuparnos de nosotras mismas sin más pretensión que eso de estar aquí y ahora. Yoga no se practica ni para perder peso, ni para acabar con la celulitis, ni para corregir la postura de la espalda. Lo que el Yoga nos aporta a las mujeres es la oportunidad de anclaje a nosotras mismas, el trabajo por y para una misma, sin más pretensión ni objetivo que el mantenerte durante la sesión centrada en ti.

Desde una perspectiva feminista el Yoga se constituye como una herramienta más donde empoderarnos como individuos sociales, libres y autónomos. La docencia del Yoga para mí es otra forma de hacer intervención social, de promover el cambio, de facilitar estima y autoestima a muchas mujeres que llegan a menudo con cuadros de estrés severos, desarreglos emocionales e incluso depresiones crónicas.

El Yoga es una herramienta que no pienso soltar y a la que pienso ir aplicando capas de morado, una tras otra, hasta la saciedad. Con las compañeras de grupo se germina la sororidad, que el compartir un espacio tan íntimo promueve, ampliando redes sociales desde la igualdad del ir despojada de cualquier etiqueta o papel sociocultural, porque en la yogamat (o esterilla), todas estamos igual, “indefensas” en la asana (o postura).

El Yoga promueve también el control y la conciencia respiratoria, no se me ocurre un ejercicio de empatía mayor que el intentar respirar a la vez que otra persona, multiplica eso a nivel grupal y de manera mágica la práctica de pranayama o respiración consciente se convierte en un ejercicio que practica la escucha activa sutil entre las mujeres. Además, de dotar de recursos naturales y extremadamente poderosos a todas las alumnas ante cualquier taquicardia, nervios o ansiedad, todo se controla si controlas tu respiración… el estrés desaparece, la ansiedad no llega más allá de donde está la respiración completa, abdominal o yóguica.

Es una verdadera revolución la toma de conciencia corporal, el control y la gestión emocional y mental que el Yoga aporta. Ha sido muy revelador para mí el darme cuenta de que desde la privilegiada posición que tengo estoy haciendo feminismo e intervención social, invirtiendo en el bienestar físico, mental y emocional de toda aquella que sea tan valiente como para empezar a auto-cuidarse… eso que a todas las mujeres tanta falta nos hace. ¡Namasté!

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